Por María Guadalupe Rosas Jiménez

Diego Osorno, en su libro Contra Estados Unidos. Crónicas desamparadas, muestra un México donde el significado de la palabra “justicia” parece no existir; un México en el que reinan la impunidad, la violencia, la corrupción, el secuestro, la inseguridad, el atropello de nuestros derechos, la muerte; el salir al trabajo, la escuela, etc., sin saber si se estará de regreso. Este es el pan de cada día en cualquier rincón de nuestra amada República, sea en las grandes ciudades o en los pueblos bicicleteros. El hecho de contar con un negocito, ejercer un cargo público o tener un trabajo estable en el gobierno con buenos ingresos de alguna manera nos convierte en presa fácil para la delincuencia con fines de extorción.

Tenemos, por otro lado, la producción de drogas. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, con tecnología satelital y de GPS, los criminales se escondan bajo las narices de las autoridades? ¿Cómo es posible que la droga se vuelva invisible? Es posible porque el Estado así lo resuelve: haciendo como que no sabe quiénes son los productores, traficantes y consumidores.

La “Guerra contra las drogas” fue una estrategia que nuestro vecino del norte diseñó bajo la administración de Richard Nixon. Su intención no era acabar con las drogas, sino cerrar el paso a los indocumentados que entraban por la frontera entre Estados Unidos y México. Esta guerra fue además un instrumento de opresión contra las comunidades afroamericanas, a quienes se pintó a partir de entonces como una de las raíces del problema, pues el consumo se daba en mayor medida entre latinos y afroamericanos.

Y esto no lo es todo. El vecino del norte formó un centro de concentración militar para capacitar a miembros de dictaduras latinoamericanas que, después de un tiempo, desertaron y formaron la pandillas llamada Los Zetas, un grupo sanguinario que no sólo secuestra, mata y extorsiona, sino que también desaparece toda huella del su víctima sumergiendo el cuerpo en ácidos que están muy en uso entre esa gente sin valores, a la que no conmueve el dolor de una madre, de un padre o de sus propias víctimas, que suplican por su vida.

Son estas víctimas quienes protagonizan las innumerables historias de dolor; dolor que proviene de la manera en que fueron arrebatados de su mundo sus hijos, hijas, padres, madres, personas que fueron privadas de su libertad para ser vendidos a tratantes de blancas. Son tantas las historias que va recogiendo el poeta Javier Sicilia en su Caravana por la Paz. Y más que historias de horror, son historias de amor de los familiares que andan en busca de los cuerpos, aunque sea sin vida, de sus seres amados, a pesar de que quizá no logren saber qué fue de sus amados desaparecidos.

Parece que estas historias nunca dejarán de sufrirse, porque el gobierno, que se encuentra coludido con los delincuentes, son los responsables de que nuestro país se encuentre en la situación que vivimos. Tal es el caso de las desapariciones de Ayotzinapa, a las que el gobierno no del presidente Peña Nieto no ha dado solución y que parecen no importarle a la ciudadanía, que ignora el dolor de los padres campesinos de estos muchachos; los comentarios que uno escucha hacen pensar que si la delincuencia alcanzara a los hijos de políticos y empresarios, tal vez esa sería la única cosa que los haría voltear y comprender el dolor ajeno.

Las crónicas desamparadas son prueba de que la humanidad aún no es del todo inhumana, ya que en los lugares que atravesó la Caravana nunca faltó gente que compartiera pan, agua y una cobija. Pero esto, en mi humilde opinión, no es suficiente para vencer la violencia que habita nuestro país.

*Este ensayo fue elaborado como parte del Programa de Lectura y Redacción Crítica de la Sección 22 de la SNTE.

Comments

comments