Conversación con el editor de Reporte Índigo, en el programa Los Perros Románticos, transmitido los miércoles a las 7 pm en Radio UDEM (90.5 FM de Monterrey)

Por Diego Enrique Osorno y Ana Lucía Heredia

DEO: Nos gustaría conocer tus primeros pasos en el periodismo…

HG: Cuando terminé mi carrera en la Universidad Regiomontana, me citaron en el periódico El Norte porque estaban buscando gente para cubrir las elecciones del 91. En realidad llamaron al padre Vega, que era el director de la carrera, y él me recomendó. A mí no me interesaban las elecciones, yo quería trabajar un periodismo más literario y les dije que me iba ir a Madrid, con una beca de la competencia; pero mi familia y mis amigos insistieron para que vaya y después de una segunda cita acepté su propuesta con la condición de que después me darían una beca. Quedé en la sección local.

Empecé a hacer una serie de reportajes de lo que llaman Bateo libre, es decir qué traes una propuesta en la mañana y si le gusta, la desarrollas en el día, sino, van y te ponen en el congreso a ver qué pasa, como a un reportero de la fuente. Allí, platicando con unos amigos del norte, me enteré de cómo trabajar el Partido Revolucionario Institucional (PRI) repartiendo despensas, para llevarse el “carro completo” en el estado. Todavía no ganaba ningún panista aquí en Monterrey, era le época de Sócrates Rizzo.

Entonces, era muy interesante ver cómo funciona el corporativo del PRI. Un día me puse una gorra, una sudadera, un jeans y empecé a moverme ahí en la Confederación de Trabajadores de México (CTM) de Guadalupe, donde está la mera mata. Fue la primera vez que conocí a Ismael Flores y me dijo: “¿Y tú qué onda hijo, qué quieres hacer?” Y yo contesté: “No pues mi papá me mandó para que no esté de flojo en la casa y para que trabaje, ¿en qué les puedo servir?” Y terminé el día de la elección repartiendo despensas y llevando desayunos en la mañana. En la tarde ya llegué a la oficina, hice una crónica de eso y ahí le empecé a sacar mucho sabor al periodismo porque ya estábamos diciéndole a la gente cómo funcionaba el corporativo, es decir, como a la gente le pedían sus datos y su credencial de elector para darle una despensa, los citaban a desayunar y después les decían: “Tú tienes que votar por alguien así, vas votas, regresas y entonces te voy a dar un boleto para algo más.”

DEO: En aquella época era mucho más difícil exhibir eso, era mucho más difícil que ahora ejercer este tipo de prácticas periodísticas. En aquél entonces se necesitaba mucha valentía para hacer lo que estás haciendo, y más porque fue tu primera experiencia, tu primera misión. Ahora Ismael Flores tiene mucho más poder que en aquél entonces, es un próspero empresario del transporte y al mismo tiempo dirige el sindicato de trabajadores. Y bueno, esa adrenalina que sentías durante el proceso de reporteo, ¿podrías describirla un poco? ¿De qué se trata este oficio, por qué sería interesante realizar lo que estabas haciendo?

HG: Claro, en un principio, puedes encontrarte con un problema ético, teórico. Puede que te digan: “¿Entonces tú fuiste pero no les dijiste que eras periodista?”. Pero creo que era válido, porque de lo que se trataba era de sacar la verdad, una verdad que ocultaban porque obviamente era una trampa para todos los electores. Entonces al momento de que hay una trampa, yo creo que el trabajo del periodista es hacerse de valor y de cualquier circunstancia posible para poder encontrar esa verdad y dársela a conocer a la sociedad, a la ciudadanía- Que la conozca primero que nada, porque si no conocemos nuestra realidad o nos hacemos patos como en muchas cosas como todavía ahorita ocurre, pues menos vamos a evolucionar como sociedad y el caso concreto ahí fue que después de eso se creó un consejo del IFE; los ciudadanos empezaron a involucrase un poquito más en las elecciones, ya no se cayó el sistema… Digo, no hemos llegado a plenitud pero se evolucionó en el sistema electoral mexicano con todo este tipo de reportajes.

DEO: ¿Pero cómo llegaste a la conclusión de que tenías que hacer periodismo encubierto?, ¿habías leído a Gunter Wallraff el periodista alemán que hace eso?

HG: Fíjate que no, realmente fue instintivo, dije: tengo que hacer algo para poder saber qué ocurre ahí adentro, porque veía las puertas y entraban y salía vehículos, y yo me preguntaba cómo funciona. Yo quería personalmente constatar cómo era que manipulaban al elector, para mí es increíble que dijeran: “Oye te voy a dar una despensa y tú tienes que votar por fulanito” ¿Cómo? Era inconcebible para mí, yo tenía que ver cómo manipulaban, porque es un corporativo que siempre gana.

DEO: ¿Cómo fue la publicación de esa historia, las reacciones, la negociación con tu editor?, ¿cómo es el mundo ahí adentro?

HG: Para mí fue fabuloso, porque me felicitaron mucho, esa misma tarde lo escribimos, me sentaron frente a un subdirector editorial para escribirlo. “Oye te dijeron esto, te dijeron esto otro”, porque además no era común escribir crónica de ese tipo, y de diálogos que no traes escritos ni grabados. Se trataba de recordar: el señor me contestó eso, y yo le dije esto, y como fui a tal colonia que no sé ni cómo se llama, me llevaron para entregar despensas, etc., pero fui muy felicitado y de hecho, de ahí me quede en locales Dije, ya no me voy a hacer periodismo literario.

ALH: ¿Entonces, desde un principio te dejaron publicar la nota? ¿Aunque estuvieras de infiltrado te dijeron “¡va!, se publica”?

HG: Así es, fue una decisión de Ramón Alberto Garza con quien todavía trabajo, -ahora presidente de Reporte índigo- y desde ahí entendí que era una verdad que teníamos que sacar, punto.

DEO: Recuerdo bastante un reportaje encubierto sobre la migración que hiciste, sobre el tráfico de personas, ¿Cómo te fuiste moviendo del periodismo encubierto en política a otros tipos de temas más sociales?

HG: Yo hice varios temas de encubierto. Quizá uno cada dos o tres meses, hacía los que realmente valían la pena. Esa vez valió mucho la pena porque sólo se hablaba de los mojados, de los pasaporteados, de los coyotes, de cuánto cobraban, y a ratos había destellos periodísticos. Encontraban a un herido centroamericano en el lecho del Río Bravo y éste les decía que un coyote lo había abandonado ahí, lo navajeó y le quitó el dinero que llevaba. Entonces, yo tenía que conocer ahí adentro, que era lo que estaba pasando y decírselo a la gente. Otra cosa es que en ese entonces Monterrey parecía excluido de eso, era la ciudad de los empresarios, la ciudad industrial y parecía que aquí no pasaba nada, no se comentaba el tema como algo local; cuando el ferrocarril que pasa por aquí para llegar a Saltillo va cargado de migrantes. Nos hacíamos de la vista gorda, y gran parte por ese cliché de los regios según el que vivimos a todo dar y que aquí hay muy pocos pobres, y todo ese tipo de cosas. Digo esa palabra porque así es como lo mencionan.

DEO: Hace poco salió una encuesta en donde dice que Monterrey es la ciudad en la cual la gente se siente más rica, incluso gente con un estrato social más bajo social se siente rica, por ser de Monterrey.

HG: Sí, por eso había que sacar esas cosas y por eso me decidí, conocí a través de un taxista a una persona que sabía de una casa en la colonia Niño Artillero donde se quedaban muchos .centroamericanos, en donde les dejaban en dos o tres cuartos encerrados. Les llevaban de comer una sola vez al día y les cobraban 300 dólares. En aquel tiempo, por tenerlos ahí, y luego llevarlos a la frontera. Los iban discrecionalmente llevando en autobuses, primero por una línea y luego por otra. Podía ser por Laredo al que llaman “el puente negro”, o por Coahuila, por Acuña, por allá por la presa, por Hidalgo, Texas; por Reynosa… Entonces yo fui a buscar un coyote vestido como siempre con una gorra, una sudadera vieja, unos jeans y le dije: “oye yo me quiero ir para el otro lado, yo soy de aquí, porque no podía negarlo porque ellos saben muy bien como habla la gente del Bajío o la gente del sureste; soy de aquí pero me quiero ir quiero chambear y me quiero ir a Estados Unidos”. Y ya me empezó a hablar de las cantidades de dinero, de lo que tenía que hacer; y la verdad si fue una aventura porque es muy peligroso.

ALH: ¿Y cómo ocurre esa odisea?

HG: Mira, para empezar te citan en la madrugada en la central de autobuses, yo me acuerdo que salí como a eso de la una de la mañana con un temor terrible. Además yo llevaba a un fotógrafo que iba en el mismo autobús pero alejado de mí, del coyote y de otras tres, cuatro personas que iban. Te lleva el coyote nada más con esas personas porque va a reunirte con otras.

Mi temor era porque el coyote era realmente un coyote, muy astuto (entre risas). Era una persona que me hacía preguntas, una persona inteligente, viva. Desde aquí te sientes solo, te sientes a merced de ellos porque sólo puedes hacer lo que te dicen: “duérmanse un rato yo les voy a hablar cuando despertemos”, recuerdo que nos pidió. Y esa corrida la hicimos hasta Acuña, Coahuila, no fue de aquí a Laredo, fueron muchas horas. Vas con el nervio de qué pasará. Llegamos allá como a medio día, iba parándose el camión. Fueron muchas horas, de pronto te bajan y te dicen: tienes que correrle, te vas corriendo dos cuadras con tu bolsa, -siempre tienes que tener una bolsa con tu víveres, repartes el dinero una parte en el tenis, otra parte en la bolsa de atrás- y entonces llegas a una casa y ves ahí como a 30-40 personas todas comiendo lo que traen con un olor fétido, y pues ¡éntrale compadre!, no hay más que quedarte allí. Empiezas a conocer a la gente, a solidarizarte con otros, a tratar de pensar, “¡oye no estamos solos!”. Son difíciles las condiciones, hay un baño horrible para todos, hay mujeres y uno que otro niño, con el que quieren cruzar. Luego te pasan a otro cuarto, te van pasando poco a poco y te preguntan a qué vas, cómo vas. Tienes que dejar ahí otra suma unos 150 dólares, 180, y en ese cuarto, tienen un altar de santos con veladoras. Allí es donde un tipo me dijo, “a ver te cobramos esto pero ya no te vamos a cobrar nada porque pasando el río tienes que dar otra lana y luego internándote otra… Pero llévate esto entonces”, me muestra una especie así como de morral, como de costal de yute con marihuana adentro. También allí tuve un problema ético, porque iba a engañar al gobierno de Estados Unidos, además de que si me pescaban, me iban a quitar toda mi papelería de por vida. Había una seria de asuntos complicados, pero decidí seguir adelante, con el aval de mi editor. Intenté pernoctar un rato, pero es difícil dormir, hay un ruiderazo y una tensión tremenda, te digo, huele mal, tenía que estar buscando comida de fuera, era terrible.

DEO: ¿Y ahora cómo crees que sean las cosas, quizá son hasta peores que en aquél entonces porque quedó la ruta en medio de la zona de guerra y de enfrentamientos?

HG: Exactamente en ese tiempo no había una guerra entre cárteles… No existían los “Z”, el Cártel del Golfo tenía a su brazo armado, su sicariato, era como un holding que vivía del cruce de indocumentados, de la venta de drogas y del sicariato. No había secuestros a las alturas que conocemos ahorita. Pero de todas formas daba miedo.

DEO: En ese entorno también hubo otra historia, que es muy impactante y que ocurrió a la par del surgimiento en la ciudad de los table dance: tú pruebas con trabajo encubierto cómo hay políticos conectados en este florecimiento de los table dance en Monterrey. ¿Puedes platicar cómo hiciste esa historia?

HG: Ese es otro punto que teníamos que explicar desde adentro, porque a ver, cómo te explicas que si en el reglamento no existe una figura; -que es el punto eh, yo no estaba en contra de los tabledance o de determinado entretenimiento pero pues ¡regúlalo! porque cuando no está regulado algo, que es lo que pasó ahora con los casinos recientemente, los políticos tienden a corromperse, es un caldo de cultivo para la corrupción-, entonces un buen abogado amigo mío me dijo un día: “oye hay una oficina ahí en el centro en la calle Dr. Coss en donde el primo del alcalde, –en realidad era su cuñado– está vendiendo permisos para tabledance y él arregla todo, tú le das el dinero, te pide una cantidad y él arregla que todo. Funciones. Ahí exista o no exista esa autorización, no te van a molestar”. Y dije “bueno, ¿pues qué hacemos?”.

Me llevé al fotógrafo más grandote que encontré en el periódico El Norte, porque iba a ser mi guarura, (risas) y le dije tráete todas las cadenas que tengas, el cliché ya saben. Me puse una camisa ochentera que traía estampados así y me puse mis joyas y ¡vámonos! Nos fuimos un día en la tarde y tocamos a una casa. No era una oficina como tal, era como una casa con su puerta del centro, de esas grandes en las que no había ningún anuncio. Tocamos, nos dejan entrar y pregunto por Antonio Valero, cuñado de José María Elizondo en ese tiempo alcalde de Monterrey. El segundo alcalde panista que hubo. Entro y un hombre alto me dice ¿qué paso, qué se le ofrece?, yo contesto que quiero hablar de negocios y él me invita a pasar. Atrás iba mi guardaespaldas (risas), que se quedó parado mientras yo me senté. Empezamos a hablar del tema y yo le dije que venía de Tamaulipas en representación de una empresa grande de allá, y que queríamos abrir unos tabledance. Que veíamos una obstrucción al reglamento, pero no queríamos trabajar nada más con el amparo y tener que estar litigando y que nos estuvieran molestando. Llevaba yo varios micrófonos y una grabadora y él empezó a decirme que sí, que claro que él me iba a ayudar.

DEO: ¿sin investigar nada antes?

HG: Nada, nada, es gente que lo que quiere es el dinero. Ése es problema.

ALH. ¿El cobraba las cuotas de su cuñado, de su administración?

HG: Claro, mi encabezado político fue “CUÑADO DE ALCALDE”, justamente porque era la influencia que el utilizaba para su negocio.

ALH: ¿Qué pasó cuando se salió esa nota?

HG: Se hizo un escándalo. Se habló mucho de eso en la ciudad y en gran parte de México, e incluso, según me conto una persona que estaba tomando un curso en Colombia con Gabriel García Márquez, se mencionó en ese seminario.

ALH: Ahora vamos a escuchar la crónica “La palabra prohibida”, de Radio Ambulante, proyecto dirigido por Daniel Alarcón.

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ALH: ¿Alguna vez te has encontrado con alguna barrera en alguna de las aventuras que has estado?

HG: Sí, porque tienes que concentrarte, no puedes decir determinadas palabras… No es lo mismo presentarte como alguien de negocios que viene de Tamaulipas, a ir con un coyote. Ese fue más complicado para mí porque tenía que hablar con un determinado caló, y todo es “vete a la…” ya sabes a donde… y vete acá “¡caon!”. Pero para eso te concentras, en ocasiones se me salía una que otra palabra, en las que pensé: Híjole no debí haber hablado así, o no debí haber utilizado ciertos términos porque este va a decir que de donde saque eso ¿o qué?

DEO: ¿Y nunca fuiste actor para alguna pastorela o algo, nunca has sido actor?

HG: En la universidad me agarraron para 2 o 3 videos, cuando nos encargaban los videos de ahí, de hecho me buscaban para hacer algún corto, pero fue muy leve.

DEO: ¿Tu actor favorito?

HG: Robert de Niro

DEO: ¿En qué personaje de tantos?

HG: Hay tantos personajes, mira yo creo que en todo lo que tenga que ver con la mafia italiana, él es excelente intérprete de esos papeles y todo lo que tenga que ver con ese mundo de mafia. Lo admiro mucho porque es ahí es donde encuentras muchos rasgos que periodísticamente son interesantes para uno.

DEO: A grandes rasgos el oficio del reportero se divide en investigar y en escribir, son como las dos cosas principales, ¿tú cuál de las dos prefieres?

HG: Cuando disfrutas hacer un reportaje, disfrutas desde que lo estás haciendo hasta que lo escribes. Pero cuando lo estás escribiendo y ya lo tienes, ya no tienes el mismo tipo de estrés. Durante el trabajo encubierto hay una tensión fuerte. Pero disfrutas mucho cuando ya es un buen reportaje y que ya lo estás escribiendo y que ya es tuyo, ya lo tienes. Es más, te sale ligerito escribirlo, ¿no?

ALH: Ahorita que contabas esto que estás con el Ave María a punto de que te descubran, ¿ha habido alguna ocasión en la que digas “hasta aquí, ya están a punto de cacharme, me voy”?

HG: Sí, de hecho cuando hice lo del mojado, tuve que abortar todo en Nuevo Laredo; fui primero a Coahuila, lo hice, crucé y me regresé por el río para poder luego ir al famoso puente negro que era Nuevo Laredo. Pero ya en el puente negro, cuando me llevaron a una casa de seguridad en donde estaban todos, pero muchísima gente, estaba un tipo que empezó a preguntarme con insistencia de donde era. Yo me aferré a mi historia, pues soy de Monterrey ya te dije, ¿y por qué vienes por aquí y por qué vienes por aquí?, Y como que no lo convencí mucho. Me pidió que me apartara del grupo, y en el movimiento me salí del lugar que estaba atiborrado de gente, hasta en la calle. Le hice seña al fotógrafo que estaba como a dos cuadras del lugar, y cuando vi que me perseguían, -¡venían detrás de mí! Me puso a correr como un loco por las calles. En la primera avenida que vi me subí a un camión de ruta que me bajó en donde se le dio las ganas. Total, terminé tomando un taxi y buscando al fotógrafo. Pero él se fue por sus propios medios a Monterrey y yo hice lo mismo en cuanto pude. Me cacharon, pero yo ya estaba cansado, llevaba 4 o 5 días en eso.

DEO: Es siempre estar en el límite en estos casos, ¿cómo le explicas esto a la gente que seguramente escucha tus historias y dice “¿Por qué lo hace? ¿Por qué no investiga de otra forma? ¿Por qué poner el pellejo por delante para demostrar una verdad?”

HG: La adrenalina es importante y otra cosa insisto. Uno tiene sus propios valores y en mi caso era conocer personalmente la realidad y presentarla, Ya no quería leer que había coyotes, quería saber y escribir exactamente lo que pasaba como si lo viviera. Porque hay un aspecto social ahí bien importante, donde conoces a la gente, conoces a mucha gente y te das cuentas la realidad en la que estamos viviendo, no de la de los regios que decían de que todo estaba bien…

DEO: Hugo, tú que llevas 25 años de carrera en Monterrey tienes muchas más historias de las que nos has contado ahorita sobre ese submundo que hay en la ciudad, ¿cómo se lo describirías? , ¿Cómo se vive ahí, es tan nefasto como uno puede pensar o hay también valores, respeto? ¿Cómo es?

HG: Obviamente que estamos hablando de distintos estratos, no solamente socioeconómicos sino culturales. Traiciones hay en todos partes, en San Pedro, en Zuazua y Apodaca, y en todas partes, traiciones, corrupción…. Lo primero no fue la separación de los “Z”, fueron las intromisiones del Cártel de Sinaloa, cuando todavía cuando estaban unido los Beltrán Leyva con los Chapos y venía la Barbie y vivía aquí en San Pedro, precisamente. Se paseaba por antros que están en calzada San Pedro y en centrito -hay fotografías incluso ahí de él-. Después de la separación de los Z y el Golfo por fin nos dimos cuenta de la realidad en la que estábamos y recuerdo muy bien una frase del gobernador Fernando Canales, cuando yo estuve de director de noticieros en Televisa. Sacamos una investigación –encubierta de nuevo- donde presentamos a gente testificando: “nos vendieron armas R15, Ak47, o una UZI”; nos confesaban con quien hablar para pasar por aquí cargamentos de droga. Eso lo hizo el reportero, Glen Hines y yo estaba dirigiendo nada más la investigación.

DEO: ¿¡tú ya no podías ya estabas muy conocido?!

HG: Exactamente, tiene su límite. Y una vez que lo hicimos, recuerdo muy bien que Fernando Canales –como gobernador-, afirmó que aquí no había narcotraficantes, en Monterrey, que el narco no pasaba por aquí. En una cabalgata por Tamaulipas, dijo “a mí el narco me hace los mandados”.

Ahora ya lo vi hace poco tiempo y tenemos otro tipo de diálogo entre él y yo.

DEO: Pero en su momento, arremetió contra tu trabajo. Hizo todo un operativo de estado que fue tremendo, yo creo fue una agresión de la más severas que ha habido contra la libertad de expresión en Monterrey.

HG: Sí, me abrieron muchísimas averiguaciones y todas por lo mismo, tuvo que venir la CIA de aquel tiempo, la PGR a traer esas averiguaciones e irnos a declarar a la Ciudad de México.

DEO: ¿Cómo sobrellevabas eso? porque las presiones eran muy fuertes, había televisoras nacionales atacando mezquinamente, ¿cómo se vive personalmente ese ataque? Porque tú estás aquí y sigues haciendo periodismo, buen periodismo. ¿Cómo mantenerse fuerte?

HG: Es muy difícil, es una presión durísima. Es muy fuerte porque le pega además a todos los que te rodean y hay gente que te rodea, amigos, familiares que a veces se derrumban, entonces tú tienes que mantenerte ahí y decir a ver, yo hice lo correcto, yo saqué la verdad por más que traten de hacer una bola de humo, la verdad es ésta.

DEO: Y desafortunadamente para la ciudad, pero en cierta medida afortunadamente para ti, el tiempo te da la razón, porque lo que ustedes estaban denunciando en esa época es lo que estalló 4 o 5 años después, y lo que decía Canales era una mentira. Al contrario, durante su gobierno se incubo finalmente todo este problema o gran parte de este problema.

HG: Exactamente. Ahí está la fotografía famosa del Yayo pelos de la que platicábamos hace rato, que murió en Jalisco y que estaba durante la inauguración de un restaurante en la carretera nacional en donde estaba el gobernador con la procuradora Alida Bonifaz. Entonces nosotros además lo hicimos muy profesionalmente, le informamos al estado y al gobernador lo que teníamos e íbamos a publicar, es decir no fue un asunto para… –sólo para joder, para molestar, sino una preocupación–, así es, fue algo real.

Esa presión me duró durante casi dos años más. Al cabo entendí que como periodista eres muy vulnerable, es decir, todavía aquí nos manipulan con mucha facilidad. Los intereses que hay en los medios de comunicación son tales que de un día para otro te voltean la tortilla. La verdad ahora es mentira y la mentira es verdad en muchísimos casos…

ALH: De hecho cuando estaba leyendo cosas que habías hecho, yo misma me pregunté ¿cómo sigues vivo? porque llega un punto en el que tu pellejo más allá de estar con los mojados y corre riesgo también en tu vida cotidiana.

HG: Sí, claro, a mí me pusieron una custodia por ejemplo una escolta. Digo custodia porque más que mi escolta parecía una custodia, no podía dar paso sin que estuvieran ahí en medio. Una vez recuerdo que una persona chocó conmigo en Home Depot y la persona armada de la PGR fue y lo increpó, y le dije: “Oye ¿de qué se trata?”. Imagínate vas a una comida familiar un domingo y los tipos armados están afuera. Otra cosa de la que me di cuenta es que ni siquiera les dan para comer, tú tienes que mantenerlos; es gente pobre en un trabajo muy difícil. Recuerdo muy bien que un día increparon a un vehículo que resultaron ser policías ministeriales del estado que me estaban siguiendo, y ellos era federales de la PGR y se sacaron la pistola mutuamente. Se fueron finalmente los estatales.

DEO: Oye, y es cierto lo que se dice que tu trabajo más reciente de infiltración es como editor de Reporte Índigo, que ahora no puedes estar en el campo, ¿no puedes estar en la calle, no puedes estar haciendo cosas tienes que estar ahí en la oficina con los reporteros?

HG: Es algo ahorita que sí que es una etapa que estoy viviendo, en la que he estado un poco encerrado, aunque me gusta más la calle, el reporteo. Te decía que yo ahorita estaría desde hace 2 meses en Michoacán, ahorita hay mucha tela de donde cortar creo periodísticamente, del narcotráfico y la ideología cuando se juntan con la guerrilla, y en la sierra pues hay mucho riesgo.

DEO: ¿De qué te disfrazarías para reportear lo de Michoacán? ¿De guerrillero?

HG: ¿Con un pasamontañas?, ¿de templario?, ¿o de cura? De cura podría ser, de una cosa así. De jesuita, de jesuita sería muy bueno en Michoacán.

No, ya en serio. Ahí y en una situación como la que está ahí, en donde no sabes por dónde va a saltar la liebre, tienes que asumirte como prensa. Y como tal, tienes que cuidarte incluso del grupo de prensa que hay ahí, porque creo yo que está muy peligroso ahorita, está muy infiltrada también la prensa local y nacional, cooptada por algunos grupos de luchadores sociales, narcotraficante de un grupo u otro, autodefensas, o de la autoridad…

ALH: ¿Qué has aprendido para ti mismo, como autoconocimiento, te ha tocado encontrarte contigo mismo aparte de encontrarte con otras historias?

HG: Mira, uno va siempre aprendiendo de sí mismo, pero yo creo que he aprendido mucho conociendo a la demás gente, andando en la Rivera de Bravo conoces a un tipo de gente, yendo al despacho del gobernador conoces a otra tipo, y creo que de todo esto me ha quedado un cierto bagaje, que me permite distinguir que hay buenas personas o malas personas. Pero no tiene nada que ver con los estratos, estamos hablando de la esencia de cada quien, y yo creo que es la mejor enseñanza que me han dejado de los demás, fue hacer lo que me gustaba siempre. Cuando disfrutas de tu trabajo de manera especial, eso te cambia a ti tu carácter, te cambia todo, si no te gusta tu trabajo no vas a llegar muy lejos siendo feliz.

DEO: Aquí en los perros románticos nos gusta que nuestros invitados lean algún poema, de su preferencia, ¿qué nos traes tú?

HG: Pues mira esto no es muy romántico y mucha gente lo conoce, pero a mí me gusta mucho. Es muy largo, así que leeré un fragmento de “El cuervo” de Edgar Allan Poe ya que viene a colación en la época en la que estamos.

El Cuervo

[Fragmento, Edgar Allan Poe]

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,

Mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,

Inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,

Cabeceando, casi dormido,

Oyóse de súbito un leve golpe,

Como si suavemente tocaran,

Tocaran a la puerta de mi cuarto.

Es —dije musitando— un visitante

Tocando quedo a la puerta de mí cuarto.

Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo

De un gélido diciembre;

Espectros de brasas moribundas

Reflejadas en el suelo;

Angustia del deseo del nuevo día;

En vano encareciendo a mis libros

Dieran tregua a mi dolor.

Dolor por la pérdida de Leonora, la única,

Virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.

Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante

De la seda de las cortinas rojas

Llenábame de fantásticos terrores

Jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,

Acallando el latido de mi corazón,

Vuelvo a repetir:

Es un visitante a la puerta de mi cuarto

Queriendo entrar. Algún visitante

Que a deshora a mi cuarto quiere entrar.

Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,

Y ya sin titubeos:

Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón

Imploro,

Mas el caso es que, adormilado

Cuando vinisteis a tocar quedamente,

Tan quedo vinisteis a llamar,

A llamar a la puerta de mí cuarto,

Que apenas pude creer que os oía.”

Y entonces abrí de par en par la puerta:

Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura

Permanecí largo rato, atónito, temeroso,

Dudando, soñando sueños que ningún mortal

Se haya atrevido jamás a soñar.

Más en el silencio insondable la quietud callaba,

Y la única palabra ahí proferida

Era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”

Lo pronuncié en un susurro, y el eco

Lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”

Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mí cuarto, mi alma toda,

Toda mi alma abrasándose dentro de mí,

No tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.

Ciertamente —me dije—, ciertamente

Algo sucede en la reja de mi ventana.

Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,

Y así penetrar pueda en el misterio.

Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,

Y así penetrar pueda en el misterio.”

¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,

Y con suave batir de alas, entró

Un majestuoso cuervo

De los santos días idos.

Sin asomos de reverencia,

Ni un instante quedo;

Y con aires de gran señor o de gran dama

Fue a posarse en el busto de Palas,

Sobre el dintel de mi puerta.

Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano

Cambió mis tristes fantasías en una sonrisa

Con el grave y severo decoro

Del aspecto de que se revestía.

Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,

No serás un cobarde,

Hórrido cuervo vetusto y amenazador.

Evadido de la ribera nocturna.

¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”

Y el Cuervo dijo: “Nunca más”

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