De Sand a Flaubert [París, 7 de diciembre de 1866]

¿No poner nada del propio corazón en lo que uno escribe? No lo entiendo en absoluto, pero en absoluto. A mí me parece que no se puede poner otra cosa. ¿Acaso es posible separar el espíritu del corazón, acaso son cosas distintas? ¿Acaso es siquiera posible limitar la sensación, escindir el ser? En fin, no darse entero en la propia obra me parece tan imposible como llorar con otra cosa que con los propios ojos o pensar con otra cosa que con el propio cerebro. ¿Qué ha querido decir? Ya me responderá cuando tenga tiempo.

De Flaubert a Sand [Croisset, 15-16 de diciembre de 1866]

[…] Mi estilo continúa procurándome pegas considerables. Espero, de todas maneras, haber pasado el peor tramo en un mes. Pero actualmente estoy perdido en un desierto. En fin, ¡que sea lo que Dios quiera!

¡Con qué placer abandonaría ahora mismo este género para no regresar a él jamás! ¡Pintar a los burgueses modernos y franceses ya ofende considerablemente a mi nariz! Y además ¿no sería ya hora de divertirse un poco en la vida y de escoger temas agradables para el autor?

Me expresé mal cuando le dije “que no habría que escribir con el corazón”. Quise decir que no habría que poner la propia personalidad en escena. Creo que el gran arte es científico e impersonal. Es necesario, con un esfuerzo del espíritu, meterse en los Personajes, y no atraerlos hacia uno mismo. He ahí al menos el método, lo que equivale a decir: intenta tener el máximo de talento e incluso de genio, si puedes. ¡Qué vanidad en todas las Poéticas y en todas las críticas! Y el aplomo de los que las escriben me asombra. ¡Oh, nada los altera, a esos tipejos!

¿Ha notado usted que a veces hay en el aire corrientes de ideas comunes? Acabo de leer la última novela de mi amigo Du Camp, Les Forces perdues. Me recuerda mucho, en varios aspectos, a lo que yo hago. Es un libro (el suyo) bastante ingenuo y que da una idea justa de los hombres de nuestra generación, que se han convertido en auténticos fósiles para los jóvenes de hoy. La Reacción del 48 cavó un abismo entre las dos Francias […]

En fin, buenas noches. La beso tiernamente en las dos mejillas.

De Flaubert a Sand [Croisset, 12-13 de enero de 1867]

Yo sigo manoseando mi novela. Me iré a París cuando esté al final de mi capítulo, hacia mediados del mes que viene. Continúa su lenta marcha. Esculpo laboriosamente a mi tipejo, como un forzado. Y yo mismo lo soy (un tipejo, si no un forzado), y uno bastante triste.

Al contrario de lo que usted supone, “ninguna bella dama” viene a visitarme. Las bellas damas han ocupado mucho mi espíritu, pero me han quitado muy poco tiempo. Tratarme de anacoreta es quizá una comparación más justa de lo que usted misma cree. Paso semanas enteras sin intercambiar una palabra con un ser humano. Y al final de la semana, me resulta imposible recordar un solo día, ni un hecho cualquiera. Veo a mi madre y a mi sobrina los domingos y eso es todo. Mi única compañía consiste en una banda de ratas que hacen en el granero, por encima de mi cabeza, un alboroto infernal, cuando el agua no brama y el viento no sopla.

Las noches son negras como la tinta, y me rodea un silencio semejante al del Desierto. La sensibilidad se exalta desmesuradamente en un lugar así. Tengo palpitaciones por nada, cosa comprensible, por otra parte, en un viejo histérico como yo. Porque sostengo que hay hombres histéricos, igual que las mujeres, y yo soy uno de ellos. Cuando escribí Salambó leí a “los mejores autores” sobre esa materia y reconocí todos mis síntomas: siento la bola en el cuello y los pinchazos en el occipucio. Todo eso resulta de nuestras alegres ocupaciones. Eso es lo que sacamos de atormentar el alma y el cuerpo. Pero ¿y si ese tormento es lo único que merece la pena en este mundo?

Creo que ya le dije que había releído Consuelo y La Comtesse de Rudolstadt. Me ha ocupado cuatro días. Charlaremos sobre ellas largamente cuando usted quiera. ¿Por qué me he “enamorado” de Liverani? Será que tengo los dos sexos, quizá.

[…] Haga usted una reverencia a su bella hija, dé un apretón de mano a su hijo, dé cuatro besos en las mejillas a la señorita Aurore. En cuanto a usted, cuídese, por el amor de

su viejo

*Fragmentos de Correspondencia (Gustave Flaubert & George Sand)

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