¿Cómo se construye la libertad individual?

Por David Foster Wallace

Ilustración por Cristina Guerrero

Estaban estos dos peces jóvenes nadando a lo largo y sucedió que de pronto se encuentran con un pez viejo que venía en sentido contrario y que los saludó con un “Hola chicos, ¿cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes continuaron nadando hasta que uno de ellos volteó la mirada hacia el otro y le dijo: “¿Qué diablos es el agua?”.

Esta es una costumbre “estandarizada” que existe en los Estados Unidos para los discursos de graduación: el despliegue de pequeñas historias didácticas a modo de parábolas. Y este tipo de historia resulta ser una de las mejores y menos estúpidas convenciones del género. Ahora bien, si ustedes están preocupados por que me vaya a presentar como ese viejo y sabio pez que les explica a ustedes, los peces jóvenes, qué es el agua, por favor, no lo estén. Yo no soy ese viejo y sabio pez. La lección inmediata de la historia del pez radica en que la más obvia, ubicua e importante de las realidades suele ser las más difíciles de ver y de hablar. Claro que establecida como una oración en inglés, ésta se nos presenta como una banal perogrullada. Pero el hecho es que en las trincheras del día a día de nuestra existencia como adultos, las perogrulladas banales pueden tener una importancia de vida o muerte. Y así es como yo se los quiero sugerir en esta seca y tierna mañana.

Por supuesto que el más importante requisito en discursos como estos radica en que yo debo hablarles sobre el “significado” de su educación en Artes Liberales, en tratar de explicarles por qué el grado que ustedes están a punto de recibir tiene un valor humano real en vez de una simple retribución material.

Entonces empecemos hablando de este simple y poderoso cliché que se da dentro del género de los discursos de graduación, ese que dice que la educación en Artes Liberales no trata tanto de llenarlos de conocimiento, sino, cito, “enseñarles a ustedes cómo pensar”. Si ustedes son como yo cuando era estudiante universitario, nunca les ha gustado escuchar esto, y suelen hasta sentirse un poco insultados, esto bajo el reclamo de que en realidad no necesitan a nadie que les enseñe cómo pensar, ya que el haber sido aceptados en una universidad lo suficientemente buena y prestigiosa como esta parece prueba de que saben hacerlo. Pero les voy afirmar a ustedes que este cliché sobre las Artes Liberales resulta no ser tan insultante como podría creerse, porque la educación realmente significativa del pensamiento que se supone adquirimos en un lugar como este no tiene que ver tanto con la capacidad de pensar, sino con nuestra elección con respecto a qué vamos a pensar. Si su total libertad de elegir qué pensar les resulta un tema demasiado obvio como para perder el tiempo en hablarlo, les voy a pedir que piensen en el pez y el agua y que pongan entre paréntesis, sólo por unos cuantos minutos, su escepticismo acerca del valor de lo totalmente obvio.

Aquí les tengo otra de esas historias breves y didácticas. Están dos tipos sentados en un bar de uno de esos lugares salvajes y remotos de Alaska. Uno de ellos es religioso, el otro es ateo, y están discutiendo la existencia de Dios con esa especial intensidad que viene luego de la cuarta cerveza. El ateo dice: “Fíjate, no es que no tenga una razón para no creer en Dios. No es que no haya experimentado nunca con todo este asunto de Dios y la oración. El mes pasado quedé atrapado lejos del campamento en una de esas terribles tormentas de nieve. No podía ver nada y estaba absoluta y totalmente perdido a cincuenta grados bajo cero. Entonces lo intenté, me arrodillé en la nieve y dije: ‘Dios, si hay un Dios, estoy perdido en esta tormenta de nieve, ¡y voy a morir pronto si tú no me ayudas!’” En el bar, el tipo religioso miró al ateo con total perplejidad: “Bueno, entonces ahora debes creer”, le dijo. “Después de todo, aquí estas, sano y salvo.” El ateo entornó los ojos y respondió: “No, hombre, todo lo que sucedió fue que de pronto aparecieron un par de esquimales y me mostraron por dónde era el camino de regreso al campamento”.

Es muy fácil entender esta historia bajo cierto tipo de análisis estandarizado dentro de las Artes Liberales: una misma experiencia puede significar dos cosas completamente diferentes, en dos personas diferentes, que tienen a su vez dos modelos de creencias diferentes y dos métodos diferentes para construir sus propios significados a partir de la experiencia. Y porque apreciamos la tolerancia y diversidad de creencias, de ninguna manera en nuestro análisis del tipo Artes Liberales querremos señalar que la interpretación de uno de ellos es la verdadera y la del otro la falsa o mala, lo cual está bien, salvo que nunca terminamos reflexionando sobre el origen de estos patrones y creencias individuales, en el sentido que vienen del interior de estas dos personas, como si las más básicas orientaciones de una persona en relación al mundo y al sentido de su experiencia estuvieran de alguna manera enraizadas a su ser, al igual que su estatura o la talla de sus zapatos, o absorbidas automáticamente de una cultura, como en el caso del lenguaje. Como si la construcción de significados no fuera un asunto de elección personal e intencional. A todo esto hay que agregar el asunto de la arrogancia. El tipo que no es religioso confía plenamente en su decisión de descartar la posibilidad de que la aparición de los esquimales tuviera relación alguna con su ruego a Dios pidiendo ayuda. Cierto, también existen muchas personas religiosas que se muestran absolutamente arrogantes con respecto a sus propias interpretaciones, y probablemente son más repulsivas que los ateos, al menos para la gran mayoría de los que nos encontramos aquí reunidos, y el hecho es que el problema del dogmatismo religioso es exactamente el mismo que se muestra en la génesis del ateo: certeza ciega, una mentalidad limitada que produce un encierro de una totalidad tal que el prisionero ni siquiera sabe que está encerrado. El punto es que yo pienso que esto es un aspecto de lo que “enseñarnos cómo pensar” debería significarse: ser sólo un poco menos arrogante, tener un poco de conciencia crítica sobre mi ser y mis certezas, porque un inmenso porcentaje de las cosas que doy por hecho automáticamente son en absoluto equivocadas e ilusorias. Yo aprendí todo esto de una manera penosa y difícil, y les pronostico a ustedes graduados lo mismo.

Aquí les va un ejemplo de lo totalmente equívoco en algo que doy por hecho automáticamente: todo aquello que conforma mi experiencia propia e inmediata respalda la profunda creencia de que soy el centro absoluto del universo; soy la más importante, brillante y realista de las personas existentes. Y raramente solemos hablar de este tipo de naturaleza básica y egocéntrica porque es tan socialmente repulsiva, pero muy en el fondo es casi la misma para todos nosotros. Es esa disposición innata que se instala sólidamente desde el instante mismo en que nacemos. Piénsenlo de esta manera: no ha existido en sus vidas una sola experiencia en donde no hayan estado en el centro absoluto. El mundo tal como ustedes lo experimentan se encuentra justo frente a ustedes, o atrás de ustedes, o su izquierda o a su derecha; está en sus televisores, en sus pantallas del ordenador o donde sea. Los pensamientos y sentimientos de las otras personas tienen que ser comunicados de alguna manera, pero los suyos propios son tan urgentes, inmediatos y reales.

Por favor no se preocupen de que me esté preparando para sermonearlos acerca de la compasión u otras directrices o las llamadas “virtudes”. Esto no tiene que ver con la virtud, sino con mi elección de realizar mi trabajo, que consiste en alterar o liberarme de algún modo de mi estado natural, preestablecido, el de ser profunda y literalmente egocéntrico, de ver e interpretar todo a través del lente del “Yo”.

Las personas que pueden ajustar esta disposición innata de esa manera son usualmente descritas como “bien adaptadas”, y desde ya les indico que no estamos ante un término accidental.

Dado el posicionamiento académico de este lugar, una pregunta obvia es qué tanto de este trabajo de ajuste de nuestras disposiciones innatas involucra verdadero conocimiento o intelecto. La pregunta se vuelve muy engañosa. Quizá lo más engañoso con respecto a una educación académica, al menos en mi caso particular, es que ésta facilita mi tendencia a sobre-intelectualizar las cosas, a perderme en pensamientos abstractos dentro de mi cabeza en vez de simplemente prestar atención a lo que está sucediendo frente a mí, prestar atención a lo que está sucediendo dentro de mí.

Como ustedes seguro ya saben, es extremadamente difícil mantenerse alertas y atentos en vez de quedar hipnotizados por el constante monólogo que se genera en nuestras cabezas (que podría estar pasando ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación, he venido entendiendo poco a poco que ese cliché de Artes Liberales, el de “enseñarles cómo pensar”, es la abreviación de una idea más profunda y seria. “Aprendiendo cómo pensar” en realidad significa “aprendiendo cómo ejercer algo de control sobre cómo y qué pensar”, significa estar lo suficientemente conscientes y al tanto para elegir a qué ponerle atención y cómo construir significados a partir de experiencias. Porque si ustedes no pueden ejercer este tipo de elección en sus vidas adultas, entonces se encontrarán totalmente perdidos. Piensen en ese viejo cliché que dice: “La mente es una excelente sirviente pero una pésima maestra”. Este, como muchos clichés, tan pobre e intrascendente a simple vista, expresa en el fondo una gran y terrible verdad. No existe el más mínimo rastro de coincidencia en que la mayoría de adultos que se suicidan con un arma de fuego se disparen en la cabeza. Le disparan a esa terrible maestra. Y la verdad es que la mayoría de estos suicidas ya estaban muertos mucho antes de jalar el gatillo. Y yo suscribo que este es el valor verdadero que su educación en Artes Liberales supone tener: cómo mantenernos alejados de esas confortables, prósperas y respetables vidas adultas que están muertas, inconscientes y esclavizadas por sus propias mentes y disposiciones innatas de estar única, íntegra e imperiosamente solos, día a día.

Todo esto les podrá parecer hiperbólico o una abstracción sin sentido, por lo que les sugiero ir a lo concreto. El hecho simple es que ustedes graduados aun no tienen la menor idea de lo que realmente significa el “día a día”. Sucede que hay porciones grandes y enteritas de la vida adulta estadunidense de las que nadie habla en los discursos de graduación. Una de esas porciones involucra aburrimiento, rutina y pequeñas frustraciones. Los padres y personas mayores que se encuentran aquí presentes saben a lo que me estoy refiriendo.

A manera de ejemplo, digamos que este es en un día promedio en la vida de un adulto. Se levantan por la mañana, se dirigen a ese exigente trabajo de oficina de recién graduado y trabajan duro por ocho o diez horas, y cuando termina el día sienten cansancio y algo de estrés y lo único que quieren es ir a casa y tener una buena cena y tal vez relajarse una hora para luego meterse a la cama temprano porque, por supuesto, tienen que levantarse al día siguiente y hacerlo todo de nuevo. Pero entonces recuerdan que no hay comida en casa. No han tenido tiempo de hacer las compras debido a las exigencias de su empleo, así que después del trabajo tienen que meterse al coche y conducir al supermercado. Es el fin de la jornada laboral y el tráfico está como de costumbre: horrible. Entonces el viaje al supermercado se prolonga mucho más de lo debido, y cuando finalmente llegan, el lugar está abarrotado, porque por supuesto que esa es la hora que otros trabajadores aprovechan para hacer sus compras. La tienda se ve horrible, con sus luces fluorescentes y su sonido muzak o pop corporativo destruye-almas, y es prácticamente el último lugar en el que quisieran estar, pero no pueden entrar y salir así de rápido; deben que deambular los pasillos de esta sobre-iluminada y gigantesca tienda en busca de lo que necesitan, y tienen que maniobrar su vetusto carrito entre otras personas que también deambulan cansadas y apuradas con sus carritos; y los viejos con su glacial lentitud; y las personas espaciosas; y los chicos con ADHD. Todos bloqueándoles el paso por los pasillos, pero ustedes aguantan mordiéndose los dientes y tratando de ser educados, solicitando permiso para pasar y finalmente conseguir todos los productos y encontrarse con que no hay suficientes cajas abiertas para pagar a pesar de que es la hora pico y las pocas cajas disponibles están repletas de gente, lo cual les parece estúpido y los hace enfurecer, pero no pueden descargar su furia sobre la frenética mujer que atiende la caja registradora, que se encuentran sobrecargada en un trabajo cuyo tedio e insignificancia diarias sobrepasan la imaginación de cualquiera de los aquí presentes en este prestigioso college
Pero en todo caso, finalmente llegan al frente de la fila y pagan por su comida, no sin antes esperar a que una maquinita autentique su tarjeta o cheque para que finalmente les digan “Que tenga un buen día” en una voz que es y suena como la voz absoluta de la muerte.

Y a continuación tienen que llevar sus fofas y endebles bolsas de plástico llenas de alimentos en su carrito con una ruedita que gira locamente hacia la izquierda durante todo el recorrido a través de un atestado, sucio y agujereado estacionamiento para a continuación intentar cargar el coche de tal manera que nada se salga de las bolsas y así evitar que los productos rueden a lo largo y ancho de la maletera en el camino de regreso a casa, y luego tienen que conducir todo el trayecto de vuelta atrapados en un trafical de hora pico, lento, pesado, cargado de SUVs, etcétera, etcétera.

Por supuesto que todos los aquí presentes han pasado por esto, sólo que aún no se ha convertido en parte de la rutina de ustedes recién graduados, día tras semana tras mes tras año. Pero lo hará, eso y otras tristes, molestas y aparentemente absurdas rutinas. Excepto que este no es el punto. El punto es que en situaciones de agobio como esta es donde la labor de elegir aparece. Porque el tráfico congestionado, los corredores abarrotados y las largas filas para pagar dan tiempo de pensar, y si no tomo una decisión consciente sobre cómo pensar y a qué prestarle atención, me voy a sentir miserable y amargado cada vez que vaya al supermercado, porque mi disposición innata me dice que en situaciones como esa todo se trata de mí: de mi molestia, mi fatiga, mi deseo de llegar a casa.

Y me va a parecer que los demás están “en mi camino”, ¿y quién diablos son todas estas personas que se cruzan en mi camino? Y miren qué repulsivas son la mayoría de ellas, y que estúpidas y bovinas e inhumanas que se ven todas en la fila para pagar; o qué desesperante y grosero es que esas personas estén gritoneando en sus teléfonos celulares en plena fila. Y miren qué profunda y personalmente injusto es todo esto: he trabajado duro durante todo el día y estoy hambriento y cansado y ni siquiera puedo llegar a casa a cenar y descansar por culpa de toda esta gente.

O, por supuesto, si mi pensamiento predeterminado está dentro de las formas más socialmente conscientes del modelo de Artes Liberales, podría pasármela en el tráfico del fin de día sintiendo repugnancia por todas las inmensas y estúpidas SUVs tapa-carriles y Hummers y pick-ups V12 quemando y malgastando egoístamente su combustible desde esos tanques de cuarenta galones, y puedo fijarme en el hecho de que esos stickers patrióticos o religiosos de los parachoques siempre van pegados a los más grandes y asquerosamente egoístas vehículos, conducidos por los más feos, desconsiderados y agresivos conductores, que usualmente encontramos hablando desde sus celulares al tiempo que van cerrando el paso a los demás vehículos con tal de ganar sus veinte estúpidos metros hacia adelante en la congestión vehicular… Y puedo pensar en cómo los hijos de nuestros hijos nos van a despreciar por malgastar todo ese combustible del futuro y probablemente arruinar el clima, y de qué engreídos, estúpidos, egoístas y desagradables fuimos todos, y que esta sociedad moderna de consumismo no vale un bledo, y de esto y lo otro…

Si yo elijo pensar de esta manera en el supermercado y la carretera, bien, muchos de nosotros así lo hacemos, salvo que elegir pensar de esta manera tiende a hacerse de forma tan simple y automática que no tiene por qué ser una elección; es mi programación determinada, es la forma automática con la que experimento las partes aburridas, frustrantes y saturadas de la vida adulta. Cuando opero bajo esa creencia automática e inconsciente de que soy el centro del universo y que mis sentimientos y necesidades inmediatas son lo que debería determinar las prioridades del mundo.

El asunto es que existen obviamente diferentes maneras de cómo pensar estos tipos de situaciones. En todo este tráfico, con todos estos vehículos atascados y paralizados en mi camino, no es imposible que alguna de estas personas montadas en sus SUVs hayan estado involucradas en algún horrible accidente automovilístico y que ahora encuentran en el manejo una experiencia tan traumática que su terapeuta les recomendó conducir una inmensa y pesada SUV para así poder sentirse lo suficientemente seguras al volante; o que la Hummer que me acaba de cerrar el paso tal vez esté siendo conducido por un padre de familia cuyo hijito esté mal herido o enfermo en el asiento de al lado e intenta llevarlo raudamente al hospital, por lo tanto su prisa es mayor y más legitima que la mía, y en realidad soy yo quien se está cruzando en su camino; o puedo tomar la elección de forzarme a considerar la probabilidad de que todas las personas que conforman esas filas para pagar en el supermercado se encuentran tan aburridas y frustradas como yo, y que algunas de ellas de hecho llevan una vida más dura, tediosa y dolorosa que la mía.

Nuevamente, por favor no vayan a pensar que yo les estoy dando aquí un consejo moral o que yo les estoy diciendo “deberían de pensar” o que todos esperan que ustedes hagan esto de manera automática, porque es difícil, requiere de voluntad y esfuerzo, y si ustedes son como yo, algunos días no estarán en condiciones de hacerlo, o sencillamente no querrán hacerlo. Pero la mayoría de los días, si ustedes están lo suficientemente conscientes para darse la oportunidad de hacer una elección, podrán elegir mirar diferente a esa mujer gorda, insensible y sobredimensionada que le acaba de pegar un grito a su niño en la línea para pagar… Tal vez ella no suele ser así, tal vez ella se viene pasando tres noches seguidas sin dormir, tomada de la mano de su marido que está agonizando de cáncer en los huesos, o tal vez esa misma mujer es la empleada peor pagada del Departamento de Transporte Publico, que justo ayer fue quien ayudó a tu conyugue a resolver uno de esos problemas horrorosos y desesperantes a través de un insignificante acto de benevolencia burocrática.

Por supuesto que nada de esto es probable, pero tampoco resulta imposible; todo depende de lo que queramos considerar. Si ustedes están automáticamente seguros de saber lo que es la realidad y quién y qué es lo que realmente importa, si desean operar bajo su programación determinada, entonces ustedes, al igual que yo, probablemente no consideraran otras opciones que no sean irritantes y miserables. Pero si, por el contrario, aprenden cómo pensar, cómo prestar atención, entonces sabrán que tienen otras opciones. Estará realmente bajo el poder de ustedes el experimentar esas sofocantes, lentas e infernalmente abarrotadas situaciones no sólo como significativas, sino también como sagradas, encendidas con el mismo fuego que iluminó las estrellas: compasión, hermandad, la unidad mística que yace bajo todas las cosas. No que esas cuestiones místicas sean necesariamente validas; la única cosa que es Verdad con V mayúscula es que ustedes deciden cómo es que intentarán verlas. Esta —y yo lo suscribo— es la libertad de la educación verdadera, la de aprender cuándo ser “bien adaptados”. Ustedes pueden decidir qué tiene significado y qué no, ustedes pueden decidir qué alabar.

Porque aquí les va otra cosa que es rara pero cierta en las trincheras del día a día de un adulto: no existe eso que llamamos ateísmo. No existe tal cosa como no alabar algo. Todos alaban. La única elección que tenemos está en a qué alabar. Y una razón extraordinaria para elegir algún tipo de dios o entidad espiritual —llamémoslo J. C, Alá, Yahveh o la Diosa Madre WICCAN o las Cuatro Nobles Verdades, o un intangible set de principios éticos— es que cualquiera de estas entidades de alabanza, tarde o temprano, terminará comiéndolos vivos. Si ustedes deciden venerar el dinero y las cosas materiales, dándoles el más importante significado en sus vidas, entonces sentirán que nunca tienen lo suficiente. Es la verdad. Veneren a su propio cuerpo y su belleza y su encanto sexual y siempre se sentirán feos, y cuando el tiempo y la edad aparezcan, se habrán muerto un millón de veces antes de ser enterrados.

Estamos conscientes de estas cosas a cierto nivel porque han sido codificadas en nuestras mentes en forma de mitos, proverbios, clichés, fórmulas caducas, epítetos, parábolas; el esqueleto de toda gran historia. El truco está en mantener la toda esta verdad en la superficie de nuestra conciencia diaria. Veneren el poder y se sentirán débiles y con miedo y necesitarán aún más poder sobre los demás para poder mantener el miedo a raya. Alaben su intelecto para que los demás los crean listos y acabarán sintiéndose estúpidos y fraudulentos, siempre al borde de ser descubiertos. Y así sucesivamente.

Fíjense, lo más insidioso de estas formas de alabanza no es que sean diabólicas o pecaminosas, sino que son inconscientes, preprogramadas. Son ese tipo de alabanza hacia la cual uno se desliza, día tras día, volviéndose cada vez más selectivo con respecto a lo que se ve y cómo se mide el valor sin estar del todo consciente de que eso es lo que se está haciendo. Y el llamado “mundo real” no los va a disuadir de operar bajo sus propias disposiciones innatas, porque el llamado “mundo real” del hombre y el dinero y el poder tararea alegremente alimentado por el combustible del miedo y el enojo y la frustración y la sed y la alabanza misma. Nuestra cultura actual sujeta estas fuerzas en formas tales que ha generado extraordinarias riquezas, confort y libertades individuales. La libertad de ser los amos y señores de nuestros diminutos reinos del tamaño de nuestros cráneos, solos y en el centro de toda la creación. Este tipo de libertad tiene aspectos muy recomendables, pero por supuesto que hay diferentes tipos de libertad, y el tipo más preciado es aquel del cual ustedes no van a escuchar hablar afuera en ese inmenso mundo de triunfos, logros, despliegues y exhibiciones. El verdadero tipo de libertad involucra atención, y conciencia, y disciplina, y ser realmente capaces de preocuparse por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, y en una infinidad de formas insignificantes y poco atractivas, todos los días. Esa es la verdadera libertad, eso es ser educado y entender cómo pensar. La otra alternativa es la inconsciente, son las disposiciones innatas, la “carrera de ratas”, esa sensación constante y corrosiva de haber tenido y perdido algo infinito.

Sé que todo esto no les sonará agradable, ni con gracia o un gran contenido inspirador, como un discurso de graduación debería ser. Lo que es —hasta donde yo puedo ver— es la Verdad con V mayúscula, con una gran cantidad de porquerías retóricas dejadas de lado. Obviamente ustedes pueden pensar de ello lo que mejor les venga en gana, pero por favor no lo descarten como si fuera uno de esos sermones que la Dra. Laura, meneando los dedos, nos da… Nada de esto tiene que ver con moralidad, o religión, o dogmas, o esas maravillosas preguntas sobre la vida después de la muerte. La Verdad con V mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte, se trata del valor verdadero de una educación verdadera, que no tiene casi nada que ver con el conocimiento y todo que ver con simple consciencia; consciencia de lo que es tan real y esencial, que está escondido a plena vista en todos lados todo el tiempo que tenemos que recordárnoslo a cada instante una y otra vez.

Esto es agua”. “Esto es agua”.

Es inimaginablemente difícil hacer esto, mantenerse consciente y vivo en el mundo adulto día con día, lo cual significa que otro de los grandes clichés resultó cierto: su educación sí que es una labor de toda la vida, y comienza ahora mismo.

Les deseo mucho más que suerte.

Discurso en la ceremonia de graduación de la clase 2005 del Kenyon College.

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