Por Claudio Tapia

Foto de la serie ‘Àcaro en las calles’


“Por apatía de ciudadanos, 3 mil casillas incompletas. Hay zonas en las que ni siquiera ha habido contacto con insaculados. Nuevo León, DF y Sonora, que presentan el más alto índice de desarrollo humano del país, tienen la mayoría de secciones en las que no se ha logrado integrar las mesas directivas”.

Así, en esos términos, el Diario Milenio dio cuenta, el pasado 5 de abril, de los problemas que el INE está enfrentando para lograr la participación ciudadana en la organización de las próximas elecciones.

Al igual que lo que ocurre con las causas que motivan la abstención y la anulación, las autoridades electorales se han cuidado de no analizar las razones por las que los ciudadanos insaculados se resisten a cumplir con la obligación de participar en la jornada electoral.

El reportaje señala que los insaculados, o no están o simplemente no quieren participar, sin dar razones, callándolas. De ahí, el obsequioso medio, siguiendo la tónica gubernamental y del Instituto Electoral, deriva que la culpable es la apatía de los ciudadanos.

Así, las posibles causas se van al resumidero que libera a las autoridades del INE de la obligación de explicar lo que sucede y salva al gobierno de la república de responsabilizarse de las condiciones de inseguridad en las que se llevará a cabo la contienda electoral.

Lo que pasa es que los ciudadanos son apáticos. Nadie más tiene la culpa. Los insaculados distan mucho del ciudadano ejemplar que nuestra democracia representativa requiere. El INE tendrá que volver a insacular, para ver si los encuentra.

Tenemos un padrón de electores convenientemente inflado que no está sujeto a depuración y actualización permanente. ¿Dónde queda, por ejemplo, la posibilidad de que el insaculado simplemente no exista?

Siguen figurando en el padrón, los muertos, los desaparecidos, los incapacitados, los migrantes, los expulsados, los que se llaman igual, y los duplicados. ¿Estarán dados de baja del padrón electoral los 30 mil 43 asesinados? ¿Los sin nombre encontrados en fosas comunes clandestinas? ¿Siguen ahí los 70 mil desaparecidos? Y los cientos de miles de indocumentados que expulsamos del país cada año, ¿ya no están?

Existen más razones. Carolina Rivera, autora del reportaje en cuestión, informa que conforme al balance del 23 de marzo presentado por el INE, las citadas entidades, en las que habitan quienes tienen mayor poder adquisitivo, son las que presentan los problemas más grandes y el mayor número de secciones en donde no se ha logrado completar los 9 funcionarios que deben integrar las mesas directivas, por lo que la inseguridad no es el problema. Pero, ¿cuántos de los que se niegan o participar, lo hacen por miedo? ¿Cuántos son los que argumentan la falta de garantías para realizar la función encomendada?

Mientras que entidades como Guerrero, donde existe un conflicto social, solo el distrito ubicado en Tlapa presenta este problema, y en estados como Chiapas o Oaxaca, las secciones ya incluso lograron superar el número mínimo de funcionarios de casilla”, en lugares donde existen mejores niveles de vida las casillas no se han logrado integrar. Eso es lo que afirma, no se sabe si el INE, la reportera, o la redacción del citado medio. Pero, ¿habrá quien les crea? ¿Se sentirán seguros los funcionarios electorales en las casillas instaladas en los territorios donde el gobierno ha sido penetrado por el crimen organizado? ¿Están seguros de que se van a presentar?

Más motivos para negarse a participar. ¿No habrá quienes, simplemente, no creen en el sistema? Ahí están, por ejemplo, los desilusionados porque las expectativas utópicas puestas en la democracia representativa no se cumplieron, y ven que no se alcanzarán. No, por la vía electoral.

¿No será también, que se hartaron del viciado proceso electoral simulado, integrado por consejeros, funcionarios, tribunales, fiscalías, partidos, y candidatos; ineptos, ineficientes, y corruptos?

Con la máscara de la apatía, se intenta ocultar un grave error: dicho con palabras de Jesús Silva-Herzog Márquez: “creer que la alfombra electoral puede extenderse en una casa sin piso: desenrollar el tapete de las elecciones sobre el vacío del Estado, la burla de la ley y el paño roto de la comunidad”.

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