Un viaje a las profundidades de la ciudad de hierro

Por José Stalin Cruz

 

Salgo del hotel donde me hospedo con dirección a la glorieta de insurgentes. Mi destino es llegar a la estación del metro Pantitlán. La mañana es fresca, mi sistema respiratorio lo resiente; la avenida donde camino es demasiado ruidosa, como lo es toda la ciudad.

 

Busco entre mis pertenencias algún boleto de sobra que según yo había guardado tras algunos de mis viajes fugaces a esta vieja ciudad de hierro.


Estoy entrando a la glorieta. Bajando las escaleras, unos policías regordotes hacen guardia en lo que es seguramente es su comandancia. Antes de entrar al túnel de la estación Insurgentes, compro una botella de agua en un pequeño mini-súper. Camino con dirección a los torniquetes que dividen la entrada, bajo unas escaleras, donde masas de personas entran y salen. Algunos caminan solos, otros lo hacen acompañados. Ninguna sonrisa, ninguna mirada.

 

Caminan como si alguien los persiguiera; caminan contra el tiempo para llegar a su destino.


Llegando a los andenes, el espacio se inunda de un olor a neumático quemado. Una enorme fila espera la llegada del convoy. Cinco minutos después, una luz dentro del túnel se acerca anunciando su llegada con un fuerte pitido. Las personas entran despavoridas, obstruyendo la salida de los usuarios que emergen de los vagones. A empujones me toca entrar. La puerta del vagón se cierra una vez, se abre y vuelve a cerrarse, anunciando su arranque a la próxima estación. A lo lejos, al otro extremo del vagón, se escucha: “audífonos de colores, entrada universal, entrada 3.5”. Son los gritos de una señora vestida con un pants azul, sudadera de franela a cuadros y tenis negros con unas franjas blancas.


Pantitlán es una de las 163 estaciones del metro de la Ciudad de México. Se encuentra ubicada al oriente de la ciudad, entre los límites de la delegación Venustiano Carranza e Iztacalco. Es una terminal complementaria de las líneas 1, 5, 9 y A. Es, a la vez, la estación terminal de las tres primeras y la terminal poniente de la última línea.


Para llegar a Pantitlán saliendo de la estación Insurgentes, se pasa por 14 estaciones, entre ellas Cuauhtémoc, Balderas, Salto del Agua, Isabel la Católica, Pino Suárez, Merced, Candelaria, San Lázaro, Moctezuma, Balbuena, Bulevar Puerto Aéreo, Gómez Farías, Zaragoza y la monstruosa Pantitlán. De estas, seis son estaciones de transbordos. Ejemplo de ello son Balderas con la línea tres, que va de Universidad a Indios Verdes; Salto del Agua se cruza con la línea ocho, su dirección es Garibaldi-Lagunilla a Constitución de 1917; la estación Pino Suárez cruza con la línea dos, que va con dirección a Cuatro Caminos-Taxqueña; la estación Candelaria se cruza con la línea cuatro, que lleva de Martín Carrera a Santa Anita; y la estación San Lázaro se cruza con la línea B, que día a día se mueve con dirección Buena Vista a Ciudad Azteca.


Durante el recorrido, me llama la atención pasar la estación de Balderas por dos razones. Una de ellas es porque estoy en la estación que inspiró a Rockdrigo González componer la canción que lleva por nombre “Metro Balderas”. La segunda es porque veo una cantidad enorme de personas esperando a poder subir a los vagones. Lo mismo ocurre en la estación Salto del Agua, y en la estación Pino Suárez ni se diga: se encierra el calor, en la cara de los usuarios se ve el hartazgo de ir corriendo por llegar a tiempo a su destino, el ambiente se impregna de sudor humano, codazos, empujones. El recorrido dura aproximadamente 40 minutos. Estoy llegando a Pantitlán. Veo mi reloj: marca a las dos de la tarde con ocho minutos.


Bajo del vagón. Observo a mi alrededor a las pocas personas que caminan sobre la estación. Me extraña; seguramente es por aún no es hora pico. Conforme voy caminando e internándome más por Pantitlán, voy viendo enormes vallas por todos lados. Éstas se asemejan a jaulas de un reclusorio, jaulas en la selva de concreto. Las vallas hacen su tarea de dividir los pasillos y poder trasladarse a las correspondencias que tiene esta gran estación. Sigo caminando, observando en cada esquina cámaras de seguridad. Una calcomanía nos avisa, nos advierte: “Estación Segura”. Veo a través de unas ventanas transparentes a un par de policías fisgoneando en varias pantallas a los usuarios que ahí caminan.


Son muchos los túneles, muchas las escaleras, puentes, bajadas, subidas. Estoy en un punto desde donde puedo ver el paradero de microbuses más grande y caótico de la Ciudad de México. Sus rutas circulan aquí en la misma ciudad y otras se dirigen al Estado de México. Según fuentes oficiales, alrededor de un millón de personas diarias usan el paradero para su traslado.


Decido ir a buscar al o los administradores encargados de la estación. Mientras voy caminando, voy viendo a más personas entrar, pasar a mi lado, tal vez cambiar de línea o simplemente salir de la estación.

 

Llego a una pequeña oficina que cuenta con una diminuta sala de espera. Sólo se encuentran tres personas trajeadas con el logotipo del metro, demasiado elegantes; a ojo de buen cubero les calculo que no pasan de los 40 años. Después de un breve saludo, les hago saber la razón de mi visita. Les pido información sobre el significado de la estación Pantitlán y de sus antecedentes históricos. Los tres se quedan mirando, ninguno sabe decirme nada; sólo me responden que busque esa información en Internet. Me quedo perplejo por la respuesta, pienso que es una broma. Les vuelvo a preguntar, su respuesta es la misma.


Salgo de la diminuta oficina, muy sacado de onda ante la respuesta de los carismáticos funcionarios del metro. Sigo mi camino por los pasillos para poder llegar al andén de la línea cinco. El convoy sale con dirección a la estación Politécnico. En el camino, mientras subo y bajo escaleras, veo a muchas jóvenas y jóvenes que van rumbo al colegio, con mochilas de diversas formas y colores al hombro. Algunos traen uniformes con el logotipo del Colegio de Ciencias y Humanidades Azcapotzalco, otros traen el del Instituto Politécnico Nacional. Entre la multitud de personas que se concentran en los andenes, me llama la atención un joven a quien le calculo unos 20 años de edad. Tez clara, alto, delgado. Viste una playera blanca con el rostro de El Chapo estampado con la leyenda “Who is the King?; trae jeans azules, calza unos tenis de Nike. Mientras más se acerca, escucho que tiene dificultad para hablar. Pasa a lado de un par de jóvenes vestidos con batas blancas. Estos se ven a los ojos, lo hacen de una forma extraña; la sonrisa de ambos es burlona, y sueltan unas carcajadas. Cuando ven que los estoy observando, paran.


Me siento a un lado del andén a esperar y seguir buscando a alguna persona que retratar. El resultado en esa línea es nulo. Decido seguir transitando en busca de alguna persona a plasmar en esta crónica.

Me dirijo con rumbo a la línea A (Morado). El mismo rito: subir y bajar unas escaleras angostas, personas que suben, bajan, olor inmenso a drenaje, olor a sudor, pasillos largos, algunos demasiado solitarios.

Entro a un túnel con muy poca luz, todo se torna oscuro, la puerta tiene una enorme valla metálica pintada de color negro. En la entrada se encuentra un hombre vestido de playera azul, pantalón negro; sostiene en la mano un bote con el logotipo grabado de Un kilo de Ayuda, y a todo pulmón pide la solidaridad de los ciudadanos a donar una moneda que no afecte su economía, ya que de esa forma combatirán la anemia de quienes menos tienen. Mientras más me acerco a los andenes de la línea A, siento más y más calor, demasiado.


Antes de bajar a los andenes de la línea A, me quedo observando a mi alrededor. La luz del sol a duras penas alcanza entrar al andén. Sobre el pasillo, unos focos amarillentos alumbran a medias la oscuridad que ahí se percibe. La salida despavorida de unas ratas dentro de las estructuras férreas me hace observarlos con mucha atención. La famosa línea que muchos de mis amigo/amigas que viven en esta gran ciudad evitan luce vacía. Por ahora, no hay esos miles de usuarios que hemos visto en las fotografías de la tenebrosa Pantitlán esperando su turno para ingresar a los vagones.


“¡Congeladas de rompope, grosella, limón, tamarindo a cinco pesos!”, escucho gritar a una joven de piel morena, estatura mediana, dientes grandes como la de una mazorca, nariz chata, ojos redondos y enormes como la luna llena, cabello infinitamente negro. Me acerco para comprarle una congelada de tamarindo y me quedo a un lado suyo, elucubrando cómo podría empezar la plática. Me termino mi congelada, aún no se cómo empezar. Se me ocurre comprarle otra de sabor limón. Agarrando confianza, le comento que estoy buscando a una o varias personas para escribir una historia a partir de unas preguntas que tengo elaboradas. Le pregunto si está dispuesta a responder. Ella accede.


—¿Cuál es tu nombre?


—Juana Caballero.


—¿De dónde eres originaria?


—De Oaxaca.


—¿De la ciudad?


—No, de Huajuapan de León.


—¿A los cuantos años llegaste a la Ciudad de México?

—A los 13 años. Tengo 18 años y llevo viviendo cinco años en esta ciudad.


Mientras platico con ella, suelto cada una de mis preguntas para generar la conversación. Noto en ella un nerviosismo; mira constantemente a su alrededor. Estoy a la escucha de todo lo que me platica. Esa creo que es la cualidad más agraciada de un ser humano, sobre todo la de un cronista: escuchar. Veo que sigue incomodándose, no por mis preguntas ni por sus respuestas, sino por una persona vestida de traje gris quien nos observa a los lejos.


—¿Cuántas horas trabajas al día?


—Empiezo a las once de la mañana y termino a las seis de la tarde, normalmente así.


—¿Cuánto te pagan por esas horas?


—La patrona me paga 150 pesos por día.


Juana Caballero relata que vende de 150 a 200 congeladas diarias.

Sigo notando su nerviosismo. Le pregunto si se encuentra bien. Ella me dice con una pequeña sonrisa que tiene que estar cuidándose de los Boinas Azules, policías adscritos a la Secretaría de Seguridad Pública, así como de los PBI Rojos adscritos a la Policía Bancaria e Industrial, dos corporaciones policiacas de la ahora Ciudad de México.

Con estas anagramas es como Juana Caballero los nombra. La vida diaria de Juana transcurre entre golpeteos, jaloneos y gritos ensordecedores ofreciendo sus congeladas, las congeladas vuelan:
Una,
Dos,
Tres,


Cuatro congeladas son tomadas de la hielera por las manos morenas de Juana. Una señora con tres niños que esperan ansiosos a arrancar un pedacito de ese plástico para saborear y refrescarse de ese diabólico calor que se siente adentro de la estación.


—¿Has tenido problemas con ellos?


En algunas ocasiones me han retirado mi producto. He tenido que pagar una multa para poder sacar mi mercancía. En algunas ocasiones, si me va bien, me regresan algo. En dos ocasiones no me devolvieron nada.


Dice estar siempre pendiente de sus alrededores. “¡Congeladas de rompope, grosella, limón, tamarindo a cinco pesos!”, vuelve a gritar una y otra vez mientras conversamos de la primera ocasión en la que le quitaron sus congeladas. Su patrona no le cobró nada, lo único que le dijo fue que tuviera más cuidado, que cuidara su contorno. A Juana le agarró por sorpresa la actitud que tomó. La segunda vez que le hurtaron sus cosas, su patrona le cobró la mitad de las congeladas que le decomisaron.


Mientras seguimos conversando, empiezo a notar la presencia de cientos de personas que empiezan a bajar las escaleras y amontonarse sobre los andenes de la línea A. Juana se incomoda cuando el tipo trajeado que estuvo mirándonos todo el rato se acerca y le dice que ya no puede estar en ese lugar. Ella no alega, no dice nada; lo mira a los ojos tímidamente. Juana me mira a los ojos haciéndome entender que ya acabó mi interrogatorio, la plática… Le lanzo la última pregunta:


—¿Pasa mucha gente por esta estación?


—Uff, mucha. Después de las seis de la tarde esto es un desastre.


Juana Caballero recoge su hielera de unicel con la mitad de congeladas y se despide con su bella sonrisa de sandía. Sus ojos grandes, brillantes como la luna, alumbran su andar para buscar otro lugar dónde sentirse a salvo del acoso que día a día la acecha.


Decido terminar mi búsqueda. Tomo la línea uno con dirección a observatorio. Los vagones vienen casi a la tercera parte de su capacidad: rostros cansados, camisas arrugadas, corbatas sueltas, payasos haciendo sus shows improvisados —la mera verdad, no me gustan los payasos, no dan risa—; brazos deteniendo cuerpos en los tubos del vagón, olor a sudor que se desprende de muchas axilas.


Vuelvo a bajar en la estación Insurgentes, personas entran y salen de la estación. La noche a caído. Saliendo a la glorieta, el aire es fresco.

Muchas personas convergen en la rotonda; diferentes lenguas se escuchan, diferentes colores de piel. La Ciudad de México es una urbe que te atrapa, es una ciudad multicultural. Me prendo un cigarro y sigo mi camino para llegar al hotel. Me tomo un buen baño, busco información en la página web del Sistema de Transporte Colectivo del Distrito Federal “Metro”. La información es la siguiente: “El ícono de la estación representa dos banderas de los avisos de navegación que los aztecas pusieron en el lago de Texcoco […] Pantitlán es un vocablo del náhuatl que significa entre banderas”.

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