¿Cómo se hace una de las mejores revistas de periodismo narrativo?

Por Daniel Melchor

Ilustración por Haydeé Villarreal

Dicen que Gatopardo es un señor de treinta y tantos años. Vive en la colonia Condesa, le gusta vestir Slowear, corta y afeita su barba en la Barbería Capital, gusta de beber Blue Label o tequila Centinela. No se fija en la cuenta del restaurante Cuines o del Marché Dumas y siempre usa lo último en gadgets. Además suele regalarle joyería Pomellato a sus amantes. Es amigo de actrices como Paz Vega, de artistas como José Luis Cuevas, de escritores como Juan Villoro y de músicos como Calle 13. Algo usual para una persona que vive en La Condesa.

Sin embargo, estereotipos aparte. Gatopardo no es una persona indiferente, mucho menos frívola. Lo mismo se interesa por la situación del narcotráfico en La Laguna que por pensadores de la talla de Tzvetan Torodov. Ésta es, justamente, la peculiaridad de la revista que desde 2007 cambió su nacionalidad colombiana por la mexicana bajo la dirección editorial de Guillermo Osorno, quien participó en el proyecto desde sus inicios.

Juan Villoro es un escritor particular en el sentido de que hasta los que no leen lo conocen. Su rostro fue la portada de la revista número 138. El perfil estuvo a cargo del cronista Diego Enrique Osorno, quien lo siguió hasta Barcelona. De hecho también por sus viajes a las zonas arqueológicas en México, pero ya no hubo espacio para relatar esas experiencias. Juan Villoro cuenta su reacción al salir en la portada de una revista que tiene en promedio 210 mil lectores.

—Me dio vergüenza estar en la portada y sentí alivio de que eso ocurriera en febrero, que es el mes con menos días. No me gusta que me fotografíen y me molesta la superficial cultura de la imagen. Pero debemos vivir con eso. El fotógrafo conocía mis prevenciones y tuvo la gentileza de no tardar más de diez minutos para lograr tomas estupendas. El director, Guillermo Osorno, fue muy solidario con estos caprichos míos. En cuanto al texto, sólo puedo decir que es un regalo que uno de nuestros mayores cronistas se ocupe de mis asuntos. La vida de un escritor suele ser poco espectacular; si acaso mis actividades y preocupaciones parecen interesantes es gracias a la generosa mirada de Diego Osorno.

“El escritor que no se volvió cobarde ni caníbal” —en palabras de Roberto Bolaño— es un colaborador emblemático de la revista Gatopardo. En el número 0, que circuló en diciembre de 1999, a manera de prueba, Villoro fue invitado a colaborar con una crónica sobre la frontera de México y Estados Unidos. Para él, el señor Gatopardo significa lo siguiente:

—Es un espacio importante porque le ha dado voz a la crónica, género que tiene muy buenos ejecutores pero que no siempre cuenta con plataformas adecuadas. Surgió, como tantos sueños de América Latina, de manera grandilocuente. Colaboré desde el número 0 y formé parte de esa utopía. Supuestamente iba a ser un medio que nos permitiría vivir como cronistas. Fui jurado de su primer concurso y la publicidad decía que era “la oportunidad que nunca habían tenido ni García Márquez ni Tom Wolfe”. Por desgracia, la revista tuvo que adaptarse a la realidad y se volvió mucho más modesta, a veces demasiado. Pero ha sobrevivido, y eso es bueno, más con un ánimo guerrillero que con el impulso dominador que tuvo en un principio. Mientras exista, será un muy buen foro donde colaborar.

Estamos a principios de 2014 y en la redacción dicen que algunos se preguntan si es verdad que Guillermo Osorno existe. Y es que pasa poco tiempo en la oficina, lo que hace muy difícil encontrarlo. No obstante, cuando llega, tiene el talento de acomodar el contenido de la revista rápidamente.

Emiliano Ruiz Parra es uno de sus colaboradores más celebrados. A él le debemos los minuciosos perfiles sobre los sacerdotes que fungen, además, como luchadores sociales: Raúl Vera, Alejandro Solalinde o el Padre Pantoja. Para Emiliano, Guillermo Osorno es un editor respetuoso:

—Hay editores a los que les vale madre, pero Guillermo es muy cuidadoso y riguroso con los textos. Pero también hay otros editores que quieren volver a estructurar tu texto; en cambio, él lo respeta. Aunque hace sugerencias que implican cambios serios, entiende cuando el texto tiene una forma propia porque sabe que el juicio vendrá de los lectores. Eso se agradece.

La primera vez que Emiliano escribió para Gatopardo fue un perfil del actor mexicano José María Yazpik. Dice que este tipo de temas acerca a diversos lectores a disfrutar la revista; en Gatopardo se tiene la libertad de escribir sobre cualquier tema, siempre y cuando esté bien investigado. Piensa que el periodismo narrativo no existiría con tal fuerza sin la revista Gatopardo, de la cual, agrega, no hay similares en nuestro país.

Naturalmente, el señor Gatopardo, desde que es mexicano, se ha ido aclimatando al contexto del país. Si bien en su etapa colombiana era frecuente encontrarse en portada a Penélope Cruz, como en la edición primera, u otros personajes de Hollywood, ahora, debido a la dirección editorial de Guillermo Osorno, se ven a menudo personajes de la realidad mexicana: Ximena Navarrete, Natalia Lafourcade o bien Marcelo Ebrard.

Justo este último responde a un intento de Guillermo Osorno de enriquecer la revista con un talante político. Ese perfil, escrito por él mismo, se sitúa en aquella disputa que Marcelo Ebrard perdió por la candidatura a la presidencia contra Andrés Manuel López Obrador. También se han publicado crónicas exquisitas como la de Alejandro Sánchez: “Cómo resucitar políticamente. Lecciones de René Bejarano”. Sin embargo, al señor Gatopardo le ha costado trabajo hacerse compañero de los políticos debido a que los periodistas que cubren política no tienen suficiente tiempo para escribir un trabajo de largo aliento.

La redacción de Gatopardo es un cuarto reducido que fácilmente se podría confundir con la habitación de un adolescente. Hay libros y revistas por todas partes, y después de los días de cierre, la atmósfera se vuelve tan relajada que es natural encontrar bebidas y un aroma a palomitas de microondas. Enfrente de las 8 macs trabajan las personas que proponen, discuten, redactan, diseñan los 10 números anuales obligatorios de la revista Gatopardo.

De nuevo, la libertad dentro de Gatopardo es algo que aprecia la editora de secciones Tamara de Anda. En sus años de experiencia laboral en otras publicaciones, Tamara cuenta que Gatopardo, por ser mexicana, tiene muchas más libertades tanto en los procesos de creación como en el material que se publica. Tamara, con look de rockera, botas negras, chaqueta de cuero y cabello rojo, ha escrito portadas sobre la película Miss Bala, Bárbara Mori y Miguel Bosé, el cual le resultó complicado pues “¿qué no se le ha preguntado a Bosé?”. Ella define a Gatopardo como un señor íntegro con un “equilibrio muy chingón” entre investigación profunda de temas divertidos o bien de temas que como “palabra de tía: muy gruesas”. Dice que hay distintos señores Gatopardo, uno al que le gusta la música clásica y otro más rockerón. Así que cuando está decidiendo en algún tema para la revista, piensa: “¿El señor Gatopardo iría a esto?”

—Sé que si meto una guía de taquerías, los de ventas van a decir: chale, esto no es seductor. Entonces tienes que defender tu punto. Yo estoy segura de que interesa porque nuestro lector modelo no tiene que pretender, ni ponerse cadenas ni ponerse cosas para demostrar algo. Tiene un buen gusto intrínseco y no tiene que mamonear en ningún lado.

Tamara platica de Guillermo Osorno dejando ver que tienen una relación de hace muchos años. Ella me dice que es un poco despistado y también, aunque no se crea, algo tímido. Eso y que no se le encuentra seguido por la redacción de Gatopardo.

—Cuando Guillermo aparece es, ¡pum!, tiene súper claro cómo es la revista. Tiene un talento para hacer las portadas por intuición, que cada número tenga un equilibrio entre un reportaje latinoamericano y otro mexicano, un tema ligero y otro pesado.

Y la trascendencia de los reportajes de periodismo duro se hace evidente cuando te enteras de que el texto de Boris Muñoz, “Correa contra los periodistas”, no pudo ser publicado en la versión impresa de Ecuador. Lo cual resulta, irónicamente, un punto a favor del texto, el cual trata de la animadversión que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, tiene con los medios de comunicación, específicamente contra el diario El Universo, que la Corte Nacional de Justicia multó por 40 millones de dólares.

A quien le tocó recibir las llamadas de presión desde la oficina de Correa fue a Marcela Vargas, la editora web. Le pedían el PDF del texto. Sin embargo, eso está prohibido, así que la única solución que se encontró fue no publicarlo en la versión ecuatoriana. Pero de todas formas salió en la versión en línea.

Marcela Vargas posee el entusiasmo característico de alguien joven. No hace mucho que salió de la carrera y ya es la encargada de la edición web de Gatopardo, a la cual, en promedio, visitan 3 mil o 3 mil 500 personas al día. De hecho, cuenta Marcela que hay un elemento clave para que exploten las visitas al portal web.

—Hay algo que yo denomino como “efecto Diego Enrique”. Siempre que escribe un texto Diego Enrique Osorno, las visitas suben muchísimo. Pues hace poco, con “Entrevista con un zeta”, en un fin de semana jaló 100 mil visitas.

Marcela está agradecida de haber empezado de becaria en Gatopardo porque es uno de los pocos medios donde, además de recibir paga, también sales a reportear. Y a pocos días de entrar a trabajar tuvo que cubrir un festival de teatro en Bogotá. A ella le debemos la atinada recomendación de la extraordinaria serie House of Cards, así como los programas de festivales musicales como el Vive Latino.

Sobre los comentarios que la gente deja en web, dice que generalmente son inteligentes, pero también le molestan los “bots” pidiendo perfiles de algunas actrices. Desde luego, también hubo gente de la comarca lagunera, por ejemplo, que se sintió ofendida por la crónica de Alejandro Almazán, “Cartas desde La Laguna”, misma que ganó el premio Gabriel García Márquez de Periodismo. O bien, cuando un ecuatoriano reclamó a la revista la portada donde sale Juliane Assange.

Marcela mira al señor Gatopardo como algo singular, porque “no es tan ‘estilo de vida’ como GQ, pero tampoco es Proceso. Es una manera de decir ‘el país no está chido, el país tiene problemas, pero no todo está mal’”.

Gatopardo no sólo ha logrado adentrarse en el narcotráfico con una mirada creativa, también ha introducido a su agenda personajes a los que no es usual voltear a ver y de los cuales se encarga Eileen Traux. Se trata de los residentes de habla hispana en Estados Unidos, tanto los migrantes que luchan por su residencia como los que han triunfado en el ambiente cultural. Ella, quien lleva viviendo 10 años en Los Ángeles, comenta que ha aprendido a “reconocer la binacionalidad y la biculturalidad como un valor”. Piensa que en América Latina hace falta apreciar cómo “los nuestros están chingándole, buscando oportunidades, abriendo brecha, moviendo los engranes de dos mundos”.

—No necesariamente hablo de gente que ha tenido “éxito”. La historia de los dreamers o la de los undocuqueers, por ejemplo, son sobre personas que siguen en una lucha por el reconocimiento de sus derechos básicos que ya tendría que estar en el pasado. Lo que me gusta perfilar son personajes o situaciones que evidencian la necesidad de compartir una mirada comprensiva entre nosotros, de dejar de vernos sin prejuicios y sin fronteras. Creo que el mejor orientado en ese sentido es el de Jenni Rivera.

Eileen Traux cuenta que ha tenido suerte al encontrar en Guillermo Osorno “a un editor sensible sobre estos temas”, y que, si bien otras revistas empezaron a voltear hacia esas temáticas, Gatopardo ha sido “el espacio más lúdico y generoso”. Para Truax, cuando se quiere realizar un perfil sobre alguien, se trata de partir de una “simbiosis”, esa mirada peculiar que le debe poner el periodista. Para la cronista, contar historias “nos limpia el parabrisas”, tal como sucedió con su perfil sobre Jenni cuando sus lectores le comentaron que su visión de “La diva de la banda” había cambiando.

—¿Qué te gustaría cambiar de la revista?

Creo que le urge un makeover a la página web. La lectura es poco práctica, empezando porque no te ofrece la opción de leer todo de corrido; hay que dar clicks para ir pasando páginas y a veces son más de diez. Resiento mucho esto, sobre todo cuando la comparo con la versión para iPad, que es espléndida.

Por su parte, Guillermo Sánchez, egresado de letras inglesas de la UNAM, conoció el periodismo una vez dentro de Gatopardo. Empezó en la revista como corrector de estilo, pero después comenzó entrevistando escritores. A él le debemos las entrevistas con Edgar Keret y Daniel Saldaña París, ya que constantemente escoge los libros que se reseñan en Gatopardo. También ha escrito perfiles de Elena Poniatowska y Consuelo Sáizar. Con unos lentes de armazón negro que constantemente se acomoda, comenta que le gustan los perfiles porque es “como hacer un trabajo de investigador privado”.

—Es estar en muchas ocasiones con un personaje en su trabajo, en su casa, ver cómo los objetos que lo rodean se mimetizan de pronto en su personalidad; que si vive rodeada de gatos, ciertos libros, decoración. Ahí está la personalidad de la persona.

El primer perfil que trabajó en su nueva faceta como periodista fue “La Princesa Roja”, sobre Elena Poniatowska. La dificultad aumentó cuando Guillermo Osorno lo envió con una de las mejores periodistas de Latinoamérica, Leila Guerriero, que es también la coordinadora editorial del Cono Sur de Gatopardo. Para evidenciar lo ardua que fue su experiencia, un dato: Guerriero le hizo reescribir el texto al menos unas 10 veces.

A Guillermo Sánchez sus experiencias como reportero de Gatopardo le han dejado secuelas. En enero del 2012 viajó al norte para escribir una crónica sobre escritores que han demostrado que esa región es más que el pertinaz estereotipo de calor y violencia. Carlos Velázquez, Julián Herbert y Jorge Luis Boone le cuentan a Guillermo las peripecias de vivir en el norte del país.

Sin embargo, cuando Guillermo regresó a México, saliendo del aeropuerto, en Viaducto, vio cómo dos hombres se bajaban espontáneamente del automóvil de enfrente mientras él, que no había podido sacar las anécdotas de los tres escritores, se agarró de la puerta pensando que eran sicarios buscando arremeter contra él. En realidad sólo eran dos personas cambiando asientos.

***

Casi es la una de la tarde en la casa del señor Gatopardo. El sol entra por la claraboya rebotando en la sala de recepción, la cual está atiborrada de revistas. En el segundo piso los reporteros trabajan en espera de la mítica llegada del editor, Guillermo Osorno, a quien días antes se le había visto como DJ en una fiesta de celebración por los premios editoriales que ha recibido Gatopardo. Al editor es casi imposible verlo, acaso aparece caminando por las calles de La Condesa. Pero siempre apurado.

De nuevo, Guillermo Osorno sube con prisa las escalaras mientras repite que no tiene tiempo para darme una entrevista. “Es un mal momento”, dice varias veces. Su grupo de reporteros lo espera para comenzar una junta inesperada.

Es 12 de marzo. Guillermo Osorno le informa a sus reporteros que cesará a su cargo como editor de la revista Gatopardo, que ha acompañado prácticamente desde su nacimiento en abril del 2001. Posteriormente lo hizo a través de una carta desde su página de Facebook: “Es una decisión largamente meditada que tiene que ver, entre otras cosas, con la aparición de nuevos proyectos, principalmente un asunto en Internet del que ya les hablaré en su momento, así como un deseo de dedicar más tiempo a escribir”.

Después de trabajar en Reforma, Letras Libres e iniciar Travesías, su primer proyecto editorial, un grupo de colombianos buscó a Guillermo Osorno para pedirle una pequeña colaboración en un proyecto naciente dedicado al periodismo narrativo en América Latina. Se trataba de Rafael Molano, el primer director de la revista Gatopardo. Con un pequeño texto sobre el restaurante Bakéa, publicado en el primer número de la revista, Guillermo inició su incursión dentro la revista latinoamericana.

Nadie como él para asegurar, como lo escribió en su carta, que ha estado en “las duras y las maduras”. En aquella primera época de Gatopardo, la revista se podía dar el lujo de atiborrar las páginas con grandiosos reportajes. Aquella época en la que “se podía sentarse a planear textos con Carlos Monsiváis y Juan Villoro”. Luego vino la debacle, la revista no pudo sostenerse más en Colombia y tuvo que cambiarse a México porque el mercado es mucho más grande.

Desde entonces, Guillermo Osorno procuró darle a la revista presencia en México. Así las crónicas se volcaron a narrar la realidad de este país que, por cierto, empezaba a ser revolcada por la guerra contra el narcotráfico. “Gatopardo se tropezó con los cronistas locales”: Diego Osorno, Emiliano Ruiz Parra, Eileen Traux y Alejandro Almazán.

Lo sustituye un viejo conocido del señor Gatopardo: Felipe Restrepo Pombo, un joven colombiano de 35 años que estudió literatura y se dedicó al periodismo desde los 19 años. Empezó trabajando en la revista Cambio, de la cual era propietario Gabriel García Márquez. Le cuesta trabajo encontrar las fechas de sus primeras incursiones en el periodismo. Bromea: “Uno se hace viejo cuando ya no sabe cuáles son los años exactamente”.

Después de vivir en España y Francia, Restrepo Pombo regresó a Colombia a trabajar en Gatopardo en el 2006, cuando todavía se producía en Bogotá. Por eso la conoce como pocos. Incluso ya había tenido que hacer una edición de la revista, justo en el momento de transición en que Gatopardo se convertía en mexicana.

—He estado en todas las etapas que ha tenido en la revista. Cuando se hizo en Colombia, cuando pasó a México, como colaborador cuando Guillermo la hizo más mexicana y ahora que es una nueva etapa de la revisa.

Felipe Restrepo ha tenido experiencia como editor de Esquire (versión latinoamericana) y como editor de cultura en una de las publicaciones más importantes de Colombia: Semana. También ha sido invitado en una de las revistas más longevas de la historia: Paris Match. El año pasado publicó un libro sobre perfiles de “célebres excéntricos”: Nunca es fácil ser una celebridad. De hecho, varios de esos perfiles se publicaron por primera vez en Gatopardo.

Para Felipe, Gatopardo ha sido el lugar de expansión del periodismo narrativo a través de la crónica. Antes de la revista, este género se conocía poco en América Latina, acaso, dice, por los ejemplos de Tom Wolfe o Gay Talese. Actualmente la crónica se ha consolidado como el género consentido de los periodistas, al grado de convertir en famosos a quienes lo dominan.

Gatopardo tiene esa primera gran virtud: poder contar historias de no ficción, de actualidad, pero desde un punto de vista diferente, con un trabajo de investigación más amplio y con pretensión de hacer textos literarios.

En Colombia, la revista ya no se distribuye como antes y los lectores la han perdido de vista. Restrepo Pombo explica que en parte esto sucedió por la intención de Guillermo de enfocarse en temas de la actualidad mexicana, como la guerra contra las drogas narrada con una forma más humana y creativa. Sin embargo, dice Restrepo, los colombianos se sienten orgullosos de haber creado una revista como Gatopardo.

En su nueva tarea como editor se siente nervioso, sobre todo por el hecho de que viene a sustituir al gran periodista que es Osorno, a quien también le aprendió su manera de editar con rigor, esa edición que cuesta meses de trabajo con el periodista. Al nuevo editor le gustaría que la revista volviera a tomar fuerza en Colombia. Ya tiene en mente cuáles serán los cambios dentro de la revista.

—La revista tendrá cambio en particular de diseño. Cambiarán las secciones, pero el periodismo narrativo y los reportajes, que son el centro de la revista, permanecerán igual. Pero para que funcione más a nivel económico, habrá una parte mucho más fuerte de estilo de vida, moda, consumo; claro, desde un punto de vista Gatopardo. En materia de crónicas seguirá igual, quizá un poco más latinoamericana.

A Restrepo Pombo le gustaría volver frecuentes crónicas de latinoamericanos como Juan Pablo Meneses, Alberto Salcedo Ramos, Sinar Alvarado, así como descubrir nuevos cronistas, sobre todo jóvenes.

En un mundo donde el periodismo impreso está adoleciendo, Gatopardo cuenta con alrededor de 11 mil 500 suscriptores. Y, por su parte, el nuevo editor piensa que las revistas impresas están “viviendo un nuevo momento”.

Como buen extranjero, conoce mejor México que muchos mexicanos. Ha viajado para escribir sobre todo de la Riviera Maya. La primera impresión que da el periodista colombiano es de alguien sencillo, aunque con cierto estilo que recuerda al peculiar talante de Gatopardo. Mientras se despide, caminando hacia su oficina provisional, atina una verdad: “Actualmente, no hay periodista en México que no conozca Gatopardo”. Se ha vuelto referencia obligada, eso es indiscutible.

Afuera de la casa del señor Gatopardo, en La Condesa, el paisaje se vuelve un tanto irónico: las famosas eco-bicis rojas, que de vez en cuando usan Guillermo Osorno y otros miembros de la redacción, no han sido lo único bueno que este país ha importado de Colombia.  

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