¿Qué decir cuando el desierto no habla tu idioma?

 

Por Oziel Gómez

 

 

Mientras, solo y sin posibilidad de retorno, se daba de topes ante una cultura hindú impenetrable y aparentemente incomprensible para el extranjero, el legendario periodista Ryszard Kapuściński llegó a la conclusión de que la llave para entrar a ella “sólo lo podía facilitar la lengua”. Más de medio siglo después, un paseo por Petra, al sur del Reino Hachemita de Jordania, me lo dejó muy claro.

 

***

 

El sol lastimaba los ojos y enrojecía la piel de los caminantes. Las rocas y la arena cubrían los alrededores y proyectaban contra sus cuerpos un calor intenso. El recuerdo del último amanecer en Wadi Musa —los primeros rayos solares perfilando las colinas y el valle entero acariciado por un viento fresco y el canto del almuédano llamando a la oración— se disipaba en aquel desierto del suroeste jordano. Avanzaban por una vereda que serpenteaba entre colinas áridas y una cadena de montañas rocosas cuyas tonalidades variaban caprichosa pero hermosamente entre el rosa y el marrón. De vez en cuando alguno miraba hacia atrás para calcular la distancia que habían caminado desde de las legendarias ruinas de Petra.

Antes de que cubrieran la mitad del trayecto hacia la montaña más alta del valle, los alcanzó una niña montada sobre un asno. Iba descalza y vestida con un hiyab café que le cubría por completo el cabello y las orejas. No aparentaba más de trece años, sin embargo, era capaz de moverse sin problemas en aquel sitio.

Hello —dijo con una voz dulce e infantil que contrastó con lo rudo del desierto árabe—. Where you go? (sic).

Aaron’s tomb —contestó uno de los caminantes sin detenerse.

La niña balbuceó en inglés algo que no todos entendieron. Después guardaron silencio y, como un bloque de esas mismas rocas marrones que los rodeaban, la barrera del idioma se interpuso entre ellos. Las miradas se encontraban, pero sólo transmitían la incapacidad para decir algo más. Ni ellos en árabe ni ella en inglés. Así continuaron caminando mientras la pequeña los seguía a poca distancia, acuciando al asno con chasquidos. Aquel día, cada paso y cada golpe de sol hacían surgir dudas insolubles.

¿Cuál era el nombre de esa pequeña de ojos negros? ¿Qué edad tenía? ¿Cómo era su vida en ese sitio que convocaba a miles de turistas cada año? Era una niña, ¿con qué soñaba? ¿Qué se robaba su imaginación mientras caminaba sobre aquellas colinas quemadas sin piedad por el sol? ¿Deseaba ser doctora, artista o maestra? ¿Acaso arqueóloga? ¿A qué jugaba? ¿A las escondidas entre las rocas que cubrían el lugar? Tal vez prefería dar un paseo montada en el asno. Y por las noches, ¿le gustaba mirar las estrellas? ¿Se emocionaba cuando alguna brillaba al cruzar el cielo en un instante?

Probablemente su madre y sus hermanos estaban cerca. Tal vez su padre era uno de esos pastores que, vestidos con una kufiyya de cualquier color, apacentaban sus cabras sobre las colinas. O, ¿por qué no?, uno de los vendedores de té y artesanías que desde temprano instalaban sus puestos en Petra.

Si algo se podía saber era que aquel valle desértico, más allá de las ruinas principales, lo habitaban decenas de familias. Pero muchas de ellas no en casas convencionales, sino en los grandes agujeros escavados en la roca más de un milenio atrás por las tribus nabateas que poblaron el lugar. Lo perfecto de los cortes admiraba. A simple vista, parecía que bastaba con instalar una puerta para que la cavidad fuera habitable. Después levantar una cerca con ramas y troncos y almacenar el agua en tambos y bidones.

Sin embargo, no era suficiente observar para crearse una idea sobre la vida en el valle: las conjeturas sólo hacían surgir más dudas. Y además de un “Hello, where you go?” y un “Aaron’s tomb”, no tenían medio ni palabra alguna para entenderse, para conocerse aunque fuera un poco. No importaba cuánto tiempo caminaran juntos y sufrieran el mismo sol, sin el “puente” del idioma continuarían condenados a extremos diferentes de aquél abismo invisible. Tras varios minutos, la niña se desvió del camino sin decir nada.

 

***

 

El sol bañaba ya sin fuerza las colinas más lejanas cuando los caminantes regresaron. Fatigados por la calurosa jornada, volvían sobre sus pasos lentamente y con las reservas de agua casi agotadas. El calor había disminuido y la parte más baja del valle parecía animarse con la presencia de algunos niños que, entre risas, se acercaban al camino para saludarlos. “Hello! Hello!”, sonaban sus vocecitas aquí y allá.

Pero los caminantes no vieron por ninguna parte a la niña del hiyab café. Quizá estaba en su casa tomando una siesta, jugando con sus hermanos o alimentando al asno no muy lejos de ahí. Tal vez ella sí los miró alejarse por el camino hacia Petra. Quizá las preguntas también salpicaban su mente cada vez que veía desfilar por la vereda a nuevos caminantes. Cuando los alcanzaba montada en su asno, cuando avanzaban juntos bajo el mismo sol, cuando agotaban las palabras y no encontraban más remedio que el silencio. Siempre tan cercanos y siempre al otro lado del abismo.

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