Nadie en la Guadalajara de los años 40 recordaba una lluvia semejante, a excepción, quizás, de quienes vivieron la tromba de 1897 que algún diario mencionara, y cuya precipitante furia se descargó por los rumbos del Cerro del Cuatro y Toluquilla.

La capital jalisciense, en 1940, a duras penas contaría con 250 mil habitantes. Entre las clases populares todavía era muy frecuente el uso del rebozo y los huaraches. En cambio, las señoras popoff ya usaban modas y tocados a lo Bette Davis, lo que incluía el uso de grandes hombreras. Los caballeros de las supuestas “familias de bien” andaban de traje cruzado y sombrero tipo gánster. El servicio telefónico se contrataba en las compañías Erickson y/o Mexicana. La Esquina del Diablo era un famoso expendio de carbón de pino ubicado en la calle de Ogazón. En 16 de septiembre y López Cotilla aún existía el prestigiado establecimiento comercial Al Libro de Caja; en las cercanías del Mercado Corona, por la avenida Hidalgo, estaban la conocida mercería La Muñeca y la surtida tlapalería La Estrella.

Ese año de 1940, el 15 de septiembre resultó ser domingo, razón por la que fue muy probable que muchos tapatíos al medio día acudieran al Parque Oro a presenciar el partido de fútbol; o por la tarde a la corrida de toros en El Progreso, o a una función de cine en el Roxy, el Regio, el Reforma, el Encanto o el Tabaré; por la noche, algunos otros acudirían a dar el tradicional Grito en la Plaza de Armas, mientras los más pachangueros fueron a alguno de los bailes efectuados en aquel Club Guadalajara de la colonia Reforma o en el café-restaurante Montparnasse.

Con toda seguridad, ningún tapatío pudo pronosticar o intuir siquiera la copiosa tormenta que después de la una de la madrugada caería sobre toda la ciudad, provocando inundaciones y grandes daños en distintas zonas durante casi dos horas y media.

Entre los sitios urbanos con mayor afectación se mencionaron los cercanos a los antiguos cauces del arroyo del Arenal y del río San Juan de Dios, llegando en algunos lugares a subir el agua más de un metro de altura. ¡Y ni qué decir de los terribles vendavales! Éstos fueron descritos con tanta fuerza, misma que obligó a algunos habitantes a preferir abandonar sus viviendas y salir a la empapada intemperie, ante el temor de ser víctimas del derrumbe de un remojado muro de adobe.

Por el lado sur de la ciudad, en las calles Comercio y Manzana, las mayores afectaciones ocurrieron en una fábrica de tequila y otra de cosméticos. En el barrio de la Capilla de Jesús también se reportaron algunos daños, los cuales incluyeron la inundación de algunas áreas del propio templo.

Guadalajara ese día amaneció no sólo oliendo, más que nunca, a tierra mojada, sino con su servicio de tranvías eléctricos paralizado debido a las descomposturas sufridas en los carros estacionados en los patios de la terminal; con cerca de cincuenta automóviles varados por causa de la lluvia, varios árboles arrancados de cuajo por el imperioso viento, y harta tierra o pedazos de escombros arrastrados por las corrientes de agua, además de diez fincas derrumbadas en la calle Angulo, otra por Medrano y una más por Jesús García.

En el recuento de los daños, no fueron excepción los alrededores de la Calzada Independencia, en especial el Parque Morelos, donde quedaron arrasados por completo prados y camellones; y el antiguo mercado de San Juan de Dios, cuyos puestos de vendimias quedaron por completo inundados, llegando en algunos casos a reportarse como pérdida total.

Cuentan testimonios de la época que por el río que se formó en la antigua calle Olas Altas, hoy Javier Mina, flotaron todo tipo de frutas y legumbres en compañía de otros productos perecederos y no perecederos.

A raíz de esa tromba, al que algunos prefirieron identifican como un “cordonazo”, no faltó el oportuno versificador que en hojas impresas anduvo por las calles tapatías vendiendo sus compuestas coplas con “El Corrido de la Tromba”, composición jocosa y testimonial de la que a continuación reproducimos algunas estrofas:

El dieciséis de septiembre

del novecientos cuarenta

azotó a Guadalajara

una tromba con tormenta.

La gente había regresado

de la ceremonia del Grito

y pensaba recogerse

en su casa o jacalito.

Los dormidos habitantes

de esta Perla de Occidente

despertaron alarmados

al escuchar el ambiente.

[…]

El barrio más castigado

fue el de San Juan de Dios

donde el lodo iba subiendo

de las parrillas en pos.

[…]

San Juan de Dios, su mercado

se cambiaba de repente

porque todas sus vendimias

nadavan [sic] en la corriente.

[…]

Se pensó en el fin del mundo

y en otro nuevo diluvio,

y las viejas despintadas

no tenían ni un pelo rubio.

¡Mi hijo”, decía una vieja

desgreñada y mojadita,

y un borracho recitaba:

¡Mi suegra quese ‘ogue ‘orita! [sic]

El humor después de la tragedia anual que con toda puntualidad ocurre por estas tierras. Tragedia que en mayor o menor medida que en aquel 1940, poco o nada hacemos por evitarla. Aunque sepamos que las inundaciones han provocado no pocos decesos. Nuestra memoria es muy flaca, o la inconsciencia ciudadana y político-administrativa, es bastante rechoncha.

Las zonas de riesgo en Guadalajara están plenamente identificadas y, por lo general, nuestras “indundancias” anuales ocurren donde se han urbanizado arroyos, partes bajas de la ciudad y las llamadas sub cuencas; urbanización que aunada a las deficiencias o falta de construcción y remozamiento de instalaciones hidro-eléctricas o servicios de agua potable y alcantarillado, ocasionan que cualquier tormentita con precipitación pluvial de 16 mm, como la ocurrida este 22 de julio del 2017, convierta los principales cruces y avenidas tapatías en canales venecianos, región 4.

Para aquellos que opinen que la reciente precipitación pluvial no fue poca cosa, y que no fue tormentita, sino tormentota, me permito informar o recordar que en Guadalajara han caído lluvias con una precipitación pluvial de 46.6 mm, lo que significa 46.6 litros por metro cuadrado, y vientos de 75km por hora. Como la ocurrida en septiembre de 1995, donde el agua en algunas zonas del oriente de la ciudad alcanzó a subir dos metros, debido al desbordamiento del “seco” y urbanizado Canal de San Ramón.

Porque a diferencia de los políticos tapatíos, el agua sí tiene memoria, y con mayor o menor fuerza anualmente regresará a sus cauces originales.

Así que… ¡Aguas! Ya lo sabe. Cuando en esta “noble y leal” llueva, a los ciudadanos no nos queda otra sino tomar las debidas precauciones, a fin de evitar que en las “indundacias” nos lleve la corriente.

Por Carmen Libertad Vera

Comments

comments