Por Roberto Bolaño

Ilustración de la serie: ‘El deleite de la transgresión’ PorRicardo AEME/ foto Itandehui Franco Ortiz

 

(Topeka, 1905 – Nueva York, 1956) Un Quantrill que atraviesa el estado de Kansas a la cabeza de 500 jinetes, banderas con una suerte de cruz gamada primitiva y premonitoria, rebeldes que no se rinden jamás, un plan para llegar al Gran Lago del Oso a través de Kansas, Nebraska, Dakota del Sur, Dakota del Norte, Saskatchewan, Alberta y el Territorio del Noroeste, un filósofo sudista cuya quimera es crear una República Ideal en las cercanías del Círculo Polar Ártico, una expedición que se deshace por el camino acosada por los hombres y por la naturaleza, finalmente doce jinetes exhaustos que arriban al Gran Lago del Oso y desmontan. Éste podría ser el argumento resumido de la primera novela publicada por J. M. S. Hill en 1924 en la Colección Relatos Fantásticos. Desde entonces hasta su temprana muerte acaecida doce años después verán la luz más de treinta novelas y más de cincuenta cuentos.


Sus personajes suelen ser trasuntos de la Guerra Civil y en ocasiones incluso llevan sus nombres (el general Ewell, el explorador perdido Early de La Saga de Early, el joven Jeb Stuart de El Mundo de las Serpientes, el periodista Lee); sus historias transcurren en un presente distorsionado en donde nada es lo que aparenta ser o bien en un futuro lejano de ciudades abandonadas y en ruinas, de paisajes silenciosos e inquietantes similares en muchos aspectos a los del Medio Oeste americano. Sus argumentos abundan en héroes predestinados, científicos locos, clanes o tribus escondidas que en determinado momento deben emerger y luchar contra otras tribus escondidas, sociedades secretas de hombres vestidos de negro que se reúnen en ranchos perdidos en la pradera, detectives privados que deben buscar a personas perdidas en otros planetas, niños robados y criados por razas inferiores para que en la edad adulta tomen el control de la tribu y guíen a ésta hacia el sacrificio, animales ocultos y de apetito insaciable, plantas mutantes, planetas invisibles que de pronto se hacen visibles, adolescentes ofrecidas en sacrificios humanos, ciudades de hielo habitadas por una sola persona, vaqueros que son visitados por ángeles, enormes movimientos migratorios que a su paso lo destrozan todo, laberintos subterráneos por donde pululan monjes guerreros, complots para matar al presidente de los Estados Unidos, naves espaciales que abandonan una Tierra en llamas y colonizan Júpiter, sociedades de asesinos telépatas, niños que crecen solos en grandes patios oscuros y fríos.


Su literatura no es pretenciosa. Sus personajes hablan como seguramente lo hacían en Topeka en 1918. Su ocasional falta de rigor verbal queda suplida por su infinito entusiasmo.


J. M. S. Hill fue el último de los cuatro hijos de un sacerdote de la Iglesia Episcopalista y de una madre cariñosa y soñadora que de soltera trabajó como taquillera en uno de los cines de su ciudad natal. Vivió solo casi toda su vida. Sólo se le conoció un amor, desdichado. En sus escasas declaraciones personales decía que ante todo era un profesional de la escritura. En privado se jactaba de haber creado parte del utillaje y del vestuario del nazismo alemán, aunque éstos sin duda no llegaron tan lejos.


Sus novelas están pobladas por héroes y titanes. Sus paisajes son desolados, inmensos y fríos. Cultivó el género del oeste y el de detectives, pero sus mejores obras pertenecen al de ciencia ficción. No es raro, sin embargo, encontrar novelas suyas en donde se mezclan los tres géneros.


Desde los 25 años vivió en un pequeño piso de Nueva York en donde morirá seis años más tarde. Entre sus pertenencias se encontró una novela inconclusa de tema seudohistórico, La Caída de Troya, que tardará en editarse hasta 1954.

*Texto publicado en La literatura nazi en América (1996).

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