Por Kaizar Cantú

El tren llegará a las 6:00PM. Mientras, los viajeros esperan entre las columnas azules azuleadas todavía más por la sombra del techo que sostienen. Esperan de pie, con los dedos enroscados sobre la manija del beliz o la muñeca de un niño. Se alejan uno a uno, intercalados con los pilares, haciéndose cada vez más pequeñitos y delgados hasta que el tamaño baste a la boca del horizonte. Abajo están las piedras, como arena muy tosca, y encima flotan los seis rieles.

Cuando llegue el tren, lo escucharán aullar; verán su ojo amarillo creciendo, después las facciones del rostro chato, las pezuñas de hierro, el fantasma del número. Sentirán la plataforma de concreto rebotando como pórtico de tabla podrida, tal vez temerosos de que se agriete y caigan de vuelta a los espíritus.

Pasará con trote tranquilo, llevándoselos a todos en el polvo de su aire, dejando, si acaso, un zumbido helado en los rieles.

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Hubo un tiempo en el que Monterrey formó parte del gran desierto cruzado por los trazos helados de las vías, en el que fue ciudad de arena y hierro. Su condición de puerto mercantil y pasillo hacia las maravillas del otro norte fomentaron el desarrollo industrial, el comercio y la afluencia de los cuerpos. Llegaban ferrocarriles cargados de minerales y madera, de frutos del trópico y ganado estepario; más tarde pasarían trenes con ventanas opacadas por perfiles, después vendría la asfixia por fusiles y carrilleras. Era la época de la paz y el progreso de Don Porfirio, de Gerónimo Treviño y el Coronel Joseph Andrews.

Con los años, la pequeña red ferroviaria del noreste se expandió hacia el sur y más al norte. A Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila se añadieron tramos de Durango y San Luis Potosí, franjas del Bajío, la Ciudad de México y, al extremo opuesto, las orillas de Texas. Las máquinas traían pintado sobre la nariz el escudo enaltecido de Ferrocarriles Nacionales de México: la silueta de una placa con los colores de la bandera en su base, la leyenda “N de M” suspendida dentro de una franja horizontal al centro y las vías del tren corriendo hacia el sol colorado entre montañas nevadas; los oros de un águila que devora su serpiente coronan la forma de la placa.

A mediados de siglo XX, el gobierno del estado se percató de que el tránsito de productos y personas por la ciudad era lo suficientemente vasto como para ameritar la construcción de un nuevo puerto ferroviario. Se desembolsaron 24 millones de pesos, y para 1964 se edificó una nueva estación de ferrocarriles en la calle Miguel Nieto, dentro de la colonia Industrial, frente a calles amplias y un parque que recibiera a los recién llegados. El bautizo fue poco inspirador, mas la precisión del nombre compensó su falta de color: Estación de Ferrocarriles Nacionales de México.

El edificio es un bloque de concreto dividido en dos plantas: abajo el área de pasajeros, antes llena de prisas temblando en equipajes y boletos sacudidos; arriba las oficinas, hoy sin el traqueteo de las teclas, sin campanas telefónicas ni ritmos de telégrafo. La entrada simula un fragmento de la plataforma ferroviaria con su techo sostenido por pilares azulados. Un extenso patrón de ventanas verticales domina la fachada, interrumpido sólo por un despliegue rectangular de azulejos grises. Sobre la orilla superior del edificio corren tres franjas con los colores de la bandera mexicana; un poco a la derecha brinca un trío de letras en negro: FNM.

Atrás del edificio están los rieles y las plataformas de abordaje. Todavía hace dos décadas, los viajeros esperaban el zumbido de las vías y la luz ámbar que se come las pupilas. Frente a los rostros y los pilares cruzaba El Regiomontano, aquel tren de lujo, con sus dormitorios de litera y vagones-comedor, que prometía acortar el tiempo entre Monterrey y el Distrito Federal a sólo 15 horas; de 6:00PM a 9:00PM si era de ida, de 9:00AM a 6:00PM si era de vuelta, haciendo paradas en Querétaro, Empalme, San Luis Potosí y Saltillo.

Pero ya conocen la historia. Al pueblo rara vez le duran las maravillas.

La estación FNM fue la última terminal de ferrocarriles para pasajeros en Monterrey. El tren había perdido su funcionalidad como transportador de personas, limitándose a la carga mercantil. La estación cesó funciones en 1995. Su destino ha sido mucho menos romántico que el de la otra gran terminal regiomontana, la Estación del Golfo, hermoso edificio de corte inglés que hoy es nuestra Casa de la Cultura.

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Salvo por las ventanas rotas y el grafiti de segunda mano, la fachada no ha sufrido demasiado. El horror queda dentro. A través de los cristales pueden verse tubos metálicos y trozos de madera, pupitres y otros contornos difíciles de descifrar por el polvo que empaña los vidrios. Tras los barrotes de la entrada principal se notan los silencios espaciales de la planta baja, interrumpidos apenas por más columnas, escombro y lámparas de techo a punto de caer. Un poco a la derecha hay una colección de láminas verdes y anaranjadas con líneas y flechas, nombres de calles y aclaraciones viales. Desde el interior emana un tufo de basurero municipal que se amarga al mezclarse con el aire de fuera. Atrás, sobre la plataforma de abordaje, yace el esqueleto de un vagón. Sólo le quedan los extremos, sin puertas; su azul ha alimentado al óxido por casi dos décadas.

Los interiores del cadáver están alfombrados con basura. Abundan las botellas de plástico, las latas de aluminio, bolsas de plástico destripadas por dientes pequeños, restos de fruta podrida, manchones de excremento humano. Hay colchones podridos y camas dispersas por varios rincones del interior: junto a la entrada, tras el mostrador, en un baño o al pie de las vías, etc.; hasta gorros de invierno y guantes aparecen. Algo vive ahí, al menos por temporadas, tirado entre los despojos del municipio, escuchando el zumbido de las moscas bajo el sol gris que filtran las grietas y ventanales, secándose. 

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