Ilustración de la serie ‘muros rondando’

Terminó el Curso-Taller La memoria y el arte de mujeres: el bordado con la exhibición del trabajo individual de las y los participantes del curso. Fue para ambas talleristas -y presumo que para las y los participantes- una experiencia de goce muy bonita. Antes que nada, quiero agradecer a cada participante y a la Universidad Autónoma de Nuevo León por ser tan receptiva a este espacio.

Primero estuvo la planeación. Por mi lado he ido investigando lo que produce la técnica del bordado en los grupos y las personas que lo practican como forma de protesta en México. Me ha sido difícil publicar algunos de estos artículos académicos -por diversos motivos- y eso me ha hecho demorar en la escritura de un texto, que ya tengo investigado, sobre el origen. Pero no he desistido.

Para este curso la guía fue una curiosidad personal sobre la mística de los hilos y la tela. Había conversado antes con algunas de las madres e integrantes de FUNDENL sobre los pormenores del curso. Decidí que pondría las herramientas y que la articulación de los tres elementos: memoria, arte de mujeres y bordado iría por cuenta de las y los participantes. ¿Por qué? Porque siento que si me hiciera una explicitación total de los contenidos traicionaría mis aprendizajes profundos sobre el bordado. Quería ofrecer lo suficiente para que cada persona fuera construyendo un saber personal apoyado en una articulación grupal.

Justo cuando yo comenzaba a dar vueltas en mi cabeza, Rosa Borrás espontáneamente ofrece dar la parte práctica del curso y yo al mismo tiempo esperaba un rescate del mundo de la abstracción. No se me ocurrió pedirle apoyo a nadie más. Ella fue la primera que levantó el brazo. La vida se me venía muy ocupada. Adicionalmente tenemos, Rosa y yo, admiración mutua y una historia de conversaciones que dan fe de nuestra afinidad y complementariedad. Afinidad probada.

En una ciudad en la que la noción de arte tiene que ver con su valor comercial o el esnobismo del arte conceptual, un curso abierto sobre arte textil y tenía que ser un jonrón.

Comenzamos. Un aula perfecta y funcional. Tres días de andamiaje conceptual, ejemplos y lecturas. Elegí iniciar con los ancestros de occidente e hicimos un repaso de las ideas que han formado la noción de ‘arte menor’, la jerarquía de sentidos que estamos cuestionando cuando le damos valor al bordado. Empezamos con un ejemplo de bordado subversivo impactante, los lienzos del Mayor Alexis Casdagli, prisionero de la Segunda Guerra Mundial. Creo que hasta las bordadoras más preparadas vieron el caso del Mayor con asombro.

Traté de que se pensara el bordado como una pequeña coreografía. La reflexión iba hacia la necesidad de penetrar en la memoria no consciente, que reflexionáramos sobre cómo se nos presenta un recuerdo en lenguaje no verbal. En este contexto el bordado es una praxis que abreva de las memorias profundas de las tradiciones humanas.

Al segundo día, ya sin el nervio del inicio, empecé a percatarme de los perfiles de las y los participantes. Tuvimos desde un doctorante de antropología que pasaba su última semana de vacaciones en Monterrey, hasta la asistencia de mi madre y mi tía (que también son doctorantes, pero en este caso fueron de apoyo moral), con quienes quise compartir este curso y sabía que les iba a ser provechoso. Entre las y los asistentes había distintos grados de familiaridad con el arte de protesta, y distintos intereses sobre el contenido.

Seguimos repasando conceptos sobre el cuerpo, ejemplos de bordado, lenguajes. Justo al final entramos en el tema de la identificación de las mujeres con los sentidos considerados inferiores, gusto, tacto y olfato.

Discutimos ideas sobre el bordado y todas y todos nos trasladamos a unas mesas para romper con la formación del aula. Así Rosa empezó a facilitar materiales, a poner orden y yo de repente también me hice más participante.

De repente cinco quisimos bordar lo mismo, pero yo lo dibujé primero. Con mi típico humor medio cáustico inhibí lo que hubiera sido un ejercicio interesante, aunque al final terminamos bordando conceptos similares relativos al paso del tiempo y conexión con nuestra sensibilidad. La instrucción de Rosa fue básica: trazar un diseño sencillo que pudiera hacerse en 5 horas, ensayar diversas técnicas y tratar de resolver alguna idea con un diseño o técnica distinta a las que ya se conocen bien. La temática tenía que ver con la identidad, el aperturamiento que se da al bordar en comunidad y algo que expresase a la persona y que recogiera algún tema previamente revisado en el curso. Ella atendió a las y los participantes todo el tiempo. Yo me sumergí por momentos en mi bordado y creo que sacrifiqué un poco de mi curiosidad.

Todas y todos supieron que iban a bordar en 15 minutos. Cada quién agarró esquina, silla, etc. Al día siguiente hubo un trance de silencio que luego se rompió. Platicamos de los temas del curso y terminé de abordar el tema del tacto a través del ejemplo de los mismos pañuelos. Al cuarto día había una cierta familiaridad entre las y los participantes que comenzaban a comunicarse a través de lo que hacían, pero también mediante chistes, preguntas y la misma manera de ubicarse dentro del aula.

El resultado de los trabajos fue impresionante. No terminamos los bordados, pero estaba muy claro el ‘concepto’ de cada uno y parecían pequeñas tesis. Uno de los participantes estaba bordando una frase de Gramsci sobre los claroscuros de la historia y compartió la anécdota sobre la caligrafía de la tela: su madre le había ayudado, pero tenía muchos borrones. Los hombres nos contaban sus confrontaciones de días pasados con la femineidad. Quienes ya habían bordado se pusieron a experimentar con las composiciones y texturas.

En unos cuantos días se integró un grupo colaborativo. Teníamos poco tiempo al final (porque todas las personas quisieron seguir bordando), pero emergió discurso sobre cada bordado.

En quienes no habían bordado se produjo la sensación de haber podido descifrar la praxis y dibujar en la tela lo que tenían en mente. Estas reacciones son consistentes con lo que he observado. Una participante habló de todo lo que se hubiera ahorrado en terapia psicológica si una actividad así hubiese estado a su alcance en el pasado. A pesar de que no fue un grupo confesional, es decir, no nos contamos intimidades para explicar lo personal de los bordados, la mayoría habló de cómo el ejercicio había sido un modo de compartirse. Otro señaló que era un modo de ocultar, pero al mismo tiempo mostrar (muy parecido al concepto de aletheia-verdad que revisamos casi al inicio del curso).

Coincidimos en que hay algo que no podemos abandonar y tenemos que compartir. Ya sea una obsesión, un afecto, una experiencia, había una especie de binomio “no lo puedo soltar, pero lo debo compartir”. Frases que si mi memoria no me traiciona van más o menos: “No tengo por qué vivirlo sólo en la esfera propia”, “quiero que ustedes también lo lleven en el corazón”, “esto es muy importante para mí y mi familia”, “quiero recordar algo que dije y encaja perfectamente con lo que hacemos”, “son mis hijos y son parte de mí”. El ícono constante fueron las flores. Todas las personas excepto una bordaron palabras como en pequeños versos o epígrafes. Hubo un concatenamiento de vivencias previas con la materia del curso que hallaron cauce.

Podrían parecer declaraciones sencillas, u obviedades. Desde la intención de pensar sobre lo que hacemos de forma intuitiva o en automático, son otra cosa. Creo que al final hubo una meditación sobre lo personal vinculada a la convivencia. Faltó abordar el textito de Martín-Baró sobre la caricia, pero lo estuvimos discutiendo desde el silencio del bordado. Parece que en esta ocasión la caricia fue hacia una misma y no para ‘el otro’.

Me percaté que la reflexión sobre la memoria nos obligó a pensar sobre aquellas partes de una misma que son irrenunciables. De esta forma también el taller me reveló cómo se trivializa el duelo, como si fuera un proyecto ejecutable de manera lineal. Porque hubo, según mi apreciación, expresiones de duelos de muchos tipos. Hablar de memoria es bordar sobre lo pasado. Es quizás una fantasía que lo que se nos muere se lo lleva un río, parece que más bien debemos aprender a ubicar estos pequeños cuerpos que coexisten con nosotros en la geografía del presente. Cuerpos añorados, tóxicos o vitales.

Yo aprendí que es difícil borrar la escuela que nos enseña a repetir mensajes en vez de construirlos. Construir es increíble, es gozoso. Tiene esta función de renovación pagana de la que habla Adrienne Rich. Repetir un movimiento de construcción, de relación, es una técnica válida para comprender nuestros afectos. Podemos producir tranquilidad y marcos de autoconstrucción si repetimos algo que nos es tan natural como producir este enlazamiento y aperturamiento que vivimos en el bordado.

Obvio que nos queda la inquietud de hacer la segunda parte. A mi juicio, más que sofisticar al bordado, sería alternar la reflexión teórica con el bordado y otras técnicas afines que no necesariamente sean textiles y mucho más tiempo para reflexionar sobre lo que pensamos con las manos. 

Por el momento quedo agradecida y seguiré desmenuzando la semana del taller con las fotos que vayan saliendo.

Por Cordelia Rizzo

*Publicado en su blog personal

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