Por Indira Kempis

Las dinámicas sociales han cambiado. De hecho, tal parece que la promoción del “cambio” o la “transformación” es un frenesí imparable. Nadie quiere volver a ser el mismo. Es más, si puedes ser diferente entre ayer y hoy o hacer cosas distintas, mejor. La estabilidad, la estática y la permanencia han pasado de moda. La gente busca experiencias, sensaciones, pensamientos. Los inventos contribuyen a que, además, estos cambios sean cada vez más vertiginosos y rápidos.

Entonces, los espacios públicos ya no se acomodan a la realidad. Se han convertido en explanadas obsoletas con algo de patrimonio cultural y ecológico a preservar que en espacios que incentiven la creatividad, la innovación, la inclusión y la democracia.

No es tampoco estar en contra de estos valores públicos o históricos que tienen los espacios, pero si hay algo de lo que adolecen estas plazas públicas es que son intocables, carecen de los servicios básicos y más bien “blindan” la oportunidad de la convivencia para todos.

Así pues en otras ciudades del mundo se ofertan reinventados lugares para la convivencia urbana que tienen elementos tecnológicos, de sustentabilidad, de integración comunitaria.

Esto, si bien es algo aceptado en las ciudades más avanzadas del mundo incluyendo a algunas en América Latina como Medellin en donde, por ejemplo, hay una plaza en donde puedes estar con los pies descalzos, en algunas como la nuestra –Monterrey- el concepto tradicional y clásico de las plazas sigue frenando otras ideas para la renovación de estos espacios.

Actualmente, en lugar de tener letreros de “favor de no pisar el pasto” o tener “enjauladas las lámparas”, la tendencia es jugar con los elementos del paisaje con la premisa “se vale tocar”, entre más toques el espacio se crean mayores experiencias de contacto. Entre más accesible más interacción o relación entre las culturas, la naturaleza con los animales y los humanos, lo local con lo global, la riqueza con la pobreza y la disminución de “bardas invisibles” que encierran a todos en espacios que más que para la convivencia, son de tránsito.

La cultura, el arte, la ciencia, también se han convertido en canales para crear identidad y estética con los espacios. Por ejemplo, lo hemos visto en la creciente actividad cultural, e incluso tecnológica, en el Barrio Antiguo de un año para acá que genera entonces nuevas demandas para la infraestructura con la que se cuenta.

Los espacios entre más abiertos son también provocan encuentros que promueven el ejercicio democrático del debate, la pluralidad o la diversidad de las ideas, que incluso cambian la imagen de la misma ciudad. Qué sería de Buenos Aires sin su Plaza de Mayo, por ejemplo, que la dinámica social de la protesta reorganizó el territorio y le generó otro valor espacial, gestada desde la propia comunidad.

Es, entonces, que esas condiciones actuales, deberían impulsar de manera urgente a asumir con responsabilidad el diseño ambiental en donde la ecología no sea sinónimo de árboles sino realmente de un sistema ecológico, donde la convivencia no sea el simple sinónimo de bancas para sentarse, donde dejen de estar “blindados” por la propia cultura del lugar, donde podamos llegar en cualquier forma de movilidad. Espacios seguros para crear experiencias que incluyan medios de activación tan importantes como los nuevos mercados solidarios, las actividades culturales, las comunidades migrantes o la gastronomía local. En donde la estética no sea determinada por las preferencias personales sino a partir de las necesidades comunitarias. También espacios en donde las autoridades nos demuestren en qué y cómo gastaron cada peso. En pocas palabras, espacios que sean un sinónimo de “favor de tocar”. 

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