¡Méndigos animalejos! ¡Me cain en la punta de la…!”.

Exactamente esa que usted está pensando fue la parte anatómica donde una de mis comadres dijo que le caían los mosquitos que, la noche anterior, no la habían dejado dormir. La comprendí perfectamente, porque…

¿Existirá algo peor que una noche en que uno está desmoronándose de sueño cuando, de pronto, desde las entrañas del averno se empieza a escuchar un conocido ¡bz, bzz, bzzz! Zumbidito que en crescendo se transforma en ¡BZZZZZZZ!

“¡En la madre!”, piensa uno medio adormilada para levantarse de la cama e ir, ipso facto, a buscar el paquete de los milagrosos Raidolitos Bayer. Y ni modo, ahí va una a oscuras, en pantuflas, trastabillando y mentando madres a más no poder.

Llega una hasta el lugar indicado, prende la luz, busca y encuentra el dichoso empaque, pero… ¡Oh, ¡maldición! La méndiga cajita se encuentra vacía. No hay ni un Raidolito. Ni pa’ remedio.

A punto de soltar el llanto, se recuerda que por ahí, en algún rincón, quedó guardado un artefacto, marca Acme o Sepalabola, al que se le ponen unas laminitas y funciona con electricidad. Ahí va una de nuevo, trastabillando, a hacer inventario de los tiliches que en otra alacena se concentran.

Se empieza a buscar y a encontrar todo… ¡Todo lo qué en ese momento no se ocupa! Pinceles, tachuelas, martillos, desarmadores, pinzas, pomos y tubos de pinturas, trementina, barniz… Y lero, lero, candelero, para que, finalmente… ¡Ni madres del ese aparatejo! En fin.

Regresas a la cama a intentar dormir. A sabiendas de que… Después del zumbidito, vendrán la comezón y las ronchas. ¡En la madre! Al recordar la palabra ronchas recuerdas la de comezón y… Empiezas a sentir necesidad de rascarte al grito de “¡El antirepelente!”.

Ahí vas de nuevo. Enciendes la luz para buscar el pomito atomizador del antirepelente, mientras piensas: “¡’Ora sí te la vas a pelar, pinchi mosquito!”. Pero… La historia se repite. No antirepelente. No laminitas. No Raidolitos. 

Al borde de la histeria, estás en un tris de bajar hasta el OXXO de la esquina, ¡oh, gran invento regiomontano que por fortuna funciona las 24 horas del día!, para comprar lo que sea con tal de fulminar al molesto mosquito: Raidolitos, H24 Casa & jardín o… ¡Una bazuca! 

Antes de atreverte a bajar toda empijamada y empantuflada hasta el OXXO de la esquina, se te ocurre hablar por teléfono a la tiendita de conveniencia.
. —OXXO, buenas noches.

—¡Ángel! —exclamas con voz desesperada, reconociendo la voz del dependiente velador.

—[Silencio]
—¡Ángel! ¿Sí eres Ángel, verdad?

—Sí, soy Ángel… ¿Quién habla?

. —Soy yo, tu vecina. La que le subes los garrafones Bonafont al tercer piso.
—¡Ah! Sí, señora… Disculpe, no la reconocí. No me diga a estas horas ocupa un garra…

—¡No, Ángel! Necesito que me digas si tienes Raidolitos!

—Nop.
—¿H 24?

—Nop.
—¿Repelente contra insectos?

—Nop.
—¿Algo qué se le parezca? ¿Laminitas?

—¿De cuáles laminitas?

—¡Cómo que de cuáles lamini…! 

—[Silencio con risitas contenidas]

—Ángel, por favor, dime… ¿Qué tienes para exterminar mosquitos.

—Nada.
—¿Nada?
—Nop. Que diga, sip. 

—¡Sííííí! ¿Qué, Ángel?

—Periódico.
—¿Periódico?
—Sí señora, lo agarra, lo enrolla y a darle cómo si fuera mosca. ¡A ver cuándo le atina! ¿Cuál periódico quiere? Aunque ya nomás me queda el Metro. ¿Le sirve?

—¡Olvídalo, Ángel!

Cuelgas el celular. Apagas la luz y, resignada, te metes por cuarta o quinta vez en la cama dispuesta a taparte de pies a cabeza, enrrollada como momia; aunque sepas que aún así será cuestión de segundos después de que el dichoso zumbidito aparezca, para empezar a sentir el taladro de unos piquetes de zancudo en el cuerpo.

Luego aparecerán las ronchotas. ¡Cómo cuando te pega la alergia! Porque para tu desgracia… ¡A los mosquitos les encanta chupar tu sangre! Seguramente los méndigos la encuentran de-li-cio-sa.

Te acurrucas. Te mueres de sueño. Necesitas dormir. Tratas de hacerlo. Tus párpados te pesan. Tus ojos se cierran. Te estás quedando dormida. Empiezas a dormir y cuando crees que lo has logrado… ¡Un bzzzzzzzzzzz empieza a rondar cerca de tu oreja izquierda! Siempre la izquierda, porque invariablemente duermes apoyada en el costado derecho.

Instintivamente lanzas un manotazo cuyo destino final no es otro sino tu propia mejilla. Ahora, adolorida por el moquetazo y otra vez bien despierta, Imaginas al desgraciado y volátil hematófago carcajeándose a tus costillas.

Pero el sueño es mucho y lo vuelves a intentar. Comienzas a sentir los primeros piquetes. Quieres ignorarlos junto con las ronchas que inmediatamente se inflaman. Necesitas lograr dormir. 

No puedes entender que puedas dormir, como tronco, teniendo a tu lado el estéreo encendido a mediano volumen. Y que ni de chiste te despierten ruidos, gritos y sombrerazos o estruendos. ¡Ah! Pero que no sea un intermitente bzzzzzzzzz, bzzzzzzzz, porque ya te fregaron buena parte de la noche. Tu dormir va al carajo.

Al otro día andas como caballo lechero, con un genio de los veinte mil diablos, y repitiendo mentalmente una plegaria: “¡Ay, Diosito! Ya que no piensas exterminar a los mosquitos del planeta… Cuando menos… ¡Acuérdame de comprar unas tres cajitas de Raidolitos Bayer! ¡O un manojote de la yerba de Santa María!”.

Por Carmen Libertad Vera

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