Por Jaime Garza Guerra

Foto por Jaime Garza de la serie ‘juguetes de Un Robot’

 

Apagué la computadora. Guardé la máscara anti-gas y la ropa de látex en una bolsa deportiva. Imprimí la invitación en papel fotografía y llamé a un taxi.

El exterior del Kármika tenía una arquitectura medieval y una pequeña estatua de algo parecido a un gnomo hacia guardia a un lado de la puerta de entrada. Una chica con colmillos afilados recogió la invitación y me pidió la tarjeta de crédito. Señaló unos vestidores. Entré caminando y fumando un cigarrillo. Me acomodé la máscara y el traje de látex. En el pasillo que llevaba al interior del lugar se besaban chicos con chicos, chicas con chicas, chicas con travestis, travestis con chicos. Algunos llevan chalecos salvavidas, trajes de buzo o ropa de la época victoriana. Había una chica que escupía fuego, cargaba una antorcha encendida y estaba vestida como servidumbre de los años veinte.

Cientos de metros cuadrados de látex cubrían los cuerpos de todos.

Se me acercó una chica de cabellos negros y lacios y labios rojos. Llevaba los senos al aire y los pezones cubiertos por cintas cruzadas de vinilo color negro. En una mano sostenía una bebida de color fluorescente.

-Me llamo Susy –extendió la mano que llevaba libre. Cuando la toqué sentí un pequeño choque eléctrico.

Tuve un buen presentimiento. Bebimos, bailamos una canción de los Primal Scream y besamos a una misma chica. Por poco la asfixio cuando al hacer el amor le cubrí la cabeza con una bolsa plástica. Lo hicimos encima de una mesa, delante de unos amigos suyos. Un tipo con pinta de vampiro parecía celoso y la llamó varias veces, ella solo contestaba «todo terminó, cariño» y después volteaba hacia mí y me besaba y yo era feliz y todos éramos felices menos el tipo que parecía vampiro y él se fue y las cosas no podían ir mejor.

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