Llegaron de Ecuador con una olla arrocera y se irán de Monterrey con un hijo y un gato llamado Milka.

Por Berenice García

Ileana Piedrahita y Eduardo Hidalgo forman una joven pareja de ecuatorianos que llegó a Monterrey hace cuatro años con el afán de estudiar y que hoy día, a poco de concluir sus estudios, también está a la espera de un bebé. Ileana estudia una maestría en ciencia política y administración pública, Eduardo una licenciatura en comunicación y clima organizacional, además de dirigir Cvra Lvdorvm Producciones. Ellos se conocieron en su ciudad natal, Guayaquil, un 26 de septiembre de 2008, durante el día de Jura a la Bandera. Desde aquel viernes no se han separado.

A los nueve meses de que iniciaran su relación, y ante el hecho de que Ileana vendría a la ciudad de Monterrey a comenzar su carrera, de súbito decidieron casarse. Ileana encontró una buena oportunidad para estudiar una licenciatura en ciencias sociales en Monterrey, así que cuando llegó también buscó un lugar para su esposo que sin dudarlo quiso seguirla. Estar en México y formar una familia no era exactamente parte sus planes, pero los venció el deseo de estar juntos.

Confiesan que sus expectativas acerca de lo que podrían encontrar en Monterrey eran relativamente bajas. Imaginaban un 15 de septiembre perpetuo, de ambiente pueblerino y una pobre comida tex-mex, como lo veían en novelas de Televisa transmitidas por televisión ecuatoriana.

Pero aquí en Monterrey encontraron muchas sorpresas. Se sorprendieron con la cortesía y la caballerosidad de los mexicanos expresada a través de actos simples como decir salud ante el estornudo de un desconocido. Reconocieron pequeñas diferencias entre ambos países, aunque consideran que “somos mucho más parecidos que lo que los mexicanos creen que somos”. Las carnes asadas de Monterrey evocaron en ellos las cangrejadas de Guayaquil, y las mil formas de preparar el plátano en Ecuador coincidieron con la creatividad platanera de la gastronomía del sur de México. Si alguien visita su apartamento, no podrá encontrar diferencia alguna con el de una pareja mexicana. Los elementos distintivos de su país se limitan a un mapa de Ecuador y su olla arrocera, “presente en casi todas las casas de Guayaquil”.

En este viaje Eduardo e Ileana se toparon con algo que no esperaban descubrir en México: su identidad de latinoamericanos. Más que reconocerse como mexicanos o ecuatorianos, ahora se sienten parte de América Latina. Esta empatía les da una sensación de proximidad y reconocimiento en cualquier lugar del continente. Los procesos históricos y culturales que han vivido los países de esta región nos hacen ser tan fundamentalmente parecidos. En las noticias de México vislumbraron el hastío político de los ciudadanos y recordaron que hace 10 años la situación en Ecuador era completamente similar, pero en ambos países mantuvieron la esperanza en el futuro.

Por esa latinoamericanidad ya no se consideran a sí mismos como extranjeros en Monterrey, pero, ¿cuál fue el momento exacto en el que rompieron con esta condición?

Creo que hace dos años —dice Ileana—, cuando compartíamos el sentimiento de miedo en la ciudad. En ese momento había una igualdad de condiciones. Todos nos concebíamos expuestos, nos vimos vulnerables. Entonces me sentí parte de ello, parte de la situación y de lo que pasaba en Monterrey. Viví el proceso de transformación de la ciudad y tenía autoridad para opinar. En ese momento dejé de sentirme fuera de casa.

Cuando subí el Cerro de la Silla. Cuando lo haces y le cuentas a la gente sobre ello, te das cuenta que muchos regios no lo han hecho, y yo ya lo subí —comparte Eduardo.

A pesar de ya no sentirse extraños, Ileana y Lalo piensan regresar en un futuro próximo a Ecuador, pero ya no a Guayaquil, sino a Quito, la capital. Ahí Ileana buscará trabajo en el área de su interés, la política pública, y Eduardo continuará, como lo hace desde 2007, organizando conciertos e impulsando su creciente productora, Cvra Lvdorvm.

Continuarán con la vida en familia que inició cuando vinieron a Monterrey, con la diferencia de que ya no serán dos, sino cuatro los integrantes de la familia. Se mudarán junto a Benjamín —si es varón— o Alegría —si es mujer—, su futuro bebé de doble nacionalidad, y a Milka, su gata. Se irán con mucho más que un mapa y la olla arrocera con las que llegaron a la ciudad. Habrán reforzado su identidad latinoamericana. 

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