¿Por qué un narrador vende las historias que no escribe?

Por Mara Wexler

Conocí a Fernando Peñaherrera durante la entrega del XVIII Premio Nacional de Narrativa Ernesto Pérez Masón, la primera de muchas ceremonias en las que premiaron una novela suya que él no escribió. Esa vez me tocó encontrarlo con el rostro cubierto por su inconfundible barba, blanca y espesa como la más despreocupada de las nubes. Cuando nos vimos por segunda ocasión —dos meses después, en Buenos Aires—, casi no lo reconozco porque traía la cara limpia y se le notaban con una claridad poco usual tanto la fina boca como aquellos rojos y brillantes cachetes.

La noche del Premio, Peñaherrera estaba sentado en la orilla de la sala, lejos de los periodistas, escritores y autoridades culturales para quienes se habían reservado los asientos de las primeras filas. Yo no me habría percatado de su presencia de no ser porque Caro Tavares se levantó de su asiento, justo a mi derecha, y comenzó a escanear la sala. Cuando le pregunté a qué o a quién buscaba, estiró su raquítico brazo para dirigir mi mirada hacia un hombre barrigón y de barba tremenda que veía el pódium desde la muchedumbre, acompañado por los estudiantes, las bibliotecarias y los fanáticos de la literatura y sus premiaciones. Caro agitó el brazo en el aire para llamar su atención, y éste, tras dudarlo un par de segundos, le devolvió el saludo con el mismo movimiento de brazo y una amplia sonrisa que se le notaba más en la orilla de los ojos que en la boca.

Antes de que pudiera preguntarle, Caro ya me había resumido el mito de Fernando Peñaherrera en cuatro o cinco oraciones, y una vez enterado, no tardé ni tres segundos en descifrar lo que significaba la presencia de aquel hombre en la premiación. Torcí el cuerpo con violencia y me le quedé viendo con una falta de disimulo de la que el mismo Peñaherrera fue incapaz de percatarse. Sus ojos estaban demasiado entristecidos en la contemplación de las luces amarillas que caían sobre el escenario.

Pronto la sala quedó a oscuras y Adolfo Roncesvalles se materializó con un haz luz detrás del pódium. Roncesvalles nunca fue lo que puede llamarse un orador ejemplar. Sufría, como muchos hombres librescos, de pánico escénico, pero sus labores como presidente de la Comisión Nacional de Artes Poéticas y Narrativas lo obligaban a estar en contacto frecuente con cámaras, micrófonos y demás aparatos intimidantes que acechan el terreno siempre expuesto que es la plataforma pública. Apretó la base del micrófono, limpió su garganta con un carraspeo y, casi podría decirse que con una sola bocanada de aire, pronunció un discurso en el que resumía la historia del Premio, su relevancia cultural —tanto para Perú como para toda América Latina— y una lista abreviada de ganadores, entre la que figuraban un par de nombres ya consagrados en los anales de las Letras Hispanas. El discurso se extendió por unos 20 minutos que aproveché para echar un vistazo, casi sin querer queriendo, por encima de mi hombro, en busca de Peñaherrera, o al menos su grueso contorno, en la oscuridad. Sólo pude distinguir un trozo de su barba, encendida tenuemente por las luces, y el brillo rebotado por sus anteojos de vuelta al escenario.

Por fin, Roncesvalles pronunció el nombre de Jorge Solís Gamorra, el ganador de aquella noche, y la sala volvió a la vida con aplausos. Una luz salió del techo y se colocó justo sobre Gamorra, un muchacho de apenas 29 años, algo fofo y con cabello chino, siguiéndolo en su caminata hasta el pódium desde el extremo derecho del escenario. Roncesvalles lo saludó con una mano y con la otra le entregó una copia de El cocinero de Stalin: un libro delgado de pasta roja y la obra receptora del premio. Luego dio un paso atrás, hacia las sombras, y dejó que el muchacho tomara su lugar en el pódium. Gamorra levantó el libro en el aire, sujeto con ambas manos, mientras la sala aplaudía con más fuerza, como si aquello fuera la formalización de un vistazo al niño que algún día será rey. Gamorra tomó el micrófono y el público cesó los aplausos casi de inmediato, a excepción de Peñaherrera, que siguió con su ráfaga de palmadas breves y enérgicas antes de caer en cuenta de que era el único en la sala que seguía haciendo ruido.

Cuando por fin hubo absoluto silencio, Gamorra dio arranque a su discurso, que en un comienzo perfilaba ser breve, pero como sucede comúnmente, se alargó más allá de lo esperado. Habló de su vida, de sus lecturas y de la manera en la que había trabajado la obra: los cómos, por qués y para qués. Fue entonces cuando aproveché para torcer el cuerpo una vez más en busca de Peñaherrera. De nuevo, sólo encontré leves rastros de su barba y sus anteojos evidenciados por las luces. Me le quedé viendo un rato, haciendo mi mejor esfuerzo por descifrar las facciones de su rostro abrigado por las sombras. Lo imaginé algo pálido, con los ojos empañados y la boca triste, escuchando en palabras de otro hombre los mecanismos detrás de una trama y unos personajes que él había concebido tres años antes en el estudio de su casa. Esa historia era suya, pero no pudo transferirla al papel, donde se convertiría en novela. Por eso tuvo que cederla a una mente más hábil, capaz de parir poco a poco, con una prosa fluida y elegante, las estructuras gestadas en su imaginación. Y ahora su historia recibía un premio, bajo otro título y adjunta a un nombre que no era el suyo. Esa sería su vida durante los próximos años.

***

Fernando Peñaherrera trabaja en un estudio del tamaño de un cubículo. Es ahí donde se le ocurren las cosas. La habitación es estrecha, con alteros de libros y papeles que se elevan hacia las grietas del techo, dando la impresión de que el cuarto es más alto y angosto de lo que en verdad es. La única luz de aquella tarde proviene de una ventana alta que filtra los rayos amarillos de la calle y los deja caer justo sobre el escritorio de madera.

Cuando llego, Peñaherrera está sentado, escribiendo. Su mano sostiene una pluma de tinta azul cuya punta arrastra sobre la superficie de una hoja tamaño oficio. Sus movimientos de muñeca son lentos; parece tomarse su tiempo en cada trazo, con la cara pegada a la página y el cuerpo muy inclinado hacia adelante, casi como si deseara meterse dentro de lo que escribe. Quien lo viera pensaría que lo que ocupa a ese hombre no es la escritura, sino el dibujo. Lo saludo y pregunto por lo que está haciendo; contesta que unos ejercicios de redacción. Cuando le pido que me los muestre, se abraza a la página y la aprieta contra su vasto pecho como un niño que se rehúsa a prestar su juguete. El estudio está lleno de libros. Detrás de Peñaherrera alcanzo a distinguir los lomos de varias novelas, muchas de ellas históricas y policiacas, con una que otro título de aventuras. También hay biografías, antologías poéticas y, encima del escritorio, justo al pie de sus codos, una torre de seis o siete volúmenes, todos ellos sobre escritura y redacción.

Peñahererra se pone de pie. Es tan grande que aún me cuesta creer la facilidad con la que maniobra su cuerpo dentro de un espacio tan pequeño. Se acerca con paso lento, colosal. Viste camisa roja y unos pantalones cafés de lana interrumpidos a la altura de la pantorrilla por un par de botas negras. Cuando al fin llega a la puerta, me pregunta si me gustaría tomar un café. Pensando en el fresco de afuera y en lo bien que me haría, le digo que sí. Entonces asoma la cabeza fuera del estudio y suelta un grito con el nombre de su mujer: “¡Martha! ¡Un café para la invitada!”.

En la mesa me entero más a detalle de lo que Caro Tavares me comentó sobre el mito de Fernando Peñaherrera, esta vez de boca del hombre en persona. Peñaherrera estudió la carrera de Historia en la Universidad de Lima y luego tomó un puesto de docencia dentro de la institución. Pasó varios años dando clase, en particular cursos sobre la Rusia del siglo xx y Roma durante la República. Pero siempre conservó un fuerte interés y ambición por lo literario. A Peñaherrera se le facilitaba mucho eso de imaginar ficciones, y su conocimiento histórico le permitió esbozar personajes de acciones y personalidades tan vastas como el tiempo mismo. Su sueño era ser novelista y que sus obras sirvieran no sólo de entretenimiento a sus lectores, sino como vehículos para los frutos de sus propias investigaciones y también para las teorías que había ido formulando acerca de la práctica historiográfica. Sin embargo, la primera vez que se sentó a escribir una novela, el resultado, dice, fue desastroso. Había pasado mes y medio dándole vueltas a la trama, dibujando y comparando varios esquemas narrativos y llenando página tras página con notas sobre frases, imágenes, estilo y los detalles más mínimos y aparentemente insignificantes de sus personajes. Pero cuando al fin se sentó a escribir, las frases, simplemente, no salieron.

—No sé, las oraciones me salían como rotas, defectuosas. Nunca me había pasado. Era como si mi cabeza se negara a contar las cosas, todas bien claras y esquematizadas.

Peñaherrera siguió intentando por varios años, con resultados siempre invariables. Quería escribir y le salían plastas de espuma, amorfas y evanescentes. Pero las historias le seguían llegando, imparables, como una transmisión de radio que él, el aparatito receptor, recibía e interpretaba para luego dejar la información guardada en algún rincón de su memoria, frustrado ante su incapacidad para transferirla en forma de palabras a la página. No obstante los fracasos, siguió haciendo notas y dibujando diagramas, en caso de que las frases comenzaran a salirle como quería; así tendría a la mano material suficiente para varias novelas.

Una tarde, Peñaherrera estaba sentado a la mesa con Alán Mora, amigo suyo y también su primer comprador. Se conocieron dando clases en la Universidad de Lima; Peñahererra trabajaba en el departamento de Historia y Mora impartía tres cursos para el de Literatura. Entablaron amistad casi de inmediato, hablando sobre historia antigua y el valor perdido de la letras decimonónicas. Esa tarde, Mora le dijo a Peñahererra que llevaba un par de meses intentando publicar de nuevo. Ya había logrado pasar por la imprenta un libro de ensayos y dos breves colecciones de cuentos, pero no había quien le aceptara ninguna de sus dos novelas, y no sentía que tuviera ideas que valiera la pena ensayar sobre el papel. Peñaherrera, en un arranque de irracionalidad artística que ni siquiera él ha logrado comprender, aún después de tanto tiempo, le insinuó a Mora que podría venderle un relato.

—Al principio como que no me entendió, o no me quiso entender. Le dije “Alán, yo tengo varias historias guardadas en la casa. Literalmente tengo 10 o 15 en un cajón. Puedo enseñártelas, y si alguna te gusta, me la compras”. Por supuesto que se rió, y siguió riéndose por un rato, pero luego vio que yo nada más lo seguía viendo, esperando a que me respondiera si sí o si no. Luego se puso muy serio. Se inclinó hacia mí, casi echándose encima de la mesa, y me preguntó si no me molestaba que usara una de mis historias. Le dije que no, que tenía mis razones para no escribirlas yo mismo, pero que no le iba a salir gratis. Entonces comenzamos a negociar, en voz baja, como si estuviéramos hablando de mercancía robada.

Para ahorrarle a Mora la pena de tener que descifrar el desorden de sus libretas, Peñaherrera eligió las cinco historias que a él le parecían las mejores y pasó en limpio los esquemas de sus respectiva tramas junto con una lista en la que se detallaba a cada personaje, más observaciones de relevancia temática y estilística. Puso cada una en una carpeta y le entregó las cinco a Mora la próxima vez que se vieron, esta vez para desayunar. Mora eligió Sempronio, tus dedos, por la que pagó 3 mil soles. La novela apareció en los estantes de las librerías poco más de un año después con el título de Los pies descalzos de Roma. Vendió muy bien, ganándole a su autor un lugar favorable en la industria editorial del Perú. Por supuesto, no hubo mención de Fernando Peñaherrera.

Pasaron dos años antes de que Peñaherrera tuviera su próximo negocio. Su segundo cliente fue Valentina Ronchi, una joven poetiza que había quemado varias de sus incursiones en el género de la novela. Contactó a Peñaherrera a través de Mora —con quien había salido por un tiempo—, apareciéndosele un sábado por la tarde frente a la puerta de su casa. Peñaherrera, quien se rehusó a vender en un principio, no pudo sino ceder cuando escuchó la oferta de Ronchi: 5 mil soles, de golpe, en efectivo. Preparó otras cinco carpetas y se las entregó a la poetiza el sábado siguiente. Ésta eligió una obra no titulada que puede ser descrita como una re-adaptación de la vida de La Maupin. Peñaherrera recibió sus soles y la novela fue publicada y bien recibida bajo el nombre de La mujer de la varilla filosa.

Después llegó un tercer cliente, y un cuarto, y un quinto. El nombre de Fernando Peñaherrera comenzó a mencionarse como una leyenda urbana entre los círculos artísticos e intelectuales de Lima. Luego su reputación atravesó los confines de Perú y empezaron a llegar correos desde Caracas, Buenos Aires, Guadalajara, Barcelona.

—De repente tenía un negocio. No era nada impresionante, pero ahí estaba; alguna gente me conocía y apreciaba mi trabajo, tanto que estaba dispuesta a pagar por él.

Peñaherrera siguió armando novelas y acomodándolas en carpetas para vender. Sólo guardaba un par de ellas, las que más le gustaban, por si algún día escribía las frases tal y como quería. También siguió ensayando su escritura, pero pasaban los años y aún le salía pura espuma.

***

Otra de las visitas a la casa de Peñaherrera me da la oportunidad de explorar su estudio con mayor detenimiento. Él me muestra los títulos que más le gustan, sus ediciones preferidas y el material al que vuelve con frecuencia, tanto por gusto como por necesidad. También me enseña, después de varios días de haberle insistido, algunas de sus hojas de ejercicios, pero sólo de lejos, lo suficiente como para que mis torturados ojos sean incapaces de leer lo que arman las letras.

Al final del tour, saca seis cajas de debajo del escritorio. Son de madera, como las que se usan para empacar naranjas, pero estas están llenas de libretas de varios tamaños. Peñaherrera toma una de las más chicas y la coloca cerca de mi mano. Yo la tomo, la abro y hojeo sus arrugadas páginas. Casi todas están cubiertas hasta los márgenes de una caligrafía gruesa y, al menos para mí, ilegible. Peñaherrera me pasa otras libretas más grandes y llenas de lo mismo, a excepción de unas que también contienen diagramas de formas geométricas salpicados con palabras. Son, me dice, sus historias. O más bien los esbozos y fragmentos de ellas.

Atardece y el haz de luz soñolienta que se filtra por la ventana nos invita a tomar asiento entre los alteros del caos. Peñaherrera va a la cocina por una silla para mí y luego se sienta en su lugar, tras el escritorio. El sol le cae en el costado del rostro, encendiéndole las barbas y un rizo de cabello gris.

—¿No le molesta?

—¿Qué cosa?

—¿Que otros escriban sus historias?

—No, para nada. No es como si me las estuvieran quitando. Pagan por ellas. Y creo que pagan muy bien.

—¿Tiene muchos clientes?

—Fíjate que no. Son muchos menos de los que podría pensarse. Los que me buscan lo hacen a tientas, como si no estuvieran seguros de lo que pasará. Hasta parece que lo hacen con miedo.

—¿Miedo a qué?

—No sé. ¿A que los atrapen?

—Pero mucha gente sabe que usted existe, ¿no? Conocen lo que hace, y cómo lo hace.

—Sí, en eso tienes razón. Creo que lo que más atemoriza a un escritor es sentirse incapaz de crear sus propios mundos. Venir a mí es confesarse a sí mismos que están secos, y no les gusta.

—¿A usted le daría miedo?

—No sé, no soy escritor.

—¿Entonces qué es?

—No sé. Pero yo no escribo.

La luz de la calle se enfría, bañando el cuerpo de Peñaherrera con un tono azul muy apagado. Sus ojos se dilatan. No puedo distinguir bien su color detrás de las gafas.

—¿Qué hace entonces?

—Soy muy bueno imaginando cosas. Las imagino y luego las organizo en forma de historias dentro de mi cabeza. No siempre son buenas, pero me divierto. Escribiéndolas no. Me duele. No me sale nada, y me duele.

—¿Por qué cree que sea eso? Que no le salga nada.

—No lo sé. Escribo y las palabras se me hacen pedazos. Las historias no me salen vivas de la cabeza; caen sobre el papel como un balbuceo, y creo que ni eso siquiera. Son chatarra. Es como si algo las aplastara en el camino.

Peñaherrera deja caer su cabeza y poco a poco le pierdo los ojos. Está mirando sus libretas, o su escritorio, o tal vez nada en especial, sólo el vacío del espacio. Escucho su aliento, yendo y viniendo como un suspiro que tiene el descaro de volver. Comienza a hacer frío en el estudio. Lo siento en mis manos.

—Supongo que también estoy seco, pero de otra manera. Ellos no pueden crear, y por eso vienen a mí; yo no puedo escribir mis historias, y por eso los dejo venir. Creo que es lo mejor, porque luego las historias no salen, nadie las conoce, y no es por nada, pero son buenas historias. Si yo no puedo hacer nada con ellas, es mejor dejarlas en manos de los que sí. Ellos les dan cuerpo, les hacen justicia.

Afuera ya está casi oscuro. Apenas si puedo ver a Peñaherrera, a distinguir su grueso contorno tras el escritorio. Como aquella noche del Premio, cuando lo vi por primera vez, intento descifrar sus facciones, pero las sombras vuelven a abrazarlo y a esconderlo de mis ojos. Lo imagino, de nuevo, con el rostro hecho ceniza y la boca estirada en un esfuerzo por dejar de temblar, pensando en sus palabras que caen sobre el vacío de la página sólo para quebrarse en el aire y llegar hechas pedazos hasta el papel.

Pasan un minuto o dos de puro silencio, luego escucho pequeñas ráfagas de aire siendo inhaladas con fuerza, como cuando alguien recibe un susto. Aquello continúa escuchándose por un momento. Después, nada.

*Texto publicado en Filo de la letra (2019).

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