¿Es posible superar una sequía artística?

Por Claire Parnet

Gillez Deleuze, filósofo francés y estrella intelectual de los 60, permitió que se le grabara para una serie de entrevistas con su alumna y amiga Claire Parnet. Las entrevistas, producidas entre 1988-89 y transmitidas en 1996, quedaron divididas en segmentos tematizados según palabras que comienzan con cada una de las 25 letras del abecedario. El segmento que se presenta a continuación corresponde a la letra “C”, de “Cultura” (Culture, en francés).

***

Gilles Deleuze: En cierto modo, yo no creo en la cultura, pero sí creo en los encuentros, y los encuentros no se hacen con gente. La gente siempre cree que los encuentros se hacen con gente, y eso es terrible. Esto forma parte de la cultura: los intelectuales se encuentran entre ellos, esa marranada de los debates, toda esa, en fin, infamia. Pero los encuentros no se hacen con la gente, se hacen con cosas; vaya, se hacen con una obra. Yo me encuentro con un cuadro, sí, me encuentro con un aire musical, me encuentro con una música. Comprendo lo que quiere decir un encuentro.

Cuando la gente quiere añadir además un encuentro consigo misma, con la gente, aquello ya no funciona en absoluto. Eso no es un encuentro; esa es la razón de que los encuentros resultan tan, tan decepcionantes. Los encuentros con la gente siempre son catastróficos, pero yo, como dices, cuando voy el sábado o el domingo al cine, no estoy seguro de tener un encuentro, pero salgo un poco, estoy al acecho: ¿no hay nada que encontrar? ¿Un cuadro, una película? Entonces es formidable.

Pongo un ejemplo porque, para mí, tan pronto como uno hace algo, se trata de dejarlo; se trata al mismo tiempo de quedarse ahí y de dejarlo, y en tal caso, quedarse en la filosofía es también como salir de la filosofía, pero salir de la filosofía no quiere decir hacer otra cosa: y por ello hay que salir quedándose dentro, y no hacer otra cosa. No es hacer una novela: en primer lugar, yo sería incapaz, y aunque lo fuera, creo que ello no me diría absolutamente nada. Yo quiero salir de la filosofía por la filosofía: eso es lo que me interesa, eso.

Claire Parnet: ¿O sea?

GD: Bien, pongo el ejemplo (como todo esto es para después de mi muerte, puedo actuar sin modestia). Acabo de hacer un libro sobre un gran filósofo que se llama Leibniz, insistiendo sobre un noción que me parece importante en él, pero que es muy importante para mí, que es el pliegue, la noción de pliegue. En fin, creo haber hecho un libro de filosofía sobre esa noción un poco rara del pliegue. ¿Qué es lo que me ocurre con esto? Recibo cartas, como siempre, pero cartas… Bueno, hay cartas insignificantes, aunque son encantadoras y calurosas y me conmueven mucho. Hay cartas que me dicen: “Está muy bien, muy bien lo que usted ha hecho”; se trata de cartas de intelectuales a los que les ha gustado o no les ha gustado el libro. Y luego recibo dos cartas o literalmente dos tipos de cartas ante las cuales me froto los ojos. Hay cartas de gente que me dice: “Su historia del pliegue trata de nosotros, de nosotros”. Y me entero de que son gente que pertenece a una asociación que agrupa a 400 personas en Francia hoy día, y que tal vez vaya en aumento, la Asociación de Papiroflexia. Tienen una revista, me la envían y me dicen: “Pero estamos completamente de acuerdo; lo que usted hace también lo hacemos nosotros”. En fin, me digo: “Esto es lo que he ganado”. En eso, recibo otro tipo de carta, y hablan exactamente de la misma manera. Dicen: “El pliegue trata de nosotros”… Pero es tan maravillosa.

En primer lugar, ello me lleva a pensar en Platón, porque en Platón —los filósofos son, para mí, gente nada abstracta, son grandes escritores y grandes autores muy concretos —hay una historia que me causa regocijo, y que sin duda está ligada al comienzo de la filosofía… Pero sobre esto tal vez volvamos más tarde. El tema de Platón es: él da una definición. Por ejemplo: “¿qué es el político?”. El político es el pastor de hombres, y en esto hay un montón de gente que llega y dice: “Bueno, saben, el político somos nosotros”. Por ejemplo, llega el pastor y dice: “Bueno, yo visto a los hombres; yo soy el pastor de los hombres”. Llega el carnicero y dice: “Yo alimento a los hombres; yo soy el pastor de los hombres”. Llegan los rivales, ¿no?

Resulta que en cierto modo yo he tenido esa experiencia: los aficionados a la papiroflexia llegan y dicen: “El pliegue, somos nosotros”. Los otros que he citado, que me envían exactamente el mismo tipo de cartas —es estupendo—, son los surfistas, que dicen: “Pero… estamos completamente de acuerdo, porque, ¿qué es lo que hacemos? No dejamos de introducirnos en los pliegues de la naturaleza. Para nosotros, la naturaleza es un conjunto de pliegues móviles; entonces nos introducimos en el pliegue de la ola. Habitar el pliegue de la ola: esa es nuestra labor”. Habitar el pliegue de la ola y, en efecto, ellos hablan admirablemente al respecto. Piensan, no se contentan con hacer surf. Tal vez podamos hablar de ello otra vez si un día llegamos a los deportes [sports], a la “S”.

CP: Queda lejos.

GD: Volveremos a hablar de ello, pero…

CP: Pero habíamos empezado hablando de encuentros. Así, pues, ¿los aficionados a la papiroflexia constituyen un encuentro?

GD: Bueno, se trata de encuentros. Cuando digo “salir de la filosofía” por la filosofía —es algo que, creo, me ha sucedido siempre—, se trata de encuentros. He tenido un encuentro con los aficionados a la papiroflexia, no tengo necesidad de verles; por otra parte, sin duda sufriríamos una decepción. Yo quedaría decepcionado, y ellos quedarían aún más decepcionados; no tengo necesidad de verles. He tenido un encuentro con el surf, con los aficionados a la papiroflexia. Literalmente, he salido de la filosofía por la filosofía: eso es un encuentro. Cuando voy a ver una exposición, ¿qué hago? Estoy al acecho, en busca de un cuadro que me conmueva, que me emocione. Cuando voy al cine. No voy al teatro, porque el teatro es demasiado largo, demasiado disciplinado, y además me parece un arte tan… salvo en algunos casos, salvo Bob Wilson y Carmelo Bene. No tengo la impresión de que el teatro acompañe mucho a nuestra época, pero, salvo esos casos extremos… El hecho es que ya no puedo permanecer sentado cuatro horas en un mal asiento, por motivos de salud, de modo que eso elimina el teatro para mí. Pero, sí, en una exposición de pintura o en el cine, siempre tengo la impresión de que puedo encontrarme con una idea.

CP: Sí, pero hay alguna, en fin, ¿no existe la película de entretenimiento?

GD: Eso no es cultura.

CP: No es cultura, pero no hay entretenimiento, es decir…

GD: Mi entretenimiento es…

CP: Todo está inscrito en un trabajo.

GD: Es la…

CP: ¿El futuro?

GD: No, no es un trabajo, quiero decir que son acechanzas. Estoy al acecho de algo que pasa diciéndome: “Vaya, ¿me está turbando esto?”. Me divierte mucho, es muy divertido, sí.

CP: Pero, ¿no es Eddie Murphy lo que le turba?

GD: ¿No es…?

CP: Eddie Murphy…

GD: ¿Quién es ese?

CP: Es un comediante estadounidense cuyas últimas películas han sido verdaderos éxitos con el público. Tú no vas a verlas nunca…

GD: No lo conozco.

CP: No, tú sólo ves a Benny Hill en televisión.

GD: Sí, bueno, Benny Hill me interesa, sí, me interesa. No elijo cosas necesariamente muy buenas; tiene razones para interesarme.

CP: Pero, ¿cuando tú sales es para un encuentro?

GD: Cuando salgo, bueno, si no hay ninguna idea que sacar, si no pienso: “¡Ah, bueno! Había una idea”. ¿Qué son los grandes cineastas (pues esto también vale para los cineastas)? Lo que me impresiona en la belleza, por ejemplo, digamos en un grande como Minnelli o Losey. ¿Qué es lo que me impresiona en ellos, a no ser que están perseguidos por ideas, por una idea?

CP: Y ahora estás quemando mi “I”…

GD: …Idea…

CP: Estás quemándome mi “I”, deténte inmediatamente.

GD: Detengámonos ahí, pero me parece que un encuentro consiste en eso. Uno tiene encuentros con las cosas antes que con la gente, son encuentros…

CP: ¿Y en este momento tienes muchos encuentros? Por hablar de un periodo cultural preciso como el del momento.

GD: Bueno, sí, acabo de decirlo: los aficionados a la papiroflexia y los surfistas. ¿Quieres algo más hermoso? Pero no son encuentros con los intelectuales, sabes. Yo no tengo encuentros con intelectuales…

CP: ¿Pero te ves?

GD: … o si tengo un encuentro con un intelectual es por otras razones: si me gusta y tengo un encuentro con él, se debe a lo que hace, a su trabajo actual, a su encanto, todo eso. Uno tiene encuentros con esos elementos, con el encanto de la gente, con el trabajo de la gente, pero no con la gente. ¿A quién diablos le importa la gente? Nada en absoluto.

CP: ¿Y además pueden frotarse como los gatos?

GD: Sí, bueno, si no tienen otra cosa, si no tienen más que el frotamiento y el ladrido, es terrible.

***

CP: Bueno, regresemos sobre los periodos ricos y los periodos pobres de la cultura. En este momento tú crees que no estamos en un periodo muy rico. En fin, en muchas ocasiones veo cómo te irritas ante la televisión, ante los programas literarios —que no citaremos—, aunque cuando esto se emita los nombres serán muy diferentes. ¿Crees que el que vivimos es un periodo rico o un periodo particularmente pobre?

GD: Sí, es pobre y al mismo tiempo nada angustioso. Sí, me provoca risa. Ya lo decía. Te digo que, a mi edad, vaya, pienso: “Bueno, no es la primera vez que hay periodos pobres”. Pienso: “¿Qué es lo que he vivido desde que tengo cierta edad, que me haya entusiasmado un poco?”. Viví la Liberación: la Liberación fue uno de los periodos más ricos que quepa imaginar. Descubríamos o redescubríamos todo. En la Liberación, habíamos tenido la guerra. No era poca cosa, eh, no era ninguna tontería. Descubríamos todo: la novela estadounidense, Kafka, había una especie de mundo del descubrimiento. Estaba Sartre, estaba… No puedes imaginar lo que fue, quiero decir intelectualmente, lo que descubríamos o redescubríamos en pintura, etc.

CP: ¿En el cine?

GD: Hay que entender cosas como la gran polémica: “¿Hay que arrojar a la hoguera a Kafka?”. Todo eso resulta inimaginable, y parece algo pueril hoy, pero era verdaderamente una atmósfera creativa. Luego he conocido los años que precedieron a 1968, que fue un periodo sumamente rico hasta después de 1968. Bueno, que en el intervalo haya periodos pobres es muy normal; lo molesto no es el hecho de la pobreza, sino la insolencia o la impudicia de quienes ocupan los periodos pobres. Estos son mucho más malos que las personas con talento que se animan en los periodos ricos, es así.

CP: Son geniales o bonachones, porque el otro día pude ver precisamente, ya que hablamos de la polémica sobre Kafka durante la Liberación, a Alexandre de tal y cual, que estaba contentísimo de decir que nunca había leído a Kafka; lo decía con la risa en la boca.

GD: Claro, están muy contentos; cuanto más tontos más contentos. Son de los que consideran —volviendo otra vez a la cuestión— que la literatura es un asunto privado. Si partimos de esa consideración, bueno, no hay ninguna necesidad de leer a Kafka, no hay ninguna necesidad de leer prácticamente nada, porque, con tal que uno escriba bonito, ya se encuentra por naturaleza entre los pares de Kafka. Eso no es trabajo, ellos no trabajan. Quiero decir… ¿Cómo explicarte?… Por considerar cosas más serias que esos jóvenes estúpidos: no hace mucho fui a ver al Cosmos una película de…

CP: Paradjanov

GD: No, no era Paradjanov, era admirable. Una película muy conmovedora de un ruso que hizo su película hace 30 años y luego justo acaba de morirse

CP: ¿La comisaria?

GD: La comisaria. Lo que me ha parecido sumamente conmovedor es que la película estaba muy bien, a más no poder, perfecta, pero uno pensaba con terror o con una especie de compasión que era una película como las que los rusos hacían antes de la Guerra Mundial.

CP: ¿De los tiempos de Eisenstein?

GD: De los tiempos de Eisenstein, de Dovjenko. No le faltaba nada: el montaje paralelo, sobre todo; el montaje paralelo, sublime. Es como si no hubiera pasado nada después de la guerra, como si no hubiera pasado nada en el cine, y pensaba: “Es de cajón”. La película es buena, vaya, pero resultaba muy extraña.

CP: No muy buena.

GD: A causa de ello; si no era buena se debía a eso. Se trata, literalmente, de alguien que había estado tan sólo en su trabajo que… En fin, filmaba como se filmaba hace unos 20 años. No es que estuviera mal, sino precisamente que estaba muy bien y resultaba prodigiosa hace 20 años, mientras que todo lo que ha pasado desde entonces no lo conocía, es decir, había crecido en un desierto. Es terrible: atravesar un periodo de desierto no es gran cosa. Lo terrible es nacer allí, crecer en un desierto: es horroroso. Supongo que uno debe tener una impresión de soledad.

CP: ¿Para la gente que ahora tiene 18 años, por ejemplo?

GD: Sí, tienes que entender que, cuando las cosas —¡eso es lo molesto de los periodos pobres!— desaparecen, nadie se da cuenta, por una sencilla razón: que cuando desaparece no se echa de menos. El periodo estaliniano hizo desaparecer la literatura rusa, pero los rusos no se dieron cuenta —me refiero al grueso de los rusos—. El conjunto de los rusos no se dio cuenta. Una literatura que conmovió durante todo el siglo xix desaparece. Ya sé, hoy nos dicen: “Ahora están los disidentes, etc.”. Pero, en el ámbito del pueblo, de un pueblo ruso, su literatura ha desaparecido, su pintura ha desaparecido y nadie se ha dado cuenta. Para estar al tanto de lo que sucede hoy en día… Supongamos, evidentemente, que hay gente joven nueva que seguramente tienen talento, pienso, supongamos…. Es una mala expresión… pero supongamos los nuevos Beckett de hoy en día…

CP: He pasado miedo: pensaba que ibas a decir “los nuevos filósofos”, que los teníamos.

GD: Pero supongamos que no se publica a los nuevos Beckett de hoy —al fin y al cabo, faltó poco para que a Beckett no le publicaran, y es evidente que no se le echaría de menos—. Por definición, un gran autor o un genio es alguien que aporta algo nuevo, y si lo nuevo no aparece, a nadie le molesta, nadie lo echa de menos, ya que no tenían ninguna idea al respecto. Si Proust, si Kafka no hubieran sido publicados, no podemos decir que extrañaríamos a Kafka. Si aquel otro hubiera quemado todo Kafka, nadie podría decir: “¡Ah, cómo lo extrañamos!”, porque nadie tendría la menor idea de lo que ha desaparecido. Si a los nuevos Beckett de hoy en día no pueden publicar a causa del sistema editorial actual, no podremos decir: “¡Ah, cómo los extrañamos!”.

He escuchado una declaración. Creo que en toda mi vida no he escuchado nada tan impúdico; no me atrevo a decir a quién se lo hacían decir en un periódico, sobre todo porque estas cosas nunca son seguras del todo… Pero alguien que tiene que ver con el mundo editorial se atrevía a decir: “¿Sabe usted? Hoy en día ya no cometeríamos los errores que cometió Gallimard”…

CP: ¿En tiempos de Proust?

GD: …”negándose a publicar a Proust, pues con los medios con los que contamos hoy en día”…

CP: Los buscadores de cabezas, los cazadores de cabezas…

GD: En fin, sueñan, creen soñar con los medios actuales para encontrar a los nuevos Proust y los nuevos Beckett. Como si contaran con un contador Geiger que, ante el nuevo Beckett —es decir, alguien perfectamente inimaginable, ya que no se sabe qué podría aportarnos de nuevo—, empezaría a pitar…

CP: ¿Al pasárselo por la cabeza?

GD: …al pasarle el aparato por encima. En fin, ¿qué define la crisis hoy en día? ¡Pues todas estas estupideces, vaya! La crisis de hoy en día la veo ligada a tres cosas —pero no durará, soy muy, muy optimista—, es esto lo que define un periodo de desierto. En primer lugar, los periodistas han conquistado la forma del libro. Los periodistas siempre han escrito, y a mí me parece muy bien que los periodistas escriban, pero durante mucho tiempo, cuando los periodistas se ponían a hacer un libro, consideraban que estaban pasando a otra forma, es decir, que no se trataba de lo mismo que escribir su artículo de periódico.

CP: Cabe pensar incluso que durante mucho tiempo eran los escritores los que eran periodistas. Mallarmé podía ejercer el periodismo, pero lo contrario no se producía.

GD: En este caso se trata de lo contrario: el periodista en tanto que periodista ha conquistado la forma libro, es decir, considera muy normal hacer un libro, como si fuera poco más que un artículo de periódico. Y eso no puede ser bueno. La segunda razón es que se ha generalizado la idea de que todo el mundo podía escribir, porque la escritura era el pequeño asunto de cada cual, y entonces, con el número de… con los archivos de familia, tanto escritos como guardados en la memoria, bueno, todo el mundo ha tenido una historia de amor, todo el mundo ha tenido de nuevo una abuela enferma, una madre que murió en condiciones espantosas, y uno se dice: “Bueno, con esto se puede hacer una novela”. Y no es cierto en absoluto que con eso se pueda hacer una novela, nada más lejos de la verdad. Y luego…

CP: ¿La tercera?

GD: … la tercera razón es que, sabes, los verdaderos clientes han cambiado; uno se da cuenta —salvo la gente; salvo, por supuesto, vosotros, vosotros estáis al corriente—, los clientes han cambiado. Quiero decir: ¿quiénes son los clientes de la televisión? Ya no son los oyentes: los clientes de la televisión son los anunciantes; ellos son los verdaderos anunciantes. Los oyentes reciben lo que quieren los anunciantes…

CP: Los telespectadores.

GD: Los telespectadores reciben lo que…

CP: ¿Y cuál es la tercera razón?

GD: Bueno, te digo: sí, los anunciantes son los verdaderos clientes, entonces, como decía, en el mundo editorial hay un riesgo: que los verdaderos clientes de los editores no sean los potenciales lectores, sino los distribuidores. Cuando los distribuidores sean verdaderamente los clientes de los editores, ¿qué sucederá? Lo que interesa a los distribuidores es la rotación rápida, y la rotación rápida implica los chismes de los grandes mercados de rotación rápida, el régimen del best seller, etc. Es decir que toda literatura, por así decirlo, a la manera de Beckett, toda literatura creativa será necesariamente aplastada.

CP: Pero eso ya existe, se preforman las necesidades de un público…

GD: Sí, pero, ¿qué es lo que define el periodo de sequía, su símbolo fundamental? Es la nulidad. En la literatura es la nulidad, la desaparición de toda crítica literaria en nombre de la promoción comercial, pero, cuando he dicho “No es grave”, quiero decir que es evidente que habrá circuitos paralelos, o un circuito en el que habrá todo un mercado negro, etc. No es posible que un pueblo viva… Rusia, en fin, ha perdido su literatura, pero la reconquistará, va a reconquistarla, todo eso se arregla; los periodos ricos suceden a los periodos pobres… ¡Ay de los pobres!

CP: Ay de los pobres… Acerca de la idea de mercado paralelo o de mercado negro, hace mucho tiempo no obstante que los temas están preformados, es decir que, hace un año, por ejemplo, se ve muy bien en los libros que salen: es la guerra, otro año es la muerte de los padres, otro año es el apego a la naturaleza, en fin, lo que quieras. Y sin embargo, nada parece formarse. Entonces: ¿cómo es posible que resurja? ¿Has sido ya testigo del resurgimiento de un periodo rico después de un periodo pobre?

GD: Bueno, sí.

CP: ¿Has podido asistir al mismo?

GD: Bueno, sí, de nuevo, después de la Liberación, no era exagerado, y luego llegó 1968. Entre el gran periodo creativo de la Liberación y el comienzo de la nueva ola, ¿dónde estamos? ¿En los 60?

CP: En los 60, e incluso antes.

GD: Entre los 60 y 1972 hubo un nuevo periodo rico, sí, y luego se corrigió. Si quieres, en cierto modo es lo que dice Nietzsche: alguien lanza una flecha en el espacio… Bueno, y eso constituye un gran periodo. Una colectividad lanza una flecha y luego cae, para que más tarde alguien llegue para recogerla y enviarla a otro lugar. Bien, la creación funciona así. La literatura pasa por desiertos en un momento…

*Texto de El abecedario de Deleuze (1996).

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