Por Kyzza Terrazas

Ilustración de la serie ‘Ayotz1napa en París’ Por Celso Manriquez’

Ayer asistí a la marcha que convocaron los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa a un año de su desaparición forzada. Fui con Natalia y nuestra hija Jacinta. Aunque comprendo las muestras de entusiasmo por encontrarnos en la calle y en la indignación, no las comparto. Mi sensación es de absoluto desamparo, me provoca una desesperanza tan cabrona nuestra sociedad que lo único con lo que logro combatirla es con la existencia de mi hija.

Lo primero que me preguntaron al verme llegar con mi hija de cuatro meses fue: “¿Es su primera marcha?” No era realmente una pregunta, sino una afirmación y una suerte de “bienvenida” a la protesta. Me molestó profundamente no porque haya mala intención por parte de quienes lo preguntaron, sino porque acusa lo que tal vez podríamos llamar “normalización de la protesta”. Era como decir: bienvenida a este bando, llevamos toda la puta vida haciendo esto, ahora hay una más. Todo perfectamente compartimentalizado.

Mi reflexión después de ayer —desde las primeras manifestaciones del año pasado, incluso— es que por desgracia las marchas no conducen a nada sino se transforman en un movimiento político organizado, con ideas, con la intención de participar en el poder y en el Estado —putísimo Estado maltrecho de mierda— para modificar la forma en que vivimos. Mi reflexión tiene que ver —porque llevo asistiendo a estas manifestaciones desde inicios de los años 1990— con que la protesta tiene ya un lugar asignado dentro de la vida política y sirve más como válvula de escape que como exigencia social de peso. Es un paliativo. “¿Qué otra cosa podríamos hacer?”, preguntarán algunxs. Y no tengo la respuesta. Tampoco condeno el hecho de que exista la protesta. Pero en mi corta y humilde experiencia política, al final del día siempre ha vuelto a ganar el PRI con sus distintas caras: llámese PAN, PRD o MORENA. Siempre ha vuelto ha ganar una forma perversa de gobernar a través de la injusticia y la represión. Es desde el racismo y el clasismo que se ejerce la supuesta democracia en este territorio. Eso es lo que debe romperse. Y para ello no basta marchar.

Salud.

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