Por Indira Kempis

He perdido la cuenta de cuántas columnas he escrito sobre el tema. El tiempo ha pasado desde que empezó una “ola” de desapariciones forzadas como resultado de la guerra contra el narcotráfico. Aunque este delito de lesa humanidad no es reciente, sí lo es el auge con que impera y crece ante el número de casos en el país como el sinfín de violaciones a los derechos de los familiares de las víctimas una vez que se consuma el delito.

Lamentablemente, por más que el tema haya sido abordado por organizaciones internacionales, de la sociedad civil o gubernamentales, tal parece que el “cáncer endémico” que azota a los procesos judiciales a manera de impunidad sistémica no permite que siquiera se haga valer el derecho a la verdad.

Por esa razón, si hay una gran secuela-cicatriz es la de los desaparecidos y sus familiares. No hace mucho tiempo un amigo mío reflexionaba sobre estas tragedias. Me pareció la frase con mayor empatía que he escuchado desde que había trabajado en este tema desde la perspectiva de la seguridad: “Los desaparecidos son el único recuerdo que queda de la guerra y nuestra deshumanización”.

Sí, esos hombres y mujeres a los que sus madres o padres o tías describen tan fielmente como si los estuvieran viendo. Esos jóvenes a los que se espera pacientemente con una infinita paciencia casi en el colmo de lo inimaginable. Esas personas que le hacen falta a sus amigos. Ellos y ellas, por quienes sus familias claman por justicia cada vez que asimilan una realidad lacerante no sólo para ellos, también para una sociedad que las rodea, la cual en un momento dado de la crisis de inseguridad se dio cuenta que no eran “malitos” ni delincuentes y que, aunque lo fueran, qué ganas de vivir la incertidumbre dada por la ausencia de autoridades como de quienes deberían de hacer valer el Estado de Derecho.

A pesar de los esfuerzos de búsqueda o de justicia, según sea el caso, esta semana ha sido particularmente difícil porque se ha presentado otro caso, esta vez en Veracruz.

De acuerdo a información que ha circulado notoriamente en internet, Gregorio Jiménez de la Cruz (también periodista), se encuentra desaparecido desde el 5 de febrero, fecha en que los sustrajeron de su domicilio un grupo de encapuchados.

De inmediato diversos periodistas, sobre todo de medios de comunicación independientes, iniciaron una intensa labor de difusión para enterarnos sobre su desaparición, exigiendo a las autoridades la búsqueda de la persona con vida –premisa que es importante para la localización de personas desaparecidas.

Hasta el momento en que escribo, se han generado diversas notas como información corta que contienen la fotografía de la víctima como sus datos personales para dar con su paradero. En redes sociales virtuales la red de Periodistas de a Pie ha intensificado su labor de difusión en tanto no se ha tenido resultado contundente de la búsqueda. Esta campaña cibernética, además de posicionarse en los primeros días como parte de la agenda ciudadana, de nuevo pone en alerta a nivel nacional e internacional que la guerra no ha terminado, que se sigue lidiando con un sistema que no reacciona ante la emergencia de estos casos de violación a los derechos humanos y que, como decía mi amigo, demuestra nuestra deshumanización ante una de las más terribles tragedias que están dejando sin vida, salud mental e incluso ingresos a miles de familias en México.

Los periodistas ante esta situación se han organizado exigiendo a los gobiernos tal búsqueda, recordándonos a quienes los leemos que en los últimos años han sido asesinados más de 80 periodistas y que hasta la fecha no se han podido encontrar a 17 que están desaparecidos de manera forzada.

¿Es acaso que estamos dispuestos a seguir viviendo así?

Piénselo por un momento. Hasta que aparezca Goyo. 

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