Por Guffo Caballero

Ilustración de la serie ‘Àcaro en la calle V’

Llamaron a la habitación a las dos de la madrugada.

¡No abras! –me dijo casi susurrando, con cierto sobresalto. Me puse de pie entre la oscuridad, tambaleante, medio dormido y medio despierto. Encendí la luz, me tallé los ojos y me acerqué a la puerta.

¿Quién es? –pregunté extrañado, aclarando mi garganta.

Soy el de la recepción, señor. Tiene una llamada –contestó una voz al otro lado del vitral opaco que decoraba la puerta.

No estoy esperando ninguna llamada –dije con sospecha.

Ella me observaba desde la cama, apretujando las sábanas contra su pecho. Noté su respiración agitada. Yo contenía la mía, como si ese acto agudizara mis sentidos.

Es que dicen que quieren hablar con usted, señor  –insistió la silueta borrosa.

¡No abras! –gritó.

¿Quién quiere hablar conmigo si no estoy esperando ninguna llamada? –pregunté.

No escuché nada. Sólo murmullos. La silueta seguía inmóvil al otro lado, como si hablara con alguien.

Dicen que usted ya sabe quiénes son. Que conteste, por favor –dijo el tipo.

¡No abras! –insistió ella. Me acerqué.

Cálmate, por favor… Si no abro, ¿qué?: ¿nos quedamos aquí? Si alguien quiere hacernos algo de todas formas van a tumbar la puerta.

Quité el pasador y abrí.

¿Qué pasó?, ¿quién me habla? –dije.

El hombre me extendió su teléfono celular con la mano temblorosa y los ojos muy abiertos: “Están preguntando por usted”.

Diga… –contesté la llamada.

Buenas noches, mi amigo. Usted está en el cuarto seis, ¿verdad? Responda nada más si es afirmativo –dijo una voz de hombre.

No, no estoy en el cuarto seis. ¿A quién busca?

Mire, amigo, no me eche mentiras; desde aquí lo estamos observando. Soy el comandante… –le devolví el teléfono al recepcionista instintivamente, como si mi brazo fuera un resorte.

Cuelga. Te están extorsionando –le dije.

Es que me dicen que quieren hablar con usted. Que están buscando a alguien. Me dijeron que no les colgara –insistió el hombre, extendiéndome el teléfono.

¡Cuelga! –dije enérgico, y cerré la puerta con pasador.

A los pocos segundos escuché cómo el celular sonaba de nuevo, el hombre tomaba la llamada y tocaba otra vez en nuestra habitación. Sentí una descarga de adrenalina que me estremeció el cuerpo como pocas veces lo he sentido.

¡Vámonos de aquí, por favor; tengo mucho miedo! –me dijo, mientras metía apresuradamente ropa y productos de aseo personal en las maletas.

No abrí la puerta. No recuerdo qué grité, pero los toquidos cesaron. Apagué la luz del cuarto y otra vez contuve la respiración. Me asomé por las ventanas que daban a la calle. Estábamos en primera planta. No había nadie afuera. El coche que habíamos rentado estaba a la vuelta de la esquina. No alcanzaba a divisarlo.

¡Vámonos de aquí por favor!

Le pedí que se tranquilizara para poder pensar con claridad las posibilidades. La persona que llamaba no había dicho mi nombre ni había adivinado el número de nuestra habitación, de seguro era una extorsión telefónica. Si era eso, «no pasaba de ahí», pensé; lo sospechoso era el recepcionista, que, o estaba muy idiota para seguir tomando las llamadas o estaba coludido con quien llamaba; por lo tanto, no era seguro seguir durmiendo en ese lugar. En mi inocencia –y dándole el beneficio de la duda– pensé que si el recepcionista hubiera estado involucrado, podría haber dado mis datos completos, para hacer más creíble la extorsión, pues los tenía a la mano. En conclusión: aunque estuviera 100% seguro que todo era una farsa, no íbamos a dormir tranquilos ahí.

El otro problema radicaba en abandonar a esa hora el hostalCasa Vilasanta, que, según TripAdvisor, tiene certificado de excelencia con 9.3 de calificación. Si era una típica extorsión telefónica, posiblemente no había nadie afuera; pero: ¿y si sí?  Fuera o no cierto, no quería que el miedo me venciera. Si hubiera estado yo solo, igual y cerraba la puerta y me volvía a dormir como si nada hubiera pasado. Pero iba con ella. No quería que le pasara nada ni que algo así arruinara nuestras vacaciones.

Le ayudé a meter lo que faltaba en las maletas. Le dije que buscara el teléfono de la policía o que llamara –o mensajeara– a unos conocidos, para que estuvieran al tanto de lo sucedido, en dado caso que sucediera algo más. Me asomé de nuevo a la calle. No había nadie. Sólo oscuridad. Salí del cuarto pensando que me encontraría al encargado de la recepción, pero no estaba. Me asomé a la recepción, que estaba al lado de nuestro cuarto, pero estaba vacía. Me llamó la atención que la habitación contigua estaba abierta, con las luces encendidas y unas maletas a la vista. Eché un ojo dentro, pero tampoco había gente. Entré de vuelta al cuarto. «¡Espérame aquí encerrada», dije, mientras tomaba las llaves del coche del buró. Salí corriendo del hostal. Fue entonces que me percaté que andaba descalzo y en calzones corriendo por la calle. Sentía burbujas en la panza y las piernas frías. Abrí el automóvil, subí, arranqué y lo estacioné frente al albergue. Entré y a lo lejos vi al recepcionista afuera de una habitación, con la mano extendida, como entregando el teléfono a otro huésped. Me miró y la puerta se cerró de golpe.

¡Cuelga ese teléfono! ¡Ya no contestes! ¡Entiende! –grité mientras me le acercaba, atravezando el patio interior de la hostería. El hombre me miraba con gesto compungido. Escuché como se ponían el cerrojo de la puerta de la habitación que acababan de cerrar. Dentro de mi rush de adrenalina, pensé: “¿Y si los extorsionadores están adentro del hostal?”, y, pues, casi me cago.

El teléfono móvil del hombre volvió a sonar y el hombre volvió a contestar. Se lo arrebaté, se lo apagué y se lo aventé a un sillón que estaba al lado de una maceta. 

¡No haga eso, señor! ¡Me tienen amenazado! ¡Aquí están afuera! ¡Van a venir por todos!
–Ya salí y no hay nadie –le dije.
–¡No salga! ¡No se vayan a ir, es peligroso! –me dijo.

En eso, ella salió de la habitación arrastrando una maleta, sosteniendo su teléfono con el hombro y una oreja. Gritaba la dirección del hostal, el número de nuestra habitación, nombres falsos y narraba lo que estaba sucediendo. Después, me confesó que no había hablando con nadie. 

¡Vengan rápido, por favor! –dijo, antes de fingir que colgaba.

Entré a la habitación por la maleta restante. Tomé una camisa y un pantalón que estaban a la vista y me calcé unas chanclas. Me vestí en dos patadas. Salí casi corriendo. Sólo alcancé a escuchar al hombre, que estaba arrodillado en el sillón donde yo acababa de aventar su teléfono móvil, diciendo: «¿Señora Dafne?… sí, soy yo: ¡estoy metido en un problemón!». La habitación contigua seguía con la puerta abierta, las luces encendidas y las maleta a la vista; pero nadie adentro. «A estos, o ya se los llevaron, o cayeron en la trampa y fueron a un cajero», pensé, recordando los tipos de extorsiones de los que tengo conocimiento.

Aventé las maletas en el asiento trasero y arranqué el coche. A la vuelta de la esquina había un Platina oscuro con los vidrios abajo. Dos tipos tenían los pies afuera del coche. Aquel tramo de calle, mirando por el retrovisor, pensando que encenderían el automóvil y nos perseguirían, fue eterno. Me metí en contra en una avenida; también en una calle lateral; casi me subo en una banqueta cuando una camioneta negra salió a mi paso. Me tranquilicé para no ser presa del pánico y recorrimos la ciudad en busca de otro hotel.

Ya instalados en otra habitación, escribí en Twitter lo que había sucedido.

En la mañana regresamos al hostal Casa Vilasanta: había olvidado un par de camisas y unos zapatos en el clóset; aparte, exigiríamos que nos devolvieran el dinero de la noche anterior. Al llegar, había otro recepcionista. Nos dijo que estaban enterados de lo sucedido en la madrugada. Que «qué pena». Que había llegado la policía como a las 4 de la madrugada. Que eran llamadas desde una cárcel de Tuxtla Gutiérrez. Nos devolvieron los $500 pesos de la noche. Fui al cuarto por lo que había olvidado. La habitación que en la madrugada había estado abierta, encendida y con las maletas a la vista, ahora estaba cerrada. Le pregunté al encargado si había huéspedes ahí. Me dijo que sí: que desde el jueves estaba ocupada esa habitación. No quise indagar más. Salimos con rumbo a Santa María del Oro.

Y así fue…

Creo que alguien se aprovechó del estado de shock que vivía la ciudad para hacer esto, pues llegamos a Guadalajara un día después de que grupos criminales casi incendian Jalisco. La prohibición de las drogas y la ordeña de combustibles (y la corrupción, y el analfabetismo, y la desigualdad social, etc.) tienen a este país en la jodidencia total. La verdad, no pensaba en que nos pudiera suceder algo. Ya no pienso en eso, a pesar de que el país en que vivimos amerita que uno ande todo el día neurótico. Desde hace tiempo que no es un mecanismo de defensa actuar con miedo a pesar de todo lo que se entera uno. Ya decidí que unos imbéciles que tienen a México en guerra porque son capaces de matar por droga, gas y petróleo, no me van a robar mi paz a la verga.

A pesar de esta desagradable experiencia, pienso que Guadalajara es una ciudad maravillosa, arbolada, amable, limpia y con un clima envidiable. Aunque, estoy consciente que le falta mucho, sí siento que Guadalajara es todo eso que Monterrey no ha logrado ser en un chingo de aspectos (apertura mental, diversidad sexual, respeto medioambiental, cultura vial, peatonal, cervecera, gastronómica, ecológica, ciclista, foodtruckera, etc.). Y, pues, es una verdadera lástima; en verdad, snif. Con tanto «somos más los buenos que los malos» y tanto tipito «orgullosamente regio», y seguir en retroceso. ¡Qué raro!

Y sí: no faltará el imbécil –nunca falta ese puto imbécil– que diga: «PhueZ Zi No Te GuZtha MonteRReY no BiBaz aKi, GufffFo», y pues, querido imbécil cuya respuesta es ésta cada que alguien critica tu ciudad, te digo: no has entendido nada de nada con esa hueva mental que te cargas, fruto de tu conformismo, tu insensibilidad y tu cero objetividad al ver la triste realidad de nuestra metrópoli. El que debe irse eres tú, no yo. Tú le haces más daño que yo con tu puta pasividad.

Por último: ¡vayan a Guadalajara!

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