Donald Trump ha hecho su agosto denunciando el libre comercio y los tratados internacionales que “se llevaron los empleos a México y China” y dejaron en la miseria al antiguo cinturón industrial del norte de Estados Unidos. Un elemento crucial en la narrativa de Donald Trump es el rol de los “globalistas” en este proceso. El candidato republicano se refiere con esto a la élite de banqueros y políticos en Washington y Nueva York que ha impulsado el neoliberalismo desde hace tres o cuatro décadas, para detrimento de la industria americana.

La crítica de Trump al neoliberalismo ha calado tanto que Hillary Clinton tuvo que dar un incómodo giro de 180 grados para evitar una hemorragia electoral por parte de la clase obrera que ha visto sus salarios caer y sus empleos desaparecer. Esto es novedoso, y difícilmente podrá ser sólo un giro retórico. En efecto, cuando Trump habla de la élite globalista, se refiere, antes que nada, al matrimonio Clinton. Fue Bill quien firmó el TLC en 1992, y Hillary quien, como secretaria de estado de Obama, impulsó con ardor el Acuerdo Transpacífico (TPP).

A Clinton le salió cara su intransigencia neoliberal durante la primaria demócrata, donde perdió ante Bernie Sanders estados desindustrializados a partir del TLC. Fue precisamente en una fábrica en Detroit donde Clinton anunció el cambio de política, ya como candidata demócrata. Ojo: hasta ahora no ha hablado de cancelación, sino de re-negociación. Esto le deja muchísimo espacio para hacerse mensa en negociaciones secretas (de todos modos, siempre son secretas) y luego esperar a que el asunto se disipe.

Los Clinton tienen bastante experiencia en estas cosas. Recordemos que en su campaña de 1992 contra Bush padre, Bill Clinton prometió que no firmaría el TLC, para luego hacerlo pasar fast-track en medio de una enorme operación de compra de votos. (Ironía de la historia: los Clinton lo firmaron, pero a la vuelta de dos décadas tal vez serán ellos mismos quienes lo tengan que revertir.)

A pesar de eso, el tema ha vuelto al debate público americano, y el siguiente presidente tendrá que darle algún tipo de salida. Aquí hay una dificultad, y es que el TLC no puede ser renegociado para mayor beneficio de Estados Unidos sin cancelar su lógica misma. Si el problema es que la principal consecuencia del tratado fue la pérdida de un millón de empleos industriales en EU, hay que aceptar que el objetivo del TLC era precisamente abaratar costos al transferir la mayor parte posible de la producción a México. Y las consecuencias de esto también eran conocidas, parte del cálculo: depresión de los salarios en Estados Unidos, ante todo, pero también abaratamiento de los productos.

Ahora bien, a más de dos décadas de su implementación, el TLC ha tenido consecuencias ambiguas para México. Por un lado, terminó de arruinar el campo. Por el otro, transformó al país en la principal potencia industrial de América Latina, y por mucho. Con todo el cacareo durante los últimos años acerca de los milagros argentino y brasileño, México siempre produjo más valor agregado que el resto de toda América Latina junta. Hay entre 8 y 9 millones de empleos en la industria, de los cuales posiblemente el 80 por ciento son consecuencia directa del TLC. Pero el sueño salinista de entrar al primer mundo vía un bloque económico con Estados Unidos siempre fue un engaño. La lógica del tratado exigía que, para que la implantación industrial fuera masiva, los salarios mexicanos tenían que mantenerse bajos.

Por último, la mayor parte de los empleos industriales están en ramas de valor agregado mediano y de salarios mediocres, como las autopartes (750 mil) y no en los sectores de alta tecnología en los que México compite directamente con Estados Unidos (60 mil en la industria automovilística) y los salarios son más altos. En pocas palabras, si asumimos que un cierto grado de desindustrialización en el primer mundo es inevitable, México compite más con China que con Estados Unidos y Canadá (aunque también lo hace con estos últimos). Hay que sacar una conclusión incómoda: el TLC funciona a base de salarios relativamente bajos, pero su contraparte fue la creación de 6 o 7 millones de empleos directos.

En 1994, la consigna de toda la izquierda podía ser, sin demasiadas complicaciones, “¡Abajo el TLC!”. Hoy eso ya no es posible. Exigir su cancelación implicaría darle la espalda a esas millones de personas que posiblemente perderían su empleo en el mediano plazo si vuelve un proteccionismo fuerte.

El problema de fondo al que se enfrenta cualquier proyecto anti-neoliberal en México es que el neoliberalismo ha sido parcialmente exitoso y que además ha tenido consecuencias totalmente distintas para los distintos grupos de la sociedad. Sus efectos produjeron una línea de ruptura entre el campesinado y los asalariados. La dificultad de formular una respuesta al TLC reside en que cualquier alternativa dejará fuera a uno de esos dos grupos.

Con las elecciones a menos de dos años, creo que la tarea es clara: si Estados Unidos está pensando en modificar el tratado, México tiene que debatir abiertamente el tema y empezar a pensar, siquiera como opción, en la posibilidad de un Mexit; una salida del TLC. Ese, por supuesto, es un tema incómodo para todos, incluyendo a López Obrador; y ante todo uno en donde hay una enorme diferencia entre la opinión pública y los deseos de las élites [1] .

Por Camilo Ruiz Tassinari

[1] Sólo 34 por ciento de los mexicanos creen que el TLC ha beneficiado al país, por el 71 por ciento de los “líderes” (Reforma: lunes 15 de agosto 2016).

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