Estos días que en Guadalajara se celebra la 49 Feria Municipal del Libro y la Cultura, quizás resulte conveniente recordar un poco la historia del actual Palacio Municipal, lugar donde durante quince días, en el entorno de sus Portales y alrededores, estarán a la venta miles de ediciones y se hablará docta y prolijamente de muchos autores literarios, excepto de Juan Rulfo.

Inicialmente, podría decirse que ese escenográfico y neo colonial edificio de dos plantas y un subterráneo, con portales rodeando la planta baja de sus cuatro lados exteriores, fue construido en supuesto “estilo toscano”.

Aunque en relación al estilo de esa obra, construído por el arquitecto Vicente Mendiola y el ingeniero Marcelino Rodríguez Orozco, no son pocos los expertos que con muy alto grado de mordacidad, opinan que en realidad ese edificio arquitectónicamente queda incluido dentro de “ese estilo extemporáneo, que se denomina oficial”.

Edificio que alguna vez miró la calle de Santo Domingo, pues fue predio original que ocupara la casa del sargento Alejandro Bravo de Gamboa; terreno que luego, en un remate de 1708, el clero logró ganarlo para sí, erigiendo ahí el antiguo Palacio Episcopal o del ex Arzobispado.

De acuerdo a algunos textos: “el edificio [Episcopal], fincado donde antes era una casa pequeña y de mal aspecto, fue construido en el año de 1852 por don Manuel Gómez y por orden del señor obispo don Diego Aranda. Su costo fue de 46 000 pesos”.

Construcción a la que al año siguiente de aplicada la Ley de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos del 12 de julio de 1859, pasó a ser Propiedad de la Nación.

En 1863, ya despachaba allí el gobierno del General José María Arteaga. Pero un año después, pronosticada la llegada y ocupación intervencionista del ejército francés, el avezado clero retornó por sus fueros, regresando a posesionarse del edificio; pero sin nunca volver a recuperar la titularidad de esa propiedad.

Lo anterior, a pesar de que los arzobispos don Pedro Loza y Pardavé y don Jacinto López, durante los distintos gobiernos de Luis Curiel llegaron al extremo de pagar, cual religioso diezmo, todas las contribuciones a ellos solicitadas por la Dirección General de Rentas.

Situación que finalmente concluyó, después de que el Arzobispado fuera a recordarle al Municipio que el clero no estaba obligado a pagar esos impuestos, por la sencilla razón de que no era el dueño, puesto que esa construcción era, todavía, ¡Propiedad de la Nación!

Es el presbítero don J. T. Laris, quien con pelos y señales cuenta tal historia:

“Desde el año de 1856 hasta el de 1900 en que la Legislatura del Estado, con fecha 6 de octubre del año anterior expidió un decreto reformando el Reglamento de la Ley de Hacienda, relativo a contribución predial, el Illmo. y Rvo. Sr. Arzobispo Dr. Jacinto López y Romo que gobernaba entonces la Diócesis de Guadalajara recurrió mediante su apoderado Lic. D. Luis Verea a la Dirección General de Rentas, entonces a cargo de D. Felipe Robleda, apoyado en los artículos 13 y 15 de la ley de 14 de diciembre de 1874, para que se declarase el Arzobispado, como exeptado del pago de contribuciones conforme a [tales y tales incisos y artículos] de la Ley de ingresos, entonces vigente que declaraba exenta de pago la propiedad pública, extendiéndose por esta la de la Federación, la del Estado y la de los Municipios, según lo prescrito en el artículo 628 del Código Civil”.

Semejante confusión continuó en el tenor que el presbítero Laris irónicamente luego señalara:

“La Dirección de rentas perpleja, no supo que contestar al Lic. Verea apoderado de Sr. Arzobispo, y para decir algo, se dirigió a la Jefatura de Hacienda preguntándole, si en efecto el Arzobispado era de la Nación o no. Esta oficina no contestó nada, circunstancia que obligó a la Dirección Rentística a recurrir al Gobernador para que éste funcionario recabara de la Secretaria de Hacienda algún dato sobre el particular”.

Continuaron los oficios, preguntando y contestando, yendo y viniendo, entre distintas dependencias de Guadalajara y la ciudad de México, y viceversa. Hasta que pasados varios años, se llegó a una conclusión oficial: Efectivamente, el antiguo Palacio Episcopal era una Propiedad de la Nación.

¡Capaz de que si en aquel entonces el Arzobispado y el Lic. Verea no protestan el pago del impuesto predial, ese edificio y los aledaños, aún estuvieran en pie!

Gregorio González Cabral realizó una amplia descripción de cómo era ese antiguo Palacio.

También José Villa Gordoa la hizo en su famosa Guía y Album de Guadalajara para los Viajeros, impresa en 1888, con tipografía, litografía y encuadernación de José M. Yguínez, en la calle del Rastrillo 15.

“Una gran puerta decorada con dos columnas de orden sencillo y caprichoso, da entrada a este edificio que es de dos pisos y se compone de dos departamentos. El primer patio es amplio y rodeado de cuatro corredores que sostienen veinte columnas de orden jónico, correspondientes a otras en igual número que forman los cuatro corredores superiores y que pertenecen al orden corintio.

[…] La escalera es de una elegancia notable y de estilo gótico, hallándose colgado en la pared que la limita un cuadro al óleo que representa a Ntra. Sra. del Rosario, de buena ejecución. El techo de la escalera lo torna una airosa linternilla rematada en bóveda”.

Antes de ser derruido el edificio sirvió de Casa Municipal. “Del 15 de septiembre de 1815 al 31 de julio de 1948, excepto el periodo de marzo de 1922 a enero de 1923”; según fechas que constan en algunos anuarios. Renovando así la continúa y translativa historia que el gobierno de la ciudad tuvo, desde los tiempos de sus primeras Casas Consistoriales.

El edificio, a pesar de haber tenido una inicial reparación y, de cuando en cuando, algunas otras, sobre todo en su fachada; al final era ‘”deslucido y sucio, sin columnas originales, con mobiliario paupérrimo, con hacinamiento de gente de todo tipo, incluyendo gestores, gendarmes y prostitutas’”.

Y donde “en ambulatorios, pasillos ocultos, puertas falsas, bodegones y caballerizas, hechas para servicio clerical, el Municipio [instalara] dependencias”.

Pues, “lo que fuera capilla arzobispal la [usaba] para sus cabildos; de la sacristía [hizo] antedespacho y privado del Presidente Municipal; del subdividido salón de Arquidiócesis, oficinas; de caballerizas y pajar, calabozos y salas de operaciones quirúrgicas”.

Predio que luego alcanzaría poco más de tres mil metros2 en el momento aquel cuando, ya teniendo en miras el construir un inmueble definitivo para el Ayuntamiento, al lado poniente se adquirieron dos fincas, entonces vecinas del antiguo Palacio Episcopal.

Una de ellas, según cuentan, ¡fue la Casa de los Vizcarra y del Marqués de Pánuco! Casa que estuviera en el número 14 de la calle de La Merced, segundo recinto de la importante y antigua Casa de la Moneda fundada en 1812.

Fuera de la Nueva España era única en esas funciones, y a su inauguración siguió una historia muy peculiar cuando, el propio Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, en su calidad de Nos el doctor por la gracia de Dios y de la santa sede obispo de Guadalajara y etc., “ofreció a autoridades clericales y civiles, y a los más acaudalados señores de la localidad, un suntuario banquete servido en vajilla de plata y regalando a cada comensal cinco monedas de a peso, del más reciente cuño. Él, por su parte, recibió cinco onzas de oro”.

Las funciones de esa Casa de Moneda “se dieron por suspensas el 31 de marzo de 1915, al descubrir irregularidades en el peso y ley de sus monetarias emisiones. En ese corto lapso acuñó un valor estimado en millón noventa y cuatro mil seiscientos noventa y ocho pesos”. ¡De aquellos sólidos pesos de oro! Judicialmente se destituyó al autor, Manuel Rivera, y fue cesado el director, Juan José Jiménez Sandoval.

Por órdenes del Virrey Apodaca, “en 1816 fue reabierta a petición del gremio comerciante pero, en 1918, el mismo Virrey dictaminó su clausura definitiva. Orden desobedecida por la ambición de José de la Cruz, quien autorizó de nuevo la emisión del circulante monetario. El 27 de abril de 1822, el propio Agustín de Iturbide, contando por supuesto con la aprobatoria complicidad del obispo Cabañas, ordenó que trabajara a marchas forzadas para ampliar el volumen del acuñado. La Consumación de la Independencia Nacional significó su cierre definitivo”.

Algunos historiadores agregan en esa historia a La Fernandita, María Luisa Gamba Pérez, la famosa y enigmática acompañante del cura Hidalgo en aquella su conmemorable visita de 1810 a Guadalaxara, ya que afirman “ella casó al tiempo con un empleado de esa Casa de Moneda”.

La segunda propiedad adquirida para la ampliación definitiva del predio, “fue la finca que también había sido Botica de Apolonio García, y que para ese año de 1948 ya era propiedad de Ignacio García Aceves y Laura Villaseñor de García Aceves, y la fue adquirida ante el Notario Público No. 9 por la fabulosa cantidad de y 290 000 pesos. ¡Pagándose con basura la mayor parte de ese importe! “A razón de diez pesos con cincuenta centavos la troca”.

Datos que como muchos otros más aquí citados, estan recabados en el imprescindible libro temático escrito por una gran historiadora jalisciense: doña Lucía Arévalo.

Muchos, muchos años después, por una breve temporada esa antigua connstrucción funcionó como Oficinas de Telégrafos.

Cotejando las escasas fotografías del anterior Palacio Episcopal con algunas semejantes del actual Ayuntamiento, se llega a apreciar cierto adulterado parecido en ambas edificaciones.

Patio principal rodeado de arcos, al estilo andaluz; al fondo de la entrada principal, una alta escalera que llegada a su parte media diverge hacia ambos lados, para concluir en dos separados accesos alcanzados hasta el segundo piso.

El antiguo Palacio del Arzobispado ubicó, en su primer piso, “un colegio de infantes destinado exclusivamente a enseñar música, canto e instrucción primaria a los niños que hacen de monaguillos y componen el coro de la Catedral”.

El hecho de que el Palacio Episcopal tuviera funcionando una escuela, no era algo meramente pedagógico, sino que por esa situación correspondía legalmente que la finca quedara incluida, doblemente y en automático, “en el artículo 8 de la Ley de Desamortización de 1856, que excluía la enajenación de cualquier ‘edificio destinado inmediata y directamente al servicio y objeto del instituto de las corporaciones, como Palacios Episcopales o municipales, casas de corrección o de beneficencia, colegios, hospitales y hospicios”.

El nuevo edifició fue contruído entre los años 1949 y 1952, inaugurándose el 31 de diciembre de ese útimo año, siendo presidente municipal el Ing. Jorge Matute Remus y secretario del ayuntamiento don Arnulfo Villaseñor Saavedra.

Durante algún tiempo, en el sótano del nuevo edificio estuvieron las otrora Comisiones de Seguridad, consideradas como muy temidas y formadas por: “Academia, Servicio de Radio Patrullas, Oficinas de Agentes, Laboratorio, Oficina del Jefe del Servicio Secreto, Oficina del Jefe de la Policía y Oficina de Delegados”.

Dicen las malas lenguas de esa época, que no pocas veces ese subterráneo sirvió de calabozos, sala de interrogatorio y tortura, así como de antesala forense para más de alguno que allí había entrado todavía “vivito y coleando”.

Para decorar el muro del cubo en el nuevo Palacio Municipal, se decidió encargar la realización de un mural panóptico a Gabriel Flores, originario de El Arenal, Jalisco, y discípulo de Juan O’Gorman.

Dos años le llevó a él concluir esa tarea. Fijando la inauguración oficial el último día de 1962, durante el primer informe municipal del entonces munícipe, Francisco Medina Ascencio.

El mural de Flores son cinco oblongos módulos montados en bastidores y sobrepuestos en los interiores de unos contiguos y simulados arcos. Sus títulos y descripción, los relato en seguida:

La Conquista Material. Un rodante y armado poderío explosivo de la milicia imperialista, atropellando la resistencia de los frágiles aprestos indígenas.

Muerte de Pedro de Alvarado. Una abrupta naturaleza arisca investida por el elevado espíritu de Tenamaxtli, ajusticiando de muerte al conquistador, mientras arropados en un subsuelo cavernario, fantasmagóricos esperpentos celebran un extraño cónclave.

Fundación de Guadalajara. El asentamiento final en 1542, entre vítores, humo de arcabuces, gallardetes, insignias, patíbulo y cruz; sobre el templete del poder, Beatriz, “la doña del gallo”, al lado de los demás enaltecidos hispanos, debajo de ellos, la enajenada desorientación nativa.

Conquista Espiritual. El hábito y la cruz franciscanas impuestas lucen magnificadas y muy por encima del dolor causado por el esclavismo encomendero.

El Paseo del Pendón. El convertido paisaje edificado bajo la égida y el amparo de San Miguel arcángel, vuelto asiento de las ideológicas tradiciones criollo-hispanas, luego tornadas en tributos y multados costumbrismos para mestizos y castas.

De esos murales, que si bien no son juzgados como lo mejor en la obra de Flores, sí en cambio tienen el inconfundible sello autoral de su segunda época.

Por lo que en esos murales destaca el maduro estilo del pintor, su estudiado matiz velado para plasmar los cronológicos contrastes sociales, atrapando sintéticas alegorías visuales desprendidas de una paleta de acrílicos circunscrita a limitados almagres en ocres y sepias, grises cenizos, bermellones óxidos, añiles plomizos y ámbares terrosos.

Explicativas escenas de la trashumante y confrontada fundación urbana, seguida por la imposición violenta de espiritualizadas y despóticas formas de la vida virreinal.

Esos murales de Gabriel Flores, entre otras mil razones, son suficientes para visitar y recorrer con todo detenimiento nuestro Palacio Mundial, lugar donde por estos días, los organizadores de la 49 Feria Municipal del Libro y la Cultura, cometieron la irreparable omisión de olvidar el Centenario del Natalicio de Juan Rulfo. Ni más, ni menos.

Hasta dieron ganas de exclamar: “¡Digánles qué no la chinguen!” 

 Carmen Libertad Vera.

Comments

comments