Por Oziel Gómez Pérez

A principios del 2014, al enterarse de un ambicioso proyecto entre el gobierno estatal de Veracruz y la empresa brasileña Odebretch, que incluye una presa hidroeléctrica que retendría el 90 por ciento del agua del río La Antigua, varios pueblos de la ribera iniciaron una resistencia para impedir su construcción. El 20 de enero instalaron un campamento-bloqueo sobre una carretera para obligar al gobierno a atender sus demandas. Este es un vistazo a una noche entre las fogatas y las carpas de la resistencia. La lucha por el río continúa.

Cayó la noche y el autobús avanzó tras sus luces por una carretera solitaria y flanqueada por árboles, matorrales y campos de caña. Más allá del resplandor de sus faros no se veía nada. Lejos de la ciudad el cielo era un inmenso manto oscuro lleno de puntos brillantes que parecían desbordarlo. De un momento a otro, al salir de una curva, el conductor pisó el freno. Los pasajeros se despabilaron mientras el camión se detenía con prisa y sus faros alumbraban un árbol tumbado sobre la carretera, un par de fogatas y varios hombres de mirada severa que de inmediato dirigieron sus lámparas contra la unidad. No había paso, y no lo habría hasta nuevo aviso, así que los viajeros decidieron continuar a pie; el camión dio media vuelta y se marchó, perdiéndose tras la curva por donde había llegado. Aquella era la barricada frontal del recién instalado —pero ya infranqueable— campamento de la resistencia.

 

¡El pueblo unido…!

Barricada, fogatas y miradas severas: el fotograma nocturno de lo que empezó aquella mañana del 20 de enero. Cuando el sol no había salido pero ya sus rayos dibujaban las siluetas de las copas de los árboles, más de medio millar de personas se plantó a mitad de la carretera que une las comunidades de Jalcomulco y Tuzamapan, en el centro del estado de Veracruz. Carros, autobuses, camiones cañeros, motocicletas y hasta un convoy del ejército mexicano retrocedieron ante una barricada humana que se aferró con fuerza y razón al grito de “¡El pueblo unido jamás será vencido!”.

Sabían de los 355 millones de pesos que hermanaban a su gobierno con una empresa brasileña. Que el producto final del ambicioso convenio era una presa hidroeléctrica de 100 metros de alto por 700 de longitud. Que una barda de semejantes dimensiones no haría sino retener el 90 por ciento del río que los había visto crecer y del que subsistían tantos de ellos. Que, peor aún, la experiencia de los viejos les hacía prever un derrumbe que inundaría el primer poblado en sólo 12 minutos. Que la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y la Comisión Nacional del Agua (Conagua) negaban conocer el proyecto aunque habían expedido los permisos para estudiar la zona (tenían la copia del documento). Pero también que las cláusulas de exploración expiraban aquel día y que era tiempo de que los ingenieros de la empresa se fueran con todo y sus máquinas. Por eso, simbólicamente, los despidieron a lo grande: con mariachis, pancartas y gritos, muchos gritos: “¡No a la presa! ¡No a la presa!”

Al atardecer, el ánimo ardía tanto como el amor por el río; por eso decidieron quedarse y bloquear la carretera y el acceso a la zona de exploración a la altura del ejido conocido como Tamarindo. Conforme declinó el día, algunos se marcharon y otros más se unieron. De inmediato empezaron a llegar las donaciones de víveres para una resistencia que se auguraba larga y cansada. Horas después, el bloqueo se volvió intermitente: de vez en cuando se levantaban los troncos, y advertidos de no ir a prisa, los conductores atravesaban en fila los 200 metros de carretera cerrada. Así llegaron la noche y el frío, y con ellos el rumor del regreso del ejército.

En la ciudad, los reporteros sabían que a media noche (como había sucedido cuatro meses antes en pleno centro de la capital del estado con los maestros de la CNTE), en completa oscuridad, aislados y sin testigos, los acampantes corrían el riesgo de ser desalojados violentamente. Los manifestantes estaban al tanto de ello y también de lo que significaría ceder ante la autoridad. Por eso, antes de caer la noche, dispuestos a no retroceder ni un paso, alistaron las carpas, encendieron las fogatas y montaron guardia tras las barricadas.

 

El rumor de una transnacional brasileña

Del enemigo pocos conocían más que el nombre, pero todos sabían y temían las consecuencias de quedarse cruzados de brazos. Odebretch es una transnacional brasileña dedicada a la ingeniería civil, con presencia en los cinco continentes. En agosto de 2013, el gobierno estatal de Veracruz firmó con ellos un acuerdo de cooperación de 355 millones de pesos mientras que la Semarnat y la Conagua otorgaron el permiso para que los ingenieros de la empresa realizaran estudios de suelo. Nadie consultó ni informó a los pobladores de la ribera.

Los rumores, sin embargo, no tardaron en abrirse paso por el pueblo: un grupo de ingenieros trabajaban con algunas máquinas en el margen del río. Un pescador de la zona apodado “Juanchis” fue de los primeros en enterarse y querer comprobarlo. Para él, que había crecido pescando en el río, un rumor de esos era como una espina que calaba hondo y que debía sacarse sólo con la verdad.

De modo que, en compañía de varios amigos, simulando un día cualquiera de pesca, se dirigió al río.

Unos 30 minutos de camino cuesta abajo y se toparon con la realidad: máquinas de perforación e ingenieros. Los recién descubiertos titubearon al tratar de explicar su presencia y la de las máquinas. Y había más. Una plataforma de concreto de varios metros se adentraba en el río (días después se sabría que la habían construido ilegalmente, pasando por alto los permisos de “sólo exploración”).

No pasó mucho tiempo para que los detalles, beneficios y perjuicios del proyecto recabados por los mismos pobladores corrieran de pueblo en pueblo gracias a la estrategia de comunicación que puso en marcha la resistencia —que por seguridad no tenía un líder específico—. Inútilmente se demandó una explicación a las autoridades, que alegaron desconocer el proyecto.

Era más de lo que podía y estaba dispuesta a soportar aquella gente que por décadas había amanecido con el rumor del río golpeando las piedras, con su humedad en el aire, con sus aguas siempre dispuestas para mitigar los calores del verano. Vieron en aquel contrato su dignidad vendida por una cantidad de dinero de la que ninguno de ellos jamás podría disponer. Entonces protestaron.

 

La noche en el otro campamento

A 29 kilómetros de la capital veracruzana, a mitad del trayecto entre dos pueblos, entre árboles de mango y plantíos de caña, la noche se dejó caer oscura y fresca. En la penumbra del lugar se escucharon aplausos, gritos y chiflidos. Un anciano con una guitarra dio un sorbo al vaso de aguardiente, se aclaró la garganta y comenzó a cantar.

 

Oye Tomás, oye Tomás, oye Tomás, ¿qué vas a tomar?

Oye Tomás, oye Tomás, oye Tomás, ¿qué vas a tomar?

Así le dijo un cantinero a un hombre llamado Tomás.

Así le dijo un cantinero a un hombre llamado Tomás.

Y él, como ya no tenía dinero, le dijo: No sirvas más.

 

Más aplausos, más gritos, más chiflidos. Ese también era el campamento de la resistencia. El que estaba más allá del árbol, de la barricada, de los hombres mal encarados y las fogatas. En donde humeaban el fogón, las ollas de café, frijoles y caldo de un cerdo degollado y destazado ahí mismo. No había miradas severas, ni luces proyectadas contra los ojos; en lugar de fogatas, una botella de aguardiente esperaba sobre el asfalto. Con el ruido de la planta de luz en el fondo, los hombres jugaban baraja, se hacían bromas y no paraban de gritar y chiflar.

El que cantaba era “El Gordo” Furgencio, un cantautor nacido y criado en Jalcomulco que transformó la protesta en una fiesta a la que le sobraba noche, café y —mucho— buen humor. Apenas terminaba una canción, no faltaban ni acomedido que le acercara el vaso y la botella ni público que le pidiera más canciones. Y canción tras canción se le fueron la voz y el aguardiente…

Al mismo tiempo, en la barricada de retaguardia, la noche se iba tranquila, más oscura, sin bullicio ni guitarras. En lugar de un árbol, varias camionetas cerraban el paso. Evidentemente la tensión era menor y los vigilantes se dejaban seducir por un cielo estrellado que en una oscuridad como aquella, a campo abierto, resultaba irresistible.

—Es un hotel de cinco mil estrellas —comentó un hombre que admiraba la escena sentado en una silla junto al fuego.

A unos metros de distancia, un grupo de hombres intentaban resolver el asunto de los vecinos que al día siguiente necesitarían atravesar el bloqueo para llegar a sus trabajos. Uno propuso cederles el paso porque no podían prescindir del salario del día. Además, dijo otro, si detenían a todos, sin excepción, en poco tiempo perderían el apoyo de los pobladores vecinos. Pero no había más cartas, y concluyeron, no sin pena, que un bloqueo férreo era la única forma de atraer la atención del gobierno y obligarlo a atender sus demandas. Hartos estaban de las excusas, de que les quisieran ver la cara al negar que se hubieran otorgado permisos a Odebretch.

Y con esa pena de quien no tiene otra opción más que una que incluye el daño a terceros, se disculpaban los guardias del frente con los conductores frustrados. No faltaron los que entendían y daban media vuelta, tampoco los que probaban con el soborno, la lástima y el cargo de conciencia. Pero por varias horas nadie pasó.

 

Don Silvio, el de la voz grave

Lenta, segura y grave, la voz de don Silvio Rodríguez inspira respeto. Sus patillas grises y largas recuerdan a las de los caudillos del México rebelde, de la nación inquieta e inconforme que, para luchar por su independencia, agrupaba a hombres y mujeres, fuertes y débiles, jóvenes y viejos. Viejos. Viejos y aguerridos como Silvio, de unos 60 años, que a sólo unos minutos de casa prefirió dormir sobre una manta al ras de la carretera. El mismo que dice que para él este río significa la vida, que no permitirá que el gobierno los humille, y que en público y sin tapujos, unos días atrás, le espetó a un funcionario de educación que no estaba de acuerdo con que entregara computadoras a los niños sólo para apaciguar a un pueblo inconforme.

—En ningún momento vamos a aceptar lo que ellos quieren hacer —dijo Silvio con firmeza—. Si dejamos que el gobierno nos humille, a nuestra juventud, nuestra niñez, ¿qué les va a pasar? Van a emigrar al extranjero y a las ciudades. Por eso estamos defendiendo nuestro derecho a defender nuestras vidas.

Este viejo nació aquí y aquí mismo crió a sus cinco hijos. Su vida transcurrió con el rugir del río como música de fondo, con su frescura aliviando el calor después de un día de trabajo y sus pescados saciando el hambre de su familia. Por eso la simple idea de una presa hidroeléctrica le duele y le indigna lo suficiente como para cambiar las comodidades del hogar por las dificultades de la resistencia a la intemperie.

—Dios nos dio la bendición de nacer en donde había río. Sin agua no hay vida; es el corazón para Jalcomulco.

Ahora su mirada se relaja y se posa en la escena del fondo. Con la frente sudada y los ojos enrojecidos por el humo del fogón, un grupo de mujeres preparan y reparten alimento a los desvelados hombres. Don Silvio las observa cuando voltean las tortillas, revisan los frijoles y sirven el café. Desde aquí defienden su río, hacen su resistencia y mantienen en pie la de los hombres que sin ellas cederían al hambre. Desde aquí conmueven a este viejo por su entrega y sacrificio. Porque, como él, podrían quedarse en casa. En cambio, a cielo abierto, entre humo y sudor, alimentan a extraños y conocidos que no paran de acercarse para recibir su ración.

 

Fuego, civiles y policías

La escena se prestaba para alarmarse, confundirse y sentirse aliviado: ambas barricadas eran custodiadas por una patrulla de la Policía Estatal, mismos elementos que, encapuchados, se habían acercado a uno de los varios mítines convocados por la resistencia para tomar fotos de los asistentes; aunque esa noche justificaron su presencia con la necesidad de prevenir algún acto violento, tanto por parte de los pobladores como en su contra. Esto alivió a algunos, pero la mayoría no dejó de mirarlos con recelo y precaución.

Sin embargo, el cansancio, el frío, el hambre y las inclemencias comunes fueron capaces de suavizar la relación, y a media noche, civiles y policías, en un regreso a la más primitiva costumbre, compartían historias reunidos alrededor de la fogata. Uniformes, órdenes, indignación y razones quedaron olvidadas por un momento mientras la leña se consumía ante sus ojos y la conversación fluía alegre.

De vez en cuando el comandante de la patrulla del frente se internaba solo entre la maleza para regresar unos minutos después arrastrando un tronco seco que prolongara el calor, las historias y la confianza de los hombres desarmados ante la M-4 que colgaba de su cuello.

Mientras se consumían los leños, uno de los hombres miró al policía, disculpó de antemano el atrevimiento y su voz se escuchó tímida.

—Comandante, ya que estamos en confianza, que hemos estado platicando varias horas, déjeme preguntarle algo. Usted ya nos conoció, entonces, si recibiera la orden de desalojarnos violentamente, ¿lo haría?

El policía, evidentemente más alto y fornido que todos los presentes, tomó varios segundos para pensar su respuesta. Entonces explicó —intentó explicar— que su única misión era y sería proteger a los civiles (sus hombres interrogaban a algunos conductores que se detenía frente a la barricada), que en caso de que se ordenara un desalojo violento, no sería efectuado por ellos, sino por un grupo especial enviado desde el Distrito Federal.

Tranquilizados por la respuesta de alguien entrenado para obedecer órdenes, perteneciente a la misma corporación que había desalojado violentamente a los maestros del CNTE meses atrás, los hombres cambiaron el tema y pasaron a hablar de migrantes, armas y delincuencia.

Así se iba la noche, serena y fría, interrumpida muy de vez en cuando por la llegada de algún carro que, después de esperar varios minutos, los vigilantes dejaban pasar.

 

El río, el patrón

A las cinco de la mañana, una voz metálica traspasó el megáfono, rompiendo el rumor de la noche y el crepitar del fuego.

—¡Levántense, hoy es el día!

La noche llegaba a su fin y había que cumplir la amenaza: a las 6:00AM, el bloqueo retomaría el hermetismo del día anterior y nadie, excepto trabajadores de los poblados vecinos, podría pasar.

Mientras algunos hombres todavía somnolientos y entumidos reubicaban la barricada, Juanchis, el pescador que meses atrás había comprobado personalmente los rumores, observaba desde su cobija convertida en refugio. El desvelo, el hambre y el frío eran las más sencillas de las inclemencias que estaba dispuesto a soportar para detener el proyecto de la hidroeléctrica; él hubiera dado hasta la vida por el río.

—Sería una lástima que llegaran a hacer la presa. Yo soy uno de los primeros que entraría [a luchar]. Si el gobierno nos va a matar pausadamente, mejor de una vez.

Juanchis nació y creció junto al río La Antigua cuando la pesca era el principal sustento de la gente. Sus aguas se convirtieron en la fuente de vida para el pueblo entero. Para sus niños, sus bestias, sus días de campo, sus viejos, sus mujeres, sus pescadores, sus empresarios turísticos. Para cerca de cuarenta poblados asentados en la ribera.

Aquella madrugada, fustigado por el frío, un habitante de Coetzala que se unió al movimiento lo dejó claro:

—Vamos a luchar por defender el río, por los chamacos que vienen detrás. El río es el patrón de nosotros.

 

***

 

Antes del amanecer, el frío arreció y los vigilantes de relevo se acomodaron en donde pudieron para protegerse del viento. Habían pasado pocos minutos cuando, desde la penumbra que cubría la carretera, una luz se proyectó contra el grupo. Los hombres se pusieron inquietos, se despabilaron y, con los ojos entrecerrados, hicieron esfuerzos para distinguir el origen del resplandor. Y lo distinguieron: un jeep del ejército. La unidad se aproximó cada vez más despacio hasta detenerse. Los tripulantes se desplegaron frente al árbol con sus armas en descanso. No con poca incertidumbre, los manifestantes cerraron filas de cara a los uniformados. La tensión se elevó. Silencio.

Minutos más tarde, el jeep se alejaba por donde había llegado. No se podría saber el verdadero objetivo de su visita, aunque alegaron —sin que alguien les creyera— que hacían un recorrido de rutina por la zona. Sin embargo, algo sí estaba claro: nadie —ni siquiera los verdes— iba a pasar.

Hacia el mediodía corrió la noticia de que seis pueblos más se habían unido a la resistencia y ya bloqueaban el paso en dos carreteras de la zona. El espíritu de lucha se contagiaba, se fortalecía. La resistencia dio resultados varios días después cuando los funcionarios de protección al medio ambiente dieron la cara, visitaron junto con los pobladores la zona de exploración y declararon —altavoz en mano— que la plataforma construida era irregular y que ya estaba concertada una cita con las autoridades para analizar el asunto.

Un estallido de aplausos y chiflidos saturó el micrófono de la cámara que grababa la escena. Era la primera victoria para los pueblos que se plantaron a mitad de la carretera para defender su río. Y rugieron —ahora de alegría— una vez más: ¡No a la presa! ¡No a la presa! ¡No a la presa!

El primer paso estaba dado.

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