¿Qué derecho tenemos a romper la soledad y el silencio?

Por Ron Rosenbaum

Hay un buzón en un extremo del camino que lleva a la cochera, sin nombre. Es el único buzón anónimo en toda la calle. La casa al final del camino yace resguardada por varios árboles, muchos de ellos portando letreros de un rosa brillante en los que se lee “PROHIBIDO PASAR”. Esos letreros, además de prohibir la caza, la pesca y demás actividades en la zona, van un paso más allá al enfatizar el alcance efectivamente metafísico de sus prohibiciones, añadiendo que se prohíbe “CUALQUIER TIPO DE ACTO INVASIVO”.

El solo hecho de estar aquí, al principio del sendero que conduce hasta la entrada, me hace sentir como si estuviera invadiendo de algún modo. Esto no es sólo propiedad privada. Es la propiedad del hombre más privado de toda América, quizá la última persona privada de toda América. El silencio que rodea este lugar no es cualquier silencio; es la obra de toda una vida. Una labor de renuncia, determinación y creciente conflicto. Es el silencio del auto-exilio, la astucia y la contemplación. De una manera bastante propia —poderosa, invisible—, este silencio es una elocuente obra de arte. Es el Gran Muro del Silencio que J.D. Salinger ha edificado a su alrededor.

No se trata de un silencio pasivo; es palpable, proactivo. La clase de silencio que empuja a la gente a peregrinar para atestiguarlo, desafiarlo. Es un silencio que respetamos y resentimos, un gusto y un reproche. Algo nos atrae hacia él; nos hace interrogarlo, ponerlo a prueba.

Hay una frase en Mao II, la novela escrita por Don Delillo acerca de un recluso, no muy distinto a Salinger, en la que éste se pregunta: ¿por qué tanta gente se obsesiona con mi invisibilidad, mi ocultamiento, mi ausencia?

“Cuando un escritor no muestra su rostro”, se contesta a sí mismo, “se convierte en un síntoma local de esa renuencia a manifestarse, tan característica de Dios”.

El silencio de un escritor no es el mismo silencio de Dios, pero existe un paralelo: el del creador increíble, alguien que creemos tiene respuestas de cierto tipo, negándose a respondernos, escondiendo su rostro, reteniendo su creación. El problema, el extraño fenómeno del escritor invisible, inaccesible, indiferente (indiferente a nuestras preguntas, indiferente a la máquina publicitaria-industrial de la que hay tantos ciervos), es el equivalente literario de la teodicea, esa sub-disciplina especializada de la teología que encara el problema del aparente silencio e indiferencia de Dios ante los infiernos sufridos por la humanidad.

Y cuando un escritor no rompe el silencio, buscamos maneras de atravesarlo. Se nos ocurre ir a tocar a su puerta o dejarle mensajes en el buzón.

Los dos buzones de Salinger me llamaban mientras estaba de pie, en un extremo de aquel camino. El buzón metálico del Servicio Postal Estadunidense estaba sellado con un pasador lleno de óxido. Pero justo al lado se erigía otro buzón de un color verde bosque, abierto, con el logotipo de un periódico local: el Valley News de West Lebanon. Estaba vacío, de no ser por un trozo de papel impreso que yacía muy al fondo, abandonado, como si lo hubieran dejado ahí desde hace tiempo. ¿Un mensaje de otro para Salinger? Resultó ser un volante publicitario, quizá el comercial menos adecuado en toda América. “¡ATÍNALE!”, chillaba el volante con tipografía eufórica de siete centímetros.

Era un volante publicitario que promocionaba volantes publicitarios personalizables; meta-publicidad. “¡DÉJANOS AYUDARTE A PROMOCIONAR TU NEGOCIO!”, instaba a J.D. Salinger.

La cultura auto-promotora de Estados Unidos haciendo un intento por alcanzar a la última persona privada en existencia.

Me hizo pensar dos veces antes de dejar la carta, mi mensaje para S. Me hizo pensar más de dos veces lo que diría, o si era mejor irse, dejar el silencio en silencio. ¿Que acaso cualquier mensaje, por genuino y apasionado que fuera, no sería más que una especie de sacrilegio, otro volante publicitario en el buzón de S?

Supe que tenía que pensar muy bien mi próxima movida, porque podría hacer algo de lo que me arrepentiría por un largo tiempo.

La época en la que hablan los silentes

La noche antes de que partiera a New Hampshire, escuché una historia bastante peculiar acerca del Muro de J.D. Salinger: El relato de las Heridas Falsas. Surgió después de que mencionara mi fascinación con el Muro de S durante una conferencia que di en la Casa Nieman de Harvard. Con esperanzas de extraer algo de folklore oculto sobre S (o al menos su dirección) de los reporteros que había en la audiencia, les hablé sobre el plan de mi expedición: me dirigiría a Cornish, una diminuta aldea rodeada de colinas que queda a unos 30 kilómetros de Hanover y que ha sido el lugar de retiro de S durante los últimos 44 años. No molestaría a S; no tocaría a su puerta, ni siquiera lo esperaría en el pórtico. No, les dije, lo que de veras quería hacer era mirar el muro de S. Esa era, al menos parcialmente, la verdad. Si S emergía de la pared y comenzaba a hablarme sobre “el sonido de una mano que aplaude”, no me negaría para nada. Pero no esperaba que eso sucediera. Yo pensaba que la pared de S —no sólo la pared de madera y piedra que, según escuché, había construido alrededor de la casa, sino también la pared metafísica, el Muro de Silencio que había erigido alrededor suyo, alrededor de su obra— era su logro artístico más poderoso, el más elocuente, quizá el más duradero.

Les expliqué mi noción de la Cuadrilla del Silencio: que escritores como Salinger, Thomas Pynchon y hasta cierto punto Don Delillo (no tan taciturno, sino esquivo de la publicidad) constituyen un grupo minoritario pero poderoso en la cultura americana. No son tanto una cuadrilla, sino una agrupación más o menos vaga de espíritus semejantes cuyo silencio varía en un rango que va del escribir sin publicar (S) al publicar sin aparecer (Pynchon), publicar bajo seudónimo para evitar publicidad (Wharton) y publicar sin publicitarse (DeLillo). Sus variedades de renuencia, disimulo y auto-desvanecimiento constituyen, en conjunto, un poderoso disentimiento frente a la cultura de la auto-promoción que se ha adueñado de la industria editorial contemporánea; un reproche en contra del ensordecedor “ruido de fondo” (como DeLillo tituló alguna novela) de la máquina publicitaria-industrial que domina la actual cultura de la fama.

Pero llegó la época en la que, de la nada, los silentes comenzaron a hablar —incluso si lo hacían a su modo, singularmente gestual—. En enero, un reporte sorprendió al mundo literario: S había elaborado un ligero cambio, una pequeña apertura (tal vez una brecha) en el Muro. Inexplicable, quijóticamente, dio permiso para que una editorial pequeña (Orchises Press, ubicada en Alexandria, Virginia, y especializada en la edición de poetas contemporáneos apenas conocidos) publicara una edición en pasta dura de su último cuento que vio las prensas: “Hapsworth 16, 1924”, aparecido por vez primera el 19 junio de 1965, en una edición de The New Yorker, y que sobrevivía a través de fotocopias desgastadas de enésima generación.

El hecho fue extraño y sorprendente, pues S había rehusado la publicación de aquel relato en formato de libro por tres décadas (tal como lo hizo con sus otros dos cuentos de formato largo, “Franny” y “Zooey”, también publicados en el New Yorker). Además, S tenía la costumbre de soltar ataques legales, como quien lanza a sus perros desde el otro lado de la barda, contra los intentos no autorizados por publicar fragmentos no-canónicos de su obra (cuentos bastante tempranos que no aparecen en ninguna colección; cartas personales descubiertas por un biógrafo en archivos universitarios). Había logrado incluso suprimir citas textuales de obras ya publicadas: el año pasado, su agente obligó a una página dedicada a El guardián en el centeno (una página, cabe destacar, sin fines de lucro) a borrar las citas inspiradoras que el sitio ofrecía para los fans de la novela.

El suceso de “Hapsworth” no era tan increíble como podría parecer: S no planeaba publicar la novela o novelas que, según rumores, llevaba escribiendo desde hacía tres décadas; mismas que, de acuerdo con algunos reportes, seguirán acumulando polvo en el interior de una caja fuerte, al menos hasta la muerte de S. Él no planeaba comenzar un tour promocional para el cuento, ni visitar el Club de Lectura de Oprah. Pero, teniendo en cuenta el Muro, esa muralla de silencio, monolítica e intransigente, que había erigido alrededor de sí, la decisión parecía anunciar algo más que la re-edición de un cuento.

S cumplió 78 este año. Había pasado décadas en lo que muchos suponía era una especie de viaje espiritual, buscando algo que le exigía soledad y silencio; una búsqueda que debía ser protegida por el Muro. ¿Acaso había decidido poner en juego la severidad de aquel silencio debido a la conciencia de su propia mortalidad: el silencio poderoso e inquebrantable que lo esperaba? ¿O acaso su búsqueda había producido, finalmente, una respuesta que deseaba comunicar? ¿Había algo escondido en “Hapsworth”, alguna pista, una clave de su silencio, de la que quería recordarnos? Como se trataba de S —más presencia mítica que persona real—, todas las especulaciones llegaban teñidas de una urgencia milenaria: el retorno prometido del profeta.

Lo que le añadió aún más impacto al anuncio de Salinger fue el hecho de que sucedió casi al mismo tiempo de que otro pilar de la Cuadrilla del Silencio, Thomas Pynchon, avisara que estaba a punto de publicar una nueva novela: Mason & Dixon, la primera en siete años. Y a Pynchon le seguiría el anuncio de la anticipadísima nueva novela de DeLillo: Underworld.

El silencio de Pynchon había sido distinto al silencio más moderado de S, al menos en este aspecto: a diferencia de S, Pynchon no había dejado de sacar obras al público. Pero también era más extremo de cierto modo: durante la posguerra, S se había creado una imagen bastante prominente dentro de la esfera literaria de Nueva York —cenando en el Sturk Club con editores ingleses, jugando póker con escritores y editores, almorzando con S.J. Perelamn y otros genios del New Yorker— antes de su auto-exilio, de acallar su persona pública, de retirarse al otro lado del Muro, de dejar de publicar, si no es que de escribir.

Pynchon, por otro lado, se rehusó a seguirle el juego a la literatura desde el comienzo: había sido una ausencia más que una presencia desde siempre. Pynchon ha sido un escritor sigiloso desde el momento que la máquina publicitaria-industrial intentó fijarlo en algún punto de su radar. Según la leyenda, Pynchon estaba viviendo en México cuando V., su tremenda novela debut, estaba a punto de publicarse en 1963, y que cuando se enteró de que la revista Time envió a alguien para buscarlo y fotografiarlo, como la nueva sensación literaria que era, Pyncho “se subió a un camión y desapareció”, según me contó uno de sus asociados. Desde entonces, por 30 años, ha sido un fantasma, un rumor sin domicilio. (Al menos con Salinger sabíamos en qué casa y en qué pueblo vive.)

La invisibilidad de Pynchon mantuvo niveles legendarios por tanto tiempo que en 1976, un autor bastante imaginativo (John Calvin Batchelor) escribió una parodia de un ensayo académico en el que argumenta, medio en broma y medio en serio, la posibilidad de que Thomas Pynchon fuera J.D. Salinger: un Salinger que había logrado proteger su Muro del Silencio publicando bajo el pseudónimo de Thomas Pynchon. Otros han sugerido que el hombre tras la firma de William Wharton es, de hecho, J.D. Salinger.

El acumulado de especulaciones cómicas y exóticas acerca de Salinger y Pynchon es un testimonio del poder que su silencio mantiene sobre nosotros. En una cultura obsesionada con la fama y loca por la publicidad, ambos se han convertido, efectivamente, en la Madonna y el Michael Jackson del Silencio: son celebridades porque reniegan o renuncian a su propia celebridad; su rechazo es como el de Bartleby el Escribiente, el eco de un resonante y a la vez silencioso “Preferiría no hacerlo”. Es posible calibrar la fuerza totémica aún conservada en el nombre de Salinger en la película Jerry Maguire, en la que Tom Cruise compara la reticencia sobria en la cubierta de su “Misión” idealística (una crítica al materialismo go-go por la que lo acaban despidiendo de su empleo en una agencia publicitaria) a la pureza de la cubierta de El guardián en el centeno.

Por supuesto, en la Cuadrilla del Silencio no existe un silencio único, sino distintas gamas y variedades de resistencia. La historia de la literatura nos ha proporcionado un caso de silencio ardiente: quizá el más extremo y devastador es el de Nikolai Gógol, quien echó la segunda parte de las Almas muertas, una obra maestra cómica, al fuego de una estufa, aquejado por la agonía de una crisis espiritual o un colapso nervioso. Existe también el silencio de la baja autoestima: Emily Dickinson creyó que en su obra no había calidad que mereciera los ojos del público. Luego está el silencio reforzado de la censura, y el silencio interno de la mente bloqueada. Pero el silencio que uno enfrenta frente a la casa de S es el silencio más poderoso en su aprehensión: el silencio calculado que representa una especie de renuncia espiritual, lo que el escritor trapista Thomas Merton llamó silencio elegido. “La obra de arte retenida”, dice alguien en alguna novela de DeLillo, “es la única elocuencia que queda”.

Probando la paciencia de un santo

Regresando a la historia de las Heridas Falsas: tal como esperaba, uno de los miembros de la Casa Nieman se me acercó después de la conferencia con una historia fascinante sobre S. Me dijo que tenía un amigo que, de joven, había peregrinado a la casa de S, un viaje que quizá sea lo más cercano que hay en la cultura literaria a un ritual religioso o un rito de pasaje. Es un peregrinaje que el mismo S —por mucho que le pese, ha de suponerse— parece fomentar mediante un famoso pasaje de El guardián en el centeno en el que Holden Caulfield describe la poderosa conexión que siente con escritores cuya obra admira y cómo esa conexión le da ganas de llamarlos por teléfono. No dice nada acerca de buscarlos, pero son pocos los peregrinos que ven la diferencia, en parte porque muy pocos de ellos tienen su número. (Yo tengo un número que es suyo. Pero nunca lo he usado.)

El peregrinaje a la casa de S, hacia la sombra de su Muro, se ha vuelto parte de la mitología literaria americana, particularmente en Sholess Joe, de W.P. Kinsella, una novela en la que un grajero de Iowa parte rumbo a New Hampshire con un plan para secuestrar a J.D. Salinger y llevarlo a un juego de beisbol porque una Voz le ha encomendado la misión de “aliviar sus penas”. La historia de las Heridas Falsas resultó ser una especie de parodia que inadvertidamente volteaba el mandato de “aliviar las penas”. Esa noche, en mi cuarto de hotel en Cambridge, pude rastrear al tipo del que el miembro de la Casa Nieman me había comentado, el que había hecho el peregrinaje de las heridas falsas.

Según me contó, allá por los 60, cuando ambos eran adolescentes, él y un par de amigos, igual de obsesionados con Salinger, urdieron lo que les parecía un plan bastante ingenioso para forzar a Salinger a salir de detrás de su Muro. El plan consistía en manejar hasta Cornish y localizar la residencia de Salinger. Ya estando allí, uno de los muchachos se desgarraría la ropa y cubriría su cuerpo con cátsup y sangre falsa, haciéndose pasar por la víctima de una golpiza. Detendrían el coche (tan ruidosamente como fuera posible) frente a la casa de Salinger, tirarían el cuerpo sobre la calle y saldrían disparados, dejando a la “víctima” ahí, gimiendo de dolor. La idea era que Salinger se vería obligado a salir; no podría negar los gritos de ayuda de un hombre que bien podría estar desangrándose justo frente a su puerta. S tendría que salir de la Muralla, llevar al tipo adentro y aliviar sus penas.

El plan era, a grandes rasgos, una manera de poner a prueba la paciencia de un santo, pues contenía un dilema ético/espiritual: el muchacho en la puerta no sería (o no pretendería ser) otro adolescente irresponsable, ni un periodista testarudo, sino un ser humano en necesidad de auxilio. ¿Acaso S se lo negaría?

Y así lo hicieron: manchado de cátsup, el “cuerpo” fue tirado justo al pie del muro. El muchacho comenzó a aullar, adolorido por sus heridas falsas, en espera de que S apareciera para apaciguar su dolor.

Vale la pena una breve digresión acerca del Muro de S, sobre las teorías en torno a sus orígenes y propósito, incluido el posible génesis ofrecido por la historia de La Traición de la Reportera. Esta digresión que ofrezco es de un espíritu similar al lastimero paréntesis de Tisbe en El sueño de una noche de verano, ese en el que habla al actor que interpreta al Muro: “¡Oh, tú, muro! Bien has oído mis quejas”.

Existe sólo un reporte convincente sobre la primera aparición del Muro de S, y se encuentra en la única biografía formal que existe de Salinger: In Search of J.D. Salinger, de Ian Hamilton. La historia del libro es tortuosa, de cierta manera un monumento, y también una víctima del Silencio de S, lleno de heridas y boquetes causados por sus encuentros, sus dolorosas colisiones con el Muro.

Hamilton, un inglés, biógrafo respetadísimo de Robert Lowell y además poeta, se aventuró a escribir sobre la vida de S a sabiendas de que éste quizá no estaría dispuesto a cooperar. Pero Hamilton no podría haber predicho la tremenda batalla que S libraría contra su obra, forzándolo a retirar del manuscrito citas textuales y parafraseadas extraídas de unas cartas personales de S que había encontrado.

No obstante, la versión mutilada de la obra de Hamilton que logró sobrevivir a los ataques legales de S contenía material bastante sorprendente, y nada más impresionante que la historia sobre el origen del Muro.

De acuerdo con la cronología de Hamilton, S se mudó a Cornish en enero de 1953. A sus 34 años, había logrado el éxito crítico y comercial con la publicación, en 1951, de El guardián en el centeno; sin embargo, todavía no alcanzaba su estatus como figura de culto. Su hégira a las montañas del norte seguramente contribuyó a ese culto: S ya no era un escritor neoyorkino, por especial que fuera; se convirtió en el Hombre en la Cima de la Montaña. De hecho, la propiedad de S se encuentra en la cima de una colina, aunque el término preferido es “colina con vista de cinco estados” (tal vez por la resonancia espiritual implícita en la palabra “estado”).

La mayoría de los testimonios concuerdan en que el retiro de S tenía algo que ver con una transformación espiritual por la que estaba pasando. Un creciente interés en las disciplinas espirituales de Oriente —particularmente la filosofía vedántica de los hindús, con un fuerte énfasis en el karma y la reencarnación, y el budismo zen, que subraya el abandono del ego para experimentar el desapego y la unicidad de la creación— comenzó a manifestarse dentro de sus cuentos a principios de los 50. Pero Hamilton reveló que el peregrinaje de S hasta Cornish no estaba vinculado del todo a la adopción de una vida solitaria y espiritual. Al menos al comienzo, S mantenía una vida social muy activa, tanto con los residentes adultos de Cornish como con (y esto sí que es curioso) un grupo de jóvenes que estudiaban la preparatoria en Windsor, un pueblo un tanto más grande que quedaba al otro lado de un puente techado, en Vermont. Hamilton rastreó a varios de los jóvenes amigos de S, y, según cuenta, uno de ellos le comentó que “[S] solía ser pura diversión”.

—Se la pasaba atendiendo al grupo de la preparatoria: nos compraba comida y bebida. Mostraba mucho interés por los juegos de básquet y futbol. Después del Spa [un área de relajación para después de clases], nos subíamos a un jeep y arrancábamos hasta su casa. Siempre estaba abierta para nosotros.

—Todos lo admirábamos —recuerda otro de sus antiguos amigos—, especialmente los renegados.

Pero luego sucedió la traición: el pecado original de la prensa. Al parecer, una estudiante de la Preparatoria Windsor le pidió a S una entrevista para la sección escolar de un periódico local. Él le concedió la entrevista, pero el periódico (el Daily Eagle de Claremont) la trató como una exclusiva. De acuerdo con una versión del suceso publicada por la revista Life, citada por Hamilton: “La próxima vez que un carro lleno de ellos [los estudiantes] subió la casa de Salinger, parecía como si éste no se encontrara en casa […] Cuando intentaron de nuevo, encontraron la casa ‘escondida detrás de una barda de madera: sólida, impenetrable, tan alta como una persona’”. S le explicó a un fotógrafo que las entrevistas interferían con su misión. No habría más, “hasta terminar lo que vine a hacer”.

La Era del Muro había comenzado. Para S, resguardado al otro lado del Muro, era una época de creciente obsesión con cuestiones espirituales, presagiada en el famoso epígrafe acerca del silencio que añadió ese mismo año a la edición de pasta dura de su primera colección de cuentos, Nine stories:

Conocemos el sonido de dos manos que aplauden.

¿Pero cuál es el sonido de una mano que aplaude?”

-kōan zen-

El misterio se hacía más grande. ¿Qué sucedía detrás del Muro? ¿Qué tipo silenciosa búsqueda? El Muro excluía al mundo entero, pero también lo atraía, inspirando búsquedas propias, alocadas especulaciones. En uno de sus últimos cuentos, el narrador/alter ego de S menciona unos rumores acerca de que pasó “seis meses de aquel año en un monasterio budista y los otros seis en hospital psiquiátrico”.

También se notaban indicios de una vida normal en el campo: estaba su matrimonio con una joven inglesa, Claire Douglas; estaban sus hijos, Matt y Peggy; estaba también su relación con una joven escritora, Joyce Manard; y luego otro matrimonio. S no era un ermitaño ni un monje, o no del todo. Pero prevalecía esta noción, cada vez más fuerte, de que el Muro que mantenía al mundo al margen había logrado encarcelar a S, amurallándolo en su interior. En la novela escrita por DeLillo acerca de un escritor no muy distinto a Salinger, existe un paralelismo implícito entre un poeta mantenido en cautiverio por unos terroristas dentro de un sótano en Beirut y un novelista también cautivo, pero dentro de su propia habitación, secuestrado por su miedo a la fama, o por la terrible magnitud de su propio concepto de la perfección.

En donde la filosofía curativa de S es revelada

Parecía que, con el paso del tiempo, la obra de S quedaba cada vez más aprisionada dentro del muro. Durante esos 12 años que siguieron a la construcción de su muralla, sólo publicó cuatro cuentos; luego vino “Hapsworth”, y de ahí 32 años de silencio. Existía esta sensación, cada vez más fuerte entre críticos y lectores, de que S se había amurallado creativamente también, escribiendo con creciente obsesión acerca de la vida interior de la familia Glass (los Corleones de la literatura íntima), una familia neoyorkina cuyos siete hijos son atormentados en maneras variadas y misteriosas por la enigmática espiritualidad —y el incomprensible suicidio— de su primogénito, Seymour. Poeta, gurú, avatar, niño prodigio y estrella en el circuito de los quiz-kids, Seymour, según nos enteramos en “Hapsworth” (el cuento está escrito como una carta de 20 mil palabras redactada por Seymour, de siete años e increíblemente precoz, desde su campamento de verano), se ve acosado por visiones de sus vidas pasadas, a las que se refiere como sus “apariencias” en encarnaciones previas. Y también por la premonición de su propia muerte, el disparo tan crípticamente descrito en “Un día perfecto para el pez banana”; esa escena de suicidio ha sido la fuente de muchas disertaciones de doctorado, todas ellas intentos por explicar por qué Seymour decidió acallar su existencia.

¿Acaso S estaba cometiendo, con tremenda lentitud, un suicidio artístico dentro del Muro, acallándose a sí mismo dentro de la casa de cristal que es la crónica de la familia Glass? ¿O será que alcanzó un nuevo y extraño nivel de trascendencia artística o espiritual, una escritura que ya no requería de la validación del ego que viene con la publicación y los lectores, al menos durante los confines de su vida? ¿O —posibilidad terrible— acaso S seguía escribiendo pero sólo para los ojos de Dios? ¿Qué pasaría si S hiciera lo que Gógol: alimentar las llamas con su obra antes de partir?

Todos aquellos a los que nos importaba sacamos nuestras arrugadas copias de “Hapsworth” en busca algún indicio una vez que S anunció que al cuento se le permitiría tener una vida más allá del Muro. Hay un punto dentro de “Hapsworth” —el cuento más hermético y auto-referencial en la obra de S— en el que Seymour parece ofrecer ciertas pistas acerca del silencio de su creador.

Al hablar de las “karmáticas” tareas que debe atender, Seymour menciona la necesidad de “moverme tan sigilosamente como pueda”, luego ofrece una cita de Tisang Samdup, sabio oriental (de un modo que presupone la familiaridad del lector con su autoridad y obra), sobre el Silencio: “¡Silencio! ¡Anda, sin decirle a nadie!”. Así nos ordena el estimable Samdup, según el pequeño Seymour. Tal vez una señal de lo que S ha estado haciendo: seguir adelante con su escritura sin decirle a nadie; sin publicar lo escrito. Al menos no hasta alcanzar su próxima encarnación.

“Hapsworth” ofrece además un tentador avance de la próxima historia nunca-vista de Salinger: esa que tal vez haya escrito sólo para los ojos de Dios, o quizá la que ha estado escribiendo y re-escribiendo, incapaz de darle fin. Hasta donde sabemos, puede tratarse de la historia que le impuso el silencio. Sabemos acerca desde esta historia, o creemos saber acerca de ella, porque, en “Hapsworth”, Seymour predice tanto el evento que le dará arranque como el hecho de que su hermano Buddy, el alter ego de Salinger, escribirá sobre dicho evento. ¿Será mera coincidencia que este cuento, el cuento que tal vez silenció a S, sea una historia sobre Tentación y Derrota frente a la Fama? Sobre la fama tan repentina que atrapa a los niños Glass al convertirse en las prodigiosas estrellas del programa de radio It’s a Wise Child. Una exposición a la esfera pública que los herirá de muchas maneras. La supuesta historia post-“Hapsworth” puede leerse como una alegoría del daño experimentado por el mismo S durante su transformación en un prodigioso wunderkind.

Sí, heridas. Volvamos al relato de las Heridas Falsas, en el que S, tal vez con heridas propias, enfrenta a un peregrino que gime, lleno de heridas fraudulentas, al otro lado de su Muro. Lo que sucedió, según me contó la “víctima” con algo de mortificación, fue que, apenas lo tiraron frente a la puerta, gimiente y cubierto de cátsup, las luces de la casa se encendieron “como si alguien estuviera mirando”. Luego, después de un rato, las luces se apagaron. Y ya. Silencio. Nadie salió de la casa. Eventualmente, sus amigos volvieron por él y huyeron juntos. No se les ocurrió pensar que S fuera cruel o despiadado. Más bien les dio la impresión de que alguien ya había intentado el truco del falso herido, de que, para los peregrinos de S, era prácticamente una rutina lanzarse llenos de heridas (reales o falsas) frente al muro. Que tal vez S había encontrado la manera de determinar la diferencia entre sangre y cátsup, entre el dolor real y el simulado.

Esto concuerda de cierto modo con la historia que Jonathan Schwartz, escritor y personalidad de la radio, me contó sobre una mujer que había peregrinado hasta la casa en compañía de su niño de cinco años. La mujer tocó la puerta, pero S no la dejó entrar, y luego ella le dijo que traía un niño en el coche, cansado y doliente. A partir de ese momento, S se comportó del modo más atento; invitó a ambos a la casa, le dio de comer al niño y hasta jugó con él mientras miraban Monkey Business de los Hermanos Marx y un episodio de I Love Lucy.

¿San Francisco de Asís o Michael Jackson? El santo y la celebridad extrañamente solitaria: ambos atraen a los heridos. El relato de las Heridas Falsas ha permanecido conmigo porque parece explicar esa gravitación tan poderosa que posee el Muro, el tremendo atractivo del silencio con el que se rodea un escritor como S. El poder que nos atrae, personal o metafóricamente, hacia el Muro de S proviene de la sensación de que el silencio anuncia cierto conocimiento, cierta sabiduría, la penetración de un misterio impronunciable, más allá de toda palabra, de todo lenguaje, comunicable sólo a través del silencio. El Muro que ha construido es, metafóricamente, un lugar al que podemos llevar nuestras heridas verdaderas para que sean examinadas, curadas; las heridas, las perforaciones del alma, las zonas vacías, carcomidas por un sentido de inautenticidad, por los estragos que causa el culto a la fama.

Lo que me lleva a un descubrimiento un tanto extraordinario que hice sobre S, el sanador, mientras perseguía varias respuestas sobre el Hombre detrás del Muro; un descubrimiento que, me parece, permanece inédito. Es una revelación a la que llegué indirectamente a través de una cadena de vínculos aleatorios, uno de los cuales contradice la percepción tan comúnmente aceptada de S como un esclavo de las disciplinas religiosas de Oriente. Aunque es cierto que éstas le resultan atractivas, el hecho es que la disciplina curativa que, por u tiempo al menos, fue de su mayor interés, tanto así que hablaba de ella con otros, es bastante más cercana, bastante más Occidental: la homeopatía. Sí, la homeopatía, ese sistema alternativo y herético de diagnóstico y curación inventado por el médico alemán Samuel Hahnemann a finales del siglo xviii; un sistema descartado desde hace tiempo por el mainstream médico, aceptado por los sanadores del new age y supuestamente aún en uso dentro de la Familia Real Inglesa y otros círculos.

¿Por qué la homeopatía? Parte del atractivo quizá tenga que ver con la manera en que el romanticismo alemán del sistema de Hahnemman ofrecía un vínculo entre lo físico y lo metafísico, su trascendencia del dualismo cuerpo/mente contra el que se revelaban los niños-avatares en la obra de S, como Teddy (Nine Stories) y Seymour (“Hapworth”). La homeopatía interpreta las resonancias de dos reinos. Dejando de lado la cuestión de su validez científica, es posible encontrar cierta poesía en sus explicaciones que, me parece, resonarían con la presencia ausente y solitaria de S.

El viejo Samuel Hahnemman creía que había que tratar a lo parecido con lo parecido: que una dosis mínima de lo que te aquejaba podía sanarte. Si, por ejemplo, sufrías de vómito, la homeopatía prescribía una dosis muy pequeña de hierbas nauseabundas. Más peculiar y controversialmente, Hahnemann creía que mientras más diluía sus remedios en agua destilada, más efectivos se volvían. Esto ocasionó que los críticos declararan que sus fórmulas “más potentes” —es decir, las más diluidas— alcanzaban un punto de dilución tal que los homeópatas estaban recetando, efectivamente, agua destilada y nada más. A esto, los defensores de la homeopatía respondieron, con un dejo poético, que no importaba la presencia en sí de la hierba curativa, sino la impresión “potentizante” que la dosis, ahora ausente, dejaba a nivel molecular en la configuración del fluido. La memoria de ese encuentro, de cierto modo, inscrita en el agua.

No defiendo esta disciplina, sólo admiro la poesía de un sistema curativo en el que la ausencia y la memoria son más poderosas que la presencia, y sugiero que en el interior de toda esta retórica homeopática se encuentra una metáfora para la ausencia e invisibilidad de S en nuestra cultura: que la retracción de su presencia ha hecho de su memoria, su influencia, incluso sus poderes curativos más poderosos que una presencia pura. Quiero decir que su silencio es una especie de remedio homeopático para todo el ruido que nos aqueja.

Aprendí unas cuantas sorpresas más sobre S durante el curso de mi búsqueda. Aprendí que, además de escribir la crónica de los Glass, también trabajó un guión cinematográfico, una especie de borrador en el que Buddy, su narrador y alter ego dentro de la familia Glass, se ve obligado a enfrentar las críticas de los relatos cada vez más turbios y místicos que S había estado escribiendo. (Pagaría por ver esa película.) También he escuchado —aunque de esto no estoy tan seguro— que S ha escrito un par de guiones bajo pseudónimo para casas productoras europeas.

Aprendí que S no es un recluso al estilo de Howard Hughes, que ha viajado dentro y fuera del país, que permanece en contacto con la cultura que lo rodea, no se ha desconectado de ella.

Y, por último, aprendí cuál es su comida chatarra preferida. De esto me enteré por una amiga a la que por pura casualidad le tocó estar parada detrás de S mientras hacían fila en un deli que él frecuenta. S estaba quejándose del corte de su soppressata, un salami rústico (le gusta “por capas y en rebanadas finas”, como la prosa de sus primeros cuentos del New Yorker), inquietud posiblemente relacionada a su difunto padre, Sol, un importador de carne y quesos. Le pedí a mi amiga que hablara con el encargado del deli y nos enteramos de que, de todos los alimentos chatarra, su preferido es (no bromeo) las bolitas de dona [doughnut holes]. El equivalente repostero al sonido de una mano que aplaude.

Pero de todas estas revelaciones, la de la homeopatía me parece la más poderosa de las verdades sobre S; tal vez no sea un curandero, pero sí un investigador de la dolencia en el sentido más amplio de la palabra, un diagnosticador literario de la enfermedad que nos aqueja hasta la muerte, como individuos y como cultura.

¿Su remedio? Me enteré del interés particular que S manifiesta hacia cierta curación homeopática llamada licopodio, una variedad de moho diluido (por supuesto) casi hasta la desaparición. Un vistazo rápido a la literatura homeopática ofrece ciertas revelaciones fascinantes. Entre los discípulos de Hahnemann existe un concepto conocido como “la personalidad del licopodio”, descrita así por un homeópata inglés: “[el licopodio] posee un desagrado por las apariciones públicas, meticuloso, concienzudo y auto-consciente, y suele ofenderse con facilidad…”.

Tuve una sensación extraña. Sentía que al leer los escritos homeopáticos sobre la personalidad del licopodio estaba leyendo, por extensión, sobre cómo S se diagnostica a sí mismo. Y también una pista de por qué decidió publicar “Hapsworth”. Un remedio para la melancolía del Dr. S, una dosis pequeña pero potente de su propia presencia, inyectada directo al torrente sanguíneo de la cultura, una apertura infinitesimal en su Muro, con la esperanza de una evocación, al puro estilo homeopático: una Presencia, la memoria de una Ausencia; licopodio para el alma, tanto la suya como la nuestra.

El guardián en el sendero

Mientras cruzaba la frontera entre Massachusetts y New Hampshire rumbo al noroeste, en medio de una mañana de febrero —brillante, de un deshielo repentino—, me sentí hechizado por muchas preguntas acerca de mi peregrinaje al Muro de S.

Para empezar, ¿podría encontrar su casa? No tenía la dirección, dependería sólo de la caridad de los extraños que guiarían mi camino, aunque había escuchado que los pueblerinos de New Hampshire no tienen fama de hospitalarios, al menos no con los forasteros que buscan a S. Por supuesto, de cierto modo tenía esperanzas de no encontrar el lugar. Querría decir que los vecinos de S habían construido, en efecto, un muro alrededor del Muro.

Tomé la salida de la Ruta 89 en West Lebanon y me dirigí al sur, hacia Cornish, por un camino rural al pie de las aguas congeladas del Río Connecticut, sin la más mínima idea de qué hacer cuando llegara a Cornish.

Tras un artículo publicado por la revista New York en el que se revela la ubicación (o por lo menos el vecindario) de Pynchon, es posible que S sea la última persona privada en toda América. Quería encontrar su casa, pero temía encontrarla; temía (incluso si no publicaba la dirección ni algún indicio) poseer una amenaza, aunque fuera simbólica, para la privacidad, una especie al borde de la extinción. También le temía a las preguntas que tendría que enfrentar en caso de encontrar la casa, preguntas acerca de mí mismo, de lo que haría una vez que encontrara el Muro de S, de si sería un intruso. Interrogar el silencio de S y encarar su Muro implicaría, inevitablemente, interrogar y encarar una faceta de mí mismo que quizá no me agradaría ver.

Pero, tal como lo dictaría el destino, tras media hora de haber llegado a Cornish, me encontré a mí mismo al final del sendero que lleva hasta la puerta de S, mirando los letreros de PROHIBIDO PASAR, contemplando mi próxima movida y todos los dilemas —éticos, literarios, filosóficos— que planteaba.

La casa la encontré rápido, no porque sea fácil de encontrar, sino porque tuve suerte. Confirmé que el azar conspiraba a mi favor durante los dos días que pasé en Cornish después de toparme con la casa; pasé ese tiempo tanteando a los habitantes del pueblo, el muro alrededor del Muro. Le pedí a varios que me guiaran hasta S, y cada uno me rechazó. Algunos me dijeron que no conocían el camino, otros que no conocían al tal S; hubo quien me dijo que no me diría incluso si lo supiera, y también quienes sabían pero no me dijeron. Varios me dijeron que “el señor disfruta de su privacidad”, o alguna variante de la misma frase. En una tienda de abarrotes, el encargado comentó que los universitarios de Dartmouth aún iban con regularidad a buscarlo, pero que “la gente no coopera”, y él tampoco. En otra tienda me dijeron, con evidente desprecio: “Aquí no damos esa información”.

Entonces sí había un muro alrededor del Muro de S. Mas no un muro impenetrable.

En el estacionamiento de una de las tiendas de abarrotes, después de haber sido rechazado con un despreciable, despectivo “la gente no coopera”, me topé con una pareja de ancianos en una vieja pick-up. Les dije:

—Mi jefe me envió aquí para encontrar la casa de J.D. Salinger. Sólo la casa; no es por molestarlo. ¿Podrían ayudarme?

El anciano al volante de la pick-up comenzó a darme indicaciones muy elaboradas que acababan con puntos muy vagos.

—Siga el camino hasta la punta de la colina; de ahí, es medio difícil de explicar. Será mejor que le pregunte a alguien cuando ande por ahí.

Eso no me pareció nada prometedor, preguntarle a la gente de por ahí. Pero pude convencer al anciano, con cierta dificultad, de que me dejara seguirlo en mi coche mientras él manejaba hasta allá. Y así nos fuimos. Velaré mis pasos a partir de este momento. Digamos que después de recorrer un largo camino que el deshielo convirtió en un lodazal bien profundo, la pick-up se detuvo frente a un sendero, el único de toda la calle que tenía un buzón sin nombre.

Me bajé del coche y caminé hasta la cabina de la pick-up.

—¿Es esta? —le pregunté al anciano.

—Es esta —dijo, señalando un sendero que subía por una pendiente arbolada hasta una casa escondida por varios árboles; una casa en la colina que cualquiera podía ver, incluso desde abajo, y que seguro ofrecía la mencionada “vista de cinco estados”.

—¿Está seguro de que es esta? —volví a preguntar.

El anciano asintió y esperó, atento (me parece que defensivamente) a lo qué haría. Al parecer, se sintió satisfecho de ver que yo no tenía planes de pasar y se fue.

Por supuesto, cabe la posibilidad de que aquel anciano fuera un miembro más del escuadrón de desinformación de S, con la tarea específica de despistar a los forasteros que llegan a buscarlo, dirigiéndolos a una versión falsa de la casa de S. Pero esa paranoia me parecía más digna de Pynchon que de Salinger.

Busqué otras señales. El sendero arbolado que subía hasta la casa escondida tras los árboles concordaba con las descripciones de otros. La presencia de un segundo edificio más viejo coincidía con los reportes de que S había construido una segunda casa en los 60, después de su divorcio. No vi ningún muro físico, pero luego me enteré de que cuando S construyó la estructura de su nueva casa, la vieja muralla fue reemplazada por la fila de árboles que le servían de cerca. El volante que había llegado por correo, abandonado dentro del buzón del Valley News, parecía una confirmación irónica, poética.

Suponiendo que esta era la morada de S, asumiendo que tenía el objetivo correcto en frente, ¿qué opciones tenía? Podía:

1. Violar el decreto de los letreros de PROHIBIDO PASAR, violar las propias reglas establecidas por mí de antemano, violar la paz de S ascendiendo por el sendero y tocando a su puerta. Pero no podía hacer eso. Recordé el rostro de S —espantado, como de un animal cazado, profanado, violado— cuando un paparazzi lo agarró de sorpresa hace ya casi 10 años. Don DeLillo me contó que fue el rostro aterrado de aquella foto lo que lo inspiró a escribir Mao II, su meditación sobre un escritor ermitaño y el terror a la fama. Ya me sentía bastante mal estando aquí, sentía que mi presencia al pie del sendero constituía una especie de violación kármica que habría de purgar con el sufrimiento de muchas vidas futuras. No podía dar ese paso. No tocaría a su puerta.

2. Esperar aquí con la esperanza de toparme con S yendo o viniendo. Eso equivaldría a un acecho. Tampoco podía hacerlo.

3. Empaparme del silencio que abunda en la residencia de S, y nada más. Darle mis respetos al Muro y partir. Cuando compartí con Jonathan Schwartz mis dudas acerca de ir a la casa de S, descartó mis inquietudes. Lo había considerado con frecuencia, dijo. Él no dudaría en hacerlo, “aunque fuera para respirar el mismo oxígeno”. Así que aspiré el oxígeno primaveral y sintonicé los sonidos de aquel silencio: el sonido de un riachuelo producido por el deshielo, resbalando burbujeante por la pendiente que llevaba a la casa de S. El canto distante de un pájaro. El susurro del viento a través de los árboles.

Un hombre pasó con su perro.

—Esta es la casa de Salinger, ¿verdad? —pregunté.

Sonrió amistosamente, pero dijo:

—No puedo contestarle.

Escuché el silencio. La presencia callada de S era como un kōan no pronunciado, una pregunta capciosa que nos obliga a cuestionarnos a nosotros mismos. Medité acerca de ese silencio, de su ausencia en mi vida, de todas las ausencias en mi vida. Comiencé a sentir una tremenda tristeza; comiencé a sentir su tristeza, su melancolía y su compasión para un mundo lleno de almas como la mía, tan alejadas de la luz.

Pero luego recordé el famoso fragmento de la Dama Gorda en Franny and Zooey. Ya sabes: ese en el que Fanny, la hermana súper-sensible, espiritualmente obsesionada del difunto Seymour, sufre una crisis nerviosa al no poder aguantar el parloteo hipócrita e insensible de sus compañeros en la universidad. Quiere alejarse del mundo, entrar en comunión pura con Jesucristo mediante la oración incansable; una oración tan incesante que, después de un tiempo, se torna en el lenguaje puro y silencioso del corazón.

Zooey, uno de los hermanos favoritos de Franny, la saca de su crisis espiritual recordándole a la Dama Gorda. Cuando eran famosos en el circuito de los quiz-kids y llegaron a cansarse de actuar para las multitudes invisibles de ñoños y patanes, el sagrado Seymour les pedía que lo hicieran “para la Dama Gorda”. Y todos ellos pensaban en alguna mujer obesa sentada junto a la radio, quizá manoteando moscas en el porche de su casa mientras sintonizaba el show. No debían despreciar a esa gente; había que seguir con el show por amor a la Dama Gorda, como Seymour les pedía. “Pero te contaré un secreto horrible”, Zooey le dice a Franny. “No hay nadie allá afuera que no sea la Dama Gorda de Seymour…. ¿Que no sabes quién es realmente la Dama Gorda?… Es Cristo. El mismísimo Jesucristo, cariño”.

Un bella opinión: ama a cada espíritu en el planeta, no importa qué tan distante, por ser la encarnación de lo bueno. ¿Pero que acaso S no ha rechazado esa opinión al retraerse del mundo, repudiando el contacto con todos esos fanáticos, posiblemente tontos, que adoran su obra, huyendo de las formas tan ineptas y exageradas en las que el mundo expresa su amor por el escritor? ¿No está S, como Franny, renegando de la Dama Gorda?

¿No soy yo acaso, de cierto modo, la Dama Gorda a la puerta? ¿Que S no debería amarme, recibirme como a la Dama Gorda?

Escuché al Muro del Silencio. Y decidí que escuchar no sería suficiente. Elegí una cuarta opción. Le escribiría una carta a S y la dejaría en uno de sus buzones.

Fácil decirlo, pero después de todo este tiempo, después de todos estos años, ¿qué podía decirle a S? ¿Qué le dirías , querido lector, si tuvieras la oportunidad de comunicarte con ese artista extraño, silencioso y espiritual que hay detrás del Muro, el último hombre privado en toda América?

Decidí que debía pensarlo toda la noche. Conseguí una habitación en una posada rural que quedaba cerca (donde, según me contó el propietario, S había organizado una fiesta hace algunos años para celebrar el aniversario con su tercera esposa).

En la posada, chequé mi máquina contestadora en Nueva York y encontré un mensaje bastante angustiado de Jonathan Schwartz: un crítico de peso acababa de publicar un ataque en contra de S —bueno, contra “Hapsworth”, pero se extendía hasta S y toda su obra en torno a los Glass—. Jonathan estaba seguro de que S vería el ataque; pensaba que S estaba muy en sintonía con el mundo literario a pesar de la impresión que proyectaba de desapego espiritual. (Me recordó que cuando su amiga, junto con su hijo, vieron Monkey Business en casa de S, ella alcanzó a notar un montón de ejemplares del New York Times y el New Yorker. Jonathan cree que muchos se dejan engañar por los intereses espirituales de S e ignoran las varias observaciones cómicas y mordaces que hace de la mundanería en su obra.) Temía que el ataque amargara a S y lo hiciera reconsiderar sus planes acerca de dejar que “Hapsworth” (y tal vez él mismo) saliera al mundo.

De repente me llegó una imagen de S como Punxsutaweney Phil, la afamada marmota de Groundhog Day. Imaginé a S asomando su nariz sensible y temblorosa por encima de su madriguera de silencio, mirando su Sombra —olfateando la hostilidad— y decidiendo que no valía la pena. Volviendo al Silencio para siempre.

Decidí que quizá lo que debía hacer con mi mensaje —a mí manera un tanto egoísta— era “aliviar sus penas”. Una especie de remedio homeopático: un mensaje de un único extraño para un hombre que le temía a la gran masa de extraños. Digo “egoísta” porque el método que elegí no estaba exento de cierta vanidad. Creo que en el núcleo de todo peregrinaje hasta S existe esta creencia que posee cada peregrino de que, muy en el fondo, entiende al objeto de su viaje mejor que nadie, aunada a la esperanza de que S reconocerá ese entendimiento, lo validará. Que de cierto modo, él reconocerá que , tú de entre todos los otros, has penetrado hasta el corazón del Misterio: al fin, he encontrado a alguien que me conoce.

Esto se relaciona con mi propia vanidad respecto a mis capacidades para la exégesis literaria. Así que comencé a redactar la carta en un bloc de papel amarillento, con intenciones de “aliviar sus penas”, pero eso cambió, debo admitirlo, muy rápido, convirtiéndose en una súplica por su Reconocimiento.

“Querido Sr. Salinger”, comencé, “espero que no le moleste esta muestra de admiración por su cuento ‘Hapsworth’”. [Planeaba incluir en un sobre aparte un ensayo acerca de “Hapsworth” que publiqué en The New York Observer.] “Pensé que tal vez le causaría un poco de gracia mi teoría acerca del sonido de una mano que aplaude…”.

Y es aquí que mi vanidad, absolutamente anti-zen, se manifiesta. Era más que una “teoría”: en serio pensaba que había descifrado el kōan indescifrable sobre la mano que aplaude. Verás, tuve una discusión al respecto con un tipo que pasó varios años en un monasterio zen. Me compartió lo que según él era la respuesta espiritualmente “correcta”, es decir, a la que pueden llegar espontáneamente los verdaderos iluminados.

Cuando un maestro pregunta cuál es el sonido de una mano que aplaude, el alumno iluminado debe saber que no hay que responder con palabras, sino con un silencio solemne, y luego alzar una mano abierta y estrellarla contra el centro de su pecho como si ésta chocara con otra mano. El sonido de una mano que aplaude es el sonido de la onda de silencio, el sonido de una ausencia, la ausencia del sonido ordinariamente producido por el choque de dos manos. El sonido de una mano que aplaude es el silencio que uno sintoniza en esa ausencia, el silencio resonante del resto de la creación, la vasta Unicidad del Ser que uno absorbe en la ausencia del aplauso.

Ese kōan sobre el sonido de la mano que aplaude aparece, por supuesto, como epígrafe de la primera colección de cuentos de S: Nine Stories. Mi triunfo exegético es el descubrimiento de que si uno pasa la primera página y comienza a leer “Un día perfecto para el pez banana”, el famoso cuento sobre el suicidio de Seymour Glass, habrá de toparse ahí mismo con una imagen —sorprendente, secreta— sobre el sonido de una mano que aplaude. Está ahí, en la descripción de Muriel, la esposa de Seymour, secándose la laca de las uñas en la habitación de un hotel en las playas de Florida. Es la descripción de Muriel manoteando —“abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda”— para secarse las uñas. Aplaudiendo con una mano. Estoy seguro de ser el único que lo ha entendido. En el mensaje que le escribí a S, puse: “Notará la manera en la que expresé mi admiración por la destreza con la que usó esa imagen ‘para insinuar el sonido, el gesto espiritual del Silencio presente en nuestra cacofónica cultura cosmética’”.

Cerré contándole a S que estaba escribiendo una historia que alababa el arte, el ejemplo de su silencio, y que si tenía algo que comunicar (algo como “Sí, Ron, sólo tú has podido entenderme”), sería un honor para mí escucharlo.

¿Era mi mensaje un producto de razones mixtas, tanto desinteresadas como egoístas? Sí, lo era. Pero yo nunca me consideré tan espiritualmente iluminado como S. Y me he controlado; no le he marcado por teléfono.

A la mañana siguiente, temprano, volví al sendero frente a la casa de S. Encontré el periódico doblado en forma de U dentro del buzón del Valley News. Metí mi nota y el sobre con mi ensayo de “Hapsworth” entre los pliegues. Permanecí un momento para apreciar el silencio, luego me fui a desayunar a un Denny’s cercano en West Lebanon.

Pude haber salido del pueblo. Quizá debí salir del pueblo. Pero decidí volver. Justifiqué mi regreso convenciéndome de que debía averiguar si S había tomado mi carta con todo y periódico. De hecho, cuando volví, el periódico ya no estaba, y tampoco el sobre con mi carta. Misión cumplida.

De nuevo, debí irme. Pero había cierto magnetismo en aquel lugar. En el Muro invisible de S. En el silencio reverberante que parecía emanar de la casa de S. Mientras S permaneciera invisible allá arriba, al final de aquel sendero, detrás de letreros de buzones anónimos y letreros que prohibían el paso, no importaba si estaba o no estaba; podía pagar tributo a su invisibilidad silente en cualquier lugar donde fuera invisible.

Pero pensé que quizá debía ejecutar un último gesto antes de irme a casa, un último tributo a la silenciosa presencia o ausencia de S. Se me ocurrió hacer el sonido de una mano que aplaude. Así que, de frente a la casa, abaniqué el aire con una mano. Sintonicé el sonido resonante y silencioso de la creación que nos envolvía, a mí y a S, en los cinco estados del ser. Yo era El guardián en el sendero.

Luego, horrorizado, escuché otro sonido: el sonido de un coche arrancando, ¡el sonido de un coche dirigiéndose hacia mí!

¿Era S quien iba al volante? Mi vida entera pasó frente a mis ojos. Había fantaseado que S leía mi carta y mis apreciación del aplauso silencioso de Muriel y que decía “Por fin. Alguien que entiende mi obra, que me entiende a mí”.

Pero no lo imaginé encontrándome frente a su puerta, con toda la apariencia de un invasor.

El coche llegó hasta el extremo del sendero. Estaba junto a mi coche, unos seis metros a la derecha. La luz no me permitió distinguir si eran una o dos personas las que iban dentro, ni cómo se veían.

El coche se detuvo al final del sendero. Pareció notar mi presencia. Y, si fuera posible decir que un coche luce furioso, este coche lucía furioso. Arrancaron por la izquierda, en el extremo opuesto a mí, bañándome con lodo.

En medio del silencio, me sentí horrible. Ahogándome en remordimiento. Quería que S me viera como un peregrino serio, alguien que lo entendía a él y a su silencio, alguien que respetaba su callada privacidad, quizá alguien con quien querría hablar (debido a mi agudeza literaria, por supuesto). Pero ahora me parecía inevitable que S me viera como otro invasor. Sentí que mi presencia al pie de su casa podría cambiar su opinión sobre publicar “Hapsworth”, o sobre publicar cualquier cosa; que había alterado el curso de la historia literaria. Si S era Punxsutawney Phil, yo era su Sombra. Se retiraría a su madriguera; su silencio invernal no terminaría nunca.

Ondeé una mano en dirección al coche. Sólo una. Devastado.

Por Dios, querido lector, no intentes seguir mis pasos. La única consolación que me queda es que tal vez me equivoqué de casa.

*Texto publicado en Esquire (JUN 1997). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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