Por Daniela Pastrana

Ilustración de la serie ‘Àcaro en la calle V’

 

Guerrero. Noviembre de 2006. El gobernador Zeferino Torreblanca lleva tres meses tratando de cerrar la Escuela Normal Rural Isidro Burgos. La crisis política por la cerrada elección presidencial lo obliga a posponer el “inminente choque” con los estudiantes. Ellos responden el desafío: “Los esperamos: estaremos más fuertes”.

Un año después, Torreblanca cumple su promesa. El violento desalojo de una protesta frente al Congreso estatal, el 14 de noviembre de 2007, ocupa las primeras planas de la prensa nacional.

Los tortugos -como se autonombran los estudiantes de esta escuela- saben lo que cuesta defenderla. Se llaman así porque la Normal ocupa lo que antes fue la Hacienda Ayotzinapa, que en lengua nahua significa lugar donde abundan las tortugas.

Son jóvenes de piel oscura y rasgos aindiados, que calzan huaraches y usan morrales de ixtle. Apenas rebasan los 20 años. Muchos son hijos de campesinos de comunidades lejanas en Guerrero -estado protagonista de gestas históricas y de masacres nada heroicas- que se preparan para ser maestros de campesinos en pueblos perdidos, a los que los profes urbanos no quieren ir.

Se levantan con el alba, hacen ejercicio, se duchan “a jicarazos”, y luego se van al trabajo de campo y político. “Son bragados”, dicen los guerrerenses que los quieren. “Son vándalos”, dicen quienes les temen. Pero, sobre cualquier cosa, son pobres.

Las 15 normales rurales que hay en el país son el último reducto de educación socialista que se aplicó en México entre 1934 y 1945. Operan como internados y tienen un sistema de autogobierno que incomoda mucho a los gobernantes. En 1969, Gustavo Díaz Ordaz cerró la mitad de las que había; las que quedan libran una batalla para no ser convertidas en universidades técnicas, porque los ideológos de la educación juran que México no necesita más maestros de primaria.

Los tortugos duermen en los cubis, habitaciones que no pasan de 10 metros cuadrados. A los 140 estudiantes que ingresan cada año les toca dormir en las cuevitas, como le dicen a un edificio hundido que tiene una veintena de cuartos en donde el frío cala. Para ellos no hay camas.

Duermen amontonados sobre cartón, colchonetas o petates.

Cuando estábamos todos, dormíamos 11 en mi cubi, hoy solo somos cuatro— dice Luis, un joven de primer ingreso que el 26 de septiembre no fue a botear a Iguala porque estaba enfermo y el médico lo mandó a su casa.

Quien sí estuvo esa noche es Uriel, alumno de segundo año al que todos le dicen Güicho.

Tengo un trauma  y cada vez que platico lo que pasó, me acuerdo, me dan ganas de llorar y no quiero llorar,  por eso ya no quiero hablar de eso — dice, mientras rompe una ramita.

Víctor, también de segundo semestre, está convencido de que lo que pasó fue para “ponerle miedo a la Normal”.

Nos han matado muchas veces.

¿Tienes miedo?

La verdad, sí. Porque cuando pasé todo esto y la gente se olvide, (los responsables) van a querer tomar venganza.

Víctor nos guía por los dormitorios de segundo y tercero. En uno de los cubis, una mujer se afana en limpiar el cuarto, cuyos únicos muebles son una litera y una mesa. En este edificio, las rejillas están cubiertas con cartones rejillas para evitar el frío y el techo está decorado con dibujos de manos. La mujer no ha regresado a su casa desde el 28 de septiembre, cuando vino a preguntar sobre su hijo desaparecido. Mientras pone veneno para ratas, porque todas las noches se oye su chillido, cuenta que el drenaje de los baños no funciona.

Luego se hace el charco de suciedad atrás del edificio, yo me preguntó ¿cómo pueden vivir así estos chamacos, cómo soportan el olor?

Habla de su hijo, un muchacho que logró entrar a la Normal hasta el tercer intento y apenas llevaba un par de meses ahí. Lo tuvo muy enfermo un año antes, cuando las inundaciones tumbaron el puente de Coyuca de Benítez.

Pasamos por un puente de madera, yo sola pasé con este chamaco. Estaba tan preocupada por él… y ahora esto…

Llora hondo, largo. Luego cierra la puerta y se queda sola con su tristeza.

De vuelta a las cuevitas veo a otro padre, que descansa sobre un tronco. Pienso en las pintas y murales que hay en toda la escuela y que hablan de la justicia, la libertad, el trabajo y la educación para los pobres. Pienso también en todo lo que hay que contar, y en todo lo que hay que mover, una y otra vez, para que el olvido no borre sus rostros ni su historia. Para que la impunidad no gane esta vez. Para que sea efectivo su mensaje: “Los esperamos; estaremos más fuertes”.

Publicado en Periodistas con Ayotzinapa

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