Por Juan Alberto Salazar Rebolledo

 

Le habían pedido llevar consigo la máscara anti-gas a todas partes y no quitársela hasta que se lo indicaran, para que fuera acostumbrándose a ella.

 

Su piel obscura contrastaba vistosamente con la tela verdosa que envolvía las dos ventanas redondas por las que sus ojos cafés se asomaban para ver más allá del trágico refugio portátil en el que escuchaba casi nada más que su agitada respiración.


Le gustaba su nombre, Hank Jameson, porque se sentía más cercano a su tocayo, el heroico jugador de baseball Hank Greenberg, del equipo de su ciudad: los Tigres de Detroit, quien dos años antes había cambiado el bat por el casco verde al enlistarse en el ejército tras el bombardeo a Pearl Harbor.


La máscara ya le incomodaba, así que Hank descubrió su rostro —por el que su ensortijado cabello dejaba escurrir gotas de sudor que le daban un tono café brillante a la piel—. Su oído se afinó entonces para escuchar que la radio local anunciaba el juego de ese día desde una bocina colocada en el techo de la línea de ensamblaje de motores de la Ford Motor Company, donde él trabaja.


“¡Señoras y señores! 5 de mayo de 1943. “El Martillo hebreo” podrá haber tomado el rifle de asalto, pero sus compañeros hoy buscarán no decepcionar otra vez al enfrentarse a los Browns de Saint Louis como visitantes. ¿Podrán ganar? Escuchen la transmisión a partir de las siete de la noche…”.


Al escuchar el apodo de referencia judía con el que el sujeto de la radio había apelado a “Hankus Pankus”, Jameson soltó un resoplido, que junto con un par de gotas de saliva fueron a parar directamente al rostro de un hombre de 1.80 metros de estatura, cabello liso y dorado, complexión delgada y corbata mal anudada que se acercó lentamente a él.


—Ya bastante hacemos con dejarte trabajar aquí, negro, como para tener que aguantar tus resoplidos y escupitajos. ¿Por qué te quitaste la máscara? —dijo el sujeto rubio.


Inmediatamente, 10 de los compañeros de Hank se quitaron la careta y se colocaron detrás de él, quien se había limitado a guardar silencio con un gesto adusto. El enclenque no tuvo otra alternativa que retirarse arrastrando los pies, ya que inmediatamente le vinieron a la mente los movimientos anti-racistas que habían cobrado fuerza últimamente en Detroit para defender a los miles de inmigrantes que llegaron a trabajar a las fábricas.


Una sonrisa cómplice cubrió el rostro de todos los trabajadores y el simulacro de máscaras anti-gas terminó junto con la jornada laboral de ese día.


En su camino de vuelta a casa, Hank apresuró el paso para abordar el autobús a Trumbull Avenue en el segundo piso descubierto. Disfrutaba observar su ciudad, que desde hacía unos años comenzaba a llenarse de edificios y de coches. Tras un recorrido de 25 minutos, tocó el timbre cuando se aproximaba al semáforo colocado en la esquina de Michigan Avenue, la parada del Briggs Stadium, a tan sólo dos cuadras de su departamento.


Al bajar del autobús, un cartel que comenzaba a despegarse de la pared a causa de la humedad llamó su atención. Se acercó para leer los detalles: “¡Stalingrado hoy! ¿Mañana Detroit? ¡A menos que vivas, pienses, pelees esta guerra! ¡Sé valiente! ¡Conserva/compra bonos de guerra! ¡Tu libertad, tu derecho a vivir, están en peligro!”, y en medio de los abundantes signos de exclamación, una mujer corría con el cadáver de un niño entre los brazos en medio de ruinas y un camposanto al aire libre y, al fondo, un soldado listo para disparar. Un nombre al costado inferior derecho: Willard B. Golovin, y una impresión neoyorkina que mencionaba al Times de Nueva York y al Herald Tribune, diarios que Hank también leía.


El cartel pegado a un costado del estadio y en su propio barrio (Corktown) le hizo sentir de nuevo la asfixia y agitación que le producían la máscara de gas.


En la Ford, la producción de los cupé había dado lugar a los componentes de tanques y elementos bélicos, pero Hank trataba de pensar lo menos posible en lo que ocurría al otro lado del Atlántico, aunque todas las estaciones de radio y periódicos hablaran de eso.


Al abrir la puerta del edificio escuchó que su vecino del primer piso sintonizaba el juego. El narrador anunciaba que la ausencia de Greenberg, resentida desde hacía tres temporadas, comenzaba a sanarse con Frank Overmire, quien precisamente acababa de conectar un home run.


La voz del narrador se cortó de golpe y todo se obscureció. Parecía como si el imparable de Overmire se hubiera convertido en un ataque relámpago, como los que Hank había leído que los alemanes lanzaron sobre Stalingrado. Como la pelota de cuero saliendo del estadio, Hank se sintió transportado a la ciudad en ruinas. Los bombardeos sonaban a golpes de bat en su cabeza y los cadáveres le extendían la mano para pedirle una moneda, como si eso pudiera devolverles la vida.


Quince minutos después, en la radio pedían conservar la calma; se trataba de un simulacro de guerra. Hank se sacudía un polvo proveniente de su alucinación de simulacro.


El obrero de la Ford terminó de escuchar el partido distraídamente, sentado en su cama, mirando la máscara, que volvió a colocarse al entender que por más lejos que estuviera del continente en guerra, tendría que acostumbrarse a vivir en un estado perpetuo de simulacro, enmascarado.


Tras una angustiante noche de insomnio, Hank se levantó con una inquietud en mente: averiguar en dónde comprar fondos de guerra, ya que era la única forma que concebía para ayudar, con sus no muy bastos recursos de obrero, al financiamiento de la guerra.


El entusiasmo parecía también una especie de simulacro, porque no se trataba de un interés por saber de motivos y razones, sino simplemente una reacción al estímulo negativo del miedo, producido por la suma de una victoria de los Tigres no saboreada por la interrupción y el consecuente insomnio.


Hank despegó el póster de la pared para preguntar en la fábrica si alguien sabía a dónde había que llevar el dinero. Alguien le gritó al otro lado de la calle. Al voltear, observó que tres hombres blancos y corpulentos con una K en el brazo —símbolo de lealtad al “Gran Dragón”— se dirigían apresuradamente hacia él. Hank intentó correr, pero ya lo tenían tomado por el brazo.


El 20 de junio siguiente, durante las protestas por la discriminación en Detroit, los colegas de Hank colocaron velas como altar a su fotografía. El racismo fue combatido con tanques y aviones por Estados Unidos en Europa, mientras en Detroit, las fuerzas federales pusieron orden a los inmigrantes amotinados.


Esa temporada, los Tigres de Detroit no llegaron siquiera a la semifinal; y los Klexkteres —guardias de exteriores del Ku Kux Klan— le mostraron a Hank que no necesitaba estar en Stalingrado para conocer a la intolerancia sonriéndole con su rostro de muerte.

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