¿Para qué ir a un Sanborns si se puede comer igual o mucho mejor en una fonda?

Por José Ignacio Hipólito y Mariana Treviño

Ilustración por Haydeé Villareal

La competencia es una de las características intrínsecas del capitalismo; sin ella, la ley de oferta y demanda no tendría mucho sentido. La rivalidad comercial es tan importante porque fomenta el aumento en la variedad y calidad del producto que se ofrece. Por ello el hecho de que al restaurante La Puntada y la Fonda de San Andrés los separen sólo unos pasos de distancia, cruzando la calle Hidalgo, no es tan descabellado como puede aparentar.

Las mañanas de fin de semana, La Puntada no se da abasto. La fila que sale del restaurante es tan absurda que parece que estuvieran regalando la comida. Por esa misma razón, las familias desesperadas recurren a la pequeña fondita de enfrente, que ofrece el mismo concepto que su competencia, pero más barato y con un menú más reducido, paralelo al tamaño del lugar.

Mientras que La Puntada puede confundirse con un Sanborns o un Vips, la Fonda de San Andrés es inconfundible, no sólo por su nombre y ubicación, sino por la humildad que siguen teniendo, inclusive después de más de una década de servir comida típica mexicana: las meseras siguen siendo las mismas, los cocineros continúan cocinando igual los envueltos de mole y los molletes aún se preparan con pan de hamburguesa; el dueño todavía está en la caja de vez en cuando, agradeciendo a cada cliente satisfecho.

Hasta hace un par de años, antes de su remodelación, la Fonda le hacía honor a su nombre, ya que tenía una imagen que parecía no haber cambiado desde que fundaron el establecimiento a principios de los 90. Las puertas de madera que anunciaban el giro del negocio estaban pintadas con los clásicos rótulos de hace 40 años, el azulejo del piso era del que uno se encuentra en la casa de su abuela y las mesas eran de imitación de madera y metal. Todo esto le daba una sensación familiar, humilde y acogedora que se complementaba con la comida.

Ahora, a pesar de sus remodelaciones, propias de todo negocio que crece y se expande, sigue manteniendo estas características gracias a sus clientes. Desde que abrieron, los comensales del lugar varían muy poco; de vez en cuando una familia, otras veces una pareja, algunas otras un trabajador de alguna construcción cercana, pero siempre hay una persona de la tercera edad, ya sea en grupo, en pareja o a solas, haciéndole plática a las meseras.

Lo más rico de la Fonda es su salsa. Como es costumbre en algunos restaurantes, en el centro de la mesa hay un tazón de salsa y otro de totopos, cortesía de la casa. Por lo general las salsas están rebajadas con agua o son muy pocos los totopos que dan, pero ese no es el caso en la Fonda de San Andrés. Los totopos, además de ser colosales, parecen interminables, y la salsa molcajeteada está tan bien preparada que no pica hasta el punto de quemar las papilas gustativas, pero tampoco le falta de sabor.

La Fonda San Andrés es una combinación perfecta entre La Puntada y el restaurante del Nuevo Mundo, a la medida para aquellos que gusten de un lugar mucho más acogedor, menos concurrido y por ende menos ruidoso. Además, a pesar de contar con un menú bastante reducido, todos los platillos tienen un gran sabor, sin mencionar que es muy económico.

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