Por Carmen Libertad Vera

¡Ese mi Toy Story!”, es lo que a H le grita la chiquillería cuando de lejos lo miran y le hacen muecas. H prefiere hacerse el desentendido. Tanto de los gritos, como de las muecas. ¿Qué más puede hacer cuando él sabe “lo cabrón que hoy en día está subsistir”? Sobre todo para alguien como él, que a duras penas sólo alcanzó a terminar la secundaria abierta. Por eso H se dio de santos cuando lo admitieron en ese trabajo.

Dice que él no es policía, sino guardia privado, pero que se siente policía. Incluso a veces piensa que él, de habérselo propuesto, “hubiera podido ingresar con los municipales o con los estatales”.

El caso es que ahora está donde está. Trabajando de guardia. “¡Aunque fue por pura chiripa! Andaban re’te escasos de personal”. Por eso, cuando en uno de esos periódicos que regalan vio el anuncio solicitando guardias privados, de inmediato fue “a solicitar el jale”.

Y así, sin más ni más, luego luego, lo contrataron. Ni siquiera llevaba completos los papeles de la escuela. Lo que sí le exigieron, con fotocopia doble, fueron los originales de la credencial del IFE y de un comprobante de domicilio. Ya firmado el contrato, le dijeron que los otros documentos podía llevarlos después.

El uniforme y todo el demás equipo (botas, tolete, radio transmisor marca Kenwood, esposas ancladas en la parte posterior de su cintura) no logran hacer de H alguien creíble como guardia de seguridad. Luce disfrazado. Porque como suele decirse, “la percha no le ayuda”.

Seguramente, lo anterior también ocurre debido al sombrero de fieltro negro, tipo vaquero, que acostumbra usar. Accesorio que en forma oportuna, para los del barrio, vino a establecer cierta correlación visual con Sheriff Woody, el personaje principal de la película Toy Story. 

Aunque también, ante no pocas miradas, H parece un desequilibrado recién salido de algún hospital para enfermos mentales. O, al menos, de un centro para rehabilitación de adicciones.

Mucho ayuda a esa primera impresión el notorio estrabismo en los ojos de H. También el torvo gesto que él por sonrisa tiene, un tembloroso y perceptible tic que lo obliga a mover la cabeza intermitentemente, sobre todo cuando está nervioso. Colabora aún más en esa percepción el ansioso gesto constante que en continuo lo obliga a palpar la funda que resguarda su pistola.

A pesar de su aspecto y del arma, H no es maleante. No oficialmente. Todo lo contrario. Al menos eso es lo que intenta transmitir al través del azul uniforme que porta.

Así, en una actitud más inquieta que avizora, H hace rondas por el sitio bajo su resguardo y vigilancia. Él está ahí, un día sí y otro no. Cumpliendo horarios de veinticuatro por veinticuatro. Intentando mostrarse atento y presto ante cualquier signo de alerta. Si no por convicción, si por rutina.

Ahora que está en el negocio de la seguridad privada, ha llegado a la conclusión de que no existe mayor diferencia entre muchos policías y algunos malandros. “Estamos igual de jodidos”, recalca él como para sus adentros.

H no anda en una patrulla. Es elemento de a pie. Dice que se sentía más a gusto en el primer lugar en que lo pusieron a vigilar. “Cuidando la entrada de un coto residencial”. Hacía lo mismo, pero el trabajo parecía más ligero.

Además, allá tenía una caseta donde se podía resguardar del frío y la lluvia. La mayor parte del tiempo la pasaba sentado. Podía ver tele, “de reojo, con un ojo al gato y otro al garabato; y disponía de horno de microondas para calentar comida o preparar café instantáneo. Nada más tenía que vigilar que al coto no ingresara gente extraña. Anotar las placas de los autos visitantes a los que por interfón autorizaban el ingreso, los datos de identificación del chofer, así como la hora de entrada y de salida.

En aquel coto, “el trabajo estaba más papita”. Cuando quería estirar las piernas, “me paraba junto al cancel eléctrico y veía salir caminado a las sirvientas que no se quedaban a dormir en el coto”. Todas lo saludaban, y más de alguna llegó a dejarle un taquito de la comida que les daban sus patrones.

Una navidad tuvo que pasarla en la caseta del coto. “¡Esa noche vaya que sí desquité el sueldo! Fue pura entradera y salidera de gente. Pero no importó. Bueno, no tanto, porque alcanzó a escuchar el jolgorio y veía los jardines arreglados muy bonito, todos llenos de luces. Las casas ahí parecen de película gringa, tienen chimenea y en todas ponen pino de navidad natural, grandotote y muy adornado”.

Esa navidad dice que le fue bien. “Casi todos me mandaron cena y ponche caliente. ¡Y hasta uno que otro regalito! Porque en ese coto vive pura gente rica, millonarios de a devis. Todas las señoras son rubias, guapas, y aunque anden así como en fachas, parecen modelos de revista. Los señores traen camionetotas del año. ¡De lujo y con chofer!”.

Todo terminó cuando un día, según H, extravió sus lentes oscuros. “Yo creo que me notaron lo bizco y no les gustó”. Con su relevo, el supervisor le mandó decir que ya no se presentara a trabajar ahí. Que en la oficina le darían instrucciones del sitio al que lo iban a trasladar.

Así fue como H llegó al arrabal. Lo pusieron a cuidar un restaurante folclórico que más bien parece cantinota al aire libre. “¡De veras que al mero aire libre!”, porque está en una especie de calle cerrada al tráfico. En uno de los más peligrosos barrios de la ciudad. “¡Puro mugroso y mal viviente son los que rondan por aquí!”.

H no se equivoca del todo. Está viviendo su propio capítulo de la gloria al infierno. Y ha tenido que aprender a obedecer el código interno del barrio: “No saber nunca nada, de nadie”. Por instinto capta que está seguro mientras, únicamente, se dedique a hacer plantón en medio de las mesas y sillas que cada tercer día, en reporte escrito, hace entrega a su relevo; mobiliario que debe ser el mismo que de éste luego reciba.

Se niega así a ver a los drug dealers apostados a la vuelta de cada esquina. Los sabe peligrosos y muy bien protegidos. “¡Hasta por los mismos polis que a bordo de las patrullas andan dizque resguardando la zona, pero que en realidad nomás llegan por su mochada!”. 

También finge no darse cuenta de las pirujillas que pasan y pasan junto a él, todas yendo directo al cuarto de un hotelucho cercano, abrazadas del alcoholizado y trastabillante cuerpo de alguno de sus tantos arrendadores. Simula no percatarse de los ladrones que guardan para sí el botín extraído de carteras recién hurtadas, mismas que ya vacías arrojan a su paso, para evitar así que se las pueda adjudicar como evidencia de algo ilegal. Ignora a quienes desalojan vómitos, orines y defecaciones nocturnas que, en asquerosa revoltura, luego amanecen apenas a centímetros más allá de los marcados límites del espacio que custodia.

Pero no hay de otra. La realidad de ese barrio no es brutal ficción. Nada más es brutal. Y sanguinaria. Por lo que no importa que le digan “el Toy Story”. Él no sabe hacer algo más. Así que se aguanta y limita a cumplir, cada tercer día, con sus veinticuatro horas de trabajo. Tiempo en el que todo lo que puede pasar, pasa. Ya ahora hasta acepta, cuando le rolan de mano a mano, una micha semi clandestina.

Quizás lo que más trabajo a H le cuesta admitir sea reconocer que los deformados rasgos en su rostro de caricatura, vertiginosamente se están acentuando. Como si fueran un reflejo de la demencia social que al barrio tiraniza. Locura que a veces él ya siente en carne propia.

 

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