En la Guadalajara de antaño existió un portal al que llamaban de Las Flores, cercano a la Caxa Real y a la derruida manzana donde, por mucho tiempo, estuvieran algunos de los comercios farmacéuticos más importantes de la ciudad.

Hasta ese portal llegaban a diario tempraneras marchantas, venidas desde sembradíos entonces no muy cercanos. Por las calles tapatías se anunciaba su caminar con un conocido pregón matinal: “¡Las floooriiiis, las floooriiiis!”

Ellas traían consigo, a cuestas, canastos cargados con sencillos manojos de pétalos olorosos y coloridos. Rosas para regalar a las enamoradas, azucenas impolutas para la favorita advocación mariana, varas de gladiolos y nardos que adornaron búcaros de porcelana, estallados claveles que galantemente portaba en el ojal algún caballero, delicados pensamientos disecados luego en el interior de un misal o un devocionario, abiertos cálices de níveos alcatraces sedientos por sumergir sus tallos en el agua de un cántaro de barro.

Por el mes de noviembre, ellas transportaban amarillos cempoalxochitls y cárdenos cordones de obispo, los que eran luego depositados sobre y tumbas lápidas, como un tributo a los fieles difuntos; además, ellas siempre traían consigo nubes etéreas, esas diminutas florecitas de sutil blancura.

Con toda seguridad, muchas de esas marchantas acarreaban también florescencias que no eran de ornato, sino comestibles, de aplicación doméstica o medicinal.

Como las olorosas flores de San Juan, para el arroz con leche; las violáceas espigas de la verdosa albahaca, los rizados manojitos de orégano para sazonar calditos de pollo o de gorda gallina, la fragante hierbabuena que aliviaba cólicos; las ramas de Santa María, tan perfectas para espantar con su humareda a los molestos mosquitos; las ramitas de pirul, como alimento de enjaulados pájaros canoros o para ahuyentar los malos espíritus.

Como reminiscencia de esas épocas, todavía en algunos expendios de los alrededores, especialmente afuera de La Merced, se puede ver la presencia de humildes vendedoras de flores y yerbas.

Fue muy probable que aquellas marchantas también ofrecieran manojitos de otras plantas, menos coloridas, pero que para la sabiduría popular eran consideradas terapéuticas.

Entre ellas, sin duda alguna destacaron las grandes hojas de llantem con sus verdinegras espigas, ideales para aliviar dolores de panza; o los alargados y filosos listones del té de limón, la frescura de la manzanilla que curaba retortijones y empachos; la suave cortesía de los azahares de limón o de naranjo sugeridos, como la valeriana para el buen dormir; y otras hierbas como ruda, “istafiate”, gordolobo, borraja, eucalipto, o romero.

Su catálogo incluyó otras yerbas más, como la marihuana, la que con el tiempo no fue considerada tan de libre y portalero comercio. Si, leyó usted bien: ma-ri-hua-na.

Porque aunque ahora resulte difícil de creer, existe constancia de la venta pública de la cannabis índica con los yerberos tapatíos, ya que el 4 de septiembre de 1918, un aviso firmado por el presidente municipal José Rosas Segura, contenía un breve pero explícito listado de las hierbas que se habían prohibido su venta directa al público: “Beleño, belladona, cavalongas, cantáridas, cebolleja, cicuta, cintul, codos de fraile, colorines, estramonio o toloache, marihuana, yerba de la Puebla, zcapatli”.

Advirtiendo entonces que “las personas que se dediquen a la recolección y venta de animales y plantas medicinales, no podrán vender aquellos que en los reglamentos sean declarados venenosos sino a los expendios de medicinas. (Art. 229 del Código Sanitario vigente)”.

Prohibición que a diferencia de lo que pudiera pensarse, no fue exclusiva para los yerberos puesteros o ambulantes, sino también para los establecimientos farmacéuticos con carácter médico; ya que dos días antes, el 2 de septiembre de 1918, el mismo funcionario Rosas Segura, mediante otro aviso similar informaba:

Para conocimiento de los propietarios de Boticas en esta ciudad, se publica el contenido del Artículo 230 del Código Sanitario vigente que a la letra dice: ‘Los medicamentos, cosméticos, &., que a juicio del Consejo Superior de Salubridad sean nocivos o que puedan ser utilizados para algún fin criminal, serán retirados del consumo público, y su venta quedará desde luego prohibida’.”

Aviso de suma trascendencia en ese concurrido sitio, porque frente a aquel antiguo y yerbero Portal de Las Flores, se ubicó también una conocida zona farmacéutica con varias de las más antiguas y conocidas boticas de Guadalajara, todas ellas con amplia estantería y un conglomerado infinito de sustancias raras colocadas en frascos y botellas; una de esas boticas fue la de los señores Ocampo y Cortés, “fundada en 1802 bajo la advocación de la Santísima Trinidad”.

El gran cronista Orendain cuenta que “ninguna [otra botica] subsistió por tanto tiempo”, ya que duró más de un siglo. De ella dependía un “Laboratorio Farmacéutico al vapor, (único en la República), para la producción de todos aquellos productos que por falta de maquinaría venían del extranjero’.

Esa botica estuvo asentada en la A, así nomás, en la A y a manera de numeración, de la antigua calle de Santa Teresa, hoy Morelos.

Algo nada raro en esos tiempos, porque revisando un ejemplar del Boletín de Ingenieros de Jalisco, proveniente de 1881, su portada señala como lugar de tipografía el de R. Loweree, en la L. de esa misma calle.

Calle donde además, hasta el número 55 y las letras B, C, D y E, estuvieron otras cuatro boticas. A saber, la famosísima de Lázaro Pérez, la Botica del Refugio de don Lorenzo Ornelas, la Botica del Auxilio de don Tomás González, y la Botica de las Mercedes de don Jacinto Montaño.

Por supuesto que el más destacado de esos farmacéuticos, en palabras del propio Orendain, fue don Lázaro Pérez, “quien se recibió en 1841, [un] hombre sabio en su materia y como botánico, físico, químico y toxicólogo”.

De 1890 proviene el siguiente anuncio de esa reconocida botica: “Este famoso establecimiento tiene y tendrá siempre el surtido más completo, abundante, selecto y variado que pueda hallarse en esta plaza relativo a Drogas, Productos Químicos y Farmacéuticos. Especialidades, Medicinas de Patente, Perfumería, Artículos de tocador, Esponjas, Instrumentos, Aparatos. Enseres y Útiles para Farmacéuticos y Médicos, Vidriería, Materiales para Fotografía, Vendajes, Máquinas Eléctricas, Atomizadores de vapor de Lister. Aguas Minerales, etc. Cada mes llegan nuevas mercancías de Londres, Berlín, París, Dresdem Hamburgo, Leipzsing, Nueva York y Filadelfia. Correspondencia en francés, inglés y alemán.”

¡De todo, como en botica! Decía aquel dicho de antes, el que perfectamente bien pudiera aplicarse en estos días, cuando en no pocas farmacias tapatías se puede encontrar de todo. ¡A veces hasta medicinas!

Sólo que en esas boticas de antaño, a diferencia de las actuales, además de los coloridos Ojos de Boticario (unas llamativas, enormes y características esferas de cristal, a manera de damajuanas, atiborradas con aguas simples pero tintas en rojo, verde, amarillo o azul), también se podían encontrar precios muy distintos a los de hoy. Vayan aquí algunos ejemplos de ello: “Sinapismos en papel a 4 ¢ la hoja. Aceite de ricino 6 ¢ la onza. Perlas de éter 37 ¢ onza. Gránulos de Dioscórides $ 2.75 la libra y 75 ¢ la de pastillas de clorato de potasa”,

Todos esos productos casi desparecidos por haber caído en el desuso y la obsolescencia. Otros, aún con el paso del tiempo, siguen presentes en los estantes farmacéuticos de las llamadas boticas antiguas, como son la Botica Jalisciense y la Botica del Hospicio.

Muchos de esos productos se expendían en la famosa Farmacia Alemana, para mayores señas también anunciada como De Nuestra Señora de Guadalupe, cuyo propietario fue el famoso Juan Jaacks [sic], botica que estuvo ubicada en la calle San Francisco número 9 y donde entre otras cosas se vendía:

Goma damar y fósforo para cerilleros. Azul ultramarino. Tambores grandes y chicos de sosa cáustica. Latas de sebo americano. Emplasto Monópolis y Aceite Maravilloso, ambos de José Grisi. Tés de la China. Extracto y polvo de carne. Mostaza Colman. Baking Powder. Whiskey. Coñac. Hennessy”. Botica donde además realizaban los servicios de: “Compra de metales preciosos, y cambio de monedas de todos los países”.

De acuerdo a Orendain, “cada establecimiento tenía su especialidad. La botica de don José Ascencio, calle del Palacio 11½ [sic], tenía fama por la tintura que llevaba su apellido ‘para teñir el pelo encanecido, para negro y para castaño’.

“En la de La Compañía, propiedad del profesor don Vidal Torres, se vendían tres preparaciones muy solicitadas: El jarabe pectoral de azulfalfas en cuya composición entraba el árbol de ese nombre, [además de] pasas, dátiles, regaliz, extracto de opio y varias flores cordiales.

“Otra era una bebida llamada hipocrás. […] El tercer preparado consistía en los ‘refrescos de Agua Meliza, muy buscadas para las chorchas y veladas’ según relata el inolvidable Ixca Farías”.

De allí que entre aquella marihuana conseguible en el Portal de las Flores, y aquellos preparados con “extracto de opio” que se adquirían en la botica de don Vidal, los tapatíos de aquellas épocas no le pedían nada a los de ahora.

Si lo duda, dese una vueltita con los “clandestinos” vendedores de muestras médicas del Santuario, o con el dealer más cercano a su corazón; chanza y con este último consiga algo de mota para las “riumas” de su abuelita.

Además del surtido rico de muchas de aquellas yerbas y sustancias, o medicinas de patente, ingeribles, untables o inyectables, tan similares o idénticas a las que para su consumo los bisabuelos tapatíos tuvieron muy a su libre y cándida disposición. ¿’Edá?

Por Carmen Libertad Vera

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