Entrevista con Augusto Roa Bastos

Por Darwin Pinto

Darwin Pinto: ¿Qué importa más: el sonido de las palabras o el modo de narrar?

Augusto Roa Bastos: Creo que se debe combinar ambos elementos sumándole la técnica. Esa es una tentativa de escritura pues hasta ahora nadie ha inventado la piedra filosofal de la literatura. Hay palabras como “alambre” o “lata” que tienen vida propia gracias a su sonido. Uno se rinde al prestigio de la escritura en sí misma, pero la parte hablada es importante; el encanto del idioma francés no nace del cómo se escribe, sino del cómo suena.

DP: ¿Asunción, con sus calles de brea y piedra, sus charlas a gritos en las plazas, su villas miserias, los barcos de la bahía y las vendedoras de chipa, lo han marcado como escritor?

ARB:La ciudad influye porque uno vive ahí y está en contacto con la gente, con los hechos. La sociedad humana es una bestia llena de vacíos que el escritor magnifica.

DP: ¿Es difícil hacer una literatura universal?

ARB: Hay escritores aparentemente locales que trabajan con la materia prima de los pueblos y que son más universales que los académicos. El caso de Rulfo en México, que con sólo dos libros hizo una literatura genial que se puede entender donde haya habido desolación.

DP: ¿Qué le ha enseñado el oficio de narrar?

ARB: Aprendí que las letras te enseñan la cosa más difícil que hay: la introspección. Además, lo que uno segrega de las vivencias y experiencias lo escribe sin darse cuenta, y a veces escribes algo que después pasa de veras y dices “¿Donde he visto esto?”. Claro, lo has visto encerrado por ahí escribiendo como un loco lo primero que se te viene a la cabeza. Aprendí también que cuando se hace una literatura popular te comprometes con la gente, con su intimidad individual y colectiva, haces sin querer una literatura de trasfondo. Aprendí a dejar que el lector elija e interprete el significado de los símbolos y secretos de las historias que he contado.

DP: ¿Las letras son ingratas?

ARB: Lo son cuando se entiende que para atraparlas hay que sacrificarse. Si la obra es un éxito en el público real, si el autor siente que escribió lo que quería, como quería, entonces todo ha valido la pena. Cuando uno se mete en este mundo, la idea es triunfar o morir en el intento.

DP:¿Qué aconseja a quienes intentan iniciarse en la escritura?

ARB: Hay que leer a rabiar sin preocuparse si uno es original o no en lo que escribe. La idea es ejercitar la capacidad de dar formas a los sueños y experiencias. Aunque duela, para aprender hay que romper los originales y seguir destruyendo escritos. Hay novelas que yo he reescrito tres o cuatro veces. Hay que encontrarle la voz a la humanidad. Por ello, se debe escribir con modestia y la ansiedad de ir al fondo de las cosas más pequeñas.

DP:¿Cuándo se está listo para dejar de ser escribidor y convertirse en escritor?

ARB: Eso es difícil. Yo hasta ahora dudo terriblemente de que mis escritos sean válidos. Creo que a través de la literatura trato de debelar un misterio personal que hasta ahora no ha sido debelado. Cuando escribo, no caigo en la tentación de pensar que estoy haciendo una obra maestra porque eso impide hacer esa obra maestra.

DP:¿Es difícil encontrar “la voz propia” en la literatura?

ARB:La voz propia es la identidad del autor, es como su rostro, a través del cual uno averigua el misterio íntimo del creador. Hay rostros literarios con voces propias muy transparentes, otras contusas y opacas pero que tienen su misterio. Ahí está la olla de la creación.

DP:¿Cómo se quita uno de encima al padre-maestro literario?

ARB: Ese es un trabajo lento, de purificación de los modelos que se tiene. Se debe evitar ese aire de familia que existe con los grandes escritores que se origina cuando uno se siente seguro al escribir como ellos. Todo arte es el producto de la imitación sublimada. Es necesario partir de algo, pero después hay que saber dejarlo sin sufrir heridas.

DP:¿Cómo es su relación con el resto de los escritores del Boom?

ARB:No me doy mucho con los otros escritores porque en las letras, como en todos los actos humanos, hay una especie de guerra intestina permanente, que en lugar de beneficiar a los autores, los excluye. Por eso he querido afrontar en solitario el acto de la narración.

DP:¿Qué opina de la obra de Borges, Cortázar, Rulfo, Fuentes, Vargas Llosa o García Márquez?

ARB:Para mí, Rulfo es uno de los grandes escritores a pesar de su obra escasa porque hizo toda una literatura con sólo dos libros. García Márquez es muy capaz y creo que es el mejor de la generación de narradores latinoamericanos que asombraron al mundo. Gabo es el referente ineludible para entender al Boom. Carlos Fuentes es uno de los pocos autores que demuestra una maestría innegable en el manejo de la escritura . Estos dos autores son difíciles de calificar porque siempre tienen algo más de lo que uno percibe. Pese a que Borges, Cortázar y Bioy Casares eran argentinos, sus respectivas narrativas eran diferentes. Admiro a Cortázar por su fuerza, su irremediable convicción de crear una literatura, ¿cuál?, la suya. Borges está mal interpretado. Todo el mundo lo asocia con la literatura inglesa, yo creo que hay una vena propia. La literatura de Borges es culta, de élite, de facciones idiomáticas extranjeras, pero no hay que olvidar que es un gran creador de ficciones. Asturias, en Leyendas de Guatemala, incursiona lo más posible en el misterio de la lengua latinoamericana; no en el folclore que es más superficial, sino en la parte profunda de un pueblo, de una raza, que fue bien interpretada por Asturias. Yo fui amigo de él, felizmente no se me dio por imitarlo, aunque lo considero uno de los grandes narradores del siglo XX [risas].

DP: ¿Cual es su relación con su país?

ARB: Todos los días trabajo en la escritura, a ver si puedo sacar algo. A mis 83 años, toda mi vida tuve dos o tres trabajos para sobrevivir en los 60 años que viví exiliado. Si es que hay alguna fuerza que me mueve, es esa terrible sensación de la extrañeza, del estar lejos de lo que uno llama la patria. En la lejanía nunca hice una obra complaciente con Paraguay. Al contrario, siempre me acusaron de buscar la parte mala de mi país para escribir. Lo que he hecho ha sido buscar y criticar las cosas que no andaban bien acá: el manejo político, la pobreza de los paraguayos. De literatura, a mi tierra le debo muy poco, ya que aquí la ficción es muy escasa y yo por suerte no encontré ningún libro que me guiara. Siempre me metí en obras ajenas, como las de Borges, Rulfo o de Guimaraes Rosso.

DP:¿Cambió la literatura paraguaya tras la guerra del Chaco?

ARB:Antes del conflicto no había literatura en Paraguay. Después del enfrentamiento empezamos a trabajar por las letras de mi país. La literatura paraguaya no puede compararse a la boliviana porque Bolivia es un país especial, comprimido y cerrado. Sus buenos escritores tienen la capacidad de condensación, de dar fuerza a sus relatos. Admiro a Augusto Céspedes por Sangre de Mestizos y El Pozo, joyas insuperables de la literatura de postguerra. Esa es la obra de un hombre cuya brillantez literaria estuvo bien expresada en cada letra.

DP:¿Conoció a Augusto Céspedes?

ARB: Cuando estuvo en Paraguay como diplomático conversamos de literatura y de la Guerra del Chaco.

DP: ¿Por qué cree que los autores bolivianos no ganaron un espacio en la literatura mundial?

ARB: A pesar de que en el oriente boliviano se habla el mejor castellano de Latinoamérica, pienso que no trascienden debido al encierro del país y porque la mayoría de la población habla idiomas nativos, lo que reduce la posibilidad de que emerjan figuras. También hay limitaciones en los medios de difusión porque la producción sola no basta, hay que tener la posibilidad de publicar y que esa obra se proyecte. Las editoriales no quieren cargar con obras desconocidas, eso le hace difíciles las cosas al escritor joven. Por suerte, mis primeras publicaciones se realizaron en Argentina, un mercado que tenía proyecciones en Latinoamérica y Europa.

DP: ¿Lo suyo es realismo o ficción?

ARB: Casi todas las historias y personajes de mis relatos se basan en hechos reales, no sé inventar. La capacidad inventiva es más válida que la crónica porque esos escritores no repiten, ellos proponen el inicio y los límites a los que puede llegar su obra. Yo soy un cronista de la historia de mi país y espero que de otros países de Latinoamérica que padecieron las miserias de Paraguay. En la novela Hijo de hombre, todo es real, aunque en el pasaje donde chocan los trenes con dinamita y mueren los revolucionarios agregué el toque político y el drama.

*Texto publicado en Mester (2008).

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