¿Y mañana habrá más?

 

Por Mariana Treviño & José Ignacio Hipólito

 

Cuando la ciudad d Monterrey todavía no se enfrentaba a la inseguridad del narco y al paralelo peso de un gobierno negligente, muchas de las subculturas juveniles regiomontanas (llámense rock, punk, reggae, skate, metal, rap, ska) tenían como lugar de encuentro la oscura y laberíntica planta baja de la Plaza Comercial Fundadores.

La plaza consiste en un edificio de dos pisos, con baños, estacionamiento propio y dos grandes acceso (por las calles 5 de mayo y 15 de mayo, respectivamente) donde la gente se reunía a patinar, a saltar escalones y dejar algún tag en una pared sin ser sorprendidos por los guardias o la policía.

Todos los días, desde las 11:00AM hasta las 6:00PM, decenas de jóvenes acudían a “Funda” a comprar mercancía, reunirse con sus amigos, patinar o simplemente para dar la vuelta después de la prepa.

Eran bastantes los puestos que en pequeños locales ofrecían playeras, discos, zapatos, tatuajes, perforaciones, cintos, patinetas, cortes de cabello, películas, pinturas en aerosol y otras cosas. Así lo recuerda Melvin, quien actualmente tiene 26 años y trabaja como profesionista, pero que no olvida cómo eran las tardes en aquel lugar: “Fue mi primer encuentro con la cultura punk… Y como iba empezando, pues no conocía tanta gente, no pertenecía tanto a algo, pero llegaba a Funda y decía ‘Ay wey, hay otros más punks que yo’. Después de un tiempo, de tanto ir, ya pertenecías a Fundadores”.

Hoy en día, la plaza luce demacrada, los accesos están obstruidos por muchos puestitos que se fueron apropiando de las calles. Muchos de los locales están cerrados o abandonados. Ya nadie patina ahí, ya nadie se junta. Desde luego, aún sobreviven varios locales, entre peluquerías y tiendas de playeras se sigue manteniendo el puesto Fuck Terry, fundado por un estadounidense conocido como Terry y quien, aprovechando su nacionalidad, cada semana traía de la frontera un montón de discos y playeras que eran muy difíciles de encontrar en Monterrey. Además vendía pines, parches, posters, pulseras de estoperoles y máquinas para tatuajes.

El pequeño local se volvió bastante popular entre los jóvenes que frecuentaban Funda. “El famoso Terry… No sabía qué esperarme cuando fui por primera vez. No me acuerdo ni cómo supe de Terry, nomás decían que había un gringo que vendía cosas que no encontrabas en otras tiendas, discos que no encontrabas en Saharis ni en Music and More”, recuerda Melvin.

Ahora el puesto de Terry luce cada vez más solo y desordenado. La pila de CDs y DVDs originales están rematados a 50 pesos. Los pines se oxidan en una caja, tres por diez pesos. Desde videos del Warped Tour hasta películas de culto. Tampoco se ve a Hachi (encargado y ayudante por muchos años), ni a ningún empleado como antes; ahora Terry atiende personalmente. Cuando alguien se acerca al lugar, dice con un español no muy bueno: “Todos originales, todos nuevos o casi nuevos y todos importados. Gracias por ver las cosas. Todavía tengo disponible videocasetera VHS en 200 pesos, como nueva. Pura calidad y buen estado”.

Terry es uno de los pocos que siguen manteniendo con vida a Funda. Aún se acerca uno que otro curioso a comprarle estampas de Operation Ivy o Minor Threat, lo que le permite seguir sacando dinero para la renta del local, además de los pedidos que hace por Internet. Terry presta su nombre y dirección en Estados Unidos para comprar cosas de páginas web y que sus clientes ahorran en el envío internacional. Así se mantienen Funda y Terry, quien al final del día siempre avisa: “Es todo por hoy; mañana más. Gracias por ver cosas”.

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