Por Javier Marías

Ilustración de le serie ‘Mujer-mural Zapatista’

Cada vez va siendo más frecuente leer la noticia de que tal o cual obra artística, en tal museo o colección particular, ha resultado ser falsa tras nuevos dictámenes de más sabios expertos o tras la audaz confesión de algún falsificador demasiado vanidoso para llevarse a la tumba su secreto. La novedad más llamativa al respecto ha sido el reciente anuncio, por parte del famoso historiador de arte Federico Zeri, de que el celebradísimo trono Ludovisi de Roma, tenido durante un siglo por una de las joyas del relieve clásico griego (de hacia 460 antes de Cristo, dice la Enciclopedia Británica en el pie de foto), es el habilidoso producto de unos excelentes cinceladores decimonónicos. Zeri promete aportar las necesarias pruebas en un libro de próxima aparición, y a tenor de su inmensa reputación como connaisseur, cabe esperar que sean convincentes.

El propio Zeri, en su libro Mai di traverso, ha relatado cómo se hizo con un Libro de horas con miniaturas del siglo xv al ser desafiado por un lord inglés (en cuyo castillo pasaba un fin de semana) a que acertara la autoría del 80 por ciento de los numerosísimos y raros cuadros que el lord coleccionista albergaba entre sus muros. Según Zeri, acertó el 92 por ciento, y, en cumplimiento de la apuesta, le fue dado escoger un volumen de la asimismo rarísima biblioteca del arriesgado noble. Siempre según su relato, Zeri tuvo la generosidad de dejarlo luego como regalo en agradecimiento por la hospitalidad recibida.

Tenga o no razón Zeri, lo cierto es que en el mundo del arte no deja de progresarse en el conocimiento de lo que es falso y lo que es auténtico. Las obras de ese mundo están sometidas a perpetuo control y examen, y comisiones de incansables expertos internacionales cifrarán su mayor gloria en determinar qué debe o no pasar a la historia. En la literatura, en cambio, casi nadie se preocupa por cuestiones de autenticidad, la cual se suele dar por sentada desde la invención de la imprenta aun cuando haya habido un poeta notable, Thomas Chatterton, que tomó arsénico a los 18 años por culpa de un desenmascaramiento, y aquí aún no se sepa quién fue Avellaneda. En la literatura, en efecto, también hay falsificaciones (aunque su trascendencia sea infinitamente menor) y por tanto hay también recelos, según he podido comprobar hace poco personalmente.

En el curso de los últimos meses he publicado la traducción de tres cuentos (repartidos en dos revistas diferentes) de J. D. Salinger. De este mítico escritor neoyorquino se esperan y ansían nuevas obras, como es sabido, desde hace unos 25 años. Salinger es conocido por su negativa no sólo a publicar más o a que se reediten algunos de sus textos, sino incluso a que aparezcan fotos o datos biográficos suyos en las ediciones de sus libros o en la prensa. Esos cuentos, como explicaba yo en sendas notas que precedían a mis traducciones, son muy primerizos, de los años 40, y prácticamente sólo encontrables hoy en las hemerotecas norteamericanas. Pues bien, parece ser que el extraño y afortunado hecho de que yo dispusiera de los originales para traducirlos, y la propia y algo fantasmagórica historia que yo contaba en esas notas previas a propósito de una edición ciertamente espectral, han hecho que bastantes lectores se estén y me estén preguntando si los cuentos en cuestión no son una falsificación mía (lo cual me honra, ya que son buenos). Pero aún es más: hace poco, un crítico me confesaba que ni él ni algún otro miembro de su gremio habían sacado en prensa el menor comentario sobre la aparición de esos textos hasta ahora inéditos en español (y casi también en inglés) por temor a ser objeto de una burla por mi parte. Temían, al parecer, que su ojo clínico quedara desautorizado por una confesión mía posterior, al estilo de las de esos vanidosos falsificadores de los que antes hablaba. Huelga decir que no hice ni dejé de hacer tal confesión. Pero la verdad es que a esos críticos no puede reprochárseles enteramente la precaución, y para justificarlos, expondré el siguiente caso por mí padecido y por mí descubierto:

El narrador del célebre cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” terminaba su relato con las siguientes palabras, supuestamente escritas en 1947: “Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn-Burial de Browne”.

Cuando en 1983 yo acometí mi propia traducción de Urn-Burial o Hydriotaphia o El enterramiento en urnas, decidí, en cambio, olvidarme de la existencia de un Quevedo en mi lengua. Pero lo que sí tuve a mano fue la única versión que de algún texto de sir Thomas Browne, médico y prosista londinense del siglo xvii, se había publicado, según mi conocimiento, con anterioridad en español: la que el propio Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares habían ofrecido del extraordinario capítulo V de Urn-Burial (considerado por ellos una de las cumbres de la literatura inglesa) en la revista argentina Sur (número 111, enero de 1944). A diferencia del narrador de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, ellos habían dado al menos un capítulo a la imprenta.

Esa versión de Borges y Bioy es tan hermosa como inexacta. Pero sin duda su mayor mérito es el de ofrecer una fantástica particularidad: en ella aparece un fragmento de Hydriotaphia o Urn-Burial que no existe en el original inglés. Ni en el de 1658, ni en las ediciones modernas, ni tan siquiera en las abundantes marginalia que C. A. Patrides incluyó en la suya de 1977.

Pocos meses después de terminar mi traducción, Borges visitó Oxford, en cuya universidad yo me encontraba entonces enseñando literatura española y teoría de la traducción. Era el 9 de octubre de 1983, y el coloquio en inglés a que Borges se prestaba en Saint Peter’s College discurría plácidamente sobre sus temas predilectos, sin más sobresaltos que el del tañido de alguna campana, con las preguntas esperables y esperadas por parte de los dons y estudiantes oxonienses. En un momento dado, no pude resistir la tentación y pedí la palabra:

—Borges —dije (pues así pidió él que se le llamara durante el coloquio)—, en 1944 usted publicó, con Bioy Casares, una traducción del capítulo V de Urn-Burial, de sir Thomas Browne.

Borges hizo primero un aspaviento, el de cualquier hombre al que se le pide que retroceda 40 años de golpe, pero en seguida rememoró y asintió:

—Sí, es cierto, lo recuerdo.

—Yo he traducido ese mismo texto recientemente, y al examinar la traducción de ustedes he descubierto en ella un pasaje que no existe en el original. Quería preguntarle si recuerda haberlo inventado. Si en efecto lo inventó usted.

Borges fingió primero gran sorpresa, luego negó y por último, como quien ha sido cogido en falta, le echó la culpa a Bioy:

—¿De veras? No recuerdo tal cosa. Pero no, yo nunca me habría atrevido a añadir una sola línea a la incomparable prosa de sir Thomas, al que admiro tanto. Sería Bioy Casares, tal vez.

Yo estoy casi convencido de que Borges no dijo la verdad en aquella ocasión, quizá porque nos encontrábamos a pocos metros de Pembroke College, donde Browne estudió; en la ciudad de Oxford, donde se tiene al médico londinense por uno de sus hijos más preciaros. Se me ocurre que, de haberle hecho esa pregunta en español y, por ejemplo, en Madrid, la respuesta podía haber sido otra. Ya nunca lo sabré. Aunque aún cabe la posibilidad de preguntarle a Bioy Casares. Pero mientras esa consulta no se lleve a cabo, el fragmento apócrifo carece de paternidad, si bien tampoco puede decirse que sea anónimo. Y quizá sea preferible que esa consulta no se lleve a cabo, pues mientras tanto también es posible imaginar que el apócrifo se deba al narrador de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y que Bioy o Borges (al que tanto se parece ese narrador) se lo arrebataran en 1947 para darlo a la imprenta tres años antes, en 1944, en contra de su voluntad.

“Amplios son los tesoros del olvido, e innumerables los montones de cosas en un estado próximo a la nulidad; más hechos hay sepultados en el silencio que registrados, y los más copiosos volúmenes son epítomes de lo que ha sucedido. La crónica del tiempo empezó con la noche, y la oscuridad todavía la sirve; algunos hechos nunca salen a la luz; muchos han sido declarados; muchos más fueron devorados por la oscuridad y las cavernas del olvido. Cuánto ha quedado en vacuo, y nunca será revelado, de esos longevos tiempos en que los hombres apenas recordaban su juventud, y más que antiguos parecían antigüedades, cuando perduraban más en sus vidas que ahora en nuestras memorias”.

Éstas son las líneas que aún no son de Borges ni de Bioy pero que un día fueron de un Browne que sólo existió en español. Como suyas recuerdo que llegó a citarlas hace mucho Fernando Savater. Como suyas llegué a citarlas parcialmente yo mismo en 1982, cuando aún parecían ser uno de esos hechos que “nunca salen a la luz, tesoros del olvido”.

 

*Texto publicado en El País (1988).

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