Por Carmen Libertad Vera

Llegaron ahí de madrugada. En grupo, trasnochados, y sólo para seguir su peda de Año Nuevo. Luego, ahí mismo, se les vio amanecidos, festejando hasta las diez de la mañana ese primer día de enero, siguiendo todos los cánones establecidos para que una parranda pueda, en realidad, considerarse como tal.


Desde su arribo al barrio, lucieron contrastantes. Todo en ellos resaltaba una ajena pertenencia a su arrabalero contexto juerguista. En sus fisonomías y aspectos se percibía, a leguas, pudientes fueros dentro de jurisdicciones muy distantes a ese patético entorno urbano.

En medio de la mugre y el cochambre, ellos exudaban su acaudalada procedencia, emergida desde selectos y exclusivos ambientes donde la miseria seguramente no tiene cabida.


De allí que para nadie pasaron desapercibidos. Era imposible dejar de notar sus cuidadas facciones y modeladas anatomías, sus cortes de pelo modernos y profesionales, sus juveniles e importadas indumentarias, todas de marca y auténticamente originales; no, no se necesitaba ser un experto para distinguir que aquellos calzados y chamarras de piel, o los costosos accesorios y techno-gadgets que gallardamente exhibían los clasificaban en automático como gente de mucho billelle.


Y ellos estaban ahí, en espera de la alborada novo añera, cual desvelados prófugos de sus cada vez más extenuados cartabones sociales; todos parecían dispuestos a emprender, quizá por vez primera, la experiencia sensorial del descenso hacia el bajo mundo, para lo cual procedieron a anclarse en el mero núcleo del andurrial, como si fueran una expedición de conquistadores en búsqueda de algún anónimo territorio.


Así, en compacta tropa y hasta la madre de borrachos, descendieron del BMW M4 que mal estacionado pero al alcance de sus vistas dejaran encima de una banqueta de esos vulgares territorios sociales.


Apenas llegados, de inmediato fueron abordados por los tres o cuatro “botelleros” habituales en tales rumbos, quienes, en directo y sin mayor diligencia, quedaron suscritos a sus órdenes.


—¿Qué necesitan amigos? ¿Qué les vamos a traer?


—¿Alguna botella? ¿Qué marca prefieren? ¡Tenemos todas!


—Para ti, amiga… ¿Prefieres cerveza, un Red-Bull?


—¿Tachas, mota, grapas? ¡Lo que quieran!


No pasó mucho tiempo para que llegara el pedido que ellos y ella, la única mujer dentro del grupo, ordenaron. Mercancía traída toda, “ahí nomás, en corto”, desde los conocidos expendios dizque clandestinos ubicados en las cercanías.


Para soportar el tiempo de espera, los parranderos contaban todavía con los remanentes etílicos que en vasos desechables llevaban, sin ambages y también sin haber confrontado el alcoholímetro en algún dispositivo instalado por los operativos de la Secretaría de Movilidad.


De inmediato y en exclusiva, bajo el resguardo de un arcado banquetón techado, se instaló para ellos una trasegada mesa metálica, desnuda de mantel pero con un impreso anuncio de Coca-Cola. Fueron acercadas luego media docena de sillas, unas plegadizas de fierro y otras en percudido plástico liviano que alguna vez fue de impoluto color blanco.


Enseguida, como por arte de magia, sobre esa mesa aparecieron los adminículos necesarios para no disminuir la intensidad enervante de su fenomenal parranda, misma que entre pecho y espalda todos ellos acarreaban por varias horas, faltando sumar las que ahí acumularan.


A la distancia se les veía como Césares romanos, atendidos por acomedidos lacayos que al alcance de ellos ponían botellas de licor pagadas, onerosamente, con dinero manado de sus despilfarradoras carteras; conjuntamente arrimaban aguas minerales y refrescos, vasos desechables, bolsas de hielo, comida y botanas, cigarros y demás etcéteras “encubiertos”.


Porque, ¡bien habían sido ellos advertidos!, “cualquier antojo que a cualquier hora tuvieran, ahí podía ser conseguido ilimitadamente”. Porque sabido es que ese lugar es uno de los tantos citadinos sitios de excepción donde “todos los inspectores acaban metiéndose por el culo cualquier reglamento municipal”.


Para alegrar la parranda novo añera, no podía faltar la comparsa musical. Ésta estuvo a cargo de un alquilado guitarrero, errabundo y complaciente, que supliendo la ausencia del electrónico karaoke, se dedicó a proveer a los juerguistas del acompañamiento melódico, a fin de que sus aguardentosas y estentóreas voces cantaran o corearan los más conocidos éxitos de ese género popular denominado “balada ranchera”; sí, ese viscoso amasijo de lírica melodramática y efectista que, inevitablemente, se convierte en retahíla continua de encuentros y amores, desencuentros y olvidos, reencuentros y desengaños, nuevos amores y más mancornadoras desilusiones.


En aquel grupo apareció entonces la voz líder, la del cantante solista, infaltable presencia dentro de cualquier ruidosa francachela nocturna. En esta ocasión, tal actuación provino de un joven rubio y mundanamente moderno, con una imagen muy acorde al más reciente modelo “fashion-mediático” masivamente difundido.


Se notaba orgulloso de su musculatura deportivamente marcada, sin llegar a los extremos de las boludas protuberancias fisicoculturistas. Hacia la nuca, recogida mediante una cola de caballo, su lacia melena abrillantada descendía a la altura de los hombros. Desinhibido y tambaleante, trago en una mano y cigarrillo en la otra, prefirió estar de pie junto a la mesa para intentar emular, en una instintiva versión unpluged, la engolada actuación concertista del ídolo popular convertido nacionalmente en el refinado arquetipo de masculinidad metrosexual y palenquera: Alejandro Fernández.


“¡Lo peor es que muy tarde comprendí, sí, sí, contigo tenía todo y lo perdí, contigo tenía todoooooo, y lo perdííííííííí! ¡Y lo perdí!”.


El espontáneo solista recibió una contertulia ovación. Seguida de gritos solicitantes del encoré, “¡otra, otra, otra!”, exclamados por sus acompañantes y para el cual no se hizo del rogar. Por lo que sin dejar de lado su calculada pose de tv star, se arrancó con un improvisado plus de dos o tres canciones.


Las primeras luces del día llegaron precedidas por un aire saturado de contaminantes. Era evidente que las múltiples recomendaciones para evitar las quemas y fogatas habían resultado infructuosas. La ciudad amanecía más tiznada que de costumbre.


Pero eso ahí, en el arrabal, era lo que menos importaba. El callejero jolgorio pernoctaba impertérrito. Como sostenido e inagotable clímax que, una a una y sin distingos, había pasado por todas las cimas posibles a manera de orgasmos múltiples. El alarde de gritos festivos. La descarga de chanzas directas. La repetición de bravuconeados brindis. La resonancia de carcajadas estrepitosas. El repaso de frases, anécdotas, alusiones, añoranzas y confesiones muy en petite comité. Hasta llegar al decaimiento y el hartazgo público.


Algo que invariablemente anuncia la imperiosa culminación de cualquier parranda es ese momento cuando los juerguistas, aun los más ajenos al old fashion, después de haber recordado los más conocidos éxitos románticos y festivos de los catálogos de Juanga, Chente, Lucha, Antonio, Lola, José Alfredo, Javier, y hasta Luismi, en automático caen en la sobada y reducida tradición involuntaria del eterno retorno a esas rolas “oldies but llegadoras” que nuestra autóctona educación sentimental considera hiposamente infaltables. Sobre todo esas dos canciones masoquistas con las que mejor se exalta cualquier ruptura amorosa. “No Volveré” y “Paloma Negra”.


Este gaudeamus de Año Nuevo no fue la excepción. A gritos, importando un comino la tranquilidad vecinal y habiendo ya cantado de todo y para todos, “por ellas, para ellas y en contra de ellas”, aquellos juerguistas obligadamente culminaron su parranda con la coreada interpretación de las archiconocidas canciones. Anunciado así el preámbulo del epílogo.


“Cuando lejos me encuentre de tiiiiiii, cuando quieras qu’esté yo contigo”.


Así después, dando en punto las diez de la mañana del primer día del año, la juerga remató con la cantata sentimentaloide final.


“Y aunque te amo, con locura, ya no vuelvas, paloma negra, eres la reja de un penar, quiero ser libre, vivir mi vida con quien yo quiera, Dios dame fuerzas, que me estoy muriendo, por irla a buscaaar. Ya agarrasteee, por tu cuentaaa, las parraaaaaaandaaaas”.


¡Tan, tan! Los juerguistas comenzaron a preparar las copas y los pases del estribo, y a repartir últimas propinas. Una aquí, otra allá, alguna más para acullá.


Colocando previamente sobre sus vidriadas miradas las costosas gafas para el sol de (¡obviously!) reconocidas marcas, los partícipes en esa celebración partieron, tal cual habían llegado, en su intacto BMW M4. No sin antes, y a todo pulmón, desear al mundo mundial un muy retumbante “¡feliz año nuevo!”.


Ya tendrían después tiempo suficiente para responder los comentarios llegados a las testimoniales imágenes de su intensa parranda, subidas real time por ellos mismos en todas sus redes sociales.


“¡No mames gooooey, se ve todo así como muy mugrosito y muy naco gooooey, pero se ve que la estás pasando de poca madre, gooooey!”.


Algunos de los que por no tener de otra en el arrabal se quedaron también lucían contentos. Especialmente el improvisado maître de botelleros que contaba y recontaba las chonchas ganancias obtenidas.


Frente a él, igual que todos los días, una ladina y rasposa viejecilla extendía su mano exigiendo la correspondiente comisión por haber prestado, dizque subrepticiamente, las recién desocupadas sillas y la metálica mesa con publicidad de Coca-Cola.


También en aquella barriada miserable, convertida en sitio de excepción municipal, los sufridos y desvelados vecinos amanecieron el Año Nuevo dentro de sus casas, con la obligada e inmutable molestia de tener que soportar uno más de los diarios escándalos parranderos.


Por fortuna, algunos podrían aprovechar ese día feriado para tratar de recuperar algo del sueño a ellos escamoteado rutinaria e impunemente, las 365 noches de todos los años.

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