¿Por qué tendrían que pensar en Japón unos pescadores de Oaxaca?

Por César Bárcenas Curtis 

Ilustración por Cristina Guerrero

Antes del amanecer, en Playa Escobilla, municipio de Santa María Tonameca, sobre la costa oaxaqueña, una tortuga llega entre las olas del mar a la orilla. Lentamente camina por la arena hasta llegar a un paraje donde empieza a escarbar poco a poco, sin prisa. Después de unos minutos, la tortuga ha cavado un hoyo a media profundidad. Con parsimonia se acomoda sobre la cavidad para comenzar a desovar. Uno a uno, los huevos caen desde sus entrañas hasta el surco. Al finalizar, cubre con delicadeza absoluta y de manera reposada el hoyo. La tortuga, tranquila, se retira del lugar, paso a paso. Cuando llega a la orilla de la playa, las olas la cubren, desvaneciéndola mientras se vislumbra el amanecer.

En un embarcadero cercano, donde se perciben los primeros rayos del sol, Ignacio, un pescador de aproximadamente 30 años, prepara las redes. Su hijo Martín, un niño de 10 años, lo ayuda a pesar de la modorra. Martín atiende mecánicamente las indicaciones de su padre, quien le exige que despierte y haga las cosas rápido y bien.

Al terminar de preparar las herramientas para la pesca, Ignacio enciende la lancha, que progresivamente agarra velocidad para internarse en las aguas mientras el sol se levanta en el horizonte. Martín se aferra a una cuerda con todas sus fuerzas; no quiere caer al agua. La lancha atraviesa el mar, desapareciendo entre el imberbe haz luminoso del sol.

Cuando termina la jornada, Ignacio entrega la pesca del día en la cooperativa. Alfonso, un cuarentón malhumorado, le reclama que cada vez trae menos atún. Ignacio culpa a los barcos pesqueros de las grandes compañías y a las vedas impuestas por el gobierno. Alfonso le avisa que habrá junta para discutir un asunto con respecto a la cooperativa.

De uno en uno, los pescadores se acercan al punto de reunión de la cooperativa. Álvaro, señor de unos 60 años y líder de la mesa directiva, pide silencio; Martín se acerca para escuchar. Álvaro habla acerca de la crisis por la que atraviesa el negocio. Les explica que hay una propuesta de una empresa japonesa que está interesada en comprar las acciones de cada uno de los integrantes de la cooperativa, así como sus embarcaciones. Además, los que así lo deseen pueden ser empleados en las flotillas de la empresa.

Ignacio levanta la voz en contra de la propuesta. Señala que no se puede vender tan fácil lo que tanto les ha costado construir y que para él es la herencia y el futuro de sus hijos; por la memoria de sus antepasados, no deben vender.

Álvaro contesta que no se puede tomar en cuenta únicamente la decisión de una sola persona y pide que levanten la mano los que están a favor de analizar la oferta de los japoneses. La mayoría de los cooperativistas levanta la mano. Álvaro le dice a Ignacio que debe aceptar la decisión de los demás, y éste se retira de inmediato, molesto e indignado, convencido de que él no está a la venta.

***

Martín camina en la playa de regreso a casa con la pesadez de que mañana hay que volver a empezar. Dos niños, Edgar y Luis, juegan fútbol sobre la arena. Martín los rodea alejándose de ellos lo más posible. Los ignora, pero ellos a Martín no. Edgar tira un balonazo que golpea a Martín en la espalda. Ambos niños ríen. Molesto, Martín patea el balón hacia el mar. Las olas lo toman y juegan tiki-taka con él.

Edgar y Luis le exigen a Martín que les devuelva el balón. Él se niega, y ambos niños lo tumban a empujones para patearlo. Después de la tunda, se retiran riéndose de Martín, quien queda tendido sobre la arena. Martíne incorpora tras unos instantes y se limpia la sangre que le escurre de la nariz. Se pone en pie. Camina sobre la arena con más odio que dolor.

Al anochecer, recostado sobre su cama y con un tapón en la nariz, Martín intenta terminar un dibujo de un barco hundiéndose en una tormenta. Se aburre y se desespera porque no puede seguir, así que deja la carpeta de dibujo sobre la cama. Se levanta y camina rumbo al comedor, pero hace alto al escuchar la voz de sus padres. Discuten. Martha, aún en sus veintes y en los últimos meses de un embarazo, prepara la cena mientras le dice a Ignacio que sería mejor irse en busca de mejor vida para sus hijos. Ignacio le aclara que no venderá su parte de la cooperativa y que no se preocupe, pues él se hará cargo.

La discusión continua porque Ignacio quiere que Martha lo apoye, aunque ella le dice que debe pensar también en los demás, no sólo en sí mismo. Ignacio contesta que son pescadores y que por ningún motivo serán empleados de una empresa. Recalca con vehemencia que Martín debe prepararse para ser pescador. Al escucharlo, Martín se retira y se recuesta nuevamente sobre su cama para continuar dibujando ese barco que se hunde en el mar en medio de la tormenta. Su trazo es nervioso, pero no le falta vigor.

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Martín y Martha cenan en completo silencio. El muchacho rompe el hielo preguntando por qué algunos pescadores se están yendo del pueblo. Su madre, sin responder, se levanta de la mesa y tira los restos de su comida a la basura, luego lleva el plato al fregadero. Después de unos momentos, Martha le responde a Martín, con un dejo de tristeza, que tal vez porque se dieron cuenta de que en el pueblo ya no hay futuro, y que quizá ellos también deberían considerar irse, pues cuando poco a poco desaparece lo que amas y en lo que crees, te quedas sin ilusiones, sin ganas de vivir.

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Al día siguiente, la lancha de Ignacio bordea la costa mientras Martín se aferra a la cuerda hasta que se detienen en mar abierto. Ignacio lanza la red y le pide a Martín que la detenga mientras brinca al agua para extenderla. Martín jala la red, pero accidentalmente tropieza y pierda el equilibrio, cayendo irremediablemente al agua.

Martín intenta salir de inmediato a la superficie, pero la red lo envuelve, impidiéndole escapar. El muchacho empieza a ahogarse. Por más que luche, es inútil, y pierde el conocimiento. Antes de que se ahogue, su padre lo lleva de vuelta a la superficie. Ignacio sube al muchacho rápidamente a la lancha para cortar la red con la intención de resucitarlo.

Martín sigue inerte, pero Ignacio, decidido a revivirlo y como última esperanza, le da un fortísimo apretón en el pecho. Martín escupe un chorro de agua y tose copiosamente; ha vuelto. Ignacio le dice que debe tener más cuidado porque el mar no perdona, luego lanza con desdén la red rota al suelo de la barca. Le dice a su hijo que él no le durará toda la vida, que tiene que hacerse más responsable. Martín es un náufrago en medio del mar.

Un viejo doctor revisa a Martín. El chico no está grave, sólo necesita reposo. El doctor le pregunta a Martha cómo va el embarazo, ella responde que bien a pesar de los sustos y corajes que la hacen pasar. El doctor sólo sonríe mientras Ignacio lo acompaña a la puerta. Martha acaricia a Martín, quien le pide que trate de convencer a su papá para que venda su participación en la cooperativa. Ella sólo atina a besarlo y abrazarlo.

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Pasa otro día. La lancha de Ignacio se interna velozmente en alta mar, manteniendo el vertiginoso ritmo hasta que divisa otra lancha; es de la guardia costera. Ignacio disminuye la velocidad hasta detenerse. Uno de los guardias le dice que hay veda de tiburón y que no puede pescar. Ignacio señala que sólo está pescando atún como toda la vida, sin embargo, el guardia le responde que debe revisar la lancha porque han detectado que varios pescadores son traficantes que llevan cargamentos de droga y otras mercancías ilegales.

El guardia sube a la lancha a pesar de la molestia e indignación de Ignacio, quien evidencia que es un abuso, además de preguntarles irónicamente si los mandaron las grandes compañías atuneras. El otro guardia le pide que se calme, amenazándolo con su arma. Ignacio le insiste que en dónde quiere que pesque. El guardia le dice que ese no es su problema y que sólo recibe órdenes. Ignacio se retira, llevando la decepción y frustración a cuestas.

Por la tarde, Ignacio llega al Palacio Municipal. Varios pescadores realizan un mitin a las afueras del edificio, exigiendo que se les permita pescar sin las restricciones de la guardia costera. Álvaro señala que se creará una comisión para hablar con el presidente municipal y, de ser necesario, con el gobernador para que la marina termine con el operativo. Mientras continúan los reclamos de los pescadores, Ignacio encuentra a Nicolás, un viejo pescador que le comenta que lo del operativo es una farsa, una manera de presionarlos para que vendan sus acciones de la cooperativa.

Al incrementarse las protestas de los pescadores, llegan unas camionetas de la armada, y de ellas desciende un pelotón de marinos que empieza a rodear el Palacio Municipal. Varios pescadores insultan a los marinos, quienes los empujan y los amenazan con sus armas, provocando que empiecen algunos forcejeos y agresiones entre ambos bandos. Ignacio ayuda a Nicolás a levantarse después de que cae durante la riña. Le reclama a los marinos y ellos responden llevándoselo detenido. Los otros pescadores se retiran por temor a correr la misma suerte.

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En la cárcel, Ignacio recibe la visita de Álvaro, que está haciendo las gestiones para que lo libren. Ignacio le pide que pague la multa lo más pronto posible, sin embargo, Álvaro pone algunos pretextos. Entonces Ignacio lo increpa, señalando que se vendió a la compañía japonesa, a lo que Álvaro sugiere que unos días encerrado le harían bien para que piense mejor lo que dice. Ignacio se altera y trata de agredir a Álvaro, mas alcanzan a detenerlo antes de que lo llegue a tocar.

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En la playa, al atardecer, mientras varios niños juegan futbol sobre la arena, Martín, un poco mejor, dibuja en su cuaderno. Apenas si puede concentrarse, pues ahí está Perla, una niña de 10 años y con apariencia angelical, quien se sienta junto a él. Perla viene a despedirse. Su familia se irá del pueblo porque su papá venderá sus acciones de la cooperativa a la empresa japonesa. Posiblemente se vayan a la Ciudad de México para luego irse a Estados Unidos, donde están sus familiares.

Martín extrae de su carpeta de dibujo una hoja y se la entrega a Perla. Es un hermoso retrato de ella. Perla lo admira, quedándose sin palabras ante su fiel reflejo en el papel. La mamá de Perla le llama porque están a punto de irse. Antes de retirarse, Perla le dice a Martín que su abuelo siempre decía que a pesar de que la tormenta sea larga, el sol siempre vuelve a brillar. Perla se va corriendo, tal vez para siempre, ante la mirada atónita de Martín, que intenta descifrar sus últimas palabras, para después sólo quedarse mirando el horizonte. Los niños siguen jugando futbol.

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En la cárcel, Martha discute con Ignacio. Le avisa que necesitará los ahorros para pagar su fianza. Ignacio se niega a hacerlo, ese dinero lo reservó para comprar una nueva lancha. Martha le pide desesperada que abra los ojos y vea la realidad: en el pueblo ya no hay futuro. Ignacio sigue en negación. No se dispone a salir hasta que la cooperativa pague la fianza; no se quedará sin ahorros.

Ante la negativa de su marido, Martha habla con Álvaro para obligarlo que pague la fianza. Álvaro se niega en un principio, pero algunos de los pescadores de la cooperativa se unen, presionándole a que suelte el dinero y exigiéndole que renuncie como líder de la cooperativa. Álvaro pide una asamblea extraordinaria en la que se tome una decisión respecto a su puesto como líder.

Ignacio logra salir de la cárcel y asiste a la asamblea extraordinaria. Se vota por que Álvaro siga como dirigente, muy a pesar de la incredulidad y descontento de un grupo de pescadores encabezados por Ignacio, quienes denuncian una compra de votos.

Álvaro le sugiere a Ignacio que venda sus acciones cuanto antes porque podría pasar un accidente. Ignacio se abalanza sobre él, destilando odio, pero los demás pescadores lo detienen antes de que acabe con la vida de Álvaro.

***

Ignacio vende su participación en la cooperativa sin aceptar ser empleado de la compañía japonesa. Decide continuar pescando por su cuenta, y con el dinero recibido compra una lancha. Comienza un nuevo día e Ignacio prepara la red para lanzarse al mar. Mientras él realiza los preparativos, Martín llega con ánimo y mayor seguridad a ayudarlo en el inicio de las labores.

Padre e hijo se internan en mar abierto, sin embargo, se encuentran con una patrulla de la marina. Uno de los guardias le exige a Ignacio que le muestre su permiso de pesca. Ignacio le reclama que las autoridades no han cumplido con su palabra de tramitarlos. El guardia, haciendo caso omiso de las explicaciones, exige dinero a cambio de dejarlos pescar. Antes de que Ignacio empiece a discutir, ve que algunos pescadores se acercan en sus lanchas hasta donde está la patrulla costera.

Poco a poco, los pescadores unen sus voces a la de Ignacio, reclamándole al guardia sus abusos y exigiéndole que los deje pescar para ganar algo de dinero y llevar de comer a sus familias. Ante las demandas y reclamos, los guardias les apuntan con sus armas. Aún así, los pescadores, sin temor, se quedan en pie y mirándolos de frente, inmóviles. La presión hace que los guardias se retiren, no sin antes amenazar con volver.

Los pescadores celebran una victoria, pero aún queda guerra por luchar. Ignacio y Martín regresan a casa con la satisfacción de haber hecho su trabajo. Sobre el embarcadero, Martha los espera con un bebé en brazos.

En la playa cercana, unas pequeñas tortugas emergen de la arena y se desplazan poco a poco hacia la orilla. Las olas las arrastran hacia el océano. Algunas morirán en el intento, pero otras tendrán oportunidad de mantener sus ilusiones de sobrevivir.

* Texto finalista del Premio Bengala-UANL 2013, cuyo jurado fue compuesto por Andrés Ramírez, Yuri Herrera, Diego Enrique Osorno, Gael García, Kyzza Terrazas y Gerardo Naranjo.

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