Perfil del novelista que escribía historias medio reales pero parecían surrealistas

Por William Kennedy

Do you speak English? —le pregunté.

—Nada —contestó por el teléfono—. Nada, nada.

Bueno, eso no es cierto, pero le gusta insistir que lo es, así que tuve que recordar unas cuantas frases en español, ya oxidadas. Le pregunté dónde vivía y dónde nos veríamos.

—En una casa —me contestó, y añadió que me recogería a las cinco en mi hotel en Las Ramblas, la gran avenida que atraviesa la zona antigua de Barcelona.

Le dije que mi esposa Dana era puertorriqueña, así que podríamos comunicarnos los aspectos más finos de la conversación. Él dijo “Bueno” y así quedó la cosa.

10 minutos después cambió de parecer y me dijo que mejor pasaría por la tarde. Y fue precisamente al atardecer, durante el Día del Libro, cuando Gabriel García Márquez atravesó el ruido y las multitudes de Las Ramblas, vistiendo una chaqueta deportiva, pantalón gris y una camisa azul de cuello abierto con un diseño café y blanco en cachemir; la cabeza coronada por rulos negros y una barba de chivo apenas abundante, crecida desde hace poco, cuando salió de viaje por un mes y volvió sin su navaja.

Halo, hola, saludos, cómo está, un placer, apretones de mano, y luego me preguntó: —¿Ya consiguió un libro?

—Claro. El suyo.

Con “su libro” me refiero a su librote: Cien años de soledad, la saga semi-surreal que relata 100 años en la vida de los Buendía, una familia de logros míticos y absurdidades en el también mítico pueblo sudamericano de Macondo. La comedia dramática relatada por García Márquez sobre aquel siglo en Macondo —aclamada como obra maestra una y otra vez— parece sugerir los puntos más altos y los más bajos de la humanidad, desde el post-Génesis hasta la era de la aeronave. El Times Literary Supplement la describió como “una obra maestra de la comedia y en definitiva una de las novelas latinoamericanas más excepcionales hasta el momento”. Ganó el Prix du Meilleur Livre Étranger de Francia en 1969 y el Premio Chianciano de Italia ese mismo año. Ha sido publicada en 23 países y vendido millones de copias en español a lo largo de 21 ediciones desde su publicación por Editorial Sudamericana, de Buenos Aires, en 1967. Ha sido traducida a 18 idiomas, vendido 60 mil copias en Brasil, 50 mil en Italia, 30 mil en Hungría, con 18 mil 650 ejemplares vendidos en pasta dura y 46 mil 650 en pasta suave en Estados Unidos, donde se consolidó como best-seller. Todo esto le da a García Márquez toda la libertad económica y literaria que tanto había buscado, pero también echa sobre sus hombros el peso de lo que él considera el “acoso” de reporteros y editores.

En una carta a un amigo lamentó la pérdida de dos horas que pasó abriéndose ante los reporteros, quienes redujeron todo a página y media de texto. En cuanto a los editores, uno vino y le pidió su correspondencia personal a su esposa Mercedes. A una muchacha se le ocurrió un libro titulado 250 preguntas para García Márquez. Éste le escribió a su amigo: “Le invité un café y le expliqué que si yo contestara 250 preguntas, el libro sería mío”. Otro editor le pidió escribir un prólogo para el diario del Che Guevara en Sierra Maestra, y García Márquez contestó que con gusto lo haría pero que le tomaría ocho años, porque quería que saliera bien.

Así que cuando cualquier forastero llama, no lo invita sino que lo cita en otra parte —frente a un hotel en Las Ramblas, por ejemplo—, se queda lo suficiente como para no ser descortés y luego se retira. Si la entrevista va bien, puede que se quede otro rato. El problema, dice, es verse con tan poca gente como sea posible. Incluso los amigos presentan dificultades de cuando en cuando. Acepta una invitación a almorzar con un amigo y se encuentra con 20 desconocidos que también fueron invitados.

—Entonces no puedo decir tonterías —dice—. Tengo que ser inteligente para ellos. Es horrible.

Pero la vida en Barcelona no está fuera de control, a pesar de todas las presiones.

—He logrado una cosa —dice—. No me he convertido en una atracción pública. Sé cómo evitar eso.

Mientras caminábamos desapercibidos entre las multitudes de Las Ramblas, viendo flores por todos lados, García Márquez me hizo otra pregunta:

—¿Compró una rosa cuando compró el libro?

Dana le enseñó una rosa para probar que así fue. Es costumbre que en el Día del Libro las editoriales y librerías vendan libros en quioscos de madera sobre las avenidas principales. Como es tradición, el hombre le compra una rosa a su dama y que ella responde con un libro.

—Hay que ir a un lugar callado —le dije, apenas escuchando a García Márquez por encima del ruido de la multitud.

—Es difícil encontrar un lugar así en España —me dijo, pero luego apuntó con el dedo—. Mire, podríamos ir a ese bar. Es americano. Nadie va.

Entonces, sobre una mesa cubierta de fórmica, en un restaurante-bar memorable por su llaneza y su falta de clientela, García Márquez ordenó un café para sí y vino rojo para los visitantes, especificándole al mesero que fuera Imperial 1956, para ahorrarnos el sabor ordinario del tinto, que él no bebe. Pidió disculpas por no pedir vino. Muy temprano. Prefiere beber cuando oscurece. Además, sólo había tomado un café durante las dos horas de caminata. Cuidando la línea. Y balanceando valores.

—Café ahora —dijo—, y menos whisky en la noche.

Le conté de lo último que escribí antes de venir a Europa: una reseña breve de La hojarasca, su último libro en ser publicado en Estados Unidos, que de hecho fue su primera novela corta, publicada en Colombia en 1955. Le expliqué que aunque otra novela corta y varios cuentos habían sido publicados en Estados Unidos, se conocía muy poco sobre él personalmente. Estuvo de acuerdo.

Es más, a pesar de que su recepción en Estados Unidos se acercaba a la de Borges durante el boom de los 60, las revistas literarias parecían poco interesadas en el hombre detrás de la obra maestra. Esto es menos extraño de lo que parece. Recuerdo una conversación en un bar irlandés de Albany, Nueva York, cuando la revolución estallaba en dos países latinoamericanos. El barman, aburrido, intervino en la discusión, señalando que “ninguno de esos dos países vale una teta de gato”, y desde entonces aquella observación ha permanecido en mi memoria como un resumen bastante lúcido sobre las actitudes —literarias, políticas, militares, no importa— de los Estados Unidos respecto a las tierras y los pueblos del subcontinente.

Se ha sugerido que esta recepción tan poco entusiástica de García Márquez como un personaje literario tiene un trasfondo político: su trabajo como reportero comunista, realizado entre 1959 y 1961, para la Prensa Latina de Fidel Castro en Bogotá, La Habana y Nueva York. García Márquez dejó los Estados Unidos en 1961, y no fue sino hasta que recibió su título honorario de la Columbia University, en 1971, que se le permitió regresar. Pero si su pasado comunista logró filtrarse hasta alcanzar a los editores —lo cual es dudoso—, es más probable que el poco ánimo se debiera al síndrome de la teta de gato y no al anti-comunismo norteamericano. Otro izquierdista latinoamericano. Hum.

El mundo literario hispanohablante se comporta de un modo muy distinto con García Márquez. El pasado mes de abril, en la Columbia University, Pablo Neruda se refirió a Cien años de soledad como “quizá la revelación más grande en lengua española desde el Quijote de Cervantes”. García Márquez ya es sujeto de una excelente biografía crítica: Historia de un deicidio, de Mario Vargas Llosa, publicada en 1971 por Barral Editores (Barcelona). Vargas Llosa, profesor y novelista (La ciudad y los perros, La casa verde), escribió el libro con completa cooperación de García Márquez, y éste dice que es el mejor libro que se haya escrito sobre él; y vaya que abundan. Pero García Márquez sólo avala la autenticidad de las primeras 84 páginas de la biografía, haciéndole a Vargas Llosa el favor de temerle al resto del texto.

—Puede que el libro de Mario contenga la clave sobre mí —dice.

¿Por qué temería leer el análisis de otro?

—Es una apuesta —dice—, un juego. Es imposible no sufrir cambios si lo leo. ¿Pero por qué tomaría ese riesgo?

***

Existen ironías literarias bastante esclarecedoras en el éxito crítico y comercial de García Márquez. (“Si no hubiera escrito Cien años de soledad”, dice, “no la habría leído. No leo best-sellers”). Había abandonado la escritura, y por cinco años no escribió ni una palabra. Esto era una reacción exagerada ante los sentimientos negativos que tenía para sus primeros libros, al vertiginoso cambio que había hecho en su estilo y su aproximación al material y a al dominio poderoso pero frustrante que el cine ejercía sobre él.

Dice que siempre ha sido un escritor, desde que tiene memoria. Nació el 6 de marzo de 1928, en Aracataca, un pueblo pequeño al norte de Colombia, prototipo del mítico pueblo de Macondo, donde la vida brama y suspira por cien años en su obra maestra. Sus primeros cuentos publicados no aparecieron sino hasta 1947, cuando estaba en la Universidad de Bogotá, estudiando leyes con mucho odio. La violencia política cerró la universidad y García Márquez se movió Cartagena, donde siguió estudiando y también escribiendo. Luego, durante una visita a Barranquilla, se involucró con un pequeño grupo de escritores y reporteros que conocían su obra. Dejó la escuela de leyes, se mudó a Barranquilla y consiguió empleo como columnista en un periódico. En 1954, regresó a Bogotá como un crítico de cine y reportero para El Espectador.

—Como reportero —dice—, era de lo más bajo que había en el periódico, y así me gustaba. Todos los escritores querían estar en la página editorial, pero a mí me interesaba cubrir crímenes e incendios.

Su biógrafo compara su transición de periodista a escritor con la carrera de Ernest Hemingway, y existen similitudes. Pero también existen diferencias substanciales. Hemingway era un reportero realista, impresionista y de mente seria. García Márquez, mucho menos solemne respecto a su trabajo, lo veía más como una fuente de experiencias y no tanto como una plataforma para proyectar su opinión; parecía tener ecos tanto de Ben Hecht como de Hemingway. Al menos esa es la impresión que uno tiene después de leer una carta que García Márquez le escribió a un amigo, en la que recuerda una historia que cubrió en el pueblo colombiano de Quibidó.

Un corresponsal de El Espectador les mandó un reporte sobre enfrentamientos tremendos en Quibidó, y García Márquez y un fotógrafo hicieron un viaje largo y difícil para llegar al punto de la acción, donde encontraron una villa polvorienta y tranquila, sin rastros de conflicto por ningún lado. También encontraron al corresponsal echado sobre una hamaca. Les dijo que nunca pasaba nada en Quibidó, y que mandaba reportes como protesta. Indispuestos a regresar con las manos vacías después de tan arduo viaje, García Márquez, su fotógrafo y el corresponsal, con la ayuda de sirenas y tambores, reunieron a los habitantes e hicieron unas cuantas tomas llenas de acción. García Márquez mandó relatos de combate por dos días, y pronto todo un ejército de reporteros llegó a cubrir todo el conflicto. García Márquez les explicó la escena armada en Quibidó y dirigió una demostración nueva y aún más grande sobre la que podían reportear.

Uno de los puntos más altos de su carrera periodística tuvo lugar en 1966, cuando un marinero llamado Luis Alejandro Velasco llegó a El Espectador ofreciendo contarles su historia de supervivencia en altamar.

Velasco había vivido 10 días sobre una barca salvavidas luego de que un destructor naval colombiano que iba en ruta a Nueva Orleans fuera azotado por una tormenta. Ocho tripulantes murieron en cubierta, y sólo Velasco sobrevivió. Esto ya lo había convertido en un héroe nacional, y le había dejado mucho dinero. Pero sólo el periódico favorecido por el dictador colombiano Gustavo Rojas Pinilla había tenido permiso para hablar de él. Su oferta a El Espectador para contar de nuevo su relato, que ya no presentaba interés alguno para el público, fue recibida, dice García Márquez, como “una noticia refrita”, pero uno de los editores lo consideró, y envió a Velasco con García Márquez.

El resultado fue un relato de 14 capítulos, narrado en primera persona y firmado por un marinero de 20 años. La historia reveló que el barco no se topó con ninguna tormenta —un meteorólogo lo confirmó—, sino que llevaba una carga de contrabando muy mal acomodado sobre cubierta. La nave estuvo a punto de volcarse entre unas potentes ráfagas de viento; el contrabando se soltó y golpeó a ocho de los tripulantes, empujándolos por encima de la borda y hacia el mar.

Al público le encantó la historia, incrementando la circulación del periódico. La dictadura, avergonzada, lo negó todo, pero el periódico probó que era cierto con fotos de otros tripulantes: imágenes de hombres parados en la cubierta del barco, junto a cajas en las que se veía bien claro que contenían televisores, refrigeradores y lavadoras traídas de Estados Unidos. El gobierno de Rojas Pinilla dio inicio a las represalias contra el periódico, y meses después, cuando García Márquez estaba en París como el corresponsal de El Espectador en Europa, el diario fue clausurado.

Los artículos reaparecieron en 1970, en Barcelona, publicados en formato de bolsillo bajo el nombre de García Márquez; fue la primera vez se vinculaban con su nombre. El libro se tituló “Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”. En el prólogo de una reedición, García Márquez aplaude a Velasco por sus dotes narrativos y su tremendamente precisa memoria, y añade: “Me deprime que los editores no estén tan interesados en los méritos de un texto tanto como en el nombre de quien lo escribe; y, por mucho que me duela, me he convertido en un escritor de moda. Por fortuna, hay libros que pertenecen no a quien los escribe, sino a quien los sufre, y este es uno de esos libros”. Y declara que los derechos de la obra pertenecen a Velasco, no a García Márquez.

***

Fue Hemingway quien se declaró en contra del periodismo, juzgándolo como un buen entrenamiento si uno se sale cuando debe, aclarando que podía arruinar a un escritor si éste prolongaba su estadía. García Márquez no podría aceptar semejante dictamen, pues él hacía periodismo para vivir, y así lo hizo desde 1948 hasta 1961. Estaba más en sintonía con William Faulkner, quien creía que nada podía acabar con un buen escritor. Como muchos escritores serios de mediados de siglo, García Márquez sufrió la tremenda influencia de la obra de Faulkner, y se ha dicho tanto al respecto que prefiere cortar cualquier conversación sobre esa influencia. Ya ni siquiera puede leer a Faulkner, quizá por esto mismo, pero también dice que se debe a la efusión de retórica faulkneriana que lo molestó cuando volvió a leerlo en 1971. Pero a finales de los 40, cuando García Márquez estaba escribiendo La hojarasca, Faulkner era de mucha importancia para él.

La hojarasca se publicó en 1955, el mismo año de los artículos sobre el naufragio, tras casi siete años de andar buscando una editorial que la publicara. Un crítico rechazó el libro para un editor argentino, recomendándole a García Márquez que se dedicara a otra cosa, ya que no tenía talento como escritor. La historia de La hojarasca es contada alternativamente por un padre, su hija y su nieto; son los únicos dolientes presentes en el entierro de un doctor que solía vivir con ellos. El doctor acabó convirtiéndose en un recluso, y luego se ganó la enemistad del pueblo entero con un sólo acto, razón por la que todos los habitantes querían profanar su cuerpo. Las construcciones faulknerianas son evidentes, y el doctor se parece mucho al Reverendo Gail Hightower, de Light in August.

A pesar de la influencia de Faulkner, La hojarasca no es una obra derivativa. Su propio lenguaje es rico, denso, pero sin las dificultades que vienen con los textos de Faulkner. Es ocasionalmente surreal de un modo ajeno a Faulkner. Y aunque establece a Macondo de un modo parecido a la Yoknapatawpha de Faulkner, lo hace de un modo tan original y relevante para Latinoamérica que, para cuando Macondo se cristalizó por completo en Cien años de soledad, multitudes de lectores latinos reconocieron en aquel pueblo imaginario la morada de su espíritu comunal.

El mundo imaginado por García Márquez se encuentra sólidamente anclado al mundo real, pero la relación es engañosa, ya que lo real es con frecuencia surreal.

En La hojarasca, el doctor acude a una cena pretenciosa y burguesa cena y sorprende a todos diciéndole a la sirvienta:

—Mire, señorita, ponga a hervir un poco de hierba y tráigame eso como si fuera sopa.

—¿Qué clase de hierba, doctor?

—Hierba común, señora, de esa que comen los burros.

¿Surreal? No para García Márquez.

—Un hombre dijo eso en mi casa —dice.

Cree que la diferencia entre él y Faulkner es que, en Faulkner, lo extraño se disfraza como lo real.

—A Faulkner lo sorprendían ciertas cosas que pasaban en la vida —dice García Márquez—, pero escribe sobre ellas no como sorpresas, sino como cosas que pasan todos los días.

García se siente menos sorprendido.

—En México —dice—, el surrealismo corre por las calles. El surrealismo viene de la realidad latinoamericana.

Dos semanas antes de que habláramos, un reportero llamó a García Márquez para pedirle su opinión acerca de unos sucesos ocurridos en un pueblo rural de Colombia. Como a las diez de la mañana, dos hombres se estacionaron frente a una escuela y dijeron: “Venimos por los muebles”. Nadie sabía nada de ellos, pero el prefecto asintió, subieron los muebles al camión y arrancaron. No fue sino hasta mucho después que comprendieron que esos hombres eran ladrones.

—Es normal —dice García Márquez, y continúa—: Un día, en Barcelona, mi esposa y yo estábamos dormidos y escuchamos el timbre de la puerta. Abro y me encuentro a un hombre que me dice: “Vengo a arreglar el cordón de la plancha”. Mi esposa, desde la cama, contesta: “Aquí la plancha no está descompuesta”. El hombre pregunta “¿Este es el apartamento 2?”. “No”, le digo, “es arriba”. Más tarde, mi esposa conectó la plancha y vio cómo hacía corto. Aquello fue un revés. El hombre vino antes de que supiéramos que hacía falta reparar la plancha. Este tipo de cosas suceden todo el tiempo. Mi esposa ya ni se acuerda.

A García Márquez le agradan los principios del surrealismo pero no los surrealistas. Si tuviera que elegir, prefiere a los pintores por encima de los poetas, pero no se considera como uno de ellos. Y es cierto que su obra está basada más en anécdotas que en lo simbólico o en el flujo inconsciente, tan importante para los surrealistas. También es cierto que busca ser accesible, no turbio. Aún así, lo surreal, la representación de lo improbable y lo imposible como algo cotidiano, permea su obra. Y es evidente que la importancia de esto se ha intensificado desde el surrealismo tibio de La hojarasca. En Cien años de soledad, pasó de las sopas de hierba a la ingestión de tierra, plagas de insomnio, fantasmas que envejecen, una mujer que asciende sobre dos sábanas hasta el cielo. Sus improbabilidades se extienden hacia la realidad cotidiana. En Cien años de soledad, por ejemplo, José Arcadio, hijo de Úrsula, entra a su cuarto, cierra la puerta y suena un disparo. Luego:

“Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pertiles, pasó de largo por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sal de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta, que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir 36 huevos para el pan.

“—¡Ave María Purísima! —gritó Úrsula.

“Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atravesó el granero, pasó por el corredor de las begonias donde Aureliano José cantaba que tres y tres son seis y seis y tres son nueve, y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea recta por la calle, y dobló luego a la derecha y después a la izquierda hasta la calle de los Turcos, sin recordar que todavía llevaba puestos el delantal de hornear y las babuchas caseras, y salió a la plaza y se metió por la puerta de una casa donde no había estado nunca, y empujó la puerta del dormitorio y casi se ahogó con el olor a pólvora quemada, y encontró a José Arcadio tirado boca abajo en el suelo sobre las polainas que se acababa de quitar, y vio el cabo original del hilo de sangre que ya había dejado de fluir de su oído derecho”.

Hablamos sobre este pasaje en conexión con los aspectos surreales del libro, pero García Márquez descartó la improbabilidad de la escena, diciendo que “Es el cordón umbilical”. Y pasamos a otra cosa.

***

La carrera de García Márquez como un escritor de ficción permaneció estática durante sus años en Venezuela, pero, periodísticamente, tomó un giro extraño. Dejó Momento y comenzó a trabajar para Venezuela Gráfica, una revista comúnmente referida en Caracas como “Venezuela Pornográfica”. Escritores más solemnes quizá habrían rechazado un trabajo así, pero García Márquez lo aceptó entonces, y lo sigue aceptando.

—Me interesa la vida personal —dice, explicando que entonces leía en Barcelona las memorias del chofer de Jackie Kennedy—. Leo todos los chismes de todas las revistas. Y me los creo todos.

La Revolución Cubana lo alejó, por primera vez en su vida, del periodismo superficial y divertido, orientándolo hacia una causa. Abrió una oficina de Prensa Latina en Bogotá, luego viajó a La Habana y, más tarde, en 1961, se convirtió en asistente del jefe departamental en Nueva York. Renunció a mediados de aquel año, durante una oleada de revisionismo, en solidaridad con su contrariado jefe. Junto a su esposa Mercedes, una muchacha de Barranquilla que lo esperó por tres años, hasta que se casaron en 1958, y con su hijo Rodrigo, dejó la ciudad de Nueva York, aunque no sin una memoria tropical de la ciudad.

—No era como nada que conociera —dijo—. Era putrefacto, pero también en proceso de renacer, como la jungla. Me fascinó.

Los García fueron a Nueva Orleans en un camión de Greyhound, pasando por las tierras de Faulkner. García Márquez notó un anuncio que decía “prohibidos los perros y los mexicanos” y se vio expulsado de varios hoteles en los que los recepcionistas lo confundían con un mexicano. Planeó regresar a Colombia, pero México, siendo una capital del cine, atrapó su interés. Bajo la influencia de varios amigos mexicanos, cambió de planes y comenzó a armar, despacio y con mucho esfuerzo, una nueva carrera como guionista. Escribió un cuento en México y se hundió en un silencio que duró seis años.

El silencio se debió parcialmente a su trabajo como guionista, pero también a que se consideraba un fracaso como escritor de ficción. Escribió guiones cinematográficos, algunos en colaboración con Carlos Fuentes; varios de ellos se convirtieron en películas, memorables más que nada por su relación con García Márquez. En tiempos de escasez trabajó de nuevo como editor y en una ocasión hizo publicidad para J. Walter Thompson en su oficina de la Ciudad de México.

—Fue una época muy difícil para mí —dice—, sofocante. Nada de lo que hacía en las películas me pertenecía. Era una colaboración, una mezcla de las ideas de todos, del director y de los actores. Estaba muy limitado en lo que podía hacer, y entonces aprecié el control absoluto que el escritor tiene sobre la novela.

Sus amigos recuerdan que estaba pasando por una fase de bloqueos y auto-críticas muy severas; estaba insatisfecho con todo lo que había hecho, sin ganas de volver a hacer lo mismo.

Fue en enero de 1965, cuando iba manejando de la Ciudad de México a Acapulco, que imaginó el primer capítulo del libro que se convertiría en Cien años de soledad. Después le contó a un escritor argentino que de haber llevado una grabadora, habría dictado el capítulo completo ahí mismo. Luego volvió a casa y le dijo a Mercedes: No me molestes, y sobre todo no me molestes con cosas de dinero. Y se puso a trabajar en un escritorio que llamaba “La cueva de la mafia”, en una casa (Num. 6) en la Calle de La Loma. Trabajando de ocho a diez horas al día por 18 meses, salió la novela.

—No sabía lo que hacía mi esposa —dice—, y nunca pregunté nada. Pero siempre había whisky en la casa. Buen scotch. Mi vida no ha cambiado mucho desde esos días. Siempre vivimos como si tuviéramos dinero. Pero cuando terminé de escribir, mi esposa dijo: “¿De veras ya terminaste? Debemos 12 mil dólares”. Había estado pidiendo dinero a sus amigos por año y medio.

Hubo un punto, dice, en el que el carnicero le dio la opción de pagar por la mercancía cada mes, ya que era tan buena cliente. Ella se rehusó, pero luego, cuando conseguir dinero se volvió cada vez más difícil, aceptó la oferta y le pagó mensualmente al carnicero. Llegó otro momento en el que no había dinero para la renta, así que le dijo al rentero que no podrían pagarle por seis meses, y por alguna razón éste dijo que no había problema; no tuvieron que preocuparse.

—Es estupenda —dice García Márquez.

*Fragmento de texto publicado en The Atlantic (ENE 1973). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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