De las antiguas Alacenas tapatías ahora sólo existen escasas fotos históricas que demuestran su existencia. Además de lejanos recuerdos de algunos bisabuelos que pudieron conocer, ¡al dedillo!, aquellos cajones de sastre destinados al comercio de chucherías y objetos típicos, desde finales del siglo xviii hasta mediados del siglo xx, cuando vientos de modernidad llegaron para desaparecer aquellos aparadores de madera labrada que, según la usanza de sus tiempos, se ubicaban yuxtapuestos sobre alquiladas columnas de los Portales tapatíos.

A esa extinta forma de ambulantaje seguramente acudieron a vender o comprar personas cuya apariencia bien pudo ilustrar los conocidos catálogos de castas, como el de Riva Palacio o el de Larrauri Montaño; tipologías raciales, ¡hoy ridículas!, que en épocas virreinales separaban la supuesta pureza étnica de los poderosos de las impuras hibridaciones genéticas de los naturales más pobres.

Como es sabido, las denominaciones de las distintas castas nacionales fueron múltiples: español, criollo, indio, mestizo, castizo, negro, mulato, chino, morisco, albino, torna atrás, lobo, zambaigo, cambujo, albarazado, barcino, coyote, chamizo, gíbaro, calpamulato, tente en el aire, no te entiendo, ahí te estás, salta pa’ tras, et al.

Durante siglos, todos esos “arquetipos” seguramente existieron aquí, en esta “noble y leal”, participando de la vida diaria alrededor de las Alacenas; aunque muchos tapatíos, hasta la época actual muestren remarcada pretensión por sentirse exclusivamente blancos y criollos, ¡cuando no españoles!; teniendo además la notable urgencia de ser reconocidos sólo como tales.

Porque Guadalajara siempre se ha creído una güerita de ojos azules, que suele ser muy despreciativa con la raza de bronce. ¿A poco no?

Pero, aunque la supuesta criolla Perla de Occidente lo niegue, en ella han vivido y sobrevivido seres de origen y rasgos muy distintos entre sí, siendo siempre los menos güeritos y acicalados quienes la han hecho crecer y prosperar como ciudad, al comerciar en sus calles y plazas cualquier tipo de mercancías.

En realidad, Guadalajara invariablemente y de acuerdo a cada época, ha sido muchos mundos en uno. Como ciudad ha tenido de todo. Esclavos y negreros. Mercachifles y mercaderes. Reos y verdugos. Cobres y oros. Arrieros y hacendados. Léperos y nobles. Mantas y sedas. Sirvientas y amas. Rebozos y mantones. Plebeyeces y pedigríes. Aborígenes y petimetres. Currutacas y monjas. Labriegos y urbanos. Parias y polkas. Bola y generales. Meretrices y damas. Corrientes y finolis. Huaraches y botines. Soyates y panelas. Choferes y pollos. Lo nacional y lo importado. Proletarios y popoffs. Centaveros y billetudos. Morrallas y chequeras. Antiguo y moderno. Puesteros y empresarios. Pueblo y gobierno. Trueques, tranzas y, a últimas fechas, hartas transferencias electrónicas.

Mundos encontrados y contrastantes, cuando no en pugna. Acoplados dentro de una habitual y descompuesta convivencia social que los convierte en partícipes de su propia porción de ventura o desventura, conforme hayan sido sus “diferenciadas” procedencias y exenciones, o franquicias políticas para ejercer el poder.

¿Cuántas historias desprendidas del mundo de las Alacenas, o en torno a ellas, los chismosos tapatíos no se relataron?

Gracias a ellas sabemos ahora que muchas Alacenas del Portal de las Flores eran expendios dulceros donde vendían colaciones de rústico teñido y soterrado anís, jamoncillos que desbarataban lenta su ricura. Los tapatíos de antes compraban ahí ates de membrillo o tejocote, rollo de guayaba, frutas cubiertas de calabaza, camote, biznaga o chilacayota con las que acompañaban, mañana, tarde, moda y noche, la leche de desayuno, almuerzo, merienda y cena, porque… ¡Los tapatíos siempre hemos sido tragones! Y ni qué decir de las enmieladas palanquetas, las pepitorias y la cajeta requemada o envinada, envasada en vidrio o puesta en cajitas de madera que al abrir mostraban apetecible nata dorada; sin olvidar tampoco las botellitas de azúcar cristalizada y alcoholizado sabor.

No sería raro que esas Alacenas hayan sido las mismas de aquellos Portales que en 1838 describiera el arqueólogo alemán Isidoro Loewenstern, asegurando que sólo “al oscurecer volvían a ser sitios para gente bien, porque durante todo el día están llenos de léperos que allí se pasean en espera de la ocasión de sus fechorías”; y a los que también señalara como “lugar donde los comerciantes establecieron sus tiendas, lo que les da un aspecto de una feria continua. Allí se hallan los objetos más diversos. Cerca de la rica mercería, donde hay artículos de lujo de Europa, se levanta la tienda de un frutero, de la india de las limonadas, que con la misma mano que hace la toilette a su hijo, vierte en vasijas el atole, sirve la limonada, otros brebajes y hasta el jugo de plátano”.

En las Alacenas de los Portales, por la calle de Loreto, a espaldas de la calle de Santa Teresa, se volvió tradicional la venta de juguetes de cartón. Ahí había máscaras de todo tipo, calaveras bailadoras, trenecitos y, sobre todo, Lupitas o Peponas, esas muñecas rosas-rosas, duras-duras, con extremidades tiesas-tiesas detenidas con hilaza a la altura de hombros e ingles, a fin de hacerlas desencajadamente articuladas; a esas monas les pintaban ropita en colores chillantes-chillantes adornados con diamantina, y también expendían juguetes de barro, guijolas silbantes para los niños y, para las niñas, trastecitos con los que ellas formaban su propia cocinita antigua en miniatura.

¡Y vaya que había de todo para llenar sus propias alacenas infantiles! Cazuelitas, ollitas y jarritos. ¡Hasta molcajetitos, metatitos y comalitos con todo y tortillitas de a mentiras!

Por su parte, los juguetes de hoja de lata incluían trocas y carritos, soldaditos, zumbadores y una curiosa especie de rehiletes relumbrantes. Además, de madera había títeres y marionetas con todo y sus teatrinos acompañados de cortinitas y telones, caballitos de palo con crines de estambre, listados trompos de cuerda, pelotas, aros y baleros pa’ hacer capiruchos de a montón, sin olvidar las barajas, loterías y laberintos con litografías de Loreto y Ancira, y las admiradas miniaturas de barro representando escenas cotidianas: que la función de teatro, que la banda de músicos, que el circo con trapecistas y domadores de fieras salvajes, que las charreadas, que los soldaditos con todo y cañones.

Pá’ los chamacos maldosos se vendían saltapericos, unas rueditas con tantita pólvora pegadas en hilera sobre tiritas de papel, a los que luego prendían fuego desde una orillita. ¡Escuincles canijos, hasta traían su propia cajita de cerillos de las marcas Vesubio, La Competencia o, sus favoritos, los del Diablo Verde! Y mientras los saltapericos explotaban, ¡ellos pegaban carrera!

¡Ah!, y al acercarse la temporada navideña no faltaban todas las figuritas para instalar los nacimientos. La Sagrada Familia, el pesebre, el buey, la vaca, borreguitos, pastores, longevos tapetitos de aterciopelado musgo verde, atados de heno y hasta aquel punzante pelo de ángel.

Por esa misma calle de Loreto, afuera de la Ciudad de México y viendo al poniente, cuentan que por orden de aparición la primera Alacena era la de Manuel Muñoz, hacedor de un duro turrón de hacha condimentado con cacahuates. ¡Y caramelitos!, cuya media docena valía un centavo y eran surtidos en cada uno de los tres colores nacionales, verde, blanco y colorado, ¡cómo la bandera del soldado! ¡Las acremadas yemas de huevo eran también de lo más solicitado!

Cuentan que una mujer pequeña (nomás pa’ no decir que era enana, porque sí era enana, pero eso se oye re’te feo y es políticamente incorrecto) fue la afortunada heredera de la Alacena dulcera de Manuel, que después pasó a ser propiedad de Concepción Hernández Silva. ¡La famosa Concha! La que luego fue conocida como Alacena de Concha, la misma de los dulces, confites y otras frutas pasadas como higos, ciruelas y orejones de manzana o membrillo, despachados en alcatraces de papel nevado o cucuruchos de cartón planchado.

Tentaciones dulceras que en 1917 provocaron que un tal Rafael, de apelativo González, por glotón y pobre acabara como ratero, y los cuicos se lo jalaran direitito pa’ la Peni’ de Escobedo.

Las Alacenas desaparecieron un buen día, con todo y sus murmuraciones, rezongos, bullas, carcajeos, reyertas, bisbiseos, pregones, murmullos, argüendes, grescas, risas, refunfuños, cuchicheos, mitotes, ficciones y protagonistas.

A ellas las esfumó el urgido progreso desarrollista impulsado nacionalmente por el ex-presidente Miguel Alemán Velasco. Las Alacenas resultaron entonces incompatibles con la imparable modernidad santificada en el siglo xx. Razón por lo que fueron sacrificadas en el inter de dos gobiernos estatales que quisieron pecar de improvisados, pero no de obsoletos, sobre todo ante los extranjeros, que en irrefrenable avalancha llegarían aquí para instalar, ¡hasta la mother!, plastificados códigos de su modern way of life.

El reto citadino fue entonces dejar de ser, en apariencia, parte del México Bronco pre-revolucionario. Según sus gobernantes, Guadalajara no podía seguir siendo rancho grande o pueblo bicicletero. Ni servir de retrógrado blanco para críticas de ninguna índole. Mucho menos que la creyeran una arcaica y vulgar tianguera.

Por eso fue “necesario” destruir mucho de los anteriores 400 años de historia y cultura local, a fin de intentar convertirla en lo que luego fue: una ilusoria y deslucida postcard neo-colonial. Así, se le implantaron afeites ligados a la forzosa llegada del novísimo colonialismo y sus predefinidos modelos de comercialización. Se debía reconocer como “superior” el modelo gringo. Era condición impuesta para atraer inversiones con derrama de muy buenos dólares.

Dentro de las verijas de aquel sórdido y, a distancia, planeado argumento urbanista, no resulta extraño encontrar en un periódico local, El Informador, un texto de época bastante representativo del combate al hoy llamado ambulantaje.

Ese texto es una larga misiva fechada en abril 5 de 1950, remitida desde New Orleans por “cierto” turista que la redactó en un español por demás rudimentario al que, “por decir verdades”, se le respetó la pésima ortografía y peor sintaxis. Fue publicada en la sección del Buzón de Nuestros Lectores, acompañada por borrosas fotografías

El autor firmó como Mr. Geoffrey Johnson, aunque bien pudo ser cualquier John Smith o algún Peter Adams. Su dirección: P. O. Box No. 132. 808 Carondelet Street. New Orleans, La. U. S. A. Parte del contenido de la carta se transcribe a continuación:

“Mi fue a Guadalajara y estube por cuatro meses [septiembre a diciembre] de 1949. […] Guadalajara es mui presiosa siudad con gentes amables y cariñosas, clima bueno, presiosas avenidas, colonias bellas, muchachas lindas tapatíos, todo bonito me gusto demasiadamente. […] Noticias me dió jente alla [que] Gobernador Mr. Jesús González Gallo mucho bueno y pogresista asiendo mejoras mucho buenas para Guadalajara quedar más bello. […] Todo decir es sierto pero Guadalajara tener mucho malo también y mis opiniones publicarse para que Gobernador […] haga remedio y quitar lo feo que mi decir adelante. […] Portals muchas vendimias tiendas de palo amarillo aspecto feo y susias y algo olor malo carnes fritas y tacos Mexico. En calles mucho vasura, tierra y papeles verse feo y vendimias en piso banqueta estorbar jente andar. Jentes pedir limosna mucho susios y feos. Jentes enfermas de contajiar andar calle pedir limosna esto mucho malo favor darles Hospital. En calles muchos perros, no sirben pueden matarse”.

En aquel tiempo, en aras de la modernidad, el feo, sucio, apestoso, malo, basuriento, enfermo, contagioso y, para decirlo con todas sus letras, p-o-b-r-e ambulantaje instalado en las Alacenas de los Portales y sus alrededores fue escondido en el subsuelo, como polvo bajo la alfombra; y provisionalmente ahí quedó, arrejolado en el interior de aquellos pasajes subterráneos, hoy casi desaparecidos.

A los vendedores de juguetes y dulces tradicionales, así como a los de artículos navideños, la benevolencia de los distintos gobiernos municipales les concedió la posibilidad estacional de ejercer su comercio en sitios públicos no muy a la vista de propios o extraños. Así, los primeros pasaron al Parque Morelos, y los segundos al Jardín Reforma, frente al templo de San José.

Ahí han estado tradicionalmente, por más de medio siglo. Refugiados en una especie de aireados ghettos citadinos, sobre los que ahora ronda una nueva tromba modernizadora a la que muchos llaman Ciudad Digital, misma que, gentrificadora, amenaza con volverlos a desplazar lo más lejos posible. Preferentemente de la Calzada muuuuy pa’llá.

Por Carmen Libertad Vera

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