Por Samantha Villareal Gatica

Darse la vuelta y mirar lo que fuimos a través de los recuerdos es un ejercicio que requiere sabiduría y paciencia, porque, claro, habremos de saber que eso que vemos en el pasado son reflejos de lo que podemos ver en nosotros mismos, desde el sitio en que observamos.


Me recuerdo a los 14 años, y tengo que decir que admiro la valentía y la voluntad echada hacia adelante para enfrentar, retar y destruir al mundo. Me recuerdo con 16 años, y me veo caminar con el iPod a todo volumen, con mis canciones favoritas, dispuesta a enfrentar cualquiera que fuera la consecuencia de mis actos. Como si incluso el malestar de las separaciones, las pérdidas o los castigos fueran un camino que de cualquier manera habría que caminarse.


En aquel tiempo no me distraía en disculpas ni pretextos para evitar esos incómodos episodios. Incluso encontraba cierta belleza en prepararme para “ese momento”, en el que asumía las derrotas sin mayor dramatismo. Como si ya hubiera perdido todo de antemano. La magia de aquellos años.


Hoy ya no cuento con la misma valentía permanente; más bien, tengo episodios. Llevo cerca de 40 días, por ejemplo, dándole la vuelta a una pregunta importante. 40 días eligiendo la ansiedad, la duda y la zozobra antes que el impacto frío contra el suelo de esas palabras que vuelven real el mundo de lo que nos imaginamos. Mi valiente manera de dar salida a toda esa ansiedad fue nadar más metros de los habituales en la alberca, y lo único que conseguí fue lastimarme el hombro de tal manera que ahora no lo puedo mover. Al parecer, preferí eso antes que caminar, abrir una puerta, sentarme y asumir mi derrota. Cobarde, cobarde, cobarde.


¿En qué momento comencé a acumular cuentas pendientes con tal de evitar el momento definitivo? Pareciera que con los años nos resignamos a escuchar que hemos perdido, como si en algún momento nos convencieran de lo contrario, es decir, que ganar es posible. Nada más falso. Siempre habremos de perder una parte de nosotros. En lugar de sumas, somos restas que se acumulan y buscan un milagro. Ahí radica el espíritu de la belleza.


Cuántos protocolos asumimos con tal de evitar esos momentos trascendentales; esas palabras que nombran y dan un lugar en el mundo a lo que sucede, con tal de guardar las formas. Con los años tendríamos que aprender a fortalecer nuestro sentido de la ética y la moral, sin que eso nos arrebate la valentía de nuestros pasos. Asumir el mundo y trabajar con ganas de alcanzar lo que se espera, o incluso dispuestos a recibir con dignidad las derrotas que nos hemos ganado a pulso de existencia. Pero se nos entibia el corazón.


Ojalá no perdiéramos de vista que la valentía es el único camino para defendernos y evitar convertirnos en masas que prefieren dejar de moverse antes que enfrentar la vida; una masa incapaz de defender su espíritu y voluntad, con tal de evitar el peso que deja asumir la vida.


Por eso, he decidido que a partir de hoy habré de recuperar esa habilidad para enfrentar mis derrotas como antes: con valentía. Así que mañana pondré en el iPod mis canciones favoritas, elegiré cuidadosa mi vestimenta, caminaré, abriré la puerta y tomaré mi lugar en ese sitio al que desde hace cuarenta días, le doy la vuelta. Alguien tiene que defender la valentía.

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