Por Lucas Proto*

Foto por Victor Hugo Valdivia de la serie: “Tamaulipas: reunión de seguridad, segura”

Me dueles, Goyo”, tituló Marcela Turati una carta dedicada al enésimo periodista mexicano muerto por la violencia: Gregorio Jiménez de la Cruz. Su carta estremeció al gremio. Era febrero, acababa de llegar a México y también me estremeció. Goyo también me dolió.

Ahora nos duele Jim. Un reportero que nos recordó la importancia del periodismo comprometido, profesional y valiente.

Jim, no dejo de pensar en tu muerte.

Tuve que publicar ayer la noticia de tu asesinato, escuchar cómo no te dejaron ni elegir tus últimas palabras —te obligaron a recitar de memoria esa absurda propaganda—, observarte de rodillas en ese páramo desolado al lado de quien te arrebató la vida.

No quise —no pude— ver más. Pero tu imagen no abandona mi mente.

No es un dolor desconocido y mucho menos inesperado. Después de todo, falleciste en un país donde tienen lugar más de la mitad de los secuestros de periodistas de todo el mundo. Pero me destroza saber que estuviste casi dos años esperando para ese final, que te quedaste a pocos kilómetros de cruzar la frontera hacia Turquía ese funesto 22 de noviembre de 2012 y que poco a poco y sin poder volver a escuchar una sola palabra de tu familia fuiste dándote cuenta de cómo acabaría todo.

Qué útiles somos los periodistas en Siria, Jim. Una vez que nos secuestran valemos para todo. Nos usan como moneda de cambio, como rehenes, como represalia contra medios de comunicación o naciones enteras, como herramienta para recibir y causar sufrimiento. Los emblemas que antaño nos protegían en mitad de un conflicto sólo nos convierten ahora en blancos más suculentos. Elementos neutrales en un medio hostil. Ovejas en tierra de lobos.

En contraste, qué inútiles parecemos para los medios en los que trabajamos. Tú debes saberlo mejor que nadie, llamado ahora corresponsal por todos cuando ningún medio dio la cara por ti durante los últimos dos años. Cómo sacan ahora el pecho con notas hablando de los videos que les enviabas. Jim, tienes que leerlos. Dicen maravillas de ti, pero nunca te tuvieron en plantilla. Claro, todos sabemos lo caro que saldría mantenerte en medio de la guerra y pagarte el fixer, y lo mucho que se ahorraban al comprarte piezas individuales y desentenderse de lo que te pasara.

Me da igual que fueras freelance, como casi todos los que están por esas tierras, porque para mí todos son corresponsales. Esos que no se limitan a hablar de la guerra, sino a vivirla.

Camilla Hall, antigua corresponsal en el Golfo Pérsico, hizo una reflexión sobre tu muerte que quiero que leas: “Los corresponsales de guerra son nuestros ojos y oídos en aquellos lugares que sólo visitamos en nuestras pesadillas”.

Sin miedo a exagerar, aquellos como tú, a los que les pasan las balas por encima mientras van armados con una cámara, un micrófono o un bolígrafo, son héroes. Héroes en la sombra que prefieren permanecer desconocidos ante las masas pues saben que abandonar esta condición de anonimato suele ir ligada al secuestro y posterior asesinato. Militantes que luchan su propia guerra: la de la informar, la de asegurarse que nadie tenga una excusa para no estar enterado de las atrocidades que ocurren cada día, la de hacer que mirar hacia otro lado sea una elección.

Quizá la razón por la que tú y tantos en esta profesión continúan arriesgándolo todo por tan poco a título individual es la que argumenta Ramón Lobo en el documental Los Ojos de la Guerra, parafraseando a la corresponsal y esposa de Ernest Hemingway, Marta Gellhorn.

Yo tiro piedras sobre un estanque. No sé qué efecto producen, pero al menos yo tiro piedras”.

Sin corresponsales como tú, los sonidos de la guerra son explosiones y disparos en lugar de las palabras de las víctimas, del testimonio de los supervivientes. Sin corresponsales como tú, los muertos de un conflicto se convierten en números, en estadísticas, en infografías y partes de un gráfico elaborado desde un escritorio a miles de kilómetros de distancia. Pierden su nombre y su historia, condenados a la indiferencia del mundo.

Si no existen periodistas en el terreno, todo lo que nos queda es opinión. Hombres con corbata hablando en torno a una mesa de los problemas de los lugares que nunca han visto, del dolor que nunca han presenciado, de los llantos que nunca escucharon.

La incómoda realidad de la guerra sólo puede llegar de manos de aquellos como tú; de aquellos que la presencian; que se embarran las suelas con el mismo lodo que las víctimas; que visten un chaleco antibalas y un casco en el que se lee dañada pero estoica la palabra: “Press”.

Jim, ahora descansa tranquilo. Consiguieron asustarnos, hacernos daño, pero en todo el mundo habrá corresponsales que sigan tus pasos. Ir. Ver. Contar. Eso es todo.

 

*Texto publicado previamente en Spleen Journal

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