Por Subteniente Hernández  

Foto por Victor Hugo Valdivia

Amable lector: le pido de favor sincronizar este relato con la canción “Frankenstein”, de Edgar Winter. Por su comprensión, gracias.

Estábamos en la peluquería. Apenas llevábamos una hora de habernos parado en el batallón para ver qué hacíamos con nuestras vidas. La fila era larga. Nerviosos y en silencio, nos mirábamos los unos a los otros. Teníamos la opción de salir corriendo pero nadie lo hizo. Esperábamos nuestro turno para que nos raparan. Ya nos habían quitado la ropa civil, ahora reemplazada por uniformes color caqui usados y mal olientes. De pronto nos sacaron de la realidad las carcajadas y burlas de todos los presentes cuando de la silla se levantó un sujeto peculiar. Le retiraron la pelambrera y quedaron a la vista tremendas cicatrices, con todo y costura incluida a lo largo y ancho de su cráneo. No sabía dónde empezaba una y terminaba la otra hasta que vi su cara curtida también de cicatrices, causadas tanto por heridas como por un problema crónico de acné en su pubertad. Aparte tenía los dientes chuecos y una barriga de niño lombriciento.

El tipo en cuestión lanzó molesto a toda la concurrencia un “¡Queeee hijos de su putaaa madreeeeee!” y, sin decir agua va, comenzó a tirar madrazos a todos los presentes, incluido yo; me doblo de un golpe en el estómago. Un sargento me ayudó a levantarme y dijo:

—Ese es el Franky. Será tu compañero de litera de aquí a tres meses en lo que dura tu adiestramiento de ambientación.

Parece cuento, pero no sólo conviví con el Franky tres meses, sino casi veinte años. Era como un Marlon Brando bien bizarro. ¿Qué habría hecho yo si él no se hubiera cruzado en mi camino?

Debo admitir que en un principio sí me trajo bien jodido. Siempre me hacía cambiar de cama en la litera, sobre todo cuando yo reemplazaba la sábana y la cobija por unas limpias. Me quitaba de ahí a la voz de “¿Qué pasó, mijo? ¡Lléguele a la verga!” y me movía al lugar que él ya había ocupado previamente y que por lógica apestaba a rayos. Encima soportaba sus pinches ronquidotes que eran como los de una compresora con golpeteo de pistón.

No había más que resignarse porque no era el único al que traía de bajada. Casi a todos los reclutas los jodía y taloneaba. Era admirado por los sargentos, quienes encontraron en él un gran aliado, sobre todo para controlar a la soldadiza; era un perro ovejero, pues.

Cuando dejamos de ser reclutas, ya casi nadie se le acercaba, ni siquiera yo; de hecho, todavía tenía pesadillas. Pero una vez que me encontraba de cuartelero en el dormitorio de la unidad mientras escuchaba en una grabadora de double deck a The Police en casete, se acercó a mí como una mosca caquera a una luz brillante y me dijo:

—¿Qué? Pinche maricón, ¿a poco muy, muy?

Pensé que iba a agandallarme el reproductor de sonido que aparte ni era mío. En lugar de eso fue a su gabinete y trajo una bolsita con cintas del Grand Funk Railroad, Black Oak Arkansas, Black Sabbath, Deep Purple y… Lalo Mora. Ninguna original, todas eran copiadas de algún LP, como un best of, para sonar una por una. Entre sus rolas y las mías empezaron las anécdotas, sobre todo la historia de su vida.

Me contó que cuando era niño en un lugar de la república de cuyo nombre no quiso acordarse, su papá lo maltrataba mucho. Huérfano de madre desde pequeño, apenas medio-terminó la primaria para ponerse a trabajar en un mercado donde aprendió de todo lo que enseñan en la escuela de la calle. Ahí perdió su virginidad, se fumó su primer churro de mota y literalmente recibió los primeros golpes de la vida, ya que las cicatrices se las había ganado una a una en peleas clandestinas. En las mañanas era diablero en el mercado, en la tarde-noche se la rifaba con los puños y lo que se pudiera, todo esto antes de cumplir los15 años. Su retiro de tan difícil profesión fue violento. Lo tiraron casi muerto en la puerta de su casa después de perder una pelea contra un güey que tenía como 25 años y pesaba 50 kilos más que él. Ahí lo dejó su papá hasta que un alma piadosa lo trasladó al hospital. Unos judiciales lo estuvieron chingue y chingue para que no rajara sobre las peleas mal habidas. Decidió huir de ahí con rumbo al Estado de México a vivir con una tía. Se adaptó rápido, pero tuvo que embarcarse luego luego porque embarazó a su vecinita de 16 años. Los padres querían obligarlo a casarse con ella y desde luego a trabajar para mantenerla conduciendo una combi colectiva de ruta. Hasta eso, aterrizó bien porque su suegro tenía tres camionetas, pero se desesperó el señor porque lo que ganaba el yerno se lo gastaba en mota y alcohol y nunca entregaba las cuentas. Entonces el ejército fue su salvación, decía, porque al menos estaría encerrado y no vería a sus insoportables suegros por largo tiempo.

Pero no crean que por abrirme su corazón zurcido se hizo mi camarada. El bullyng de alto octanaje continúo, aunque era bueno salir con él a alguna comisión porque iba siempre adelante y nunca se rajaba; decía que primero caía él antes que sus compañeros. Al menos eso nos daba seguridad y levantaba nuestro ánimo. Yo pensé que era un fanfarrón que nada más gritaba y le echaba valor para apantallar, pero me demostró lo contrario una vez que circulábamos de noche por una de las colonias más peligrosas del Estado de México. Esa vez, para variar, nos corrieron de una fiesta porque al pinche Franky, ya bien borracho, se le ocurrió ayudar con el pastel que bajaron de un camioneta y se resbaló con él, tirándolo todo al suelo. Y todavía embarró a unos presentes de merengue.

Íbamos como a las doce de la noche cuando nos salieron tres güeyes con un pinche fierrote bien amenazante. Mi monstruo favorito no se amedrentó. Inmediatamente, del tubo de su bota vaquera con punta de metal, sacó una navaja de montañista explorador, de esas que tienen hasta abrelatas, y estiró la mano en posición defensiva sólo para decir:

—Toma carnal. Es todo lo que traigo, ya no hagas irigotes.

Cuando nos alejamos de ahí, le dije bien contento:

—Pinche Franky, cuando me muera tú vas ser el perro que me ayudará a cruzar el río.

Esperaba un chingadazo, pero simplemente sonrió.

Existen miles de anécdotas en torno al buen Franky que ni un barrio antiguo completo alcanzaría, pero esto fue lo mejor que recuerdo de él además de su frase que repetía constantemente: “I’m Stephen Wolf! ¡Soy el Lobo Estepario!”.

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