Por Cecilia Galcerán

Foto por Victor Hugo Valdivia “El coctel de camarones más grande del mundo”

Este texto pretende mostrar algo de lo que significó sentirme parte de la colectiva de trabajo que creó y puso en marcha el Bachillerato Popular “Mocha Celis”. Ubicado en el noroeste de la ciudad autónoma de Buenos Aires este espacio de construcción colectiva permitiría terminar los estudios secundarios a personas históricamente expulsadas del sistema educativo. La Mocha, como la llamamos a esta escuela pública popular en la vida diaria de su construcción, no sólo fue una militante travesti convertida en nombre de escuela sino la referencia viva de un modo de concebir y gestionar la educación desde esa perspectiva marginal que es sistemáticamente impedida por formas de conocer patriarcales, racistas y clasistas.

Inicialmente el Bachillerato Popular “Mocha Celis” no fue descrito como trans. Trans es la marca que asume en la cotidianidad de quienes poníamos el cuerpo a la pedagogía afín. Aunque prevaleciera la asociación del término trans con la inclusión de personas travestis y trans en una institución educativa, que fue el objetivo primordial, también tenía que ver con el sentido crítico de esa inclusión, que para el equipo de trabajo pasaba por educar y educarnos en una pedagogía de descolonización de mentes, cuerpos y prácticas. Por lo tanto, en una práctica de legitimación de las voces de la disidencia que tienen mucho para decir desde la condición marginal.

Y como toda descolonización exige la construcción colectiva para garantizar que no se establezca ninguna forma de dominación durante su proceso, siento necesario aquí narrar desde un nosotrxs entendiéndolo no como una identidad que es fija sino como una identidad que se transita en el ir haciendo con otrxs .

Porque la colectiva de trabajo de la Mocha no trató de hacer una escuela que incluya a lxs desterradxs de la hegemonía del poder saber normalizado, sino que la pedagogía que poníamos en marcha importaba en cómo la poníamos en marcha.

Los saberes provenientes de experiencias marginales serían, en esta escuela, interpeladores de toda partícula inquisidora de “la” verdad de las cosas y de los sujetos. Las materias se constituirían desde el deseo de quienes le pusieran el cuerpo, en una co-coordinación que garantizara la acción democrática de las condiciones de aprendizaje . Reconociéndonos en la construcción de ese poder que emerge del atravesamiento revulsivo del patriarcado sobre la propia carne, para definitivamente ser quien se va siendo, es que aquí traigo conmigo a lxs compañerxs de la colectiva con quienes pude ser yo-con-ellxs haciendo esta escuela trans: Pao Raffetta, Valeria Alfonsina Agnelli, Gabi Díaz Villa, Silvina Saez, Sonia Gonorazky (alias sonki gonorás), Claudia María de las Victorias Puccini, lorena volpin y Agostina Sulpizii.

Nuestra apuesta política tendría las marcas de nuestros tránsitos ya que, viniendo del movimiento feminista y del activismo de disidencia sexual, traíamos en nuestros cuerpos el aprendizaje profundo sobre las posibilidades libertarias que provee el poder hacerse con otrxs. Con las voces, los ensayos, los desbordes y las tomas de poder contra el heteropatriarcado. En lo personal, han sido las experiencias feministas las que me plantaron miles de puertas en el desierto de mi ignorancia sobre mí. Ellas me liberaron. Supe, con ellas, que el aprendizaje más certero es el que pasa por el cuerpo.

Asqueadas de los regímenes de opresión que indican cómo vivir, en esta escuela no podíamos de ninguna manera creernos que les íbamos a enseñar a otros sujetos devaluados en sus condiciones de vida cómo acceder a los títulos que nos habilitaban a nosotrxs a montar la escuela. Por eso, sentimos que la expresión de esta identidad colectiva se plasmaba, en la práctica, en el ofrecer esas condiciones de posibilidad a otrxs, no sólo para poder liberarse de sus opresiones sino, sobre todo, para legitimar la propia voz. Reflejó además un hacer colectivo que no pasa por estar todxs al mismo tiempo para lo mismo, ni todxs en distintos tiempos con lo mismo, y menos, pretender que habláramos la misma lengua. Sino que pasa por reconocer la movilidad política de las singularidades de ser productoras de conocimientos contrapuestos a la lógica del patriarcado hetero de clase pudiente que justifica su trabajo con la reproducción de “el conocimiento”, “la pobreza”, “la demanda” del subsidio redentor, solidario, tutor, que vaya si erotiza, y de una ciudadanía sexual que produce nuevas sujeciones en sus políticas inclusivas.

Somos-con-otrxs es situarse en la fuerza revolucionaria de la educación popular que se nutre de las voces y experiencias de lxs oprimidxs. Lo que implica un firme y contundente desplazamiento del ejercicio de poder que sorbe de las relaciones asimétricas amo-esclavo, profesor-alumno, pastor-siervo, jefe-subalternx, mejores condiciones de existencia… para el amo, el profesor, el pastor, el jefe, las instituciones. Poner la relación docente-estudiante en una lógica en la que ambxs son aprendientes, por tanto ambxs son enseñantes es activar la democratización en los micropoderes de la vida cotidiana, en términos decididamente feministas. Es desmontar a el sujeto epistémico hacia una legitimación de todas las formas humanas de aprender. De la experiencia como productora de sentidos, de las estrategias de vida como fuente vital de aprendizajes, de los procesos identitarios como paradigmas de lucha. Es garantizar la existencia dentro de la especie a que todos los seres tengan su lugar. En términos del propio deseo, del propio modo de configurar ese lugar, que deviene carne, pensamiento y sueños, necesariamente singulares, necesariamente comunitarios.

Nuestra tarea como operarixs de esta transpedagogía estaba en garantizar las condiciones materiales y simbólicas para que ello se volviese real. Feministas, lesbianas, apóstatas y trans sabemos mucho al respecto de qué y cómo han hecho con nosotrxs los regímenes del pensar por nosotrxs nuestro propio lugar en el mundo, la propia relación con el cuerpo y la propia visibilidad en las relaciones sociales de modos emancipadores de ser humanx.

Por lo tanto, esta pedagogía contuvo 3 premisas básicas: 1) Que nadie podía hablar por otrxs, ni de otrxs, por lo tanto nadie podía pensar por unx mismx la transformación de las propias condiciones de vida, 2) que todxs lxs participantes de esta política pedagógica somos productorxs de conocimientos, por lo tanto, productxs de nuestras singulares formas de empoderamiento y participación en el trabajo; 3) considerar la autogestión como la dinámica que mejor permite materializar la transpedagogía en una equidad tangible en las condiciones de uso del espacio. Del espacio físico concreto. Del espacio donde se asientan los procesos de subjetivación, o sea, el entre en las relaciones del cotidiano escolar , del espacio del aula, del espacio de organización de alguna actividad específica, y del plenario como espacio de discusión y de toma de decisiones. Así como del espacio de articulación con el afuera de la institución.

En este contexto, la Mocha fue una celebración con derecho de admisión donde prácticas esclavistas y rastreras no tenían permitida la entrada.

Lo que exigió que estuviésemos alertas a rechazar todo engranaje de opresión, pues ¡que no fuera a sucedernos que en la misma maniobra de liberación termináramos nosotrxs sometiendo a otrxs en inferiores condiciones que las nuestras! Para ello fue fundamental asumir una institucionalidad crítica a las relaciones de poder que sitúa a quienes define como diferentes en posiciones de desigualdad. Cuya fuerza estaba en la autorevisión permanente del cómo íbamos haciendo esta escuela. La concepción metodológica de funcionar en plenarios nos garantizaba hacer lugar a los modos personalísimos de hacer “comunidad” trastocando la toma de decisiones bajo las formas conocidas de “voluntad de la mayoría” o adquiridas “por consenso”, inclusive.

Prioritario fue hacernos de normas que desarticulen, neutralicen y resignifiquen los filamentos de la heteronormatividad clasista que no deja vivir a nadie si no es firmando a cada paso la lógica del exterminio. Del exterminio de quien materializa en su propia carne representaciones de lo que no se quiere ser.

Desmantelar los códigos del capitalismo que requiere cuerpos concretos que agencien su mandato, discurrió como otro de los efectos buscados.

! Liberar la propia voz, para que enseñe!

Una política transpedagógica propone educar desde los propios atravesamientos del ser percibido como sujeto de segunda, tercera, de cuarta.

Desestigmatizar, despatologizar y descriminalizar los cuerpos/vidas de la disidencia afectivo-socio-sexual constituían el corazón de la praxis. Revelando que el ensayo de una “otra” justicia social se vuelve imprescindible para dicha pedagogía que pide, para sí, cargar con el compromiso de funcionar testeando a cada paso las múltiples condiciones de privilegio que urdían nuestra participación en la arena política de la cotidianidad de la Mocha. Toda organización –entendida no como entidad sino como dinámica vincular- parte de un status quo individual y colectivo, pero en este espacio la más mínima condición de privilegio constituiría su propio mecanismo de desarme. Por lo tanto, la información no podía concentrarse ni fijarse en ninguna sacra visión de lo que estaría bueno hacer por el “bien” de todos

Debía circular y asumir los riesgos de su libre circulación, saliéndose del control los efectos que mutan rápidamente en beneficios que requieren consumidores estereotípicos del fiolaje patriarcal .

Fiolaje es el sistema de extracción y explotación que inhumaniza cuerpos y subjetividades en condiciones de desigualdad política, para provecho de la gobernabilidad del orden establecido. Que chupa más de las vidas más marginales. Más marginales con relación al sujeto normalizado para el consumo. En términos de ciudadanía, fiolar es vivir de alguien que tiene menores opciones para poder elegir la vida que le cabe.

Por eso, aplicar el principio de equidad es sin duda una forma de justicia comunitaria que revienta a la política económica proxeneta de mercado y la esparce hacia una democratización en el acceso al ejercicio pleno de una ciudadanía real. Venga un ejemplo. Si en una entrevista para algún medio de comunicación de los tantos que se acercaron había 60 minutos para hablar, unx compañerx trans tomaría 45 minutos para relatar nuestra escuela y una lesbiana política como yo tomaría los 15 restantes. No en función de las identidades de género que cada quien puede o desea ser sino atendiendo a la complejidad de condiciones de privilegio que es capaz de gestionar unas y otras, dosificadas por cuestiones de clase y piel entre otras categorías sociales.

Equidad es otro nombre de una trans pedagogía que se presenta habitualmente amor-dazada por la eufemística noción de “igualdad” que presupone y reproduce desigualdades para mantener erecto el régimen de tutelaje, el de la salvación, y el más sutil: el de la caridad.

De paso quiero confirmar algo que expresé en alguna reunión de trabajo: la confianza no es una categoría política. Digo esto porque es muy común en el día a día del heteropatriarcado esto de pedir confianza. ¿Por qué alguien me pediría confianza (con-fe)? ¿Por qué se me pediría adhesión a algo que se está pensando hacer? ¿Por qué no registrarme como sujeta de derechos que piensa por sí misma sus propios pensamientos y toma sus propias decisiones y pone a jugar su experiencia para discutir eso que se está poniendo en consideración? Porque si no soy vista como sujeta de deseo, palabra y acción, ¿cómo me ve quien me pide que confíe en él? Al contrario, pudimos concebir esta pedagogía porque la pensamos dentro de un contexto de luchas de movimientos sociales que los estados se ven obligados a considerar. Presentimos que inscribíamos a la Mocha en ese contexto “otro” desmontando el fulminante dilema político “estado, si / estado, no”, fayuto. Refayuto. Distrayente y deserotizador. Pura patente patriarcal.

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