Por Camilo Ruiz

Hasta la ciencia política oficialista admite que la Unión Europea ha sido, hasta la fecha, un proceso conducido por las élites —elite-driven process lo llaman—. No hay mejor definición para la construcción europea que ésta. En los últimos años, las élites europeas han intentado sancionar democráticamente a la UE, proyecto que tuvo un éxito relativo al principio.

En los sesenta la gente iba a votar y participaba con cierto interés en los referéndums o en las elecciones al parlamento europeo. Pero de unos años para acá, eso cambió completamente. El partido abstencionista es mayoría absoluta, y a menudo mayoría calificada en el continente que inventó la democracia. En varios países del antiguo bloque soviético el abstencionismo alcanza niveles superlativos —87 por ciento en Eslovaquia—. Eso es lo primero que hay que tener en mente cuando uno ve los resultados de las recientes elecciones al parlamento europeo: la extrema derecha o los soberanistas ganaron sólo porque la mayoría de la población no fue a votar.

Habiendo dicho lo anterior, hay que admitir que el empuje de la extrema derecha en varios países es escandaloso. En Francia e Inglaterra, partidos antiinmigrantes quedaron en primer lugar, por encima de los dos partidos tradicionales -conservadores y socialdemócratas. Resultados de miedo se dieron también en Grecia —donde Alba Dorada sacó casi el 10 por ciento de los votos—, en Austria, etc.

Esto fue lo que acaparó, merecidamente, las portadas de los diarios. No es poca cosa que el Frente Nacional, cuyo presidente vitalicio dijo hace un par de semanas que tres meses de ébola resolverían los problemas migratorios de Francia, saque más votos que el partido del presidente y que la derecha tradicional. Pero no es lo único, ni es tampoco un fenómeno paneuropeo.

Algo que ha quedado oscurecido por las noticias acerca de la extrema derecha ha sido el éxito electoral de partidos o coaliciones a la izquierda de la socialdemocracia tradicional y en contra de la austeridad. El principal de éstos es Syriza, en Grecia, consentidos de Slavoj Žižek. Fenómenos similares se han dado en Portugal y España, donde un frente nacido del movimiento de los indignados se volvió, de la noche a la mañana, la cuarta fuerza nacional y sacó el doble o el triple de eurodiputados de lo que predecían las encuestas.

En total, pues, salvo en Italia y Alemania, son los extremos los que han triunfado. La mayoría de los partidos tradicionales de la burguesía europea sufren porque, independientemente de sus colores, desde la crisis han tenido exactamente la misma política económica de abandono del estado de bienestar. Los diferentes partidos se han vuelto uno solo: el partido de la austeridad. En Europa hay cada vez más lugar para el centrismo: si la crisis continúa, no hay que descartar un cambio radical en el panorama político del viejo continente. Ya vivieron demasiado.

Ante esto no es sorprendente que otras opciones llenen el vacío político. El problema es que, hasta ahora, la extrema derecha ha sabido capitalizar mejor que la extrema izquierda esta demanda política. En el fondo, sus respuestas son más simples: es más fácil culpar del desempleo a los inmigrantes que al capitalismo. El inmigrante está ahí, físicamente, el capitalismo no; esa sencillez discursiva les ha dado una ventaja. Hay que admitir, para desgracia del marxismo, que buena parte de estos partidos, sobre todo el FN francés, tienen su base social entre el proletariado. Más del 40 por ciento de los obreros franceses que votaron lo hicieron por Le Pen. Parece ser, en general, un segmento de la clase obrera de sectores tradicionales de la economía y poco redituables, alejados de los grandes centros urbanos y de las grandes industrias.

Pero tal vez más importante es que la extrema derecha no tiene, o no necesita, de teoría del poder. Es decir, para ellos el poder del estado está ahí, esperando a ser tomado por ellos, y una vez que eso suceda, lo utilizarán para llegar a sus objetivos políticos: la expulsión de migrantes, reducción de impuestos, etc. Para la izquierda que se considera portadora de un proyecto de emancipación radical, el poder es el debate esencial: ¿se debe tomar el poder o se debe construir desde abajo una comunidad alterna que no esté sujeta a las normas de opresión tradicionales? Y si se toma el poder del estado, ¿qué se debe hacer con él?, ¿se debe llegar a él a través de los mecanismos oficiales de la representación democrática y luego utilizarlo para el bien de todos, o se debe asumir que al estado tal y como es no se le puede dar un uso para fines emancipadores? En general, los anti-austeridad europeos han evitado estas cuestiones, por lo tanto adolecen de una teoría del poder.

Estas preguntas, que son las mismas que acechan a la izquierda desde hace siglo y medio, son las que enfrentará esta familia de movimientos europeos anti-austeridad si su popularidad continúa incrementando y empiezan a ganar elecciones o a detentar puestos ejecutivos dentro del estado. Lo anterior asumiendo, por supuesto, que no sea la extrema derecha la que ocupe todos esos espacios. 

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