Por Beatriz Preciado

Foto: ‘Campaña por la paz’ Sin fronteras colectivo  

 

La homosexualidad es un francotirador silencioso que pega un tiro al corazón de los niños en la hora del recreo, apunta sin intenciones de saber si son hijos de burgueses bohemios, de agnósticos o de católicos integristas. Su mano no tiembla, ni en los colegios del VI distrito de París ni en las zonas de educación prioritaria. Dispara con la misma precisión en las calles de Chicago, en las aldeas de Italia o en las periferias de Johannesburgo. La homosexualidad es un francotirador ciego como el amor, estridente como una risa y tan tierno como un perro. Y si se cansa de tomar a los niños como blanco, dispara una ráfaga de balas perdidas que se alojarán en el corazón de un agricultor, un taxista, un cantante de hip-hop, una cartera durante su recorrido… la última bala impactó en una mujer de 80 años mientras dormía.

La transexualidad es un francotirador silencioso que pega un tiro al pecho de niños plantados ante un espejo o que cuentan sus pasos camino a la escuela. No se preocupa por saber si nacieron por inseminación artificial o coito católico. No se pregunta si provienen de familias monoparentales o si papá se vestía de azul y mamá de rosa. No tiembla por el frío de Sochi ni por el calor de Cartagena. Abre fuego tanto sobre Israel como sobre Palestina. La transexualidad es un francotirador ciego como la risa, brillante como el amor, tan tierno y tolerante como lo son los perros. De vez en cuando dispara, sobre un profesor de provincia o sobre un padre de familia, y bang.

Para aquellos que tienen el coraje de mirar la herida de frente, la bala deviene la llave de un mundo que jamás habían visto antes. Las cortinas se abren, la matriz se descompone. Pero entre aquellos que llevan la bala en el pecho, algunos optan por vivir como si no sintieran nada.

Otros compensan el peso de la bala haciendo enormes gestos de Don Juan o de princesa. Los médicos y las Iglesias prometen extirpar la bala. Se dice que una nueva clínica evangelista en Ecuador abre todos los días para volver a educar a los homosexuales y a los transexuales. Las iras [les foudres, lit. los rayos] de la fe devienen descargas eléctricas. Pero nadie ha sabido nunca cómo extirpar la bala. Ni los mormones ni los castristas. Uno puede enterrarla más profundamente en su pecho, pero jamás la puede extirpar. Tu bala es un ángel de la guarda: siempre estará a tu lado.

Yo tenía 3 años cuando por primera vez sentí el peso de la bala. Me di cuenta de que la portaba cuando escuché a mi padre tratar como sucias tortilleras repugnantes a dos chicas extranjeras que caminaban tomadas de la mano en la calle. Mi pecho comenzó a arder. Esa noche, sin saber por qué, me imaginé por primera vez que me escapaba de mi ciudad y que partía a otro país. Los días que siguieron fueron días de miedo, y de vergüenza.

No es difícil imaginar que entre los adultos que participan en las manifestaciones de cólera hay varios que portan, enquistadas en sus plexos, una bala ardiente. Por simple deducción estadística y conociendo la virtuosidad de los francotiradores, sé que algunos de sus hijos portan ya la bala en el corazón. Desconozco cuántos son, cuál es su edad, pero sé que algunos de ellos llevan el ardor en el pecho.

Ellos llevan pancartas que alguien ha puesto entre sus manos, que dicen “no toquen nuestros estereotipos”. Pero saben que nunca conseguirán estar a la altura de esos estereotipos. Sus padres gritan que los grupos LGBT jamás deben entrar en los colegios, pero esos niños saben que son ellos mismos los portadores de la bala LGBT. En la noche, como cuando yo era niño, se van a la cama con la vergüenza de ser los únicos en saber que son la decepción de sus padres, y se acuestan con el temor de que sus padres los abandonen si se enteran, o incluso prefieren que mueran. Y tal vez sueñan, como yo antes que ellos, que se fugan a un país extranjero, en el que los niños que portan la bala son bienvenidos. Y yo quisiera decir a esos niños: la vida es maravillosa, nosotros los esperamos, aquí, somos numerosos, todos caímos bajo la ráfaga, somos los amantes con los pechos abiertos. No están solos.

* Publicado en Libération el 14 de febrero de 2014, bajo el mismo contexto del movimiento anti-matrimonio no-heterosexual en Francia.

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