Ilustración de la serie ‘Muros de Marsella II’

Tres meses después de ser forzada a tener un aborto clandestino, comenzó mi cuarto embarazo.

Vivía como invitada en la casa de mi mejor amigo y estaba sumida en una relación destructiva y violenta. Fue el peor embarazo de todos, en vez de recibir atención médica, descanso y buena alimentación, pasé por golpes, corretizas en la madrugada, gritos, llanto, miedo, amenazas y desnutrición. Fumé bastante, nunca creí que mi hijo pudiera sobrevivir a todo eso, nunca creí que yo pudiera sobrevivir a todo eso.

Estaba prácticamente sola a pesar de compartir la casa con 4 personas. Tenemos bien aprendido aquello de no meterse en los problemas ajenos y eso es lo que cobra la vida de muchas mujeres que viven violencia doméstica. Mi familia no estaba cerca y no tenía amigas, no existían mis redes de apoyo y al parecer yo debía aguantar todo esto “porque me lo había buscado sola”. Me pregunto si hubieran pensado lo mismo si un día mi pareja decidía matarme a golpes, mientras yo tenía un embarazo de 6 meses.

Recuerdo la impotencia de no tener dinero ni comida ni fuerza para irme de ahí, para dejar esa relación y pedir ayuda. Recuerdo sentirme un completo fracaso y tener vergüenza suficiente como para aguantar hasta morir o matar. Recuerdo lo vulnerable que me sentía, el miedo que me acompañó varias veces mientras huía de él sabiendo que más tarde tendría que volver a su lado. Él era todo lo que yo tenía.

Mi abuela y mi padre salvaron mi vida tal vez sin saberlo. Pude hacer una llamada y sacar mis cosas en menos de una hora, mi abuela me recibió tan llena de amor y de perdón como hace siempre. En un par de días la abuelita había pintado la habitación y los muebles para el bebé y para mí, me sentía más tranquila pero no del todo, sabía que aún estaba en peligro. Dos semanas más tarde, la mañana del lunes 13 de septiembre de hace 6 años, desperté con el miedo y la certeza de que Santiago nacería ese día a pesar de que faltaban dos meses para la fecha del parto. Todo fue tan rápido, confuso, triste…

Los médicos dijeron que todo estaba bien, que sería otro parto, que sólo faltaban 3cm de dilatación. Algunos minutos más tarde cambiaron de idea al notar que el ritmo cardíaco del bebé disminuía en cada contracción, casi no hubo tiempo. “Avíseme si esto le duele” dijo el cirujano mientras rasgaba mi vientre, no me creyó cuando grité y respondí que dolía mucho; “hay una diferencia entre sentir y doler, usted está sintiendo pero no le duele”, decidí callarme.

Ahí estaba, una tripa pequeña y azul que salió de mí, no lloraba y no me lo acercaron. Supuse que, como con mis hijas, me lo mostrarían después de limpiarlo y realizarle las pruebas pero una médico me avisó que Santi no había podido respirar solito y lo iban a tener en vigilancia. La anestesia comenzó a hacer efecto, escuché y vi cosas horribles, sentí que me estaba muriendo y que nadie podía escucharme.

Después de varias horas me llevaron a una habitación, Margarita subiría a ver al bebé que estaba en terapia intensiva. Recuerdo su rostro cuando regresó, nunca la había visto así de triste, nunca había sentido tantas cosas emanando de ella hacia mí. Lloramos porque el pronóstico no era bueno y yo lloré un poquito más porque al fin me sentí acompañada, como si no tuviera que cargar todo yo sola.

Hoy quisiera tener palabras bonitas para Santiago, poder darle su regalo y un beso enorme de cumpleaños. Quisiera poder agradecerle a Margarita por ese acto de amor y por los que sigue teniendo cada día que puede tomarlo de la mano. Quisiera agradecer a papá y abuelita haber salvado mi vida y la de mi bebé.

Y me gustaría mucho poder perdonarme por ser tan ignorante entonces, por haberme culpado tanto, por exigirme tanto y por equivocarme, pero no puedo más que escribir esto poquito y llorar mucho, porque el alma y la corazona tienen sus particulares maneras de hacer las cosas.

Feliz cumpleaños, Santiago. Feliz vida.

Por Ary Rebollo

Comments

comments