Ilustración de la serie ‘Muros que hablan II’

Las características sobresalientes de todos los productos de la imaginación pornográfica son su energía y su absolutismo.

Los libros que en general se llaman pornográficos son aquellos cuya preocupación primordial, exclusiva y excluyente consiste en describir “intenciones” y “actividades” sexuales. También podríamos decir “sentimientos” sexuales, pero el término parece redundante. En todo momento los sentimientos de los personajes que despliega la imaginación pornográfica son idénticos a su “comportamiento” o corresponden a una fase preparatoria, la de la “intención”, próxima a trocarse en “comportamiento” si no los frustra un obstáculo físico.

La pornografía utiliza un vocabulario reducido y grosero para referirse a los sentimientos, siempre en relación con las perspectivas de actuar: el sentimiento de que a uno le gustaría actuar (lujuria); el sentimiento de que a uno no le gustaría actuar (vergüenza, miedo, aversión). No existen sentimientos gratuitos o que no sean funcionales; ni reflexiones, conjeturales o figurativas, que sean ajenas al asunto en cuestión. Por tanto, la imaginación pornográfica habita un universo incomparablemente económico, por muy repetitivos que sean los acontecimientos que ocurren en él. Se aplica el criterio de pertinencia más estricto posible: todo debe estar relacionado con la situación erótica.

El universo que postula la imaginación pornográfica es total. Tiene el poder de ingerir, metamorfosear y traducir todas las preocupaciones que le inyectan, reduciéndolo todo a una sola moneda negociable: la del imperativo erótico. Toda acción se concibe como una serie de intercambios sexuales.

En consecuencia, la razón por la cual la pornografía se niega a hacer distinciones fijas entre los sexos o a permitir que perdure cualquier tipo de preferencia o tabú sexual se puede explicar “estructuralmente”. La bisexualidad, la indiferencia por el tabú del incesto y otros rasgos similares, comunes a las narraciones pornográficas, sirven para multiplicar las posibilidades de intercambio. En términos ideales, sería posible que todos tuvieran relaciones sexuales con todos los demás.

Por supuesto, la imaginación pornográfica dista mucho de ser la única forma de conciencia que propone un universo total. Otra es el tipo de imaginación que ha generado la lógica simbólica moderna. En el universo total que postula la imaginación del lógico, es posible fragmentar o digerir todas las afirmaciones para volver a expresarlas en la forma del lenguaje lógico. Aquellas partes del lenguaje común que no encajan en el molde simplemente se amputan. Para tomar otro ejemplo, algunos de los conocidísimos estados de la imaginación religiosa practican el mismo tipo de canibalismo: devoran todos los materiales puestos a su alcance para reconvertirlos en fenómenos saturados de antítesis religiosas (sagrado y profano, etcétera).

Por razones obvias, este último ejemplo es muy afín al tema que estamos tratando. Las metáforas religiosas abundan en buena parte de la literatura erótica moderna —sobre todo en Genet— y también en algunas obras de la literatura pornográfica. Historia de O recurre a una plétora de metáforas religiosas para describir el suplicio de O. Esta “deseaba creer”. Su radical condición de total servidumbre personal respecto de las personas que hacen uso sexual de ella es definida reiteradamente como una forma de salvación. Ella se entrega, con angustia y ansiedad, y “a partir de entonces no hubo más lagunas, horas muertas, ni más remisión”. Si bien no cabe ninguna duda de que O ha perdido por completo su libertad, también ha ganado el derecho a participar en lo que se describe como si fuera virtualmente un rito sacramental: “La palabra ‘abierta’ y la expresión ‘abriendo sus piernas’ estaban cargadas de tanto desasosiego y poder, en los labios de su amante, que nunca podía oírlas sin experimentar una suerte de postración interior, una sumisión sagrada, como si le hubiera hablado un dios, y no él”.

Aunque teme la flagelación y otras sevicias antes de que le sean infligidas, “sin embargo cuando todo terminaba se sentía dichosa de haber pasado por ello, y más dichosa aún si la sesión había sido especialmente cruel y prolongada”. Los azotes, la aplicación de marcas con hierros incandescentes y las mutilaciones son descritas (desde el punto de vista de su conciencia, la de O) como suplicios rituales que ponen a prueba la fe de una persona que se inicia en una disciplina espiritual ascética. La “sumisión perfecta” que le exigen su primer amante y después sir Stephen trae reminiscencias de la anulación del yo que le imponen explícitamente al novicio jesuita o al discípulo zen. O es “esa persona abstraída, que ha renunciado a su voluntad a fin de ser totalmente reelaborada”, para que la pongan en condiciones de servir a otra voluntad mucho más poderosa y perentoria que la suya.

Como era previsible, la literalidad de las metáforas religiosas de Historia de O inspiró algunas lecturas igualmente literales del libro. El novelista Mandiargues, cuyo prólogo precede al de Paulhan en la versión estadounidense del libro, no vacila en describir Historia de O como “una obra mística”, que por consiguiente “no es, hablando con propiedad, un libro erótico”. Lo que narra Historia de O “es una transformación espiritual completa, lo que otros llamarían una ascesis”.

Pero la cuestión no es tan sencilla. Mandiargues tiene razón cuando desecha un análisis psiquiátrico del estado mental de O que reduciría el tema del libro, digamos, al “masoquismo”. Como dice Paulhan, “el fervor de la heroína” es totalmente inexplicable de acuerdo con el vocabulario psiquiátrico convencional. También es necesario explicar el hecho mismo de que la novela emplee algunos de los motivos y trucos típicos del teatro sadomasoquista. Pero Mandiargues ha caído en un error igualmente simplista y apenas menos vulgar. Ciertamente, el vocabulario religioso no es la única alternativa a las simplificaciones psiquiátricas. Pero el hecho de que sólo existan estas dos alternativas esquemáticas vuelve a demostrar que, no obstante la nueva permisividad de la que se hace tanto alarde, en esta cultura sigue imperando la arraigada denigración de la magnitud y seriedad de la experiencia sexual.

Según mi opinión personal, “Pauline Réage” escribió un libro erótico. La idea de que el eros es un sacramento, implícita en Historia de O, no es la “verdad” oculta detrás del sentido literal (erótico) del libro —los ritos lascivos de esclavización y degradación a los que es sometida O— sino, precisamente, una metáfora de dicho sentido. ¿Por qué decir algo más fuerte, cuando lo manifestado no puede significar realmente nada más fuerte? Pero si bien la experiencia sustantiva que esconde el vocabulario religioso es virtualmente incomprensible para la mayoría de las personas cultas de nuestro tiempo, existe una devoción inalterable hacia la solemnidad de las emociones que se vertían en aquel vocabulario. La imaginación religiosa perdura para la mayoría de las personas no sólo como el principal modelo creíble de una imaginación que se compromete de manera total, sino casi como el único modelo de este tipo de compromiso.

No es extraño, entonces, que las formas nuevas o radicalmente renovadas de la imaginación total que han aparecido en el siglo pasado —sobre todo las del artista, el erotómano, el revolucionario de izquierdas y el loco— hayan usufructuado crónicamente el prestigio del vocabulario religioso. Y las experiencias totales, de las cuales existen muchas variedades, generalmente se captan, una y otra vez, como reverdecimientos o traducciones de la imaginación religiosa.

Una de las principales tareas intelectuales del pensamiento futuro consistirá en ensayar la creación de una nueva forma de explayarse en el plano más serio, vehemente y entusiasta, con independencia total del molde religioso. Tal como están las cosas, cuando todo lo que va desde Historia de O hasta Mao es reabsorbido en la incorregible supervivencia del impulso religioso, todo el pensamiento y todo el sentimiento se degradan. (Hegel fue quizá quien realizó el mayor esfuerzo encaminado a forjar, a partir de la filosofía, un vocabulario pos-religioso que contuviera los tesoros de la pasión, la credibilidad y la justeza emotiva acumulados hasta entonces en el vocabulario religioso. Pero sus epígonos más interesantes socavaron sistemáticamente el lenguaje abstracto meta-rreligioso en que él había legado su pensamiento, y se centraron en cambio en las aplicaciones sociales y prácticas específicas de su forma revolucionaria de pensamiento dialéctico, el historicismo. El fracaso de Hegel se atraviesa en el panorama intelectual como una mole gigantesca e inquietante. Y después de Hegel nadie ha sido suficientemente desmesurado, presuntuoso o enérgico para retomar la iniciativa).

Y así seguimos, zigzagueando entre nuestras variadísimas opciones de imaginación total, de especies de seriedad total. Quizá la repercusión espiritual más profunda del desarrollo de la pornografía en la etapa “moderna” y occidental que abordamos aquí (la pornografía en Oriente o en el mundo islámico es muy distinta) reside en esta inmensa frustración que experimentan la pasión y la seriedad humanas desde que la antigua imaginación religiosa, dueña de un monopolio seguro sobre la imaginación total, empezó a desmoronarse en las postrimerías del siglo xviii.

La ridiculez y la ineptitud de la mayoría de los textos, películas y pinturas pornográficas salta a la vista de cualquiera que los haya conocido. Lo que se capta con menos frecuencia en los productos típicos de la imaginación pornográfica es su patetismo. La mayor parte de las obras pornográficas —sin excluir los libros aquí analizados— pone de relieve algo más general que el simple daño sexual. Me refiero a la incapacidad traumática de la sociedad capitalista moderna para suministrar auténticas vías de desahogo a la perenne vocación humana por las calenturientas obsesiones visionarias, para satisfacer el apetito de formas sublimes de concentración y seriedad que trasciendan el yo. La necesidad de trascender “lo personal” que experimentan los seres humanos no es menos profunda que la necesidad de ser persona, individuo.

Pero esta sociedad satisface muy mal dicha necesidad. Suministra sobre todo vocabularios demoníacos en los cuales situarla y a partir de los cuales se inicia la acción y se elaboran ritos de comportamiento. Se nos ofrece optar entre vocabularios de pensamiento y de acción que no son sólo auto-trascendentes sino también autodestructivos.

Por Susan Sontag

*Texto de Estilos radicales (1979).

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