Por Camilo Ruiz

Hace unos días se estrenó una de las películas favoritas para ganar Oscar este año, El Lobo de Wall Street, dirigida por Martin Scorsese y con Leonardo DiCaprio en el papel principal. Lo sorprendente de la película no es la película misma, sino el hecho de que sea real. La historia es relativamente simple: un americano de clase media, Jordan Belfort, entra a una prestigiosa firma de inversiones de Wall Street como corredor de bolsa. Belfort es un tipo talentoso que gana bien, pero después de poco tiempo el mercado financiero sufre un shock y DiCaprio se queda en la calle. El protagonista decide entonces abrir su propia firma de inversiones. Contrata a sus amigos de la juventud (una banda de maniáticos interesados en hacerse ricos a costa de lo que sea) y se sube a la ola de los “bonos basura”, acciones de empresas sin futuro vendidas a trabajadores americanos que buscan donde poner sus ahorritos. Tras unos años, la manada de estafadores organizada alrededor de Belfort se vuelve una de las principales firmas de Wall Sreet, y su líder es convertido en un hombre groseramente rico, que gana miles de dólares por hora, sobrevive a base a cocaína, alcohol y prostitutas y organiza los peores destrampes dentro de aviones, discotecas o su propia casa.

Al poco tiempo, un policía del FBI que está convencido de que Belfort ha ejecutado varios fraudes lo empieza a investigar. Hasta aquí la historia. Como he dicho, es real. La película está basada en la autobiografía del mismo Belfort, ahora reconvertido en un hombre de bien, sin duda con menos dinero que en sus años de gloria, pero que no la pasa mal gracias a las regalías del libro, los derechos de la película y las pláticas motivacionales.

Lo que sorprende es que los actos por los que Belfort es detenido y juzgado no son en realidad sino una ínfima parte del total de las actividades financieras de su empresa. Depende de la regulación de los países, pero en general vender acciones basura es legal, y donde no lo es, puede hacerse con facilidad a través de empresas registradas en otro lado. La regulación de los mercados financieros es el área donde la contradicción entre la naturaleza de una actividad (las transacciones financieras) y las leyes de un estado-nación resulta más aguda y clara. Por lo tanto, las segundas son siempre impotentes para llevar las cosas hasta el final.

En los últimos meses, por ejemplo, ha habido un debate entre varios economistas y ministros acerca de cómo regular los mercados financieros en la Unión Europea para evitar que lo que le pasó a Chipre —o, de un modo distinto, a Grecia, Irlanda, Portugal etc. — se repita en una escala continental. Con cierto cinismo, algunos de ellos terminaron por decir que la verdad es que los mercados financieros están condenados a vivir entre momentos de euforia irresponsable y desconfianza irreal, y que por tanto regularlos para mantenerles en una línea recta de “inversión saludable” es, pues, utópico.

Una vez más, aquí se aplica la máxima que dice que el peor crimen no es el que las leyes condenan, sino el que las leyes permiten. Las partes más mórbidas de los mercados financieros no nacen de leyes equivocadas, sino del principio que rige a los mercados mismos:el capital fluirá ahí donde la mejor combinación de ganancia y estabilidad esté asegurada. Uno no puede aceptar el fin y luego condenar los medios.

Uno de los aspectos más aborrecibles de la cultura popular (de inspiración americana) de nuestra época es que se ve a este tipo de individuos, a los corredores de bolsa, como los héroes de las economías porque supuestamente distribuyen la inversión de la manera más racional posible. Como recompensa, el corredor se queda con una (módica) comisión de 5 a 50 por ciento, si son bonos basura. Pero Belfort y sus amigos se hacen dueños, a través de piruetas financieras o legales, de varias de las compañías que cotizan en bolsa.

En octubre pasado, el Premio Nobel de Economía le fue otorgado a un hombre cuya obra nos recuerda invariablemente a la película de Scorsese: la principal contribución de Eugene Fama a la teoría económica moderna es la de haber mostrado que tener a miles de corredores de bolsa, con sus altos conocimientos en matemáticas y economía, negocio-sindicándole a sus clientes dónde invertir es tan (in)útil como vendarle los ojos a un chango entrenado y hacerle aventar dardos a la sección de anuncios financieros de los periódicos.

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