¿Qué tienen en común el Grupo Nexos, el PRI, el PAN, Peña Nieto y Alberto Bailleres? Pista: La respuesta no es Gonzalo Rivas.

En diciembre de 2011, antes de que los estudiantes de Ayotzinapa fueran los mártires que son hoy, cerraron la carretera del Sol para exigir que el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, cumpliera con la entrega del presupuesto acordado. Aguirre mandó a sus policías y mató a dos normalistas. Torturaron a otros 24. La CNDH emitió una recomendación por violaciones graves. Que yo recuerde, ningún diario nacional le dio las ocho columnas. Aguirre quedó impune. Un día como cualquier otro.

Esa misma tarde murió también el ingeniero Gonzalo Rivas, un empleado de una gasolinera. La verdad es que no se sabe con certeza qué sucedió. Un pequeño grupo de encapuchados quiso incendiar la gasolinera, Rivas heroicamente intentó apagar el incendio y, al no lograrlo, recibió quemaduras que días después causaron su muerte. No sabemos a ciencia cierta si esos encapuchados eran de la normal de Ayotzinapa —el contingente de normalistas estaba a unos 100 metros— o gente del gobierno. No sabemos tampoco qué pensaba Rivas de los normalistas, si los hubiera apoyado después del 26 de septiembre de 2014 cuando el Estado desapareció a 43 de ellos. Lo cierto es que su muerte abrió un enorme vacío que desde entonces ha sido llenado de la manera más deshonesta e interesada por —esos sí— los enemigos de los normalistas.

Desde hace tiempo Luis González de Alba, posiblemente el más rabioso y visceral opositor a Ayotzi, cerraba sus columnas en Milenio con una exigencia de justicia hacia Gonzalo Rivas. “Y el asesinato de Gonzalo Rivas, quemado vivo por los normalistas que incendiaron —con nobles fines— la gasolinera donde trabajaba?”, escribía “el hombre más libre de México”, como le decían, sin un solo dejo de cursilería, sus amigos. Sus compadres de Nexos, Aguilar Camín y Héctor de Mauleón, tomaron el balón y lo ayudaron a hacer de Rivas un héroe anti-Ayotzinapa. “Gonzalo Rivas, la otra víctima de Ayotzinapa” se titula una de las columnas de Aguilar Camín. Algo similar dijo de Mauleón. Entre los tres martillaron durante meses para hacer de Rivas una víctima de la tiranía de Ayotzinapa quien, al oponerse a ésta, había además salvado a Chilpancingo del incendio y la tragedia. La propia revista Nexos fue la que formalmente solicitó al Senado condecorar a Rivas con la medalla Belisario Domínguez.

El jueves 24 fue la ceremonia. El acto empieza con el llanto de la madre de Gonzalo Rivas y termina con vítores a Peña Nieto: ¡Arriba mi presidente!, ¡Te queremos, presidente! Todos los parlamentarios del PRI se toman selfies con Peña. Reforma le pregunta a la madre si el gobierno le ha ofrecido algún apoyo económico. “Sin comentarios”, dice.

Pero entre el llanto de la madre y el obsceno show pro-Peña, ¿qué hay en medio? En medio están el PAN y el PRI, quienes votaron a favor de entregarle la medalla a Rivas (el PRD se abstuvo). En medio hay, por supuesto, una enorme ignorancia respecto a qué sucedió exactamente en esa gasolinera hace cinco años; respecto a qué hubiera pasado realmente si Rivas no intentara apagar el fuego. Sin embargo, sabemos que es falso que “hubieran muerto cientos de personas”, como decía González de Alba. Pero sobre todo, en ese punto medio entre los llantos de la madre y la orgía peñanietista está, extrañamente, la revista Nexos.

México tiene el extraño privilegio de que sus revistas culturales se hayan vuelto lobbies político-clientelares, directamente conectadas a los altos círculos del poder y a menudo con agendas políticas realmente cuestionables, cuando no abiertamente reaccionarias. La construcción de un héroe anti-Ayotzinapa es el momento más bajo de la revista Nexos en mucho tiempo, posiblemente en toda su historia, y la consagración —desde hace mucho anunciada— de sus principales figuras como escribanos del poder.

Pues sí, Nexos ganó su guerrita. Rivas recibió, post-mortem, la Belisario Domínguez. Lástima que a nadie le importe. Es decir, lástima que la Belisario Domínguez haya dejado de ser, desde hace mucho, un verdadero homenaje al mérito cívico. Lástima que se haya vuelto otro botín político que se reparten los partidos, otra puesta en escena de una partidocracia corrupta y deslegitimada. Si no, pregúntenle a Alberto Bailleres, magnate minero que, desde que recibió el “mayor mérito cívico de la nación” ha sido responsable de dos enormes (en verdad, enormes) tragedias ambientales.

Por Camilo Ruiz Tassinari

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