Era un sábado 7 de enero. Dos días atrás —y para sorpresa de muchos—, Monterrey se manifestó en contra del aumento a la gasolina, haciendo retumbar la ciudad con su marcha. Y es que más que un simple impuesto, las nuevas políticas del gobierno despertaron el hartazgo de los ciudadanos, desencadenando un eco de voces cuyo epicentro se originaba al centro y sur de la república.

Recuerdo que fue un jueves como ningún otro: las redes no paraban de producir contenido que hablara sobre los más recientes saqueos y protestas que, por el momento, se contemplaban desde lejos, como un conjunto de situaciones ajenas a nuestra realidad local. Tanto en Facebook, como en Twitter, como de boca en boca, la gente reaccionaba y, aun más importante, expresaba indignación, coraje, valentía, entre muchas otras cosas.

Por primera vez desde hace ya bastante tiempo, estábamos unidos bajo una misma causa. Tras Ayotzinapa, la fuga del Chapo Guzmán, el escándalo de la casa blanca, el avión presidencial y la tesis plagiada de Peña Nieto, México no iba aguantar más. Y así fue; ése mismo jueves, Monterrey se unió a la resistencia, ¡y de qué manera!

Devotos al cambio, miles de regios se plantaron en la Macroplaza, desligándose de la violencia e incluso entregando a varios de los que la perpetuaron en contra del Palacio de Gobierno. Imagino que estar ahí debió ser una experiencia casi surreal, puesto que, para bien o para mal, no pude asistir sino hasta la reunión convocada el sábado.

En plan de registrar el evento, me armé con mi Canon T3i y anduve de un lado a otro, documentando la congregación. Con nuestras espaldas apuntando hacia al Palacio, los presentes mantenían diálogo con quien fuera que tuviera la palabra, entre ellos estudiantes, artistas, madres y líderes de asociaciones. Gente promedio que destacaba en grupo, marcando la diferencia.

Macro

En una de esas, volteé y aprecié una hermosísima imagen: vi al pueblo bajo su bandera, escuchando con paciencia y en fila; compartiendo un mismo espacio, un mismo momento, como los soldados que somos para nuestra nación. Y así, en compañía unos de otros, sincronizados con la gente de Guadalajara, contemplamos el verde, blanco y rojo de nuestro bello estandarte, entonando un solo canto —una promesa que a veces olvidamos pero que nos involucra a todos; oda a los héroes caídos y a las cicatrices que nos forjaron con el tiempo— y grito de guerra.

***

Como verán, mi sentimentalismo alcanzó nuevas alturas esa tarde. Y es que, ¿de qué sirve una bandera sin ciudadanos dispuestos a cantarle y a luchar por ella?

Esta batalla —la del día a día contra el nepotismo y la impunidad que nos gobierna— nos pertenece a todos y mientras no nos duela lo que está sucediendo, mientras sigamos siendo tan apáticos con el propio pueblo, las cosas no van a mejorar.

Si algo he aprendido es que la paz no resuelve conflictos en un gobierno corrupto; la violencia los empeora y compartir memes desinforma. Pero, como dice el dicho, la unión hace la fuerza.

Quizás de haber tenido mi momento con el micrófono habría dicho todo esto y más. De lo que sí estoy seguro es que, de haber tenido la oportunidad, me hubiera gustado hablar sobre cómo siento que a mi generación le falta inspiración. Pareciera como si a nadie le importara hacer un cambio; reímos antes de detenernos a pensar y reflexionar sobre lo que nos rodea. Hicimos de la indiferencia una virtud y nos resignamos, fingiendo que todo está bien, que todo está en orden y que no pasa nada.

En la era de la tecnología, seguimos tan incomunicados unos de otros. La banalidad se ha vuelto un nuevo estilo de vida. Nos aferramos a un pasado que ya no existe sin tomar en cuenta el futuro que nos queda por construir. Y, con tantas distracciones a la mano, ¿qué fue de nuestros hobbies? ¿De aquello que más nos apasiona? ¿Qué estamos haciendo hoy por crear un mejor mañana?

Es por eso que insisto en que a la juventud le falta esa chispa, esa rebeldía nata que fomenta revoluciones sin importar el ámbito. En mi caso, es el arte: el escribir, el filmar, el expresarme mediante la imagen y el video. Para otros, lo es la política, lo es la enseñanza, la música, la economía, la literatura. Y es que no queda más que eso: encaminar a las futuras generaciones a que cumplan sus sueños. A formarlas, escucharlas y cultivarlas con buenos valores y muchísima cultura.

Porque el mundo está en sus manos y, en ocasiones, éste puede ser uno en el que es difícil subsistir. Porque no podemos tolerar más injusticias, corrupción o deficiencias. Porque necesitamos una sociedad más competente, con iniciativa y dispuesta a ser mejor. Porque somos la última esperanza de México y, pronto, ellos también lo serán.

Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

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