José Luis Solís

Desde mi súbita y precoz adolescencia descubrí que la única forma éticamente válida de robarle libros valiosos a mi padre era un proceso realmente sencillo: tan sólo debía tomar un volumen de su colección de primeras ediciones latinoamericanas y aprovechar que algún literato llegara a Monterrey para que me la dedicara. De esta manera el libro tendría mi nombre en la portada y el dolo intelectual perpetuaría el atraco incólume. Cuando García Márquez visitó la metrópoli, tomé la primera edición de Cien años de soledad y me dirigí al museo donde daría su charla. En el camino escuché en mi carro Pequeña serenata diurna de Silvio Rodríguez y supe que al Doc Solís le rompería el corazón al ultrajar su libro sagrado. Lo anterior me hizo preguntarme qué libro realmente quisiera que me dedicaran. Desde entonces mi ego era vasto y decidí que si Cortázar o Rulfo vivieran, hubiera tomado Rayuela o Pedro Páramo. Aunque para ser realmente sincero, esas eran novelas que había leído por obligación al saber que eran clásicos imprescindibles. Hurgué en mi emotividad sin filtros intelectualoides y la imagen del supermayebstrazodeljoséagustín me abordó; en efecto, birlarle a mi jefe La Tumba y De Perfil sería sublime, además de que el ultraje se convertiría en el mejor homenaje al más iconoclasta de los atizados onderos. Por aquel entonces otro mayebstraso tapatío avecinado en Monterrey, el buen José Eugenio Sánchez, organizó junto a la Dirección de Cultura del Municipio de Guadalupe un encuentro-homenaje por los 25 años de publicación de La Tumba. Algunos escritores decidimos crear un pseudo performance para recibir al Agustín en el aeropuerto. El músico Luis Carlos López Maico y un servidor fuimos personificados de guaruras norteños que lo escoltaríamos durante sus días en la Sultana del Norte, Pablo Candal dejó su investidura de pintor y se transformó en sacerdote y junto a José Luis Cendejas le entregarían simbólicamente las llaves de la ciudad; al Agustín le cautivó el recibimiento, a tal grado de que nos dijo que jamás le habían dado una recepción tan chingona. Pasadas unas horas, platicábamos en el espacio de nuestro colectivo La Mano, y bajo el influjo de unos Chivas Regal (bebida favorita del mayebstro), desenfundé el par de libros que había tomado de casa de mi padre. El Agustín al ver la portada de La Tumba reaccionó con su acentito acapulquense chilangozo:

-¡No mames! esta versión con la portada mamona que lleva el subtítulo de “Revelaciones de un adolescente” es dificilísisisisima de conseguir master, ni yo la tengo… ¿A quién se la chingaste?

– Ya vez, extrañezas que psicoanalis- tasfreudianosobsesivoscompulsivos coleccionan.

Cuandoestabaterminandode firmarla, le reviré con De perfil, me miró con una sonrisa de brujo de Catemaco y a la raza que estaba en La Mano le declaró.

-El tocayo es un pinche delincuente, no lo inviten a sus casas; alejen a este padrote de primeras ediciones de sus virginales estantes de libros.

Cuando todavía no me recuperaba de que José Agustín me honrara llamándome “tocayo”, seriamente y en voz baja me dijo.

-Esta es una de mis favoritas.

– Coincido master. Gracias a Queta Johnson aprendí a jalármela en serio.

Brindamos con el escocés en las rocas y luego hablamos de cosas realmente trascendentes como la pinche forma tan exquisita en que el Parménides García Saldaña combinaba perfectamente a Eros y Tánatos en su forma de agarrar el pedo. Pasaron algunos años y José Garza organizó desde la Universidad Autónoma de Nuevo León un nuevo homenaje para festejar los 40 años de la publicación de La Tumba. Cuando tuve oportunidad de saludar nuevamente al tocayo, le pedí que me hiciera el favor de volver a dedicarme el ejemplar para de esta manera sellar por siempre el espléndido robo del volumen.

-Pinche José Luis, sigo sin tener esta versión.

– Es el karma, brother, sólo el karma – Le respondí, para posteriormente agregar -Lo importante es que volvamos a hacer el ritual cuando la novelita cumpla el tostón.

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