La empresaria Cristina Sada, fundadora del Instituto San Roberto y ex candidata al senado por el Partido del Trabajo, lanza en este mes de octubre su libro Perfume y Pólvora: Vida y memorias de una campaña sin fin. Con autorización de la autora, El Barrio Antiguo publica un adelanto del libro, en el cual relata la historia de su hija mayor.

Por Cristina Sada Salinas


En plena campaña electoral, mi amiga y corredora de arte, Rocío Castelo, me dijo que me admiraba por mi valentía. Pensé que exageraba y creí que se refería al atrevimiento que tuve para postularme como candidata. Me explicó que se refería al hecho de que pude superar la muerte de mi hija Joanna. Ella, como madre, se imagina que perder a un hijo es el peor de los sufrimientos y supone que es por demás difícil continuar con una vida funcional cargando semejante dolor.

No puedo asegurar que haya podido superar ese acontecimiento. Para sobrevivir al golpe necesité apoyarme en mis convicciones e intuiciones más profundas e intensificar mi trabajo espiritual. Logré aminorar un dolor que no desaparece del todo, pero que sí se puede aceptar como acompañante inseparable de la vida. Este evento me hizo tomar conciencia de que con un gran esfuerzo diario nos podamos acercar a la reconciliación con la pérdida y a la aceptación de la fragilidad de la existencia humana, mientras que reconocemos que aún estamos vivos por el simple hecho de respirar; vivos para dar el testimonio de amor que nos han dejado las personas queridas que iluminaron nuestra existencia; vivos para dar el amor heredado a nombre de ellos a quien más lo necesite.

Joanna era la mayor de mis hijas. Desde pequeña destacó en todo lo que emprendía. De joven fue la única entre los veinticinco nietos que había en la familia que por alguna misteriosa razón y sin mediar influencia directa —su abuelo había muerto en 1972, cinco años antes de que ella naciera— heredó el amor de mi padre por la aviación.

Además de estudiar una carrera en la universidad, se graduó con los tres títulos que otorgan las escuelas de aviación: Piloto Privado, de Instrumentos y Comercial, pero al estar a punto de presentar su examen para la última titulación sufrió un accidente que la llevaría a redirigir sus metas profesionales.

En el gimnasio al que acudía en San Diego, California, mientras practicaba gimnasia acrobática, sufrió una caída grave que la obligó a someterse a una operación quirúrgica para reemplazar el ligamento anterior cruzado. Vivió una dolorosa y disciplinada recuperación que le permitió conocer las ventajas de la medicina china y las hierbas curativas que mucho la beneficiaron y que hicieron menos penosa esta etapa. El accidente se convirtió en un gran regalo, ya que la forzó a desacelerar su intenso ritmo de vida. Tuvo tiempo en soledad para recapacitar sobre sus objetivos, pues Joanna era vital y creativa, no desperdiciaba un segundo para hacer lo que le apasionaba: estudiar, aprender un deporte nuevo o divertirse. Se bebía la vida a grandes sorbos.

Ese espacio forzado de inmovilidad le permitió reflexionar y evaluar si ser piloto profesional era su verdadera meta. Cuando por fin se recuperó, logró aprobar su último examen de aviación que había dejado pendiente y estaba lista para solicitar un puesto de trabajo en alguna compañía aérea internacional. Sin embargo, me sorprendió con una noticia:

Mami, ya lo pensé bien y creo que me voy a aburrir muchísimo si me convierto en piloto profesional. Los aviones de pasajeros están automatizados y vuelan casi solos. Me da mucha pena por los gastos en los que has incurrido para apoyarme, pero he decidido que sería mejor dedicarme a la medicina alternativa que tanto me ayudó en este trance. Pude constatar en mí misma los grandes beneficios que aporta. Después de investigar en la universidad de medicina china que hay aquí en San Diego, prefiero especializarme en medicina naturópata. Entre las ramas de las medicinas alternativas, creo que en ella estaré en armonía con mis hábitos de alimentación vegana. Me da muchísima pena tu inversión en mi carrera de aviación, la cual me fascina, pero me doy cuenta que no me traería las satisfacciones que quiero para mi vida. Volaré como hobbie. Con tu continuo apoyo, quisiera poder especializarme y obtener un doctorado que abarque nutrición y herbolaria. Mi problema, mami, es que ya estoy grande, por lo que me daré mucha prisa. Ya investigué y tendré que sacar muchas materias de premedicina en la universidad, pues son requisito para ser admitida en este doctorado. Haré mi mayor esfuerzo para costarte lo menos posible, incrementando mi carga de trabajo cada semestre que me falte.

Después de asegurarle que era todavía muy joven y que podía cambiar de opinión las veces necesarias para dedicarse a lo que en realidad le apasionara, le reconocí que por un millar de razones estaba muy orgullosa de ella. La animé en esta nueva aventura que se proponía, la felicité de todo corazón por preferir apoyar a los enfermos y luchar a favor de la salud, y sin asomo de duda le dije que lograría esta nueva y ambiciosa meta.

Lejos de una decepción, con esta noticia Joy me quitó un gran peso de encima. Nunca me entusiasmó imaginarla como empleada de una línea aérea, atada a los estrictos horarios en medio de una vida alejada de su hogar y bajo el riesgo de volar constantemente. Jamás he detenido a mis hijas con respecto a sus vocaciones, así que a sus jóvenes 17 años la había apoyado para que estudiara su carrera profesional fuera y los fines de semana los dedicara a especializarse en aviación en San Diego.

Como en todo lo que se proponía, Joanna se enfocó en cuerpo y alma a cursar las materias exigidas, con el énfasis en las de premedicina, y aunque parezca ficción, llegó a tomar veintisiete créditos en un semestre en tres universidades de San Diego a las que se inscribió simultáneamente, ya que la máxima carga permitida por las escuelas superiores es de dieciocho créditos por semestre. Tenía mucha prisa por cubrir los requisitos necesarios para ser aceptada en esta especialización. Hasta entonces se había enfocado en los estudios propios de su carrera de piloto y en muchas otras materias que le interesaban, pero no había escogido ninguna relacionada con los estudios médicos. Su prisa estaba motivada por pensar que empezaría a estudiar una nueva profesión “tarde”, a sus veintidós años, edad en la que muchos de sus amigos comenzaban a graduarse.

Logró así sacar en tres semestres, con gran esfuerzo y desvelos, los créditos necesarios para aplicar a Bastyr University, en Seattle, Washington, la universidad de medicina naturópata más destacada de Estados Unidos. Finalmente fue aceptada sin necesidad de haber aplicado en múltiples universidades, como tienen que hacerlo la mayoría de los aspirantes a la educación superior en los Estados Unidos.

Con anterioridad requirió ir a entrevistarse al campus para ser evaluada y tuve el honor de acompañarla. Iba guapísima con un traje sastre —inusual en ella—, pero salió de la entrevista temerosa de no ser aceptada por el comité de cuatro personas que la entrevistó. A poco tiempo le avisaron que había sido seleccionada para ingresar, distinguiéndose entre muchos otros candidatos. El porcentaje de aceptación de ingreso era diez a uno. Se matriculó para iniciar sus estudios de doctorado en septiembre de 2001.

El día de la caída de las Torres Gemelas viajaba en su camioneta rumbo a Seattle para comenzar su nueva vida. Le llamé para darle la terrible noticia y sentí por primera vez temor de que comenzara otra guerra mundial. La percibí lejana y vulnerable, pues iba solita en su camioneta recorriendo una travesía de más de 2000 kilómetros rumbo a Seattle. Le expresé mi angustia de que ella estuviera en Estados Unidos y me dijo:

Si algo terrible sucediera, mami, y se cortaran las comunicaciones, tú no vengas a donde yo estoy. Quédate, yo te alcanzo.

Así fue Joanna, una persona protectora, clara y decidida, siempre llena de nuevos retos, luchas y aventuras. Desde su infancia demostró tener mucho carácter, una inteligencia sobresaliente y una rebeldía natural, por lo que no fue una niña fácil de educar. “Quédate, yo te alcanzo…” sigue siendo una frase que guardo en mi memoria, sobre todo en los momentos más difíciles y desesperados de mi vida. “Tú no vengas, yo te alcanzo…”.

Muy pequeña manifestó un profundo respeto por el cuidado del medio ambiente y los animales, lo que, en un admirable ejercicio de congruencia, la llevó a convertirse a sus 16 años en vegetariana radical, de la corriente llamada vegan, en la que no se come ningún animal o producto derivado de la explotación comercial de los mismos. Mantuvo esta práctica el resto de su existencia, investigando y profundizando en la correlación que existe entre la salud, la compasión y la ecología que sustenta estas ideas y estilo de vida.

Por su recia personalidad y por el hecho de ser mi hija mayor, muy pronto se convirtió en una gran fortaleza para mí, sobre todo después de mi separación de su padre. Desde niña demostró contar con muchas habilidades que me infundían respeto y confianza en sus consejos y capacidades.

Cuando nos dejó, Joy vivía una etapa de plenitud e intensa vida académica, centrada en sus estudios al lado de Craig, su novio californiano, quien la acompañó hasta allá. Uno de sus múltiples planes era trabajar junto a su hermana Ana Cristina, quien para mi sorpresa había cambiado su carrera de arte en Londres por medicina alópata en la Universidad de Monterrey al mismo tiempo que Joy hizo el mismo viraje profesional. Planearon un proyecto en común dirigido a la atención de la población, consistente en abrir pequeños centros de salud en todo México en los que atenderían a pacientes mediante una práctica integral. Con medicinas alternativas se pueden aliviar y curar muchas dolencias y enfermedades a costos muy bajos. Cristy daría la acreditación profesional necesaria, ya que la profesión de Joy tal vez no estaría reconocida en nuestro país para cuando iniciaran sus planes.

Joanna era dulce, pero atrevida y retadora cuando se la contrariaba. Era tan original y alegre que a donde llegaba llamaba la atención, como los niños que irrumpen en un espacio y no pueden ser ignorados de tan llenos de vivacidad y energía explosiva. Su partida aconteció en medio de nuestras vacaciones de Navidad, cerca del mar, en un viaje a Cancún y la Riviera Maya a finales de 2001 al que invité a Joy, Cristy, sus respectivos novios y a Ane, mi hija menor.

El 24 de diciembre fuimos a festejar a un restaurante mexicano con la intención de que Craig disfrutara algo de nuestra tradición. Allí pasamos, entre mariachis y bailes folclóricos, una agradable, si bien atípica, Nochebuena. El 25 dimos un paseo en un yate rentado. En el trayecto visitamos Isla Mujeres, donde Joy dudó para entrar a un criadero de tortugas debido a su extrema sensibilidad. Le molestaba que estos animales estuvieran prisioneros, así fuera con fines de preservación. Después de meditarlo unos minutos, reconsideró e ingresó con recelo. Desconfiaba mucho de las “buenas intenciones”, aun de los conservacionistas.

Paseamos el resto del día en el yate y regresamos al hotel para salir a cenar: por fin estábamos todos juntos, ya que Cristy y Alex, su novio, acababan de llegar de Monterrey. Elegimos una mesa en la terraza hasta donde nos llegaba la suave brisa del mar. Las tres hermanas estaban felices con esta espléndida oportunidad de una merecida y relajada convivencia familiar. La belleza y extensión del mar Caribe eran perfectos reflejos de mi estado interior. Tener conmigo a mis hijas esa noche me causó una alegría tan inmensa como el infinito horizonte. Joy había pasado demasiado tiempo fuera, por lo que yo atesoraba estos momentos de cercanía y unión en familia.

Ella tenía por delante tres años y medio de estudios para terminar su doctorado y después planeaba ir a Hawaii con el fin de practicar su nueva profesión al menos por un año. Me explicaba que en ese estado de la Unión Americana la carrera de medicina naturópata es igual de prestigiosa que la de médico cirujano partero. Así, su trabajo profesional sería legalmente acreditado. Podría entonces regresar a México con experiencia para realizar el proyecto de trabajo con Ana Cristina.

Mi hija mayor siempre estaba llena de anécdotas, y ahora que compartía con su hermana los intereses de la carrera de medicina, la comparación sobre el rigor de los estudios en sus respectivas universidades se volvía un tema más de conversación en la mesa.

JOY_CSS_2Joy seguía siendo rebelde hasta en Bastyr. Nos platicó que se negó a participar en el laboratorio de anatomía porque le indignaba que los estudiantes fueran obligados a estar en un laboratorio diseccionando cadáveres. Estudiaba medicina para ayudar a traer salud a los vivos, no para estar en medio de cuerpos refrigerados en un entorno poco sano y lleno de formol. Afirmaba que por ningún motivo aceptaría contaminar su propio cuerpo con esos químicos durante esas sesiones. Le habían augurado que sin entrar a las prácticas de laboratorio reprobaría la materia básica de anatomía; sin embargo, en el examen final obtuvo una calificación de excelencia. Jamás alguien había logrado aprobar esta materia sin el apoyo del laboratorio, pero ella, una vez más, cambió las estadísticas.

Algo similar había vivido Ana Cristina en la udem, pero en el laboratorio de disección de animales. Con mucha tristeza se daba cuenta cómo traían perros callejeros sanos para que los estudiantes aprendieran anatomía. Se horrorizó al observar cómo sus compañeros se desensibilizaban y olvidaban que era un ser vivo al que abrían. Al principio, los sentimientos de los estudiantes eran de profundo respeto, pero después de la segunda práctica comenzaban a relajarse y divertirse con las incisiones y exploraciones que invariablemente terminaban con la vida del animal. Cristy protestó ante las autoridades, documentó ampliamente sus razones y entregó datos duros de cómo estas prácticas ya estaban eliminadas en la mayoría de las universidades norteamericanas, por lo que la udem, en respuesta a sus argumentos éticos, le permitió eximirse de esta materia.

Después de una larga conversación sobre las aventuras, obstáculos y éxitos de ambas, todos decidimos irnos a caminar en aquella noche de belleza excepcional. Hubiera sido una lástima regresar a las habitaciones. Avanzamos hasta el extremo del muelle, donde repentinamente me tiré de clavado en el mar. Inmersa en aquella deliciosa agua del Caribe, animé al grupo a reunirse conmigo, y casi todos aceptaron acompañarme muertos de risa por estar completamente vestidos. La travesura conjunta nos hizo experimentar intensas sensaciones de placer y euforia en el mar que nos acogía y al salir escurriendo empapados sobre la orilla.

Al día siguiente nos levantamos muy temprano, excepto Joy, que venía agotada de sus exámenes semestrales y que prefirió dormir esa mañana. Fuimos a pasear en jet ski entre los manglares, los numerosos pájaros y algún cocodrilo, para terminar snorkeleando en alta mar. Me impresionó ver desde mar abierto la fila de lujosos edificios y hoteles que se habían construido en pocas décadas en Cancún, uno tras otro, en este mismo destino turístico que fue el escenario del fallecimiento de mi padre hacía casi 30 años.

Pasamos la mañana en esta excursión para luego empacar y disponernos a salir hacia Akumal, un hermoso paraje de la Riviera Maya a quince minutos de Playa del Carmen, en el que yo había seleccionado personalmente, con semanas de anticipación, la casa en que nos quedaríamos a recibir el Año Nuevo.

Luego de un largo incidente con las cuentas de los minibares que provocó que Joy se indignara porque nos querían hacer cargos fantasmas en el hotel —de nuevo su integridad y el tema de la justicia—, fuimos a comer al Señor Natural, donde esperamos a Cristy y Alex, quienes se encargaban de rentar una camioneta Suburban. Cuando por fin llegaron con retraso, pues hubo problemas con la reservación, yo ya tenía mucha prisa de llegar a nuestro destino antes de que anocheciera. Me preocupaba la seguridad en la carretera.

Tomé el volante. Admito que después de un día de haber practicado jet ski y snorkel me sentía algo cansada, pero a la vez estaba feliz. Con la certeza que me daba la costumbre de haberme hecho cargo de mis hijas por completo durante años, no dudé ni un segundo en que debía ser yo quien tomara el volante en ese largo recorrido que había hecho una sola vez —en el asiento del copiloto— semanas atrás en busca de la casa que rentaría para estas vacaciones.

Sentí plenitud al continuar la tradición de mis padres: ofrecerles a mis hijas, a pesar del divorcio y otras dificultades financieras superadas, unas vacaciones en familia. Estaba yo en una etapa de realización como madre al tener a todas mis hijas solteras, sanas y juntas. Ane de 17, Cristy de 22, y Joy de 24 años. Con esa alegría tomé la carretera mientras en el estéreo sonaban canciones de los años 70, otra época también inolvidable para mí.

Todavía en Cancún, antes de salir a la carretera, nos detuvimos en el hotel Casa Maya, donde había tenido un departamento muchos años antes y al que solía llevarlas cuando niñas. Sabía que les traería bellos recuerdos, pues de pequeñas pasaron allí vacaciones inolvidables. No nos podíamos tardar, por lo que dejé la camioneta prendida y me quedé al volante. Cristy y Ane, cansadas, tampoco quisieron bajarse; Joy sí bajó. Al regresar comentó contenta:

Ay mami, está igualito a como lo recordaba, pero qué risa, mucho más chiquito todo.

En breves minutos había revisado una bella parte de su infancia.

Continuamos rumbo a Akumal. Cristy y su novio iban en el asiento trasero, en el del medio estaban Joy y Craig y en el lugar del copiloto estaba Ane. Durante el camino Cristy se sintió mareada. Paramos en una gasolinera y Joy le pidió a Ane que cediera el lugar a su hermana, ya que en la parte trasera de la camioneta el mareo le podía afectar más. Ane se pasó a la tercera fila de asientos, frente al montón de maletas; Cristy se sentó a mi lado en el asiento del copiloto.

Manejaba en la carretera recta a 110 kilómetros por hora mientras Donna Summer cantaba en la radio. Al pasar frente a Playa del Carmen, les platiqué que este pueblo se había fundado como un asentamiento irregular de los trabajadores que con sus manos construyeron Cancún. De repente, sin ningún señalamiento previo, me topé con una gran rotonda que en medio tenía una altísima montaña de grava. Este obstáculo obligaba a que, desde mi carril izquierdo de alta velocidad, tuviera que dar una intempestiva vuelta en “U”, ya que sólo la circulación del carril derecho permitía rodear la rotonda. En fracción de segundos decidí hacer un viraje brusco hacía la derecha para intentar continuar hacia nuestro destino. Las llantas derraparon con la grava derramada que caía del montículo sobre el pavimento.

Al tratar de incorporarme al carril correcto y rodear la rotonda, perdí el control de la camioneta. Siguieron movimientos rápidos y precipitados de izquierda a derecha para intentar enderezarla mientras el vehículo daba tumbos. Finalmente perdí por completo el control y rodamos sobre el gran camellón de más de cuarenta metros entre las dos carreteras.

En medio de mi pánico escuché gritos. Seguramente yo también gritaba. Vivía una pesadilla: yo al volante con mis hijas y sus novios en el auto, accidentándonos de forma violenta. No supe cuántas vueltas dimos sobre el camellón, pero de manera milagrosa terminamos con la Suburban parada en los carriles de sentido contrario.

Por fin nos detuvimos. Apenas iba a voltear a revisar a mi familia cuando Cristy gritó: “¿Dónde está Joy?”. Fue una pregunta escalofriante; ella vio un cuerpo tirado sobre el asfalto, a unos cinco metros de nosotros. Yo sabía que Joy venía dormida en el regazo de Craig, pero al voltear atrás me di cuenta que ya no estaba. Bajé de inmediato y corriendo detrás de Cristy llegué al lado de ese cuerpo arrojado sobre el pavimento. Efectivamente, era mi hija. ¡Era ella!

Joanna parecía inconsciente. Al acercarme la quise mover, pero Cristy —que para entonces había cursado más de dos años en medicina y estaba certificada como paramédico— me increpó: “¡No la toques!”. Joy comenzó a vomitar. Supe que se trataba de un síntoma gravísimo pese a que no tenía lesiones aparentes, a excepción de un pequeño rasguño en un dedo. Grité y lloré. Las personas paraban sus autos frente a nosotros mostrando asombro y compasión.

Mis otras hijas no parecían tener lesiones físicas, y Alex era el único que sangraba profusamente. Craig, en el auto, no se podía mover, como si hubiese sufrido un daño severo en la columna. Por fortuna, Ane salió ilesa; al ser tan pequeña su cuerpo terminó acomodándose por milagro entre las maletas que le sirvieron de colchón. Cristy estaba sin daño alguno porque llevaba puesto el cinturón. Considero que el reciente cambio de asientos que Joy exigió salvó la vida de su hermana Cristy.

Pronto llegaron dos ambulancias y subieron a Joy en una. Estaba inconsciente. Tuve que irme junto al chofer, ya que no era permitido ir al lado de los heridos. Sin pensarlo, dejé a los demás en la carretera. No supe ya de nadie y mi mente se concentró en ella. Paramos en Playa del Carmen, en la pequeña oficina de un médico que cortó su ropa para practicarle una traqueotomía. El respirador era manual. ¡Manual! Me angustiaba que los paramédicos no le hicieran llegar el oxígeno necesario al cerebro con el ritmo que indicaba el doctor. Entonces dio la orden:

Llévenla a Cancún, al Hospital Total Asís.

Al dirigirme hacia la ambulancia y alejarnos del médico, el chofer me aconsejó contravenir esa orden y sugirió que la trasladáramos al Hospital Amerimed porque era el mejor. En medio de la confusión por las indicaciones encontradas y con la sospecha de que esas personas recibían comisiones por llevar a enfermos a las salas de emergencia, me hinqué ante el chofer y le rogué:

Por favor, dígame la verdad. ¿Cuál es el mejor hospital? ¡Al mejor hospital, se lo ruego!

Recé, supliqué, ofrecí todo a cambio de la vida y salud de mi hija. Me pareció eterno el regreso a Cancún. Por fin empezamos a acercarnos al nosocomio, no sin antes tener que disminuir la velocidad a 20 kilómetros por hora ya que la calle de acceso estaba cubierta de boyas que hacían brincar la ambulancia al pasar por cada una de ellas. ¡Qué funesta bienvenida de emergencia cuando cada segundo cuenta! Sentía la disminución de la velocidad y los toscos movimientos mientras pensaba: “Mi hija se está muriendo…”.

Los médicos que la recibieron me dijeron que sus ojos tenían la pupila alterada y que había que operar cuanto antes su cerebro. Sin saber de medicina y sin conocer a aquellos cirujanos, en un hospital que no me inspiraba confianza, me opuse hasta consultar con doctores conocidos. Localicé en Monterrey al neurólogo Manuel de la Maza y lo comuniqué con sus colegas en Cancún. Me explicó que la operación era indispensable, urgente, debido a los síntomas que Joy presentaba. Ofreció trasladarse de madrugada al siguiente día a Cancún para supervisar su estado.

Procedieron a operar de inmediato. Esa noche la pasé a la espera de los resultados. Visité de forma breve a Craig y Alex mientras sentía una vergüenza y tristeza enormes por el daño ocasionado. Ane estaba bien, Cristy se dedicaba a cuidar de Alex, a quien le habían cosido las heridas del cráneo y del brazo. Gracias a Dios no fueron graves, y en pocos días mejoró sustancialmente. Sobrepasada por la gravedad de la situación, envié a Craig a Los Ángeles en un jet particular en el que viajó en camilla, inmovilizado. Recibiría una mejor atención en su país y al lado de sus padres. Fue dado de alta al día siguiente de su llegada a Los Ángeles. No habían encontrado nada físico. Sufrió una parálisis breve, resultado de un bloqueo psicológico que le impidió tomar plena conciencia de la trágica realidad de su amada. Mientras, yo me entregaba a la intensiva y exclusiva atención de mi hija.

En eso, como ángel protector, llegó a darme su apoyo un conocido de mi familia en Cancún, Carlos Elizondo. No me dejó sola en toda la noche. El doctor de la Maza arribó a la mañana siguiente para evaluar el estado de Joy. Me explicó que los médicos del hospital temían permitir a mi hija hacer el viaje hasta Monterrey por el riesgo que implicaba, pero él sentenció: “Me la juego”. Estaba seguro, al igual que yo, que Joanna estaría mejor atendida en el Hospital San José.

Con su autoridad, logró que nos dejaran ir, no sin que antes yo estregara al por mayor cheques en blanco y firmados para solventar los múltiples cargos que nos hicieron. Los dejé en las buenas manos de Carlos.

Realizamos el viaje de regreso a Monterrey al día siguiente, muy temprano, en dos jets privados. Me desmoroné al reunirme en el aeropuerto con Juan, el padre de mis hijas, sobre todo por su actitud bondadosa en la que no hubo ni un reproche. Sólo era evidente un inmenso dolor.

Llegamos al Hospital San José. De inmediato le practicaron a Joy una nueva operación cerebral. Transité esa pesadilla en compañía de mi familia y con el apoyo de muchas amistades. A diario meditaba en el cuarto de cuidados intensivos; en ocasiones me acompañaron mis amigas practicantes budistas. La comunidad del Instituto San Roberto fue muy solidaria. Gran parte de mi familia interrumpió sus vacaciones decembrinas. La sala de espera estaba siempre a reventar.

Tras algunas mínimas esperanzas que pudimos albergar en esa terrible época de fin de año, y después de nueve días de desgarradora angustia, el equipo médico nos informó: “Tiene muerte cerebral”. El tremendo golpe contra el pavimento, que por fuera parecía insignificante, lastimó su tallo cerebral de forma tal que ya no había conexión nerviosa entre su cerebro y el resto del cuerpo.

Ante la inapelable noticia exigí a las autoridades médicas que la dejaran descansar, pero me enteré que en México la ley no permite que se desconecte a un paciente en coma. Inclusive ante este tipo de sentencias irremediables, se prohíbe retirar el oxígeno y la alimentación a los pacientes. ¿Prolongar su martirio?, ¿con qué objetivo? ¡Con lo que Joy odiaba las prácticas médicas artificiales! ¡Con lo que Joy denunciaba esas políticas de los hospitales a los que les interesa más el dinero que a diario deja cada enfermo que su recuperación! Quería llevarla a casa entre mis brazos; quería poder abrazarla sin aparatos a su alrededor.

¡Ya déjenla descansar! —gritaba yo en agonía.

Luego de mis gestiones como madre, al menos logré que bajaran los niveles exagerados de alimentación y oxígeno para que Joanna pudiese irse lo antes posible. El cuerpo de mi niña era demasiado sano y fuerte, y aún con esta medida sobrevivió más tiempo del que los médicos habían calculado.

Poco antes de escribir estos párrafos, leí el libro Paula, de Isabel Allende —regalo de mi sobrina Caty—, al que había dejado empolvándose por varios años a la espera de su turno, quizá para evitar recordar a través de sus páginas mi propia experiencia. Cuenta la dolorosa historia de Isabel cuando en circunstancias parecidas a las mías quería por todos los medios mantener con vida a su hija inconsciente. Una madre en esta situación pagaría cualquier precio por salvar la vida de sus hijos, y a cada una de nosotras nos toma un tiempo distinto de interiorización comprender y resignarnos cuando rescatar la vida de un hijo es imposible. En mi caso, ante la noticia de la muerte cerebral de inmediato asimilé el golpe y comprendí que aunque fuese lo más doloroso de mi vida, y aunque yo misma gustosa cambiaría la mía por la de ella, el destino había dado ya su inapelable veredicto. Recordé las palabras de Joy: “No vengas a donde yo estoy. Quédate y yo te alcanzo, mami”.

Quizá por estas experiencias me duelen tanto las inútiles muertes de la “guerra contra el crimen organizado” en nuestro país, estrategia ideada por Felipe Calderón para “ganarle al narco”. Por eso me conduelo ante la actual angustia de las madres de los desaparecidos, ya sea por el narco o por nuestras mismas autoridades, llámense policías, ministeriales, militares o marinos. Me pregunto si quien no haya vivido la pérdida de un hijo podría tener la posibilidad de empatizar con las familias de los desaparecidos, cada día más numerosas, o de imaginar siquiera su dolor. Considero que en proporción a la tragedia humanitaria que representa la desaparición de un hijo, su muerte es menos dolorosa; si un hijo muere, los padres al menos tenemos el consuelo de despedirlos y de ser acompañados en su sepultura; podemos recibir la solidaridad de quienes nos estiman y vivir el ritual de la despedida, aunque la pena no nos abandone. En cambio, los padres de un hijo desaparecido viven eternamente con la incertidumbre sobre su paradero, con el tormento de imaginar las posibles torturas a las que pueden llegar a ser sometidos, si sufren hambre, frío, dolor o son obligados a actos innobles. A este calvario se suma la corrupción gubernamental y la indiferencia de los “agentes del orden” que mediante su ineficiencia o complicidad con el crimen ahondan la de por sí inmensa pena que estas familias sufren.

Si bien en circunstancias muy diferentes, mi hija Joanna también murió anticipadamente, y mi familia y yo de igual manera sufrimos lo indecible por largos años como consecuencia de la torpeza y corrupción de las ineptas autoridades federales y municipales que cometieron una grave imprudencia en el trazo y ejecución de la carretera. Colocaron una rotonda inesperada en medio de una vía de alta velocidad, y quisieron evitar los accidentes continuos de autos que caían al pozo de la rotonda poniendo una gran montaña de grava sin barrera alguna que la contuviera, por lo que terminó derramada en la autopista, donde debido a ella derrapó mi vehículo. Una trampa mortal. Ineptitud, corrupción e impunidad. No fuimos los únicos. Me enteré luego que ahí sucedían una gran cantidad de accidentes y que por lo mismo le llamaban “La carretera de la muerte”. Por fin ha sido modificada y radicalmente rediseñada, luego de truncar muchas vidas.

La carretera fue mal planeada y peor ejecutada, al igual que la cruel guerra de Felipe Calderón.

Una madre que pierde a su hijo está dispuesta a cualquier cosa. Me queda muy claro que quienes desde sus oficinas con aire acondicionado deciden cómo “solucionar” los problemas de una carretera o del país —tal como sucedió en el sexenio de Felipe Calderón—, con acciones agresivas y miopes que implican, entre otras consecuencias graves, los llamados “daños colaterales”, o no tienen alma o son tan torpes que ni se imaginan el dolor que causan. Los “daños colaterales” y los muertos no son estadísticas, son seres humanos que estaban sanos y vivos, que no nacieron en una maceta, y que tienen afectos, planes, familia.

Joy falleció el 7 de enero de 2002. En los últimos momentos sólo estuvimos junto a ella Juan, Cristy, Ane y yo, animándola a soltarse y a seguir la luz de la clara conciencia, para integrarse a Dios o a la Nada Primigenia. Le agradecimos el tiempo que pasó a nuestro lado, el amor que nos dio y la oportunidad que nos regaló de conocerla y amarla tanto al haber llegado a nuestra familia.

Después de tratar de consolarnos, toda la familia y las amistades se fueron despidiendo. Nosotros también dejamos el hospital.

Estando ya sola, me presentaron a mi hija para que me despidiera de ella en un salón de la casa funeraria antes de llevarla a cremar. Estaba recostada en el suelo sobre una sábana blanca. Experimenté una fuerte conmoción. ¿Por qué en el suelo sobre una simple sábana? ¿Por qué en esta parquedad?

Pasado mi sobresalto, comprendí. No supe quién había tomado esa decisión ni por qué, pero parecía que lo hubiese decidido ella misma. Así era Joy y así se despidió del mundo. Jamás le interesaron las cosas materiales. Toda su vida la vivió con la máxima austeridad. No usó joyas, y cuando su abuela se las regalaba con todo amor en Navidad, respetuosa las agradecía y se las regresaba. Por algún capricho del destino así me era presentada: sin ropa, sin siquiera una camilla, sólo con una sábana abajo y otra arriba, sobre el blanco y frío piso de mármol.

Tras trece días de intensa lucha, por fin estaba lista para dejar ir lo que apreciaba con toda su alma: su propio cuerpo. Ese hermoso cuerpo de piel blanca, suave, redondeado, de músculos fuertes, tan puro que por más de ocho años se alimentó nada más que de agua, vegetales, fruta, cereales y leguminosas. Esa cabellera larga color café dorado que tanto cuidaba. Ese cuerpo que voló por los aires tanto en aviones como en trapecios, que aprendió a surfear y bucear, que manejaba las cuerdas del velero que ella y Craig tenían en San Diego. Ese bello cuerpo que sabía abrazar como ninguno y que con sus amplios brazos completamente extendidos me recibía al salir del túnel del avión a la sala del aeropuerto de San Diego, para darme la más calurosa bienvenida con su típica frase: “¡Mamita linda!”.

Así vi por última vez ese bello cuerpo de tan sólo veinticuatro años. Ese bello cuerpo.

Y ahí estaba tendida ante mí. Ahora me tocaba dejarla ir por completo. Ahora sí sería la última vez que la vería físicamente. Ahora seguía acompañarla al crematorio. Llegó por fin Juan. Fuimos los dos al fuego de nuestro profundo dolor, a entregar el cuerpo de nuestra amada hija a las llamas.

Al siguiente día fue la misa en la iglesia de San Francisco. La escogí por ser redonda, mucho más envolvente que cualquier otro templo de la localidad, redonda como mi propio vientre en el que se formó y la cargué por nueve meses. Un coro acompañado de músicos entonó canciones que yo había compuesto, entre las que se encontraba una titulada Por ti aprendí el amor, que le dediqué a Joy cuando era apenas una niña.

La fila de personas que acudió a la iglesia aquel 8 de enero para dar el último adiós a Joanna y consolarnos duró alrededor de hora y media, tiempo en el que recibimos abundantes abrazos y gran solidaridad. Durante la ceremonia tomé el micrófono y hablé espontáneamente. Agradecí conmovida su presencia, sus muestras de apoyo, e intenté describir quién había sido Joy. Ahí mismo también increpé a las autoridades de San Pedro Garza García porque no ponían un semáforo en la esquina de Lampazos y Real San Agustín, al lado del Instituto San Roberto San Agustín, donde muy seguido había choques ignorados por la municipalidad a cargo de Gerardo Garza Sada. A la salida de misa se repartieron copias de un texto de Ximena Peredo que había leído en esos días en el periódico El Norte y que retrataba muy finamente una crítica que coincidía con la forma de pensar de Joy en contra de la discriminación.

Tras su muerte, me duele reconocerlo, no recuerdo haber soñado con ella.

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